
GABRIEL JARABA
Es que somos la monda: nos sorprendemos de una salida de pata de banco en forma de rueda de prensa por parte de Florentino Pérez como si no hubiéramos tenido a un Gil y Gil o a un Lopera. La mención a los ratones nadadores de Canarias debería habernos acostumbrado a tomarnos las cosas con calma viendo que las lenguas sueltas alcanzan en España las más altas cotas de excelencia. Y de pronto el presidente del Real Madrid muestra su rostro trumpiano y nos deleita con la constatación de que aquí no se salva nadie del desastre logomáquico cuando las ganas de largar aprietan. Es entonces cuando ni los oídos más castos se respetan y cunde el asombro al constatar que ni el dinero, mucho, ni el poder, aunque circunscrito al fútbol, evitan que cada uno se ponga en evidencia sea cual sea su condición.
Don Florentino se ha mostrado tal como es bajo los focos y comprobamos que ostentar un alto cargo no le exime a uno de tener la piel fina, incluso se diría que tal circunstancia acentúa la sensibilidad dérmica. Somos no sólo un país de termocéfalos, como dijo una vez un ministro de Franco, sino de picajosos que saltan a poco que se den las circunstancias favorables. Y la virtud que el dirigente madridista ha demostrado es que no es un “ser superior”, como propuso Butragueño, sino un españolito más, capaz como cualquier otro compatriota de largar sin medida y de llamar “niña” a una profesional del periodismo presente en el acto.
Somos los españoles furibundos partidarios del igualitarismo, que no de la igualdad, siempre prestos a exclamar “nosotros no vamos a ser menos” desde la presteza a sospechar de todo hijo de vecino: “algo habrá hecho”. Ese espíritu pretendidamente anárquico mora incluso bajo la vestimenta más atildada pero se trata de una igualdad que nivela por abajo a los demás y se coloca a sí mismo por encima. Tipos como Gil, Lopera, Ruíz Mateos y su mujer se quisieron hermanados con el pueblo llano adoptando ciertas maneras y tratos que se pretendían populares y no eran sino nuevas formas de ejercer la consabida prepotencia. La comparecencia pública de Florentino Pérez fue eso: lanzar invectivas indiscriminadas desde una plataforma propia de un ser superior.
A nadie consuela constatar que el rey va desnudo pero es conveniente recordar que debe reservarse la consideración de prudentes para aquellas personas que cuando hablan no ofenden porque saben mantener sujeta la lengua. Ya sabemos que eso en España es difícil pero es conveniente empezar a dar ejemplo.




