Los elefantes de antes

Los elefantes del zoo de Barcelona han sido una tradición que nos ha hecho más humanos

GABRIEL JARABA

“Antes” es un tiempo cuasi mítico del que cuesta precisar la fecha. Antes fue algo vivido por nuestros padres y sobre todo por nuestros abuelos. En él el valor de las cosas se contaba en céntimos y reales, por las calles no circulaban coches sino caballos y las señoras llevaban faldas por debajo de las rodillas. Algunos de suficiente edad hemos vivido en antes y, así, hemos ido a comprar a las tiendas de aceites y jabones, siéndonos servida una medida de aceite a granel extraída de un depósito mediante una bomba de vacío que funcionaba con una palanca. Antes usábamos neveras refrigeradas con hielo, que se iba a comprar a la bodega, igual que el vino, servido igualmente a granel. Y antes jugábamos en la calle sin peligro a que nos atropellara un coche ni un patinete eléctrico, porque los patinetes los fabricábamos los niños con tres listones de madera y dos rodamientos a bolas. La vida cotidiana de antes parecía ser plácida, pero eso era una vez nuestros abuelos regresaron de la guerra en la que defendieron a la República Española y tras la cual fueron hechos, con suerte, prisioneros.

Antes no había televisión y la gente se entretenía con lo que podía. Uno de los entretenimientos era visitar de vez en cuando el parque zoológico y allí, en el de Barcelona, visitar al elefante. El elefante del parque era un distinguido vecino de la ciudad, casi de la familia. Los barceloneses siempre lo han tenido en gran estima, considerado un personaje singular, mucho antes de que el gorila albino traído por Jordi Sabaté Pi se convirtiese en una especie de zooestrella del tardofranquismo porciolista local. Existió un verdadero culto al elefante del parque en la persona del primero de la saga, llamado L’Avi (el Abuelo) que era un elefante asiático que llegó en 1892 y se convirtió en una figura querida de la ciudad hasta su muerte en 1914. Le sucedió una elefanta, Júlia, que llegó a ser muy famosa: las familias se acercaban a ella y le ofrecían una moneda de 10 céntimos que ella cogía con la trompa y se la daba a su cuidador, quien a cambio le entregaba una pieza de fruta. Como antes no había documentales sobre naturaleza y países exóticos, ni televisión por donde difundirlos, pasar un ratito con Júlia era tomar contacto con un mundo que se imaginaba inmenso desde la España autárquica.

Ahora, que ya no es antes, miramos a los elefantes de un modo distinto. Ya no compramos las cosas a granel y los animales nos inspiran compasión. Nunca entenderá Juan Carlos cómo su episodio de la caza del elefante contribuyó a torcer la consideración con que los españoles le obsequiaban, quizá más que otras cuestiones de dinero o cuernos. Cierto que Disney ha humanizado, o antropoformizado a los animales de un modo que algunos consideran inconveniente, pero bienvenidas sean sus licencias creativas si ello ha hecho apreciar la condición de seres sintientes de las bestias. Del mismo modo que la civilización comenzó cuando un ser humano ayudó a otro que se hallaba herido, enfermo o impedido, un salto civilizatorio se produce cuando el animal es algo que sirve para algo más que para ser cazado, comido o esclavizado. No sé si los animales tienen alma pero un cielo en el que uno no pueda encontrar a su gato o perro no es un paraíso que valga la pena.

Estos días ha muerto Susi, la elefanta del zoo barcelonés que movió a compasión a la gente que lamentaba que se encontrara sola y triste. Siendo los elefantes animales sociales y familiares, Susi recuperó el ánimo cuando le trajeron una compañera, Yoyo, de la que llegó a hacerse amiga. La pareja de elefantas supuso la revitalización de la tradición que venera al elefante del parque no ya como curiosidad sino como presencia humanizadora. Como con L’Avi o Júlia, la cercanía de los elefantes nos hace ser mejores, y el sentimiento por la pérdida de Susi es muestra de ello.

Días antes había muerto Brigitte Bardot, otra elefanta solitaria que militó fervientemente, incluso agriamente, en favor del bienestar de los animales. Los elefantes tienen conciencia de sí mismos, se conmueven ante la muerte de sus congéneres, se cuidan unos a otros en el seno de sus familias horizontales en las que las tías tienen un gran papel. Cuando miro el mundo animal veo en los elefantes algo que me recuerda a mí. Quiero pensar que en el cielo no sólo hay gatos y perros sino elefantes, los elefantes de antes y los de ahora, porque también ellos merecen la gloria.

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