Hijos de los tebeos

Se dice que nuestra generación (los nacidos en los 50 o los últimos 40) somos hijos de los Beatles. Es cierto, pero antes fuimos hijos de los tebeos

GABRIEL JARABA

Se dice que nuestra generación (los nacidos en los 50 o los últimos 40) somos hijos de los Beatles. Es cierto, pero antes fuimos hijos de los tebeos, más tarde llamados cómics. Los tebeos que conocimos no eran exactamente comics, pues estos han adquirido este nombre cuando se han investido de cierta pátina de respetabilidad gracias a su calidad artística. Los tebeos eran hijos de la calle, parte del sistema infantil de juegos y travesuras que constituye por sí mismo una tradición por la que transcurre no sólo el arte y la habilidad de jugar sino cierto ingenio pillo, una capacidad de acción corporal predeportiva y un sentido del humor particular. La tradición infantil pervive a pesar de que los niños hayan sido recluídos en los domicilios, y de ahí que circule subrepticiamente por los videojuegos y sus derivados, ciertas formas de transmisión mémica ligada a las redes sociales y el gran piélago de los patios de los colegios, ingente reserva del ingenio de la niñez y escuela verdadera de relaciones humanas (de ahí que sea en ellos donde aparezca la cara oscura de esa dimensión cruel de la humanidad, llamada bullying, que siempre de siempre ha existido aunque sin nombre).

Los tebeos de nuestra infancia no merecen un recuerdo nostálgico sino un homenaje –a ellos y a los padres que nos los compraban—porque fueron nuestra puerta de entrada a la lectura, la cultura y el saber. Leyendo tebeos aprendimos a leer y a comprender lo leído, a imaginar y a recrear lo imaginado, a soñar y anhelar lo que podía ser anhelado, y  que, al serlo, sembraba imperceptiblemente las semillas de un futuro posible y quizá mejor. Antes de obras magnas como Tintin y Astérix, que para los niños de mi edad y clase eran objetos inalcanzables por su precio, estaban los tebeos de la calle, que costaban una peseta o peseta y media, pasto de librería de lance, comprados de segunda mano, intercambiados o incluso alquilados.

Desde sus páginas aquellos tebeos, aparentemente simples historietas, nos hablaban voces que para nosotros eran, aún sin saberlo, oraculares, que nos mostraban una vida posible y mejor desde los recovecos de la fantasía imposible, nos aleccionaban sobre el bien y el mal y nos iniciaban a una dignidad surgida de la compasión por el débil, la responsabilidad del fuerte, el rechazo de la crueldad y el imperativo de la amistad, la fraternidad y el amor. Los tebeos, en suma, nos transmitieron la tradición caballeresca que en nuestro hemisferio es la forma que adopta la Gran Compasión.

Los tebeos eran escritos y dibujados por galeotes del ingenio, personal mal pagado y a menudo semiesclavizado por empresas no menos voraces que otras industrias. A veces refugiados en ellas antiguos intelectuales o funcionarios de la República Española que trataban de sobrevivir, malviviendo, después de haber pasado por la cárcel, el campo de concentración y la depuración. Aquel ejército de vencidos pero no derrotados fueron nuestros maestros de humanidad, o nuestros maestros a secas, quienes emplearon intuitivamente el enorme poder de la tradición infantil para sembrar nosotros las semillas de la Gran Compasión sin cuya fructificación uno no puede llamarse humano. Bajo los gastados papelorios de los tebeos de la calle latía el corazón de la verdadera humanidad que nos llamaba a sumarnos a su latido y nosotros respondimos con alegría, ilusión y espíritu de juego.

Gracias a los modestos tebeos, ya viejos y usados, aprendimos eso que ahora parece tan difícil de conseguir en la escuela y, horror, en la universidad, que se llama comprensión lectora; ya ves tú. Y esa comprensión no era solamente la de lo que la mente expresa sino de lo que el corazón dicta. No importa lo que luego leyéramos, lo que había que leer ya estaba leído, y así, gracias a los tebeos de calle que costaban una peseta nos hicimos hombres y mujeres.

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