Poder sin límites

El objetivo no es Pedro Sánchez sino la misma democracia. Propiciar un sistema de poder total sin equilibrios ni contrapesos en el que algunos togados ya se ejercitan.

GABRIEL JARABA

El movimiento sociopolítico que se cierne sobre Pedro Sánchez mediante personas interpuestas tiene como objetivo acelerar un hipotético proceso de cambio en la presidencia del Gobierno que favorezca los intereses de una derecha política, económica y social que se muestra unida, al menos momentáneamente. Las derechas autónomas, es decir PP, Vox, sectores institucionales influyentes y poderes que no se presentan a las elecciones, han encontrado una ofensiva que respondería al “atacar, atacar, atacar” trumpista si esta estrategia no hubiera sido practicada muchas décadas antes por el reaccionarismo patrio, del cual el trumpismo es deudor. Como nunca, los atacantes están convencidos de que están a las puertas de una victoria final, incluso sin someter al presidente del Gobierno a constreñimientos personalizados. No pueden esperar a una convocatoria de elecciones posible para dentro de un año, por razones que unos creen relacionadas con las propias circunstancias judiciales de sus gentes y a otros nos parecen más descarnadamente humanas: porque se lo pide el cuerpo y porque pueden.

El potencial de fuego que muestran esas derechas autónomas y coordinadas es enorme, y quizás no lo hemos visto todavía en su propia dimensión. Desde el 23F y sus temblores cuartelarios previos no se ha dado en España un empuje de tal extensión y calibre. Y por tanto es necesario advertir de las capacidades de ese potencial, que pueden no limitarse al objetivo presente. Una vez liberada tal contundencia explosiva de la correspondiente santabárbara que debía contenerla hay que vigilar que esa fuerza destructiva no termine por dirigirse hacia otros objetivos diversos de los actualmente designados.

Con tal clima de confrontación permanente, en que la justicia ha dejado de ser únicamente un poder del Estado para convertirse, también, en un actor central del combate político, nadie se halla a salvo de ser elegido como objetivo. Al decir nadie queremos decir eso, ninguna persona. El ataque como resolución de las contradicciones no se para en mientes llegados a este punto. Véase cómo fue con Mariano Rajoy como presidente cuando Juan Carlos I tuvo que abdicar, con objeto de preservar la Corona de un estado de opinión generalizada que llegó a ponerla en peligro. Fue bajo la presidencia de la derecha más derechizada de Europa cuando la cúpula política e institucional fue capaz de sacrificar al propio rey para preservarse y no ninguna fuerza republicana organizada o sin organizar la que ejecutó la abdicación. ¡Olé sus huevos!

Nadie es nadie, y menos las izquierdas fragmentadas que se debaten entre la sensación del aliento en el cogote y la morbosa delectación en el castigo a la socialdemocracia que se propuso ser califa en lugar del califa en contra de lo que exigía la moral del socialismo científico. Y nadie es, visto el antecedente, el propio rey al que tampoco dudarían en sacrificar si vieran en él un freno. Aznar ha dicho: “las próximas elecciones serán constituyentes”, como aviso a navegantes. Porque pueden y quieren mandar más que nunca.

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