La ciudad quemada 3.0

ciutat_cremada.jpeg

GABRIEL JARABA

“Si Hasél es una chispa que enciende algo latente es que hay mucha gente que va muy quemada. O que hay fuerzas con gran capacidad de provocar incendios. Una cosa no quita la otra y ambas son peligrosas”. Esto lo escribía un servidor en Twitter hace unos días –perdón por la autocita– y lo reproducía Raimon Obiols en el digital socialista L’Hora al día siguiente. No hay que dejarse tentar por la pseudointerpretación de trazo grueso, por la hipersensibilidad conspiratoria o por el culto a la catarsis en el momento en que hay que considerar esta tempestad perfecta, pero no me negará el amable lector que la jugada ha sido magistral: ahora ya no hablamos de quién ha ganado las elecciones, en votos y en escaños a la vez, e incluso parece ser normal que el candidato que disputa al ganador y dice que intenta formar gobierno se esconda en vaya usted a saber en qué madriguera mientras en la calle se representa la ceremonia del caos. Esto vale muchas pesetas, en términos políticos, de modo que los jóvenes que se han manifestado por la libertad de expresión y por un estado de cosas más favorable para su futuro han sido una ayuda muy valiosa para las fuerzas que les dejarán igual si no peor. La política hace extraños compañeros de cama, y más aún cuando no eres consciente de que te estás acostando con alguien hasta que, ustedes perdonen, acabas sodomizado.

La pregunta es cuánta dosis de realidad estamos dispuestos a asimilar los catalanes, los que se manifiestan y los que se quedan en casa. Algunos amigos independentistas se han cabreado conmigo porque les he dicho que, como escribí, el partido socialista había ganado las elecciones. Cuando les enseñaba los números, aún se cabreaban más y negaban la evidencia. ¿Pedirán, así, estas personas, inteligencia política a los chiquillos de las sudaderas con capucha? Durante la pandemia ha gobernado el independentismo que ha perdido ahora 700.000 votos, pero, a pesar del avance socialista, no ha habido una penalización en las urnas en señal de censura. Hay que prever que el resultado de todo este asunto será un nuevo gobierno de coalición independentista, con lo que volveremos a tener lo que ya había y ahora hemos vuelto a pedir, quizás con otros protagonistas, más o menos estrafalarios que otros anteriores, pero con los mismos resultados previsibles.

La clarividencia de Edgar Morin

A medida que vayan pasando los días el panorama político y social irá adquiriendo una mayor claridad y, en la medida que sea posible, las cosas volverán a su sitio, incluso si hay repetición electoral. Sucederá aquello que, también en Twitter y con una clarividencia que hiela el alma, describía Edgar Morin, el gran filósofo de la sociedad compleja y probablemente el último sabio de Europa: “Incapacidad de sacar las lecciones de la experiencia, incapacidad de modificar los esquemas mentales, la selección de falsos problemas y falsos criterios, el olvido de los fines en el uso de los medios o la ignorancia de los medios adaptados a los fines suscitan formas múltiples de ceguera obstinada”, exclama, a manera de descripción del espíritu colectivo presente.

El fuego pasará, pero el resultado de las formas de ceguera obstinada se quedará. Morin avisa que estas formas son múltiples, lo que implica que puedan convivir simultáneamente. Es precisamente el refuerzo mutuo que ocasionan estas formas sobre sus efectos lo que resulta significativo de una realidad que aparece como confusa. Que haya mucha gente que va muy quemada y que haya fuerzas con gran capacidad de provocar incendios, o lo que es lo mismo, de dejar que se produzcan, es una confluencia que favorece unas realidades, estrategias políticas y razonamientos lógicos aparte. Por eso los contenedores en llamas son a la vez una cortina de humo por delante de los verdaderos problemas e, irónicamente, el signo evidente de la misma existencia de los problemas.

