
GABRIEL JARABA
A menudo se dice que las fronteras no existen. Lo que se quiere decir con esto en realidad es que no deberían existir, porque las fronteras, haberlas haylas. Vaya que si las hay; que les pregunten si no a los migrantes que a menudo se dejan la piel en ellas para ejercer el derecho a buscar un mejor lugar donde vivir, o a los traficantes y demás aprovechados que buscan la manera de lucrarse a costa de este derecho. Me parece que deberíamos abandonar ese lenguaje que pretende ser iluminativo y que no hace más que oscurecer las realidades. Somos periodistas y nuestra misión es precisamente esa: arrojar luz donde hay sombras bajo las que se esconde la explotación del hombre por el hombre, el sometimiento del más débil, la prevalencia del dinero sobre el derecho.
El problema que tenemos los periodistas, y no sólo nosotros, es que las cosas no son lo que parecen. La filosofía de cejas altas no se rebaja a admitir rotundamente este principio epistemológico fundamental y se envuelve en dignos ropajes de muy diversa laya: una apariencia oculta siempre una realidad distinta. Los periodistas somos gente más vulgar que partimos del principio de que cualquier interlocutor es un mentiroso en potencia. Nada es lo que parece y lo que parece ser un modo de ordenar sensatamente la distribución de las personas y los bienes en los distintos territorios acaba siendo, como cualquier acción humana, una medida de la que alguien acaba sacando provecho.
Corriendo el riesgo de resultar un poco fátuos podríamos convenir en que las fronteras son relojes: señalan los tiempos por los que ha pasado el devenir del hombre. En tiempos pasados decíamos que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases, y que el motor de la historia es el conflicto. Las fronteras son las manecillas de los relojes históricos de los colectivos humanos, marcadores que no se ven pero que dejan huellas profundas en las personas y en los pueblos. Nosotros y ellos; de un lado estamos nosotros, los que somos de esta manera y del otro, ellos, que son de otra, ese es el fundamento del racismo latente o institucionalizado. Todas las ideas de progreso que la humanidad ha sido capaz de generar tienden a considerar como deseable la unidad del género humano, a partir de la idea que el señalamiento de diferencias produce injusticias. Una cosa son las diferencias legítimas, propias de la cultura, el origen o la manera de vivir, y otra las diferencias que se postulan para señalar que los unos son los buenos y los otros son los malos. Ahí comienzan las guerras, las violencias, ese es el germen de la catástrofe permanente.
Las fronteras son relojes que reclaman una puesta en hora adecuada y necesaria. Se dice que un reloj estropeado acierta a dar la hora dos veces al día. Una manera de poner en hora los relojes es hacer de las fronteras espacios de paz, convivencia y humanidad. Porque esas manecillas de reloj señalan también puntos de tensión, lugares de conflicto, conflictos pasados, presentes y posiblemente futuros. Y el conflicto es el agua en la que los periodistas habitan, que les permite respirar como peces allá donde los demás se ahogan. El periodista que no apunta al conflicto no es un pez sino un reptil, porque no pretende nadar contracorriente sino deslizarse subrepticiamente para pasar inadvertido en el silencio cobarde.
El compromiso del periodista es con la verdad y con el ser humano. La verdad que ilumina la injusticia que aherroja al hombre. Todos nuestros artefactos lingüísticos, indagatorios, racionales, o apuntan al agua refrescante y sanadora del conflicto que demanda ser desvelado o están al servicio del terrario reptiliano. Ahí comienza y termina nuestra profesión.
Seamos relojeros capaces de poner los relojes en marcha para que impere la hora de lo genuinamente humano: la hora de la verdad.




