Raimon cumple 80 años: visión de un artista singular

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GABRIEL JARABA

El 2 de diciembre de 2020 el cantante Raimon cumplió 80 años de edad y casi 60 de una carrera artística singular y única en la Europa contemporánea. Para conmemorarlo escribí tres artículos analíticos sobre su significación cívica y social y su importancia artística e intelectual que han aparecido sucesivamente en el diario Catalunya Plural y que presento agrupados aquí para su revisión en conjunto.

Raimon (1/3): la voz de una generación de jóvenes que buscaba liderazgo y libertad

Los hijos de los vencidos de la guerra del 36 no teníamos líderes. Raimon Diguem no se convirtieron enseguida en un estandarte para aquella generación, que descubrió que el derecho a una vida propia, auténtica, libremente decidida, se podía hacer realidad, de manera personal ya la vez colectiva. Raimon no era rock, pero sonaba duro; no era canción melódica, pero llegaba al corazón.

Este año, en el que Raimon cumple ochenta años, es también el aniversario de una generación. Celebramos no sólo su biografía artística y vital, sino también el recorrido que ha hecho con el público y conciudadanos. Mirando a él ahora nos miramos todos, del mismo modo que cuando la escuchábamos hace décadas encontrábamos en Raimon una personificación de nuestras aspiraciones. Ya dijo Manuel Sacristán, filósofo y dirigente comunista, que, con sus canciones, Raimon ha escrito una biografía colectiva.

Los hijos de los vencidos de la guerra del 36 no teníamos líderes. No lo permitía la clandestinidad y, digámoslo también, la lejanía emocional que nos separaba de los dirigentes de la Catalunya republicana y sus partidos. Unos líderes que desconocíamos y de los que, por decirlo suavemente, nos ha llegado una imagen, colectiva y también personal, intensamente lastrada por una caterva de limpiabotas de la historia y la propaganda, que han creído que trabajaban por el resurgimiento del país practicando el embellecimiento postmortem de quienes lo llevaron al desastre.

Los adolescentes y jóvenes rebeldes y antifranquistas de los 60 no teníamos un Daniel Cohn Bendit o un Rudi Dutschke, ni siquiera un Martin Luther King o unos Siete de Chicago, por la sencilla razón de que, para que los líderes revolucionarios surjan y destaquen después de 1945, es necesario que los produzca una sociedad democrática dotada de un sistema de comunicación abierto. Ni los líderes sectoriales obreros o universitarios podían pasar de ser conocidos por una forzosa minoría de seguidores. Quienes más lejos llegaron en este sentido fueron Marcelino Camacho y los líderes de Comisiones Obreras juzgados en el Proceso 1.001 y quizás los 113 detenidos por formar parte de la Assamblea de Catalunya.

Un impacto y una responsabilidad cívica

Es difícil ahora comprender el impacto que escuchar Raimon por primera vez produjo en la juventud de la posguerra. No sólo en los directamente comprometidos con la lucha por la democracia, sino en los jóvenes inquietos que, de repente, se daban cuenta de que en el recientemente descubierto mundo del disco microsurco, no sólo había Elvis Presley o Adriano Celentano, sino un joven como ellos que cantaba Al vent. No era rock, pero sonaba duro; no era canción melódica como los éxitos italianos o franceses, pero llegaba al corazón. (Más tarde, sí, aparecería Serrat para cerrar el círculo de posibilidades de la canción digamos ligera, pero esta es otra historia, que también hemos escrito y continuaremos escribiendo).

En las incipientes colecciones de discos de cuatro canciones comenzaba a aparecer y proliferar un disco con una portada bien diseñada por Jordi Fornas y con foto de Oriol Maspons, y eso era un signo de estar al día y ser catalanista. El éxito popular de la canción pasaba porque las chicas catalanohablantes de quince años tuvieran el disco de Raimon y no, dicho sea con todos los respetos, los de Josep Maria Espinàs o Delfí Abella, entre los microsurcos de Françoise Hardy, el Dúo Dinámico y Peppino di Capri. Raimon era joven, un joven también, que gritaba libertad. Y tenía una generación que le seguía, no en la clandestinidad, sino en todas partes.

