Remei Margarit, la primera cantautora

La muerte de Remei Margarit, fundadora de Els Setze Jutges, nos trae a la actualidad un personaje mal conocido pero fundamental en la historia de nuestra cultura: la primera cantautora en lengua catalana.

GABRIEL JARABA

La muerte de Remei Margarit, fundadora de Els Setze Jutges, nos trae a la actualidad un personaje mal conocido pero fundamental en la historia de nuestra cultura: la primera cantautora en lengua catalana. Un ama de casa y madre de familia, con formación musical y amplia cultura, que animó a la creación del grupo pionero de la nova cançó y se puso a la cabeza componiendo y cantando sus canciones.

Estamos hablando de los años 1960-61, cuando los Beatles todavía no habían triunfado y el panorama musical local estaba dominado por artistas como Josep Guardiola o Lorenzo González. Los cantantes eran “crooners”, músicos de conservatorio empujados a ganarse la vida a sales de fiestas y aspirantes a una fama a la que sólo podían aspirar los Frank Sinatra. Els Setze Jutges, en cambio, fueron un invento surgido del espíritu travieso de un grupo de amigos vecinos de Sarrià y de un rayo de clarividencia: Miquel Porter, su hermano Josep Porter, Remei Margarit y su marido Lluís Serrahima, a quienes enseguida se añadieron Delfí Abella y Josep Maria Espinàs. Lluís Serrahima no cantaba pero escribió la canción “Què volen aquest gent” y el artículo “Ens calen cançons d’ara”, declaración fundacional de la nova cançó, y Josep Porter, que tampoco era cantante, actuó como representante del grupo, gestionando las actuaciones. Años más tarde fue uno de los fundadores del diario Avui, periodista como era, y especializado en deportes, además de vexilólogo y librero, continuador de la tarea de su padre en la librería Porter, en el Portal de l’Àngel. Él sucedió en el trabajo de representante Carles Pedrerol, tío de la jutgessa más joven, Maria Amèlia Pedrerol.

Miquel Porter y Remei Margarit lo vieron claro: ellos eran los anticantantes. En una lengua marginada hacia el folclorismo, con una actitud opuesta al divismo, son padres y madres de familia que hacen una “crónica tierna e irónica de la vida cotidiana” y se presentan en escena con ropa de calle y una silla de tijera. Vistos con ojos de hoy, el espectáculo era, por decirlo suavemente, poco corriente. Miquel Porter presentaba a los “artistas” con un discurso que no era ya irónico sino sarcástico, y cantaba de pie, con traje gris y corbata pero sin ningún tipo de gesticulación, y con voz de barítono, buen conocedor del jazz y los espirituales negros. Como no sabía tocar la guitarra no tuvo reparos en procurarse un guitarrista de acompañamiento, un chico de 19 años que no cantaba –todavía– y se llamaba Francesc Pi de la Serra. Para acabar de rematarlo, el reparto incorporaba un médico psiquiatra, Delfí Abella, además de un abogado que destacaba como novelista y era un extraordinario genio de las relaciones públicas y la publicidad camuflado de señor discreto, Josep Maria Espinàs.

A toda esa gente todavía no se les llamaba cantautores y con bastante trabajo cantantes. Cuando Raimon se presentó en el festival de la canción del Mediterráneo se le hizo formar pareja con una cantante “de verdad”, Salomé, que ganó el festival de Eurovisión vestida por Pertegaz; el valenciano actuó habilitado con esmoquin. Remei Margarit, en cambio, aparecía en escena en rebeca y falda de tubo. La primera cantautora se presentaba como lo que era, una madre de familia que pasaba por allí pidiendo casi perdón por el atrevimiento. Con una voz muy clara y una entonación medida, iba contando pequeñas historias de la vida cotidiana que parecían esbozos sin pretensiones. Con la perspectiva actual, el contraste con el tono rimbombante y solemne de muchos cantautores/as de hoy en día es rotundo; parece como si Remei se hubiera anticipado 40 años al espíritu de los cantautores de La Mandrágora en Madrid –Krahe, Sabina– en la actitud de darse poca o ninguna importancia a sí misma. Simplemente se sentaba en la silla de tijera e iba subiendo una y otra tonada, sencillas, sin pretensiones, con imágenes y anécdotas de la vida cotidiana: el corte de pelo a la navaja de Oriol, o el perro de su tía que vigilaba que no saliera a festejar con un novio. La sencillez modesta de Remei parecía una limitación; ahora mismo parece un rasgo involuntariamente atrevido imposible de obtener en la actualidad.

