
GABRIEL JARABA
Lo advierte mi amiga la escritora Carmen Peire: la decisión del juez que se ocupa de Begoña Gómez no es salomónica sino machista. No puede ir a Ankara pero sí a Londres; no se le permite participar en la cumbre de la OTAN como esposa del primer ministro pero sí que acompañe a su hija en el acto de graduación. Hacer de mamá solícita sí, cumplir su papel en representación del Estado no. Revelador de lo que hay en el fondo de la deriva de esa costra judicial que nos afecta: un sentido de la sociedad, de las personas y las cosas que corresponde a una mentalidad anticuada que la sociedad española hace tiempo que ha dejado atrás.
Esta es la situación de la democracia española: nosotros, el pueblo (we, the people, en lenguaje constitucional americano) elegimos y sostenemos un gobierno socialista que va aplicando reformas que, con mayor o menor acierto, apuntan a hacer de España un país más habitable; es decir, el progreso. Por su parte, un sector de la administración va introduciendo elementos en la gobernanza que pueden acabar contradiciendo el sentido y la práctica de lo que la sociedad decide. Y así hasta que la labor de desgaste sea consumada.
Es posible que de las próximas elecciones surja un gobierno derechista con añadidos ultras, aunque también lo es que haya una sorpresa porque una cosa es responder a las encuestas y otra cosa es dar trigo. Pedro Sánchez no es como los dirigentes a que estamos acostumbrados, su temple es parecido al de Adolfo Suárez y no se deja arredrar por las tendencias sino que conoce a sus oponentes como si los hubiera parido. Pero lo que la sociedad española realmente existente ya ha interiorizado desde que se implantó el bikini y la píldora anticonceptiva, eso no se va a desactivar.
Los reaccionarios creen que se puede ir hacia atrás pero olvidan que no se desinventó la rueda y que Teherán queda lejos.




