No es follar pero da gusto

Decir hemos ganado cuando has visto un partido de fútbol es como decir que  hemos follado al ver una película porno, pero nos hemos alegrado, que ya es algo

GABRIEL JARABA

El añorado Pepe Rubianes tenía un chiste que rezaba así: “Decir hemos ganado cuando has visto un partido de fútbol es como decir que  hemos follado al ver una película porno”. De modo que no me atrevo a decir que hemos ganado pero puedo afirmar que he aplaudido al ver cómo la selección española de fútbol (masculino) escalaba hacia la final y con ello se ponía a las puertas de una posible victoria mundial.

No es follar pero da gusto, y la satisfacción de la victoria –vicaria—ahorra la ausencia, espero que no para todo el mundo, de rifirrafe en la cama. Que tu equipo gane no equivale a que claves un clavo pero sí que halaga el ego, por lo menos ese sector de la autoimagen que se alimenta de la identificación con el equipo de fútbol que se siente como propio o por lo menos cercano. La victoria futbolística es vicaria pero la identificación no; la vida social es una galería de espejos deformantes, como en los parques de atracciones, en la que nos vemos reflejados en los demás sin que nos demos cuenta de si la imagen que se nos devuelve es fiable en su correspondencia con la realidad.

Hemos ganado sin haber follado porque esa victoria nos sitúa en el medio grupal sin el que la vida humana es imposible. Otros ganan para que nosotros sintamos placer: en eso consiste la vida buena, la existencia que favorece el crecimiento de la humanidad. Que ganemos todos, que follemos todos, ya es harina de otro costal, pues la vida está hecha de esas vivencias vicarias y parciales. Alegrarse de la victoria de otros, más si son los nuestros, es signo de buena crianza, y ahí está lo que designa una expresión alemana, “schadenfreude”, alegrarse de la desgracia de los demás, como expresión de la máxima depravación.

Me alegro de la victoria de la selección porque significa una escenificación en el teatrillo del mundo que quiere representar lo que consideramos nuestras virtudes como especie. Desmond Morris (los más viejos del lugar recordarán su libro superventas El mono desnudo) escribió una obra magistral llamada El fútbol de la tribu (titulada en España El deporte rey) en la que el antropólogo y periodista exponía los paralelismos entre este deporte y muchas prácticas de supervivencia humana desde los albores de la humanidad. Nos gusta el fútbol porque subraya algo que apreciamos: los mejores acaban ganando, o por lo menos los mejores de los peores; la vida civilizada se basa en reglas iguales para todos que hay que cumplir; la existencia real discurre en un tiempo y un espacio definidos; la cooperación es imprescindible para sobrevivir; la alegría de la victoria es de todos aunque la hayan propiciado entre todos; la victoria conlleva honor y gloria pero la derrota no conduce al cadalso; ganadores y perdedores sobreviven unos y otros al final y continuarán tratando de vencer en la próxima jornada.

No hemos follado pero hemos ganado porque el fútbol de la tribu nos ha ofrecido un reflejo, deformado  si se quiere, de una humanidad posible en una vida buena. Ver la victoria española no es follar pero da vidilla, que se le parece mucho.

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