Debería llegar la segunda cantautora de la dinastía para introducir otra intención femenina en el contexto de los Jutges. Guillermina Motta causó impacto con “Els esnobs”, con una letra de Marta Pessarrodona qe orientaba la ironía originaria de los Jutges hacia terrenos donde Guillermina exceliría: el tango, el cuplé y la actitud escéptica que más tarde Manuel Vázquez Montalbán nos mostraría no sólo en su obra literaria sino en una función dramático-cómica musical que escribió especialmente para ella. Parecía que el talante sencillo y llano de Remei había quedado atrás pero otras dos Jutgesses incorporaron actitudes parecidas pero diferentes (y yo ya me entiendo): Maria del Carme Girau, valenciana y farmacéutica, modelo involuntario para cantantes femeninas sentimentales posteriores, y Maria Amèlia Pedrerol, estudiante de bachillerato –después psicóloga y novelista– que iba un paso más allá en madurez que Maria Cinta aunque se la presentó como autora de “cançons dels 14 anys”.

Ser entonces un “anticantante” como los Jutges no era fácil. Para formar parte debías pasar una prueba, actuando ante el núcleo fundacional. Y a un joven como Joan Manuel Serrat, en aquel 1965, no se le ocurría ser un profesional, pero sí buscaba una rendija para hacerse escuchar. Así pues, un día se presentó en casa de Remei Margarit para enseñarle sus canciones. Ella le escuchó mientras daba el biberón a su hijo pequeño y no sólo animó al joven, sino que habló con Salvador Escamilla para que le diera a conocer mediante la radio. De modo que la primera cantautora no sólo gozaba de sensibilidad artística personal, sino que tenía vista: fue quien vio la combinación potencialmente exitosa de un animador radiofónico sin prejuicios, un público popular realmente existente y un unicornio blanco que era capaz de hacer las “cançons d’ara” que la gente estaba esperando. Generosa como era (acogió en su casa como canguro a la última de las cantautoras incorporadas, Maria del Mar Bonet, una chica de 18 años que había venido a Barcelona a estudiar) hizo valer su criterio, Serrat disfrutó del altavoz de Ràdio Barcelona, ​​entró en los Jutges y grabó su primer disco con arreglos del director de orquesta y compositor Antoni Ros-Marbà. La apariencia modesta y tímida de Remei era, sencillamente, la contención propia de la gente bien educada que actúa con acierto en lugar de despotricar. Vista que tenía la primera cantautora y vista que tenía el último candidato a Jutge en ir a su encuentro.

La historia de la nova cançó catalana ha sido escrita por plumas tan meritorias como las de Jordi Garcia-Soler (el gran especialista en la materia), Antoni Batista y Manuel Vázquez Montalbán. Sin esas “cançons d’ara” que un día imaginaron Miquel Porter y el marido de Remei Margarit Catalunya sería ahora muy diferente. La historia de la cultura del país fue hecha de esos pequeños detalles que poco a poco fueron construyendo una obra determinante.

Por cierto, si se escuchan ahora mismo las canciones de Remei Margarit (en You Tube están todas las que grabó con Edigsa) se verá que no se le escapa ni una sola nota falsa. Modesta y discreta pero excelente.

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