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Rosalía es Mick Jagger o el triunfo de lo evidente

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GABRIEL JARABA

Cuánto tiempo ha pasado desde que un fenómeno musical no se convertía en un fenómeno sociológico? ¿Desde los Backstreet Boys? ¿O desde Lady Gaga? ¿Puede aplicarse esa categoría a lo conseguido hace más de treinta años por Los Pecos o ahora mismo por Els Catarres? De hecho, “fenómeno sociológico” es una etiqueta estúpida –o un significante vacío, por decirlo a lo fino— que empleamos para designar algo que no entendemos, más allá incluso de la cultura popular. Dejaron de considerar “fenómeno sociológico” a los Beatles cuando la calidad en que se basaba su éxito ahorró cualquier otra explicación; hubieran llamado lo mismo a Charlie Chaplin cuando comenzó a popularizar un humor visual (aún no audio) de no ser porque la cultura pop global se encontraba en sus balbuceos en forma de cine cómico mudo (y a veces me pregunto si lo pop, precisamente, no empezó con él).

De hecho, “fenómeno sociológico” aplicado a un hecho cultural pop quiere decir que alguien triunfa por razones que no alcanzamos a comprender, por eso aquello está íntimamente vinculado con esto: el “fenómeno sociológico” comienza con el éxito, un éxito inesperado e inexplicado (aunque pueda explicarse perfectamente por mor de la calidad del artista o de su capacidad de coherencia con el estado de ánimo o zeitgeist de las masas. El “fenómeno sociológico” es un zeitgeist que no se es capaz de percibir).

Así que cuando llamamos “fenómeno sociológico” a algo es que no nos explicamos por qué diantres tiene tanto éxito, ya que no atisbamos los elementos que encierra para ser celebrado por tanta gente. Quizás entonces debiéramos reparar en que es en nosotros donde debemos buscar las razones de nuestra incomprensión y no en el objeto incomprendido. Porque tal perplejidad dice más de quien la experimenta que de lo que la produce.

No es muy buena, es buenísima

Sólo con escuchar unos momentos a Rosalía uno se da cuenta de que es buena. De hecho no es muy buena, es buenísima, excelente. Y para darse cuenta de ello basta con tener orejas y no dos pedazos de madera pegados a la cabeza con la sólida cola del prejuicio o de la mala voluntad. Porque  quien conozca un poco la industria de la música sabe que no es suficiente grabar con una multinacional como Sony para vender miles de discos, que un artista de su calibre no se fabrica en un laboratorio y que ser atractivo no es lo mismo que ser un montaje, pues esa cualidad no se compra en la farmacia ni te la adjudican terceros (setenta años después del éxito arrollador de Elvis Presley apena tener que recordar esto). Quienes se empeñan en creer cierto lo anterior son los que tienen una visión romántica, anticuada y falsa del artista, según la cual los grandes genios nunca llegan a ser conocidos y se consumen en el anonimato, con lo que quienes triunfan necesariamente tienen que ser impostores. “¿Ese Mozart? Hum, no debe de ser tan bueno cuando gusta a tanta gente”. No es problema de Rosalía ni de la comprensión de su arte y su valía, es problema de quien asiste al impacto de su presencia pensando “ese Mozart…”. El “fenómeno sociológico” son ellos, no la artista.

Estando de acuerdo con que el éxito de Rosalía no es el de la “Macarena” de Los del Río o el del “Opá, ví a hasé un corrá”, del Koala, podremos observar que la artista no es un producto fabricado pero tampoco un brote espontáneo. Se trata de una joven dotada de una voz consistente, bien timbrada y expresiva que se ha ido fogueando durante muchos años de estudio, primero en el Taller de Músics y luego en la Escola Superior de Música de Catalunya. No son estos lugares donde se pueda ir a sestear o hacer campana de clase sino dos centros formativos superiores altamente cualificados y exigentes, donde no sólo se trabaja la técnica sino el pensamiento. El Taller fue fundado por una de las mentes más claras  de la música en Catalunya, Luis Cabrera, cuyos argumentos sobre la cultura musical son imprescindibles en cualquier consideración sólida de este arte en nuestro país; la ESMUC es una universidad musical más que un conservatorio y lo más cercano a instituciones como la Berklee School of Music que en nuestro país se ha producido. Rosalía no ha surgido de un canturreo improvisado en los suburbios sino del mejor caldo de cultivo posible que se puede dar en la Catalunya ciudad.

