No es lawfare

GABRIEL JARABA A la judicatura española no le importa que algunas de sus acciones puedan parecer lawfare aunque no lo sean; de hecho puede considerarlo algo favorable. Las imputaciones sucesivas que acaban socavando al entorno del presidente del gobierno podrían admitir una reflexión no menos inquietante: se es capaz de todo esto y más, dentro […]

GABRIEL JARABA

A la judicatura española no le importa que algunas de sus acciones puedan parecer lawfare aunque no lo sean; de hecho puede considerarlo algo favorable. Las imputaciones sucesivas que acaban socavando al entorno del presidente del gobierno podrían admitir una reflexión no menos inquietante: se es capaz de todo esto y más, dentro de la estricta corrección legal y profesional. Aceptar que el grupo Manos Limpias disponga de la facultad de ejercer de fiscal de facto –una y otra vez, y otra– ya resulta definitorio de un estilo. Conducir el caso de Begoña Gómez por los caminos por los que se le ha llevado responde a un aplomo incomparable. Cuando se contempla el final del fiscal general del estado es que las capacidades posibles son de medida muy alta. No es cosa de ir peinado o sin peinar, es que por todas partes se ven unos tupés de aquí te espero.

Le toca esta vez al ex presidente José Luis Rodríguez Zapatero y ahora nos espera ver días gloriosos en lo que resulta no sólo un desbrozamiento de una vía hacia al poder al que otros aspiran sino el ejercicio de una potestad para la que existen equilibrios y contrapesos pero permanecen en barbecho. Lejos de nosotros la funesta manía de atribuir a la prevaricación lo que puede ser explicado por la determinación: el empeño de devolver el poder ejecutivo a sus dueños naturales, que no se presentan a las elecciones y piensan con toda sinceridad que España sólo puede acceder a su destino universal si ellos hacen lo que les viene en gana.

José María Aznar pudo haberse ahorrado la llamada a hacer y poder, pues no era necesaria ya que todos saben perfectamente la tarea que cada cual tiene encomendada. Las mentes de los dirigentes de Podemos, contaminadas por los gases ideológicamente tóxicos del microclima universitario llamaron casta a lo que era otra cosa: la casta sigue estando ahí y trabajando sin descanso.  Igual que la carta escondida del cuento de Edgar Allan Poe, siempre ha estado expuesta a la vista de todos, lo que resulta ser el mejor escondrijo.

Quizás ni haga falta acabar con el presidente del Gobierno si basta con moverle el tablero de juego hasta que la frivolidad y el vivan las caenas hagan el resto. Y entonces Felipe VI habrá comprendido en manos de quién tiene la corona.

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