Uno de los interrogantes que plantean los disturbios de lo que fue, a principios del siglo XX, lo que hemos dado en llamar Semana Trágica, es el siguiente: las clases populares barcelonesas, que subsistían en una pobreza generalizada cuando no en la miseria, ante el reclutamiento forzoso de tropas para la guerra de África (un Vietnam avant la lettre doméstico) vieron con indignación cómo los hijos de los ricos evitaban la leva a cambio de un soborno que iba a parar a los bolsillos de los militares. Enfurecidos por la injusticia, miles de personas se echaron a la calle y, en medio de disturbios de todas clases, incendiaron todos los edificios religiosos que pudieron. Una de las primeras películas en catalán producidas en el inicio de la transición, creada y dirigida por Antoni Ribas, fue La ciutat cremada, un filme épico que ponía el acento en la capacidad de rebeldía de los barceloneses ante la injusticia y situaba en primer plano, de entre un protagonismo coral, lo que se llamaba la rosa de fuego, en alusión a una Barcelona como escenario recurrente de revueltas y seminario permanente de semillas revolucionarias.

La rosa de fuego

La rosa de fuego es una imagen muy apreciada por la mirada izquierdista y se ha consolidado como una estampa histórica de la ciudad. Pero lo que una mente racional no puede dejar de preguntarse es lo siguiente: si lo que provocaba la rabia popular era el reclutamiento forzoso para la guerra y la discriminación en el mismo a causa del soborno, en tanto que culminación de una división social que condenaba a la mayoría de la población a una vida miserable, ¿entonces por qué las masas rebeldes no quemaban las casas y las propiedades de los ricos? Ciertamente, la mentalidad anticlerical había formado parte, y lo continuaría haciendo, de la cultura del movimiento popular, pero, ¿realmente nadie tuvo la iniciativa de incendiar o por lo menos estropear unas posesiones que ya estaban en gran parte construidas y mostraban ostentosamente, en el Eixample y más allá, la prosperidad de la burguesía ganada a costa del sufrimiento y la marginación del proletariado?

Eso es lo que piensa hoy una mentalidad lógica y con perspectiva histórica. Y algo muy distinto encontrarte en medio de un revoltijo de emociones que expresan la vivencia, personal y colectiva, de las personas concretas en un momento histórico determinado. El ataque popular a las instituciones religiosas vuelve durante la segunda república y la guerra del 36, pero una vez perdida la guerra e instalado el nacionalcatolicismo en el corazón del poder franquista, las protestas en la calle y la huelga de los tranvías en 1951 estallaron por el golpe de efecto emocional que supuso el aumento de precio del transporte público y no por la influencia de los curas en la sociedad franquista. Las emociones, también las colectivas, cambian con el tiempo y según el contexto.

No, los jóvenes que queman y saquean no son “los jóvenes”. Y los ciudadanos que han votado desgobierno una y otra vez no son “el pueblo”. Como no eran los curas quienes explotaban a los obreros ni gestionaban las fábricas. Ni el aumento del 40% del precio del billete del tranvía era el motivo de la huelga ni la libertad de expresión es el problema social más urgente en la actualidad. El riesgo actual es que algunos actores políticos se encuentren cómodos maniobrando entre cortinas de humo (nunca mejor dicho), se acostumbre a la comodidad de parlotear en vez de gobernar y “afinen” en los despachos la manera de continuar mandando sin rendir cuentas ni al Parlament ni en las urnas. Como pasaba hace más de un siglo, la ciudad quemada es un decorado que distrae la atención de lo que es esencial cuando los dirigentes no pueden, no saben o no quieren afrontar una crisis profunda, por, como ha dicho Edgar Morin, “Incapacidad de sacar las lecciones de la experiencia, incapacidad de modificar los esquemas mentales, la selección de falsos problemas y falsos criterios”. Parecía que el filósofo centenario tuitease desde Barcelona en lugar de hacerlo desde París.

Publicación original: Catalunya Plural (en catalán).

scroll to top