Y eso requiere años de trabajo y estudio, paciencia, voluntad y disciplina, y mucha humildad para corregir errores y construir bases sólidas. Los buenos artistas surgen hoy de lugares como estos y no de la carencia y el hambre –con todos los respetos para tal origen–, la filiación de progenitores famosos o la mera fortuna favorecida por la publicidad: piensen en la breve duración o escasa solidez de las carreras musicales producidas por ciertos programas de televisión y compárenlas con otras dos artistas femeninas nacidas de entornos urbanos y formativos semejantes a los de Rosalía: Silvia Pérez Cruz y Andrea Motis, dos referentes de gran calidad en ese marco generacional, cultural y social.

Veamos la historia del blues para comprender

Se me ocurre un símil que puede ser útil para comprender el caso de nuestra cantante, ante las dudas respecto a la relación entre raíces, innovación, evolución, cambio cultural y modernidad. Lo podemos hallar en la historia de la música de los siglos XIX y XX y es el antecedente radical de lo que luego se ha dado en llamar rock. Es la referencia obligada cuando alguien se pregunte si lo que hace Rosalía es flamenco o no, cuando se trate de averiguar la “pureza” de su arte o de entender el sentido de su evolución. Este antecedente claro y significativo es la evolución del blues en Estados Unidos, de música folklórica espontánea e intuitiva surgida en los entornos de la esclavitud de los negros a marco de base y referencia para las músicas rítmicas ampliamente popularizadas en todas las capas de la población.

Lo que pasa con la música de Rosalía es lo que sucedió con el tránsito del blues rural al blues urbano: una música forzosamente étnica y local primero, localizada en la cuenca del Mississipi, que se trasladó años después a los entornos urbanos industriales de Chicago y Detroit. Fue música de esclavos analfabetos con gran sensibilidad musical, pasó a ser folklore por derecho propio, generó una lucrativa industria de discos y radiodifusión étnicas y se convirtió en la raíz, origen y base de las músicas rítmicas globales del siglo XX. Se puede seguir un hilo musical, cultural e histórico retrospectivo desde el grupo de rock de garaje de los 80, por el pop y rock de los 60, por John Coltrane y Louis Armstrong y llegar a los mismísimos pies de Blind Lemon Jefferson percibiendo la continuidad en términos de sensibilidad e historia. El creador del rock verdadero no fue Elvis Presley sino Sister Rosetta Tharpe; busquen vídeos suyos en You Tube, exactamente “Up above my head”,  escuchen cómo canta y toca, cómo viste, como se mueve, cómo se peina y tírense por el balcón.

Blues es Big Bill Broonzy y Sonny Terry pero también John Lee Hooker y Muddy Waters; la polémica sobre la pureza de ese cante quedó resuelta en aquel entorno geográfico, antropológico y artístico hace tres cuartos de siglo. Si escuchamos con atención lo que canta Rosalía hallaremos el flamenco como base pero otras derivaciones y expresiones que no lo desnaturalizan –como el blues urbano no lo hacía con el rural—sino que lo hacen evolucionar y adaptarse a nuevas sensibilidades. Cuando la “música negra” devino comercial en su propio entorno étnico surgieron sellos discográficos locales que comercializaron productos de blues rural “para negros” pero fue solamente cuando la industria discográfica de masas incorporó el blues o el post-blues –desde Chess o Stax records hasta Tamla Motown o Atlantic—que la ruptura de la etnicidad comercial permitió a aquella música “auténtica” crecer más allá de lo racial.

