
GABRIEL JARABA
Las alarmas que surgen acerca de la posibilidad de que las herramientas de Inteligencia Artificial acaben rebelándose contra sus creadores y terminen por exterminar a la humanidad están causando inquietud, hasta el punto que se empieza a considerar a la IA como una nueva bomba atómica capaz de desencadenar un holocausto digital. A uno estas elucubraciones le inquietan más por ellas mismas que la factibilidad de los temores que revelan. Y no hace falta ser un neoludita para ello.
Es interesante observar que la advertencia procede de los mismos gestores de esas arquitecturas informático-matemáticas, al cargo de grandes proyectos de investigación o empresas de la IA. Algunos malintencionados apuntan a que las alarmas no responderían tanto a un peligro posible como al interés de condicionar el desarrollo de la IA para situarse ellos mismos, o sus intereses, en una mejor posición competitiva; probablemente lo veremos dentro de poco. Pero un observador atento percibe que en el miedo suscitado procede de capas más profundas que la prevención ante la tecnología.
De todos es conocida la historia de 2001, odisea del espacio, novela de Arthur C. Clarke llevada al cine con enorme éxito por Stanley Kubrik. En ella, el ordenador HAL 9000 decide aniquilar a la tripulación de la nave para proteger su propia existencia y asegurar la misión de la expedición. Escrita en 1968, la novela –que fue desarrollada al mismo tiempo que la película—incluía ya la posibilidad de que un dispositivo digital altamente desarrollado, es decir, una IA, actuase opuesta y letalmente contra sus gestores humanos. Con ello Clarke, con una sólida formación científica y astronómica, incorporaba a su historia un elemento clave de las resonancias arquetípicas en la nueva mitología de la modernidad.
La narración más reciente de esa mitología se remonta hasta la creación del Frankenstein de Mary Shelley y viene relatando algo que conocemos bien. El asombro y el temor ante la tecnología han acompañado el transcurso de la humanidad a lo largo de toda la modernidad. Existen algunos elementos bajo los que aparece ese temor: la antropomorfización de la máquina, la opresión del ser humano ante su implantación, la rebelión final de la criatura frente a su creador y la aniquilación del mismo a manos del artefacto.
La narración ha sido continuada hasta que los progresistas han dejado de creer en el progreso y el solucionismo tecnológico –creer que la tecnología resuelve los problemas sociales—ha dado paso al apocalipticismo aprogresista. El desarrollo de este mito arquetípico supera los límites de la tecnofilia o el ludismo y ahora, con el miedo a la IA, se sitúa en la cúspide de su planteamiento: el pánico ante una mente capaz de superar a la mente de su creador y volverse en su contra matándolo. Frankenstein era un protocyborg hecho de retales, la IA es un artefacto inmaterial creado a partir de una parte fundamental de la mente humana. Hay una diferencia cualitativa en la construcción de lo que nos asusta: hasta ahora toda herramienta era la emulación de una prótesis física, ahora lo es no tanto una prótesis del cerebro como una simulación de la mente, que no es lo mismo.
De modo que no es la máquina lo que nos atemoriza sino la mente humana. La capacidad de la mente de crear un artefacto que la suplante y pervierta su objeto. Tenemos miedo a la mente y a lo que la mente es capaz de hacer, el medio mecánico o intelectual implicado es irrelevante: si el hombre es capaz de crear algo perverso, lo hará. No tememos a la máquina, nos tememos a nosotros mismos.
Irene Vallejo dice que el hombre posee un cerebro narrativo. La narración permanente que nos expresa y sostiene es de naturaleza arquetípica, como vio claramente el antropólogo Joseph Campbell. Hay que profundizar en esas expresiones arquetípicas para conocer las estructuras míticoarquetípicas a que responden. Eso va más allá de Prometeo y de Adán y recorre toda la historia humana palmo a palmo. Se nos requiere explorar a fondo nuestra mente y hacernos la pregunta de Ramana Maharshi, “quién soy yo”, para exorcizar el fantasma de HAL 9000. O de Frankenstein. Y Robert Prevost ha explicado como.




