Manuel Vázquez Montalbán, la bondad solidaria

Se cumplen ahora dos décadas de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán y muchas miradas se dirigen todavía hacia él en busca de luz y guía

GABRIEL JARABA

Se cumplen ahora dos décadas de la muerte de Manuel Vázquez Montalbán y muchas miradas se dirigen todavía hacia él en busca de luz y guía ante la perplejidad que les produce este extraño tiempo. La clarividencia que le caracterizó durante toda su vida sigue impresionando a quienes le recuerdan y ese recuerdo viene mezclado con un componente personal de bondad y cercanía a quienes su amigo Raimon designó como “clases subalternas”.

Manolo Vázquez era un hombre bueno y poseía esa bonhomía que se mama en las familias trabajadoras. “Es que a vosotros los hijos de los obreros vuestros padres os querían”, me dijo una vez una amiga de origen bienestante que a los 14 años fue exportada a un internado en Suiza. La madre de Vázquez se hartó de fregar escaleras para que su hijo pudiera estudiar Filosofía y Letras y Periodismo  y él, adolescente, se dedicaba a pasar al cobro por las casas el recibo del seguro del entierro para añadir unas perras al modesto estipendio. Toda la vida fue Manolo un trabajador, tanto cuando se mataba a horas en las editoriales y redacciones como en el momento en que ganó el premio Planeta. Y esa condición obrera se mostraba como signo de distinción cívica y pública.

Creo que la bondad de Manuel Vázquez Montalbán dejó una huella tan profunda como su valía intelectual y ello influye en el sentido recuerdo que de él se tiene. Ni quiso hacerse perdonar su origen obrero ante los colegas de otras procedencias ni simuló una condición burguesa que no le correspondía, y tampoco exageró ni caricaturizó un obrerismo impostado.

Coincidí con él en redacciones y publicaciones, y fue mi director en la revista Primera Plana conmigo como redactor jefe. Y pude comprobar cómo su solidaridad no era de boquilla cuando contrató periodistas en paro o en dificultades, que se encontraban tan desvalidos como él en sus principios. Cuando uno se encontraba sin trabajo, se lo hacía saber a Manolo y él se movilizaba para conseguirle empleo.

Veinte años después le sigo recordando como hombre bueno y trabajador. A quienes esto les parezca ingenuo o sentimental es que nunca han experimentado la desazón de no hallar el modo de traer un jornal a casa. Así de simple.

Ilustración de Miquel Ferreres

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