La canción no era clandestina pero sí a menudo censurada. Muchas canciones eran prohibidas y esto hizo que entre cantantes y público se fuera tejiendo una relación de complicidad creciente. El tema prohibido por excelencia era Diguem no, e interpretarlo implicaba una fuerte multa impuesta por la autoridad gubernativa. Raimon y Diguem no se convirtieron enseguida en un estandarte para aquella generación. El joven de Xàtiva que estudiaba historia se encontró con una responsabilidad, el peso de la cual no era precisamente leve.

La revelación fue el concierto celebrado en la Aliança del Poble Nou en 1966, su primer recital en solitario. Allí se volcó la naciente devoción raimoniana de las adolescentes de fiesta con discos del domingo por la tarde, los chicos universitarios en huelga, los señores y señoras de clase media ilustrada esperanzados con la recuperación de la cultura y la lengua catalanas: un público intergeneracional que iba más allá de las audiencias usuales en los conciertos de rock and roll los domingos por la mañana en el Palacio de los Deportes, pero también de la congregación de melómanos alrededor del Orfeó Català.

El 15 de febrero de 1966, ocho meses después del concierto de los Beatles en la Monumental, nació de verdad, si no la nueva canción como movimiento cultural, sí como movimiento de masas; allí cuajó la percepción de un liderazgo más explícito, pero subjetivamente interpretado como tal, con reflejos tan diversos como facetas el líder que reflejaba los rayos.

La aparición de una realidad alternativa: las cosas podían ser diferentes

Los liderazgos juveniles en las sociedades democráticas de los años sesenta no eran tanto de mando político, sino imágenes de gran complejidad en el sentido cultural. ¿Quién hubiera seguido al Che en Bolivia o en el Congo? Los Beatles hacían la mejor música del mundo, pero cuando abrían la boca daban pena. Nuestros jóvenes eran huérfanos de un liderazgo visible, explícito y definido que, por razones históricas, culturales y sociales, era imposible. Umberto Eco entendió muy bien en la época que escribió Apocalípticos e integrados (1965) que los iconos pop, tanto los frívolos como los revolucionarios, no podían sino ser productos de consumo a los que cada uno podía asignar significados fruto de una elección personal.

Raimon no era un significante vacío de este tipo, ni un líder de partido, como algunos cantantes latinoamericanos. Pero era una realidad tangible, algo propio y uno de los nuestros; en medio del franquismo surgía algo diferente, alguien que hace algo diferente, que mostraba que uno podía comportarse, vivir y expresarse de una manera diferente. Y que esta manera diferente de hacer las cosas triunfaba, tenía éxito y encontraba muchos seguidores. En el Olympia de París, en la universidad de Madrid, en Japón, en los Estados Unidos, en los grandes auditorios locales, como el Palau de la Música Catalana, los pabellones deportivos o el campus de la Universitat Autònoma de Barcelona. Este resultó ser el mejor liderazgo que Raimon podía ejercer ante la generación joven: mostrar que el derecho a una vida propia, auténtica, libremente decidida, se podía hacer realidad, de manera personal y a la vez colectiva.

Uno diría que el esfuerzo constante de Raimon, el primer momento, fue hacerse entender como artista. Debía volar con dos alas, la cívica y la poética. Y era consciente de que para mucha gente era difícil captar la complejidad de un creador complejo como él es. A medida que la audiencia de Raimon se ensanchaba y su obra se hacía más diversa y compleja, su público se hacía igualmente plural. El cantante mostraba un compromiso cívico orientando la atención hacia los movimientos incipientemente masivos que apuntaban hacia la democracia, en clave de solidaridad: apoyo al movimiento de los estudiantes, apoyo a Comisiones Obreras, al catalanismo popular, al patrimonio de la cultura.

