
Que la líder de audiencia radiofónica, directora del programa de radio más escuchado, tenga que salir por piernas, probablemente a instancias de la propiedad de la empresa, indica que ser periodista radiofónico es un muy mal negocio: impulsas un proyecto ganador que triunfa y la recompensa es que te echan.
El conflicto se presenta como la discrepancia en la línea editorial del medio pero responde a cuestiones más complejas. Discrepancias de este tipo hay cada día en todos los medios y no terminan con los profesionales saliendo en globo. Los productos periodísticos serios se construyen sobre la disconformidad y deben resistir todos los trompicones que la confrontación humana aporta inevitablemente a la tarea común. El argumento de “si no estás de acuerdo con el dueño, márchate” puede servir para un bar de perritos calientes pero no para una radio de impacto, un diario creador de opinión o una televisión de gran audiencia. Que Barceló tenga que irse denota una gran debilidad, y no sólo en la empresa afectada sino en todo el sector.
Los medios informativos sólo podrán sobrevivir y evolucionar en el cada vez más complejo panorama comunicacional si se presentan ante su público como instituciones creíbles y no sólo como altavoces que dicen a sus próximos lo que quieren oír. Es lógico y aceptable que un medio varíe su línea informativa e incluso editorial, procesos que suelen ser graduales y generalmente pausados –en un artículo anterior los comparábamos a los cambios de rumbo de los portaaviones de maniobra lenta– pero estos cambios deben justificarse. Puesto que son decididos unilateralmente por la propiedad del medio el público tiene derecho a pensar que están motivados por intereses económicos o estratégicos, generalmente relacionados con la financiación o gestión económica de la empresa. Y cuando estas decisiones son tan clamorosas como la sustitución de la figura líder de un programa de gran audiencia –el mascarón de proa de la nave que ahora vira– los oyentes pueden creer que el motivo está relacionado con estos asuntos empresariales y no con los intereses del público fiel a la actual línea informativa de la emisora.
La complejidad del trabajo informativo ha hecho que los grandes diarios que tienen un fuerte impacto en audiencia y creación de opinión se hayan dotado, históricamente, de estructuras internas que pretenden expresar y encauzar la composición profesional de sus redacciones. Un diario en el que se espera que los periodistas, desde los redactores hasta los directores, pasando por los jefes de sección, redactores jefes y subdirectores, digan amén a todo lo que dicte el mando superior no es un medio informativo solvente sino un simple altavoz que difunde afirmaciones determinadas por una última instancia con poder total de decisión. No hemos visto todavía que ningún consejo de redacción, equipo directivo o mandos intermedios haya actuado de cortafuegos en esta crisis. Si sólo existe la propiedad del medio, el profesional estrella y redactores que no pintan nada no estamos ante un medio de comunicación maduro.
Un medio serio no puede funcionar así; si debe reflejar y servir la pluralidad social que le rodea debe ser capaz no de acariciar los oídos a la audiencia -y las instituciones, especialmente las de poder y gobierno– sino de facilitarle materiales para que se informe y genere su propia opinión. Por eso el dictado vertical de instrucciones y consignas es puro veneno para un medio informativo que aspire a ser una autoridad en su campo, y no sólo: es la negación del derecho efectivo a la libertad de información de la que periodistas y empresas informativas son administradores pero no propietarios. La propiedad de los medios, que es legítima, está limitada por el derecho a la libre información, propiedad de la audiencia, como bien público que es.
La situación que ahora vive Àngels Barceló denota que las grandes cadenas radiofónicas son gigantes con la cabeza muy grande y el cuerpo muy canijo. Las radios, grandes y pequeñas, no se han desarrollado históricamente al igual que los periódicos; hasta después de muerte Franco las radios que no fueran Radio Nacional de España tenían prohibido emitir información y elaborar la propia, y sólo podían redifundir los boletines de RNE. Desde entonces, se han desarrollado como emisoras de entretenimiento y servicios, con un gran componente publicitario que tiñe toda su estructura y funcionamiento, pero, como se demuestra ahora, no existe una estructura informativa que actúe como contrapeso y equilibrio de la complejidad en la que debe articularse la información, el dinero y la relación con el poder. Àngels Barceló sigue siendo muy grande pero su emisora se ha demostrado más pequeña de lo que parecía.




