El váter interplanetario

Ls misión a la Luna ha dependido de un detalle técnico de suma importancia: que los astronautas pudieran cagar

GABRIEL JARABA

Hace casi 57 años, en julio de 1969, servidor se encontraba fascinado ante el televisor contemplando el alunizaje de Aldrin, Armstrong y Collins en la misión que llevó al hombre a poner el pie por primera vez en la Luna. Yo acababa de ser padre y había aprovechado los días que mi esposa pasó en el hospital para llevarme a su habitación mi máquina de escribir portátil para terminar a toda prisa, como el galeote de la pluma que era, una traducción y algunos artículos que, una vez cobrados, me servirían para salir de allí con la niña bajo el brazo. El espectáculo lunar fue para mí una epopeya: un gran paso para la humanidad y para este periodista, que había logrado fundar una familia y emprendía el anhelado camino de la profesionalización. Buzz Aldrin tenía razón.

Ahora, poco más de medio siglo después, atiendo igualmente emocionado al despegue de la misión Artemis II, que no se propone pisar la Luna sino circunnavegarla en el espacio como preludio de una posterior exploración. Soy un entusiasta de la aventura espacial y creo que las odiseas interplanetarias nunca debieron haberse interrumpido.

Hace décadas que tendría que haber una base científica en la Luna del mismo modo que existen instalaciones de este tipo en la Antártida, y estoy convencido de que la crisis de la idea de progreso nos ha llevado a una era estúpida en la que las personas andan en busca de una identidad y por el camino van perdiendo la esencia de su humanidad.  Uno cree que la serie Star Trek es el mejor compendio que existe sobre la idea de democracia, pluralismo, ilustración y universalismo proyectados hacia el futuro y que su creador y guionista, Gene Roddenberry, es el profeta del nuevo tiempo que debería venir.

Así que he seguido con gran atención los últimos preparativos de la misión y ha habido uno que me ha inquietado especialmente: el váter de a bordo no funcionaba. Miles de dólares en tecnología invertidos y la clave de la cuestión era que los astronautas pudieran, con perdón, cagar. Porque diez días de vuelo espacial sin hacer de vientre hubieran sido, eso también, una nueva frontera para la humanidad. Así es el hombre: nos planteamos descubrir nuevos mundos y ampliar nuestro horizonte y al final todo depende del váter.

Este episodio me da pie para hacer estos chistes pero asimismo me pone frente a frente con la condición humana. Lo dice un antiguo refrán: “En este mundo de mierda de cagar nadie se escapa, caga el rico, caga el pobre, caga el rey y caga el papa”, es decir, la mayor proclama de igualitarismo desde los tiempos de Espartaco. Cagan los científicos de la NASA, cagan los técnicos que conducen el lanzamiento de la nave, cagan los astrofísicos que estudiarán los hallazgos de la expedición y cagan todos los implicados… si pueden. Durante unas horas los cinco astronautas de la Artemis II se han debido plantear si sería posible una evacuación de sus vientres y nada menos que en condiciones de ingravidez, pues no sólo se trata de expeler el –otra vez perdón—zurullo sino de evitar que una vez suelto ande por la nave como si tal cosa, cual un nuevo Alien pero tanto o más amenazante.

Afortunadamente, el váter de la Artemis II ha sido reparado, con lo que se ha visto que los tripulantes de una misión espacial no sólo deben saber de navegación interplanetaria y astrofísica sino de lampistería avanzada. Y yo me he alegrado de que, finalmente, los tres señores y la señora que abrirán nuevas fronteras a la humanidad podrán hacerlo cagando, como debe ser.

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