¿Alguien se imagina acusando de “apropiación cultural” a los miles de músicos de jazz que pueblan el planeta entero? ¿Hay alguien todavía tan ignorante que sea capaz de defender semejantes cosas con una evidencia histórica de tal calibre? Sobre todo cuando en el mismo flamenco se ha dado una evolución semejante hasta el punto de que nadie se atrevería a decir que Enrique Morente no forma parte de esa corriente artística. Digámoslo claro: ser acusado de “apropiación cultural” quiere decir salirse del redil que controla una elite dominante ideológicamente y a veces, económicamente. Sin esa evolución del blues al rock, sin ese entrecruzamiento incesante de influencias, la música hoy sería un yermo.

Un caso parecido: los Beatles

Hace unos 60 años pudimos observar un fenómeno parecido al de Rosalía en lo que concierne al éxito de un estilo en el que se integraban, bajo el paradigma del rock y el pop, músicas de orígenes muy diversos: los Beatles. Sus primeros éxitos de ventas fueron “Love me do” y “Please please me”, canciones de composición propia, pero encuadradas en un repertorio en el que interpretaban rhythm and blues hijo del blues urbano (“Rock and roll music” y “Roll over Beethoven”, Chuck Berry), rockabilly surgido del country más rítmico (“Matchbox”, Carl Perkins), soul y doo-woop (“Baby it’s you”, The Shirelles), rock negro y soul (“Long tall sally”, Little Richard), rock and roll primigenio de los 50 (“Words of love”, Buddy Holly), jazz melódico (“A taste of honey”, Bobby Scott), rock soul negro de la Tamla Motown (“Money”, Barrett Strong, “Please mr. Postman”, The Marvelettes), y tantos otros temas.

A manera de declaración de principios, en el momento en que estalló el gran éxito de los Beatles como estrellas globales del ultimísimo rock, su guitarra solista, George Harrison,  lucía una guitarra Gretsch modelo Gentleman Country, la que usaba el clásico artista del country and western Chet Atkins, que ya era mayor entonces; a eso se le llama hacer honor a unas raíces y no apropiarse indebidamente de la música campestre histórica americana. De modo que esa confluencia de influencias en torno a una música rítmica y lírica a la vez, que en su conjunto se realizaba en una síntesis superior que aparecía como algo muy nuevo era lo mismo que ahora parece sorprender a tantos. Rosalía hace hoy lo que dos o tres generaciones antes hicieron los Beatles.

Lo que sucede es que Rosalía no le debe nada a nadie ni se siente obligada a hacerse perdonar por nadie. No quisiera pecar de irrespetuoso, pero me parece notar que algunos artistas flamencos jóvenes, surgidos en la misma Catalunya, cargan aún a estas alturas con ciertos reparos en este sentido –lo que antes se llamaban “respetos humanos”—o deseos de hacerse aceptar por ciertas ortodoxias, lo que, visto con perspectiva, acaba por lastrar, o si se quiere, connotar con ciertos modos y sabores sus respectivos magníficos estilos.

En este sentido destaca la absoluta libertad que se percibe al escuchar a Rosalía, una mujer joven, urbana, educada y progresista que piensa y se comporta como una ciudadana catalana del siglo XXI y no como una candidata a heredera o continuadora de una tradición, honrosa por supuesto, pero cuyo lugar es otro. No me imagino a Mick Jagger o Keith Richards preocupados por tener como trasfondo sónico o expresivo a Howlin’ Wolf o al mismísimo Muddy Waters de quien obtuvieron su nombre artístico. Rosalía es Mick Jagger, para concluir con el asunto y entendernos de una vez.

