
GABRIEL JARABA
No me apetece despotricar contra Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, tal como se viene haciendo en las redes y algunos mentideros políticos. Creo que los personajes públicos merecen la pertinente crítica por su comportamiento político y social, y también creo que las alusiones personales, más las basadas en el aspecto, el nombre o ciertas actuaciones particulares no conciernen a esta crítica. Servidor tiene una lengua afilada y a veces venenosa pero que nunca pronuncia epítetos de esa guisa generalmente vulgar. A algunos dirigentes de mi comunidad autónoma, nación en sentido constitucional, les he calificado de incompetentes, temerarios o inútiles, porque creía que lo eran a partir de sus hechos por los cuales cobran del erario público, pero nunca he aludido a su forma física ni a sus rasgos particulares, y tampoco he hecho burla con sus nombres o ciertas asociaciones de ideas. Ayuso no me gusta pero eso es asunto mío, no pasto de dimes y diretes.
Pero me ha llamado la atención una característica reciente de su aspecto público, que subraya ostensiblemente su cargo: presidenta, junto al logo de la Agencia de Seguridad y Emergencias de la Comunidad de Madrid. La palabra presidenta aparece en una tipografía de mayor tamaño y muestra ostensiblemente que esa leyenda del chaleco que viste en la supervisión de los incendios de su región expresa la condición de su titularidad. Me parece algo destacable por lo insólito y creo que merece ser observado con atención.
Me llama la atención el rótulo no por inapropiado, que no lo es, sino por lo redundante. Isabel Gómez Ayuso es un personaje conocidísimo en la esfera pública, y lo es por el cargo que desempeña, en primer lugar. Su rostro, reproducido en miles de periódicos, sitios web y vídeos, se ha hecho muy popular y todos quienes lo ven saben que corresponde a la presidenta de Madrid. ¿Es necesario subrayar que esa persona que asume mando en plaza y conversa con los reyes en el lugar es la presidenta? ¿A qué responde esa especificación a todas luces innecesaria aunque legítima? La señora Ayuso no es un cargo operativo de la Agencia de seguridad que responde a su gestión, es la primera autoridad en su comunidad, ante la cual los demás agentes deben cuadrarse. Isabel Gómez Ayuso es indudablemente la presidenta de Madrid porque así lo han decidido sus ciudadanos y su reconocimiento viene de ese hecho cívico y legal.
Ayuso no me gusta pero sí que me agrada que en un momento tan grave se presente como la presidenta que es para que todos lo vean. Ella es una mujer enérgica que no se achica ante nadie y conoce el percal que hay; por más avances que ha habido en la sociedad española, una mujer aún no alcanza la igualdad, comenzando por el principio de a trabajo igual salario igual. Ayuso ha creído conveniente y necesario, al aparecer en un escenario tan dramático, hacerse presente como presidenta, la máxima autoridad regional. Otra cosa son sus actuaciones en la gestión o en la política, no nos referimos a eso. Ayuso es la jefa y punto.
Y aún reflexionando así, creo que en el rótulo de presidenta hay algo más, porque hay personas que no dan puntada sin hilo. Sin mayor fundamento que mi intuición, pobre y limitada, creo que Isabel Gómez Ayuso aspira a más. Tengo para mí que es una mujer a la espera, de que el devenir en la política discurra más allá de lo presente y que ciertos liderazgos en sus filas adquieran formas actualmente no sospechadas. Los líderes como Ayuso huelen tanto la debilidad como la sangre y saben que ella no sólo podría ser califa en lugar del califa sino un recambio aceptable en la presidencia del gobierno para un electorado que, aun inclinado a la derecha, dudara en descabalgar al actual habitante de La Moncloa. ¿Y si la decisión a tomar en semejante recambio fuera más llevadera porque implicara situar a una mujer al frente del consejo de ministros, por primera vez en la historia de España?
El chaleco que identifica como presidenta a su portadora apunta alto y a lo lejos. La redundancia pasaría a ser otra cosa porque para ejercer el poder hay que tener aspiraciones.