La represión franquista lo trataba como si fuera él el líder visible de la oposición democrática; él daba voz a la oposición realmente existente y se situaba en medio de la ciudadanía sin atribuirse ningún otro rol que el de un intelectual comprometido, y aún con moderación. Como artista que actúa de cara al público evitó ser asimilado a una vedette de variedades, pero también como intelectual no quiso ocupar un lugar en un debate político en el que no habría hecho ningún mal papel. No estoy seguro de que gran parte de la dirigencia catalanista haya percibido, ni antes ni ahora, la sutilidad de esta postura, ni el acto de cortesía que representaba.

A medida que la cultura catalana iba siendo empapada por la gran mediatización, el público amplio y diverso de Raimon fue siguiendo una u otra tendencia artística y cultural. Gran parte de los artistas de la canción siguieron unas carreras en general exitosas, y muchos de ellos creyeron que la Catalunya democrática los marginaba, probablemente al no percibir que el pavimento en el que se sostiene la cultura de masas es resbaladizo.

Quienes vieron Raimon únicamente el grito de denuncia cívica y no tanto la elaboración de un mundo poético –literario, pero también musical– se fueron descolgando de su seguimiento, al menos de manera entusiasta. Quienes temían que el artista pusiera en evidencia su sectarismo no contaban con la finura que le caracteriza, pasándole factura recientemente (y no la primera, por cierto). La intelectualidad amiga de impulsar arriba (¡y abajo!) personajes en el mercado cultural se aburrió cuando vio que no seguía el compás de ciertos mandarinatos. Y el poder, poder real hecho de dinero, influencia e instituciones, vio en él el peligro que intuyó cuando ya en sus inicios comenzó a mostrar independencia de criterio. Raimon ha sido siempre Raimon en 360 grados y si esto todavía hace pupa es que era y es mucho más que una figura catalanista y antifranquista, que venía de lejos e iba más lejos todavía.

Versión en lengua catalana.

Raimon (2/3): Un artista integral y diferente de todos

Raimon ha sido uno de los creadores más completos del panorama artístico europeo. Diferente de cualquier otro cantante compositor y con una complejidad del todo inusual. Veamos porque, a partir de una breve lista que no agota al personaje, sino que indica su figura poliédrica.

UN MÚSICO CON FORMACIÓN Y CULTURA MUSICAL. Cuando Raimon era joven trabajaba para pagarse los estudios, pero no de carpintero como su padre, sino como disc jockey en la radio. Logró el trabajo porque sabía un montón de música, conocía todos los géneros y lo sabía explicar. Era, además, miembro de la banda de viento La Nova y sabía leer música.

En una de las primeras entrevistas que le hice, en los años sesenta, me sorprendió su conocimiento de la música americana, el blues, el gospel, el country, el folk, el zydeco, el cajun y el hillibilly de las montañas Catskills. La música clásica tampoco la era extraña. Cuando llega a Barcelona para grabar discos con la editora Edigsa, se encuentra como director artístico a Enric Gispert, un musicólogo especialista en música antigua, director del grupo Ars Musicae, que era capaz de ayudar a mejorar una interpretación con guitarra eléctrica.

Y cuando coincide con Salomé para interpretar S’en va anar al festival de la canción del Mediterráneo, en el camerino y en estricta privacidad le ayuda a pulir la interpretación de los vicios que arrastraba a partir de los hábitos adquiridos como cantante de orquesta de baile. No te podías hacer el listo con Raimon hablando de música porque con esa sonrisa sardónica te pegaba un revolcón. En el estudio de grabación, en la preparación de la producción musical, dialogaba de igual a igual con directores de orquesta, compositores, arreglistas y músicos profesionales.

