La izquierda juvenil argentina

Cuando sea mayor quiero ser argentino

GABRIEL JARABA

Yo suelo decir que cuando sea mayor quiero ser argentino. Suelto este exabrupto pensando en los numerosos amigos de esa nacionalidad que he ido haciendo a lo largo del tiempo, desde que el golpe de Videla provocó en 1976 una de las catástrofes humanitarias más impresionantes del siglo XX. La represión desplegada por la junta militar exterminó no sólo a una promoción de militantes de izquierdas sino a una generación entera. Que en una sociedad moderna se produzca la desaparición de 30.000 personas de edades comprendidas entre 18 y 35 años es un hecho que merece reflexión más allá de los hechos políticos, incluso desde el punto de vista de los derechos humanos. Es un genocidio muy particular: la eliminación no de una etnia, una confesión religiosa o una nacionalidad  sino el exterminio de la juventud disconforme.

El exterminio de la izquierda juvenil argentina de los 70 significa la autoamputación de una parte importantísima del cuerpo social, más allá de cualquier debate político. El país enfrentó desde entonces su acceso al futuro desprovisto de lo único que podía conferirle la esperanza de ganar el porvenir con el pleno ejercicio de la creatividad y la innovación en todos los sectores y direcciones. Quizás muchas de las cuestiones que no alcanzamos a comprender de la evolución o involución argentina se basen en este hecho tan a menudo silenciado.

Ese concepto de izquierda juvenil, propuesto por Ramon Aymerich en La Vanguardia al recordar el episodio ahora que se cumple su 50 aniversario me parece importantísimo. Esa idea generacional política es crucial para comprender la cultura de la segunda mitad del siglo XX y de paso para entendernos a nosotros mismos los que quisimos o creímos protagonizar unas décadas que iban a ver las transformaciones más profundas de la civilización contemporánea. El exterminio de la izquierda juvenil argentina fue un genocidio sin paliativos, coronado por la aventura bélica de Videla, Massera y Galtieri al enviar a los chicos que quedaban vivos al matadero de las Malvinas.

Los supervivientes de aquella izquierda juvenil y los persistentes de nuestra izquierda hispana nos reconocimos a primera vista cuando nos encontramos. Tengo el honor de haber sido y ser amigo de numerosos miembros de Montoneros y ERP, Ejército Revolucionario del Pueblo. Entre ellos no sólo se encontraban militantes clandestinos sino profesionales de un valor extraordinario, tanto formados allá como reformulados aquí a partir de su condición de refugiados. Todos ellos hicieron una aportación extraordinaria a España con su talento, su energía y su ingenio.

La izquierda juvenil argentina que conocimos no sólo nos dio la oportunidad de ejercer una verdadera solidaridad internacionalista sino que nos insufló la vitalidad de un pueblo vibrante. La izquierda juvenil española debe a su homóloga argentina el reconocimiento por un sacrificio dramático y el agradecimiento por una notable comunicación de vida.

Fotografía: Ricardo Darín, argentino y español, con Guillermo Francella, en El secreto de sus ojos.

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