Artistas y ciudadanos reales en un país real

Clarificada esta cuestión, dudo si adentrarme en el berenjenal de si lo que canta Rosalia Vila i Tobella es cultura catalana. No recurriré a símiles literarios porque en esos entornos se dispara con el calibre del obús Berta y la gentileza de su bramido, por lo que me limitaré a decir que si no lo es lo que hacía Gato Pérez –será útil revisar la película del cineasta nacionalista Ventura Pons sobre el artista—entonces no habría más que hablar… si no existieran obras como “Cants oblidats. El llegat dels cantadors gitanos catalans”, el proyecto ganador del premio de la Fundació Puig-Porret 2014, protagonizado por Joan Clota y Montse Cortés, que se concede durante el Mercat de Música Viva de Vic.

Hace exactamente 50 años que una artista tan connotada en los últimos años como Núria Feliu fue acusada ya de traidora cuando grabó sus primeros discos en castellano con la firma Hispavox, después de haber ganado en 1967 el Gran Premi del Disc Català: “Venuda!”, le gritaban por la calle, y yo oí tal improperio con estas orejas que se ha de comer la tierra. La polémica monolingüismo-bilingüismo tiñó durante todo su recorrido los años dorados de la nova cançó catalana, y la perspectiva histórica nos muestra ahora que el asunto no era el idioma sino la posición partidista: el máximo defensor del uso exclusivo del catalán en la canción, Raimon, resulta ser repudiado ahora por quienes han tenido a bien clarificar de una vez por todas las pretensiones lingüísticas y culturales que han acabado siendo, finalmente, otra cosa. No es cuestión de idioma, cultura, autenticidad o valía, lo que aquí se plantea es salirse o no del redil y rehusar el control de alguien a quien la música, el arte y la cultura le importan un pimiento.

En realidad, el fenómeno sociológico es que la gente de un país europeo occidental, en plena segunda década del siglo XXI, se sorprenda de que una mujer joven natural de una zona urbana postindustrial, nacida y criada en una nueva democracia y en el corazón de la Unión Europea, se comporte como tal. Por eso hemos conseguido y propuesto un sistema de educación pública, otro de sanidad universal y un entorno cívico de acceso a la cultura nada desdeñable a nivel municipal, comarcal, provincial y nacional, por eso las generaciones anteriores lucharon, presionaron y aspiraron a tener un país normal poblado por personas normales, donde nuestras hijas más jóvenes, nuestras Rosalías, puedan estudiar música o medicina, economía o física, peluquería o gastronomía, y vivir una vida en libertad, bienestar y cultura.

Y una sociedad capaz de hacer posible todo eso, en la Europa de las libertades a la que aspiran a acceder miles de desheredados de la Tierra, es necesariamente una sociedad compleja, en el sentido dado al término por el sociólogo Edgar Morin, sociedad de matices, de relaciones causa efecto difíciles de percibir, de modos de convivencia y relación entre ciudadanos diferentes, en las que la homogeneidad cultural, y no digamos étnica, se diluye o por lo menos adopta formas permeables.

En las sociedades complejas y evolucionadas no existen barreras insalvables ni fronteras delimitadas entre las culturas, y si las hay o si se tiende a que las haya, algo va mal. El interrogante de porqué Rosalía es como es y canta como canta significa nada menos que quien lo plantea no ha entendido el país en el que vive, el país actual y no el de hace ochenta años. El éxito de Rosalía es el triunfo de lo evidente, como el de Silvia Pérez Cruz o Andrea Motis, como lo ha sido el de Raimon, Maria del Mar Bonet, Joan Manuel Serrat, Mayte Martín, Francesc Pi de la Serra, Miguel Poveda, Quimi Portet, Sergio Dalma, Sisa, Xesco Boix, Llorenç Santamaria o Emili Vendrell. El éxito de artistas reales, innovadores, evolucionados, que nunca se produce solo sino siempre de la mano de su público, los ciudadanos reales de un país real en un tiempo actual. Sonroja tener que escribirlo.

Publicación original: Catalunya Plural

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