UN CANTANTE DIFERENTE. La aparición de Raimon sorprendió. No se parecía a Jacques Brel ni a Brassens. Tampoco a Tom Jones o Elvis, por supuesto, pero es que ni siquiera recordaba Lucio Dalla, Paolo Conte o Fabrizio De Andre. Ni siquiera era un cantante folk ni, como se decía entonces, «de protesta» (aunque a veces lo llamaban así). Si uno se fija bien, si se repasa la historia de la canción en Europa, no encontrará un artista que cante como él, que haga canciones como las suyas y que reúnan una obra tan diversa y con aspectos tan profundos. Raimon es un artista único en la Europa del siglo XX. El oído atento percibirá en la evolución raimoniana cierta influencia del patriarca napolitano Roberto Murolo, pero no es lo mismo.

UN ARTISTA INDEPENDIENTE. Para estimación al interés y la calidad del artista o por oportunismo, desde los inicios muchas personas y grupos se quieren ganar Raimon por su causa, sea de buena fe o de aquella otra manera. Raimon da siempre apoyo a unas causas muy concretas: la democracia y la libertad, la lengua y la cultura catalanas, el respeto a las «clases subalternas». Ayuda siempre que puede a Comisiones Obreras, la Assemblea de Catalunya, y alude cuando lo cree necesario a personajes como Gregorio López Raimundo o Jordi Rubió. Pero no coge ningún carnet ni, cuando se puede votar, pide ningún voto. No es solo en la actualidad que los que quieren que diga amén a sus ideas le reprueban; estos despropósitos ya los recibía hace décadas, precisamente por gente parecida a la de ahora. Tampoco se pone en manos de representantes artísticos o productores musicales que puedan condicionar y conducir su carrera.

UN CREADOR EXIGENTE. Adquirir un disco de Raimon o asistir a un recital suyo ha sido siempre garantía de calidad. Visto desde ahora mismo, un disco como Cançons de la roda del temps, con poemas de Salvador Espriu, musicados por Raimon y una portada ilustrada especialmente por Joan Miró (y los poemas impresos en la cubierta doble) es un producto insólito, hoy en la era Spotify, pero también en el momento de su aparición.

La pulcritud en la producción de los discos ha sido siempre característica. Cuando vio que su primera discográfica podía comprometerla, a partir de presiones que tenían tanto que ver con el deseo de imponerle un control como con la tacañería, Raimon se marchó a otra compañía y creó un sello propio, con el que grabaron Pi de la Serra y Ovidi Montllor. Detrás de la obra musical de Raimon estaba la mano y la sensibilidad de Enric Gispert, musicólogo especialista en música antigua e innovador, enemigo de la frivolidad y la superficialidad. La compenetración entre uno y otro es el origen del fascinante clima sonoro de la obra musical.

UN POETA QUE HACE CANTAR LOS POETAS. Hay dos formas de cantar los poetas. Una: poner música a los poemas, convirtiéndolos en letras de canciones. Se impone aquí el carácter del cantante y la lógica de su producción artística. Otra: ir hasta el tuétano del poema y meterse en el alma del autor sin abandonar la propia, por lo que el resultado es que el poema original no es una letra de canción de calidad, sino que resurge regenerado con una música que lleva implícita en su gestación (este es un misterio del arte que no se menciona a menudo y merece estudio). Ejemplos: Cançons de la roda del tempsVeles e vents.

UN POETA CON VOZ PROPIA. Propongo, modestamente, un ejercicio: leer las letras de las canciones de Raimon olvidando la música; como si fueran, que lo son, poemas. Y luego reflexionar sobre ¿si esto no es una obra poética, qué es? (lo mismo ocurre con la obra de Francesc Pi de la Serra, por cierto).

UN INTELECTUAL CONSISTENTE. Raimon se licencia en Historia, pero su formación en filosofía, además de lingüística, literatura y arte, es más que sólida. Durante toda la vida practica una curiosidad viva y profunda; aprende de todo, y al mismo tiempo muestra un rigor metodológico poco usual. No hace nada a medias, profundiza en lo que le interpela y no se baja de la burra si no es como resultado de un debate a fondo sustentado en el pensamiento crítico. Los referentes son Ludwig Wittgenstein y Antonio Gramsci: la importancia y posibilidad de lo que se puede decir o no decir, la necesidad de que la cultura sea apropiada por las clases subalternas.

