
GABRIEL JARABA
Pasan los siglos y las civilizaciones pero la guerra persiste. Si hay un signo que pueda definir globalmente la realidad del género humano es la guerra: el hombre es el ser que recurre a la guerra para tratar de resolver las diferencias entre los grupos humanos y considera la victoria en ella como mérito y signo de excelencia. Hay especies que usan también la guerra como medio de confrontación, como los chimpancés, pero nadie como los humanos ha hecho de la guerra signo distintivo de su civilización.
Lo que conocemos como naciones son fruto de la guerra, de una guerra ganada en tanto que episodio fundacional. Y a la inversa: “El nacionalismo es la guerra”, dijo François Mitterrand. Los jefes de estado apoyan la representación de su cargo en signos bélicos, ejércitos o insignias e incluso uniformes, y los himnos nacionales suelen ser alabanzas al supuesto espíritu patriótico que llaman a verter la sangre del enemigo. El autosacrificio en la guerra es considerado un alto honor y un merecimiento deseable, por más que la misión de todo soldado no es morir por la patria sino lograr que el enemigo lo haga por la suya.
Las guerras del tiempo presente usan la tecnología de la información como arma de choque y vanguardia pero son tan primitivas y primigenias como los primeros combates entre homínidos que nos sugieren las primeras escenas de 2001 odisea del espacio. Tras todas ellas está el mismo espíritu humano, que los himnos nacionales, las banderas y las medallas definen tan bien: oponerse y prevalecer cueste lo que cueste. Nada bueno saldrá de las guerras pues responden a la mentalidad de barbarie que las genera. El lema de no a la guerra representa el rechazo a esa mentalidad independientemente de las posiciones que lo motiven en uno u otro sentido.
No supimos ver que Trump y Putin, Jamenei y Netanyahu, al igual que una legión de jefes tribales de todas las culturas que les secundan, eran capaces de revertir el mayor logro civilizacional producido en nuestra época, que no es el pacifismo sino el sentido de una realidad posible y factible, representado por el espíritu, la letra y la organización de las Naciones Unidas. El rechazo de la guerra no viene de cantar el Imagine de Lennon o de celebrar las enseñanzas de Lanza del Vasto sino de la capacidad de comprender la naturaleza del mal que subyace a la guerra y a la posibilidad de construir realidades que la hagan inviable, de grado o por fuerza. Y esas realidades son la ONU y la Unión Europea, despreciadas y atacadas por los dos grandes señores de la guerra globalizada.
Es buena cosa ser y declararse pacifista pero es mejor tener discernimiento para elegir las acciones que se oponen a la guerra o la impiden, o por lo menos la dificultan. Además del no a la guerra es necesario pronunciar afirmaciones que impliquen la construcción de una cultura que la niegue y se oponga a ella. No es cosa fácil pues se trata de construir una alternativa a la civilización, no la actual sino a la de todos los tiempos, que ha hecho de la guerra el signo distintivo de la condición humana en la práctica.




