Las tetas de Amaral y su marco conceptual

Las cosas no son siempre lo que parecen, la realidad es siempre compleja y a menudo en vez de ir adelante vamos para atrás.

GABRIEL JARABA

Parece ser que vamos progresando pero tampoco hace tanto que la gente de teatro tenía vetado ser enterrada en sagrado. Y ahí tenemos una película, Las salvajes en Puente San Gil, de Antoni Ribas, basada en una función de José Luis Martín Recuerda, dos obras producidas en 1963 y 1966 respectivamente (es decir, la época de los Beatles) donde se muestra el desprecio y rechazo agresivo que una compañía de vedettes de revista padece ante un público retrógrado. La animadversión persistente de la derecha española hacia los actores y actrices de cine se exterioriza desde que estos se manifestaron contra la guerra de Irak impulsada por José María Aznar. Siempre que pueden, las derechas sociológicas exhiben esa inquina, de modo que parece ser una tradición que se remonta a siglos, tantos como los que el reaccionarismo español campa por nuestra patria a caballo de la osamenta de Babieca.

Ahora vemos reaparecer esas actitudes con  motivo de la actuación de Eva Amaral en la que la cantante decidió mostrar sus pechos en escena como reivindicación de la libertad de creación y expresión artística, amenazadas en algunas regiones por las políticas reaccionarias de Vox. A algunos les ha parecido una posición exagerada, olvidando que lo peor que le puede pasar a una persona con manía persecutoria es que la persigan. Algunos se sorprenden de que a estas alturas enseñar las tetas en público represente un acto de protesta y no digamos de liberación, casi medio siglo después de la aparición de la revista interviú, pero olvidan que mientras en España se seguía considerando al semanario pionero del destape como un signo de evolución histórica una clásica del periodismo del siglo XX como Oriana Fallaci la despreciaba como “una revista de culos de putas”.  Lo que demuestra no sólo que todo es del color del cristal con que se mira sino que los asuntos del desnudo público merecen ser mirados con lupa.

Un vistazo a la historia del arte y a ciertos símbolos sociopolíticos indican que por lo menos desde el cuadro La libertad guiando al pueblo, de Delacroix, existe una fuerte asociación entre el progreso y la mostración del torso femenino desnudo. Una cosa es la sicalipsis y otra muy distinta el poder arquetípico de ciertas imágenes del cuerpo humano. No es la visión de la carne lo que sacude a la gente sino la intención del alma.

Probablemente seguiremos viendo cómo las artistas femeninas exhiben su cuerpo desnudo como signo de protesta, reivindicación o afirmación de las ideas. Pero uno no deja de preguntarse si, además de cantantes y actrices, no deberían ser otro tipo de personajes quienes asumieran ese tipo de demostraciones, para ir más allá y no dejarlas solas. Quizás podría darse algún tipo de conmoción de la opinión pública si quienes enseñaran las tetas como acto ideológico lo hicieran al margen del espectáculo. No parece que haya llegado el momento de ver escenas como las del cuadro de Delacroix en los ambientes de la política, las instituciones, la empresa, la ciencia o la educación, no digamos ya como la que interpretó Eva Amaral. Mientras eso no suceda seguiremos moviéndonos en el marco conceptual de Las salvajes en Puente San Gil. O el de Interviu.

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