UN ARTISTA AMANTE DEL ARTE. La curiosidad de Raimon encuentra un objeto preferente en el arte contemporáneo. Los grandes nombres crean obras expresamente para las portadas de sus discos: Tàpies, Miró, Viladecans, Equipo Crónica… porque él se ha interesado previamente por su trabajo. Mira también atentamente, escultores como los vascos Chillida e Ibarrola, buscando una proximidad entre las respectivas coherencias. Raimon no ha tratado a los creadores plásticos de manera instrumental para convertirlos en ilustradores de un producto, sino que los ha incorporado a su trabajo y les ha dado una proyección extraordinaria.

UN PENSADOR CRÍTICO. El tiempo en el que Raimon vive y trabaja bajo el franquismo fue un tiempo acelerado. Las cosas se vivían muy intensamente, todas a la vez, bajo un requerimiento ético, pero también vital, de gran urgencia. Los periodistas entrevistábamos a menudo a Raimon para obtener opiniones y reflexiones, que quizás procedentes de otros personajes no habrían sido escuchadas. Pero también porque él estaba dotado de una fina capacidad para explicar las cosas que habitualmente no se podían explicar, junto con una gran sensibilidad didáctica y capacidad de síntesis. Raimon se implicó también en un diálogo muy amplio con personalidades intelectuales de todo tipo, debido al compromiso cívico compartido contra la dictadura. Encontraron en él no ya a un cantante comprometido, sino a un interlocutor de pleno derecho, y a menudo difícil de contradecir.

UN OBSERVADOR DE LA SOCIEDAD. La obra de Raimon ha ido cambiando a medida que lo hacía la sociedad catalana a partir de la Transición. La confrontación de la obra con la sociedad que había llevado a cabo el artista debía ser por fuerza de naturaleza diferente. En el ámbito global se ha convertido en una gran mediatización que ha abierto una era cultural diferente, donde la cultura ya no era masificada por ser mediada, como la del siglo XX, sino que la mediatización abarca todos los aspectos de la vida en un verdadero proceso de expropiación de las vidas personales. Raimon, que ya demostró tener ojo periodístico y sociológico en la columna semanal que escribía en la revista Destino, ve aparecer otras maneras de encarar la cosa pública y trabaja para encontrar la manera de entenderlas y denunciarlas. Las relaciones entre el artista y el público deberán ser diferentes, pero la exigencia crítica del intelectual será más grande y probablemente más difícil de entender por parte de los frívolos.

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(3/3) Raimon y la necesidad de entender la cultura en la sociedad compleja

“Nunca me he puesto límites, he vivido luchando contra ellos», dijo Raimon hace pocos días, en una entrevista que le ha hecho Antoni Bassas. No se puede entender la persistencia raimoniana y la autoridad basada en la propia coherencia cuando no se ha entendido su obra: aquel verso no decía «quien pierde los orígenes pierde la identidad», sino «quien pierde los orígenes pierde identidad», sin artículo. En la poesía de Raimon nunca sobra ni falta ni una sola letra: la identidad a la que se refería era la pertenencia a lo que denomina «clases subalternas», al orgullo y espíritu independiente del trabajador que se gana la vida con el su esfuerzo y no le debe nada a nadie, más aún si es anarcosindicalista como el padre o socialista como la madre.

Raimon no ha sido hombre de militancia de partido, pero sí partidario de su clase social. Raimon responde con claridad a la entrevista cuando le quieren hacer elegir: ¿La nación o la lucha de clases? El cantante se refiere, con moderación, a estas «clases subalternas» a las que ha querido servir siempre.

