Los cinco Honoris Causa de la nova cançó

GABRIEL JARABA Hay tres personas de la cançó distinguidas con el nombramiento de Honoris Causa. O cuatro, según como se mire. El primero, Raimon, por la Universidad de Alicante; el segundo y tercero, Joan Manuel Serrat y Maria del Mar Bonet, por la Universidad de Barcelona, y la cuarta, Isabel Steva o Colita, según su […]

GABRIEL JARABA

Hay tres personas de la cançó distinguidas con el nombramiento de Honoris Causa. O cuatro, según como se mire. El primero, Raimon, por la Universidad de Alicante; el segundo y tercero, Joan Manuel Serrat y Maria del Mar Bonet, por la Universidad de Barcelona, y la cuarta, Isabel Steva o Colita, según su nombre de cámara (equivalente al nombre de pluma), la fotógrafa genial y singular que ha mostrado el rostro de los cantantes a lo largo de la historia de la nova cançó, por la Universidad Autónoma de Barcelona. Consciente de que el “métier” de la señora Steva no es musical sino visual, un servidor se atreve a añadir su estampa a la de los cantantes justísimamente decorados con esta distinción académica y cívica si es que queremos destacar el hecho histórico del reconocimiento al mérito cultural de la canción catalana y celebrar adecuadamente la distinción en términos de civismo general. Pero también incluyo aquí el nombre de Colita porque es obligado, para no cometer con ella la injusticia generalizada de que se ha hecho objeto a los cantantes en catalán y para apuntar a un detalle: la nova cançó ha sido un movimiento tan grande e importante que ha ido más allá de los que suben a los escenarios.

La importancia de Colita no ha sido solamente su valor como artista sino por un hecho que a menudo olvidamos: nos enseñó el rostro auténtico de los cantantes en catalán. No es un giro retórico: estamos hablando de una época en la que estos artistas no salían por televisión y raramente aparecían fotografiados en los diarios, nunca en la prensa popular llamada “del corazón”. Una prueba, traten de recordar los rostros de los nombres siguientes: Xavier Elies, Magda, Mercè Madolell, Maria Amèlia Pedrerol, Maria del Carme Girau, Jacinta, Jordi Barre, Maria Pilar Tomàs. Les cuesta, ¿verdad? Todos ellos están inscritos con letras de oro en la historia de la cançó pero su imagen se hace cada vez más borrosa en nuestras mentes. Hemos admirado figuras artísticas muy valiosas –pensemos en Guillem d’Efak o Martí Llauradó—pero, y es duro decirlo, los hemos abandonado en tanto que público. Y esto es así porque la vida pasa  y cada día trae su propio afán.

Hay una sensación generalizada, más allá de batallas políticas concretas, de que la nova cançó catalana ha sido víctima de un trato injusto, por parte de las instituciones en general pero también del público. Hasta el año 2007 –¡32 años después de la muerte de Franco!–  no se hizo un acto oficial como la concesión de la Medalla d’Or del Parlament de Catalunya a Els 16 Jutges, cuando Miquel Porter, uno de sus creadores principales, ya había muerto. En el acto de entrega de la distinción, Maria del Mar Bonet hizo un parlamento, muy pulcro, en el que si no reprochaba la falta de implicación de las autoridades democráticas en el mantenimiento, dudaba de la potenciación de la cançó por su parte. Guillermina Motta, a su vez, ni siquiera se presentó.

Bien entrado el siglo XXI, el papel, significación y consideración de la cançó catalana han cambiado. Han cambiado los gustos, las generaciones de jóvenes seguidores de la música, las maneras de relacionarse con los públicos, la industria del entretenimiento y de la producción y distribución de música grabada, las culturas digitales que acompañan a la cultura pop en general y todas las dimensiones de las que forma parte un arte tan directamente vinculado a los cambios fruto de La Gran Digitalización que afecta no sólo a la cultura y la comunicación sino a la civilización en general.

El cambio de milenio cogió a la nova cançó y su gente con el paso cambiado. Ellos esperaban recoger los frutos de una labor llevada a cabo con dedicación y prudencia durante una treintena de años y se encontraron en medio de la tempestad perfecta relacionada con su oficio. Tampoco tuvieron demasiada ayuda: si hay una deficiencia en este sentido es la ausencia de diálogo e intercambio de ideas entre los cantantes y sus colaboradores y los intelectuales del país, que podía haber ayudado a por lo menos plantear los problemas de manera mínimamente correcta. Pero las personalidades implicadas, de uno y otro lado, estaban poco hechas a estos intercambios y probablemente demasiado acostumbradas a que se les diese la razón.

La concesión de los doctorados Honoris Causa a Maria del Mar Bonet y Joan Manuel Serrat tiene como trasfondo todos estos antecedentes. No se puede negar que en este hecho hay un gesto de justicia poética que honra a la UB y la sitúa en un papel digno en esta problemática que hemos tratado de resumir. Pero hay que reconocer que ambos artistas se han sentido no sólo honrados sino celebrados de una manera que sólo nos puede alegrar a todos, ellos y nosotros. 

La fotografía de Colita acerca de los cantantes de la nova cançó hizo el papel de una mediación comunicacional importantísima no sólo para este movimiento cultural sino para su público. Aquello no eran fotos para fans ni estampas de figuras de la escena, aquellas fotografías eran el rostro viviente de unos jóvenes que se erigieron en líderes de nuestra generación, como supieron y como pudieron. Estos Honoris Causa son nuestros Bob Dylans o Léos Ferré, y nos corresponde a a nosotros, su público, apreciarlos como es debido. Un día los cantantes gozaron de nuestro apoyo  cuando nos dedicamos a organizarles recitales en lugares a nuestro alcance, o los dimos a conocer por el boca-oreja y sabiendo despertar interés e ilusión por aquella “nova cançó”. No les demos la culpa ahora porque nosotros hayamos cambiado y ya no nos veamos tan jóvenes como cuando nos veíamos reflejados en ellos. Miro las fotos de Colita, Doctora Honoris Causa, y pienso: “estos somos nosotros, estos son nuestra gente”.

Publicación original: Catalunya Plural

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