La medicina del doctor Illa: un antídoto contra la frivolidad

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GABRIEL JARABA

 

Cuando en julio del año pasado un servidor se permitió un ejercicio de wishful thinking e imaginó como muy estimulante la posibilidad de colocar al ministro Salvador Illa al frente de la lista del PSC para las próximas elecciones autonómicas (en un artículo titulado Ponga un Illa en su vida) lo hizo precisamente porque lo consideraba altamente improbable. Lo que pretendía era subrayar lo insólito de una presencia en la escena política de Madrid ajena al guirigay permanente que allí se da, un entorno que Illa interpretó con gran inteligencia política: la bronca continuada ejercida por las derechas no es únicamente un rasgo definitorio de una determinada actitud cultural y personal, es una estrategia en ella misma orientada a imponer una hegemonía.

La estrategia del follón nace en los think tanks reaccionarios de Estados Unidos, se desarrolla con el Tea Party y triunfa con la elección de Donald Trump. Aznar ya la había ensayado antes aquí (con el “¡Váyase, señor González!” y Federico Jiménez Losantos en la COPE) y ha acabado por impregnar todo el panorama mediático-político del país. La excepción Illa era llamativa por efecto de contraste, al proyectar desde el mismo gobierno y la tribuna del orador en el Congreso, una especie de “fuerza tranquila” mitterrandiana que revelaba cómo la bronca permanente era, en el fondo, sumamente frágil cuando era contrastada con la razón y tenía la capacidad, al menos potencialmente, de mostrar que el relato falaz e impúdico de la derecha podía ser derrotado. La actitud sensata, respetuosa y enérgica a la vez ha ganado para el ministro Illa el respeto de todo el arco parlamentario.

Ni “seny” ni “rauxa”: frivolidad

El interrogante era y es ver si la locura que las derechas nacionalistas inoculan en los cuerpos sociales tiene un antídoto –la vacuna del doctor Illa, podríamos decir, siguiendo con la broma que ahora ya va de veras— y si podría ser operativo en el caso de Catalunya. Se habla de la capacidad de gestión del ministro de Sanidad como atractivo electoral, pero estoy convencido de que muchos otros ven en el hombre del traje gris alguna cosa más: un factor de apaciguamiento de las pasiones que han echado la nación barranco abajo durante la última década. Un servidor no cree que el antídoto pueda ser tan eficiente como la purga del Chato –una expresión de cuando aún hablábamos con dichos y chascarrillos—porque el sufrimiento es peor que un dolor de tripa. Ahora parece que algunos sectores han empezado a percibir que un período de decadencia de la sociedad catalana es del todo posible, como hace pocos días ha advertido el agudo Enric Juliana; algunos ya indicamos en el inicio de la década nefasta, y casi todos se extrañaban entonces, que la consecuencia lógica del avance nacionalpopulista era precisamente la decadencia de la nación. Sería la percepción de este riesgo lo que conferiría a Salvador Illa un potencial movilizador de la abstención.

La decadencia catalana sería un fruto inesperado debido a una confusión: la falsa creencia de que la dicotomía histórica de la nación es o seny o rauxa. Y no; entre nosotros la alternativa al seny, o sensatez, no es la rauxa, o arrebato, sino la frivolidad. Si se mira la historia buscando una pauta repetitiva, se ve cómo lo que frustra los avances del país –avances no hacia un estado “propio” sino en dirección al progreso— es la capacidad de tirarse los trastos por la cabeza entre todos en los momentos decisivos. Me parece que uno de los méritos que han hecho tan leída la novela El cònsol de Barcelona, de Andreu Claret, este año pasado, ha sido la evocación como trasfondo de la época en que transcurre la acción, un momento en que la Catalunya autónoma ha de resistir y vencer al golpe de estado fascista y la guerra subsiguiente y en cambio los sectores populares que tenían esa responsabilidad se desangran entre la eclosión de un putsch en la retaguardia, una acción gubernamental de mantenimiento del orden digamos trastabillante y la reducción de Catalunya a un peón de una estrategia internacional precursora de las políticas de bloques de la guerra fría.

No hay comparación entre el desgobierno de la Catalunya republicana de los años 30 y el del tiempo del Procés en pleno siglo XXI. Pero se puede percibir un elemento común que se muestra bajo diversos aspectos: hechos políticos cuyos autores los proponen como actos de coraje y son auténticos suicidios; la percepción de determinados personajes como líderes ganadores cuando de hecho son aventureros o chiflados; la capacidad de menospreciar y deteriorar las ganancias obtenidas gracias al progreso o simplemente la fortuna. No hay rauxa en tales actitudes y percepciones, a lo sumo en una manera de hacer subsiguiente y consecuencia de una causa anterior: una frivolidad de fondo que nos aísla de la realidad, nos lleva a sobreestimar las propias fuerzas, a interpretar justamente al revés las circunstancias, a situar una emocionalidad desatada como medida de la fidelidad a un ideal, a considerar gestos con intención simbólica acciones de contenido y resultado político. Y es la simple percepción de un candidato que no parece un chiflado o un irresponsable lo que suscita, por contraste, el efecto Illa.

Coraje, fe y congruencia

Ahora sabemos cuál es el alcance de la frivolidad particular y lo que puede llegar a hacer del buen juicio de los hombres (Torra como ejemplo). Salvador Illa está llamado a convocar al espíritu de moderación que permanece en los sectores sociales y políticos más diversos. Esto puede tener un reflejo medible en los sondeos electorales. Pero la tarea necesaria que en este momento tendría que llevar a cabo un líder cívico consiste en establecer un camino de dos direcciones: una, convertir el disgusto de los sectores moderados de la ciudadanía en una decisión electoral deliberada que marque un punto de inflexión en el actual momento de la frivolidad histórica propia; otra, convertir la mezcla de frustración y desmobilización de los ciudadanos de izquierdas y progresistas en movilización efectiva para atraer una mayoría decisiva que modifique la situación política. No se trata de una labor lo que le espera a Illa (el gancho electoral) sino de dos: ofrecer una oportunidad de cambiar un relato delirante por una oportunidad de progreso y proporcionar al PSC i a las izquierdas una motivación militante capaz de mostrar una manera práctica de lograrlo.

El coraje de Pedro Sánchez, Miquel Iceta y Salvador Illa ha sido muy grande para que esta militancia, con carnet y sin él, recupere, en correspondencia, su porción de valor y rompa el nudo gordiano del “relato”. ¿Qué espada alejandrina puede cortar el nudo? Una bien afilada: que el candidato esté convencido de que puede ganar, lo demuestre ante los suyos y actúe en consecuencia. Sólo así podría recuperar para la salud al enfermo que el corajudo y realista Iceta fue capaz de mantener con vida. No hay mejor antídoto contra la frivolidad que se basa en la mentira y el engaño que la verdad. Y esta ha de ser creída como cierta por sus propios partidarios.

Publicación original: Catalunya Plural.

Reproducido también en L’Hora, Nou Cicle (en catalán).

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