Visto desde ahora con suficiente perspectiva, la perseverancia compaginada con la moderación del artista es verdad, y con un matiz: Raimon nunca ha provocado, ha hecho lo que creía que había que hacer y no ha buscado enfrentamientos; ni siquiera con los franquistas. Su convicción la ha justificado siempre. No ha bajado nunca la cabeza, ni ante unos ni ante otros. Porque, después de todo, ha habido otros. Quienes ahora le reprochan no tomar posturas políticas maximalistas hace cuarenta años habrían visto con buenos ojos que aflojara un poco; su claridad en la toma de posiciones les asustaba y temían que los comprometiera.

Ver la complicidad entre Raimon, Pi de la Serra y Ovidi Montllor, y su éxito, repateaba a una derecha nacionalista que era además anticomunista y consideraba como tales incluso los que no lo eran. La vinculación de Raimon con los movimientos populares organizados de oposición al franquismo era vista como un riesgo innecesario que podía perjudicar un catalanismo que no querían mostrar como excesivamente combativo. Pero tanto a los consumidores de propaganda y los identificadores de enemigos, – que acaban de llegar a la partida, porque son de lengua larga y lectura corta— desconocen cómo han sido de tortuosos los caminos del catalanismo realmente existente.

Ausencia de una crítica

A Raimon se la han hecho muchas entrevistas y en todas ellas, incluso en los momentos más duros de la dictadura, se ha expresado con claridad. Hemos sido los periodistas los que no hemos sabido explicar a él, incluso los que le hemos seguido con más interés. Quizás hacía falta alguien más capaz que nosotros, que, eso sí, hemos divulgado su trabajo.

Algún día surgirá una auténtica crítica de canción, una corriente de estudio ambiciosa, y que produzca conocimiento asimilable al de la crítica literaria, cinematográfica y artística. Uno echa en falta un abordaje que vaya más allá de los estudios inspirados en la etnología o la antropología cultural, incluso más allá de trabajos tan extensos y ambiciosos como los que hizo Alan Lomax para la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos sobre el folklore y la canción popular. Por supuesto que se ha estudiado suficientemente la canción francesa y la americana, pero no al nivel que la crítica cinematográfica ha dado cuenta de este arte o al que la filología y la crítica literaria proporcionan de sus objetos de estudio. Nos falta un corpus crítico referente a un fenómeno artístico y cultural propio del siglo XX, como lo es el cine, la arquitectura o la pintura contemporáneos, la literatura o la fotografía.

Parecerá un despropósito o una paradoja, pero si alguien podía haber hecho este trabajo de crítica e investigación habría sido… Raimon. Era y es quien posee los conocimientos y los criterios para ejercer de crítico musical con total solidez intelectual. Pero es casi inconcebible que un cantante compositor ejerza la crítica de la misma manera que lo hace cualquier otro autor en el campo estrictamente literario. Se sitúa al creador musical y literario, de este modo, en el campo de la industria del entretenimiento, con el artista que sale a escena a un lado y el analista crítico de la obra artística en otra. Así ha ocurrido, siguiendo la lógica de la prensa de espectáculos y la publicidad que le es adherida, con la excepción, en Catalunya, de Miquel Pujadó (con una importante obra discográfica publicada) y de Jordi Roura, con muchos años de trabajo radiofónico. Y, en el resto de España, en el campo del folklore, de Joaquín Diaz. Uno, que ha hecho de crítico musical de urgencia o de sustitución, leería con enorme placer la crítica de canción escrita por Raimon y trataría de aprender.

Necesitamos una mirada de calidad

Es difícil, sin una tradición en crítica de canción como trasfondo, explicar y explicarse la complejidad de las relaciones entre este arte y la sociedad, sobre todo cuando la historia y la sociología no han hecho tareas que podían haber hecho perfectamente, pero no han llevado a cabo porque no han visto más allá de la vertiente periodística de este estudio. Veamos algunas paradojas que pueden ser indicativas.

