
GABRIEL JARABA
Si fueron capaces de cebarse en Pilar Manjón a raíz del atentado yihadista de Atocha, cómo no iban a hacerlo ahora con Maricarmen Abascal, fallecida por el disgusto de su desalojo. No hay límites para un tipo de gente que ni siquiera llega a la categoría de constituir una derecha política. Ha desaparecido una derecha compasiva que deseaba que los muertos descansaran en paz y ha sido sustituida por otra cosa que parece derecha pero es la excrecencia de una nueva capa de barbarie fruto del individualismo insolidario, la ambición egoísta y la insensibilidad inhumana. No respetaron el dolor de Pilar por la pérdida de su hijo ni el cuerpo presente de Carmen, aterrorizada por quedarse sin casa. Ambas eran mujeres, una trabajadora y otra jubilada, condición que resulta al parecer estimulante para el desprecio.
Esto que vemos ahora no es un adversario político sino otra cosa; no me atrevo a decir una amenaza vital pero sí a barruntar que tras esas actitudes hay algo más que revanchismo. Parece haber una actitud ante la vida que reclama gestos de desprecio como modo de afirmación propia, signos de agresividad como estilo de comportamiento. Y aunque es cierto que esa gente es algo más que un adversario político también lo es que no debe ser derrotada en la política sino en la vida. El voto que se dirime el 29 de noviembre no es sólo por una opción política sino por una opción de vida. Por eso va más allá de una u otra opción política en la izquierda sino por una elección personal en el terreno de la decencia.
Lo dijo una vez Harrison Ford, más Indiana Jones que nunca: “Hay que derrotar a la mierda”.