Podemos hacer una especulación inútil: ¿Si no hubiera sido por la Nova Cançó catalana, aparecida entre 1959 y 1962, ¿la cultura en lengua catalana habría vivido una reanudación tan sensacional como la que tuvo? La lengua catalana volvía a escena en un mundo muy diferente de los años treinta: sociedad y cultura de masas, televisión, alfabetización generalizada, movimiento de cultura pop que impregna la casi totalidad de la cultura mediática, música comercial con más impacto que anteriormente el jazz, el cuplé o el tango, motorización y vacaciones pagadas, y un etcétera que va del turismo y la moda a los cambios culturales de fondo acaecidos al catolicismo y la cultura académica.

Los apocalípticos nostrats hacen como si ahora no se hablara, publicara y difundiera en catalán más que en cualquier otro momento de la historia; los integrados se empeñan en ignorar que las burbujas castellanohablantes en el área metropolitana son impermeables culturalmente.

La lengua catalana, minorizada por el franquismo y el centralismo, se benefició, paradójicamente, de unas tendencias generales en la sociedad de los años sesenta que no eran las mismas que las actuales, al igual que la Catalunya de los setenta no era la de los treinta. La confusión actual viene porque el nacionalismo que se ha convertido hegemónico cree, o al menos sus dirigentes, que el país en el que viven ahora es el país de los años treinta. Las ucronías como las que hemos hecho en el párrafo anterior se justifican si negamos la historia como cambio y transformación, si vemos la realidad y el hombre de manera estática e idéntica a sí misma, si creemos que las épocas con sus hechos, en tanto que idénticos, son intercambiables.

No hubo un Raimon en la Catalunya republicana a pesar de las aspiraciones nacionales y de clase existentes en la sociedad de entonces. Existía una gran afición a las músicas modernas en las clases populares, sobre todo el tango, el jazz y el swing, pero no las condiciones formadas por costumbres, aspiraciones, referentes, mentalidades, formas de la vida cotidiana. Había prensa en catalán, pero el espectáculo de entretenimiento popular era en castellano; la insuficiente alfabetización popular bloqueaba cualquier expansión de una alfabetización catalana popular con el apoyo de una incipiente cultura de masas, que no se había desarrollado, pero que era posible, como muestra la historia del cine. Podemos hacer otras preguntas en sentido inverso y asumir las paradojas de algunas respuestas posibles.

Que la Nova Cançó catalana ha salvado la lengua catalana es innegable, y que ha llegado a sacarla de un elitismo forzado por la resistencia, también. Y ocurrió antes de existir la televisión de la Generalitat, cuando la televisión y la radio emitían casi siempre en castellano y también cuando el catalán comenzó a abrirse paso en las ondas. Esto es lo que entendió perfectamente Salvador Escamilla, que no era un intelectual sino un comunicador de una pieza: ¿qué habría emitido su Radioscope si no hubiera existido canción en catalán?

Antes decíamos «necesitamos canciones de ahora» y ahora decimos que necesitamos una mirada de calidad y un cerebro sin aluminosis que nos permita entender cómo debe producirse una cultura compleja en una sociedad compleja. Porque uno diría que todavía no hemos acabado de entender, más allá de esquematismos, lo que han sido y han representado el mismo Raimon y la Nova Cançó.

Versión en lengua catalana.

Gabriel Jaraba ha formado parte, durante los últimos 50 años, del grupo de periodistas y críticos musicales que han analizado durante este medio siglo el movimiento de la Nova Cançó catalana, sus artistas y el entorno cultural y social, con colegas como Jordi Garcia-Soler, Ángel Casas, Albert Mallofré y Antoni Batista, con cientos de artículos publicados y de intervenciones en la radio y la televisión. Ha sido también músico y miembro del grupo Els Tres Tambors, pionero del rock catalán a los 60, con Jordi Batiste, Albert Batiste y Josep Maria Farran.
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