Inteligencia artificial y anatomía del miedo

No sólo nos han robado nuestra vida natural sino que amenazan con arrebatarnos el alma, dominados por el maquinismo. Será el final de la humanidad.

GABRIEL JARABA

El avance de la ciencia y las técnicas que ha generado es tan intenso que causa vértigo. En las últimas décadas el impacto del progreso ha sido tan intenso que impresiona comprobar que los nuevos recursos artificiales van a acabar con las maneras de vivir que hasta ahora hemos considerado propias de y para los seres humanos. El mundo está cambiando tanto y tan deprisa que es lógico que los ciudadanos desconfiemos no sólo de lo que hasta ahora considerábamos progreso sino del futuro mismo y de la conveniencia de su advenimiento.

Pongamos por ejemplo el transporte. La velocidad parece ser el imperativo ineludible, los nuevos medios de transporte de viajeros han acabado con el placer del viaje pausado y el reconocimiento gradual de los paisajes. Agolpados en alojamientos colectivos, los viajeros pierden su dignidad al ser trasladados en grupo y a toda prisa a su destino. Falta por ver si las grandes velocidades que los nuevos medios adquieren no causarán perjuicios y modificaciones graves en el organismo.

La iluminación generalizada es otro signo inquietante. No sólo de las calles centrales sino incluso de barrios adyacentes. La noche parece haber sido eliminada de las vidas de los habitantes urbanos y con ello condenados a una vigilia perpetua, que pone del revés el ritmo que hasta ahora había regido la naturalidad de la vida. Ahora cada cual puede acostarse y levantarse a la hora que le da la gana, sumiendo así a la sociedad en un individualismo que acabará por destruirnos. Anochece y la gente es renuente a retirarse para un recogimiento que redunde en la salud de su vida espiritual, todos parecen obligarse a interactuar unos con otros sin cesar, en una promiscuidad de trato que, sumada a lo anterior, es un vitriólico disolvente social. Ni que decir tiene que ello redunda en la destrucción de la vida familiar.

La facilidad del transporte colectivo y rápido sumada a la hiperiluminación panóptica han favorecido, si no causado, la aglomeración urbana. Las ciudades crecen sin cesar y lo que antes eran burgos de dimensiones asimilables se han convertido en megalópolis infernales. En ellas los trabajadores se desplazan con vehículos mecanizados para atender a sus labores, con lo que se hallan con otro elemento destructor de la vida familiar, se disuelve la identidad de barrio, de la pequeña comunidad donde todo el mundo se conoce y todos pueden ser fiscalizados por todos, y la vida social organizada se sumerge en un anonimato que no hace más que favorecer la anomia e incluso el crimen. Esas horribles calles largas y rectas, devenidas carreteras para la nueva mecanización, acaban con los pequeños espacios ajardinados, cercanos a las viviendas, donde el vecindario goza del aire puro en la compañía mutua. Los urbanistas deberían ser condenados en las profundidades del infierno de Dante por haber sabido combinar entre sí los más perversos recursos de la nueva técnica, como es el transporte inmediato, la electricidad y la colectivización de las vidas, en pro de una vida inhumana de la que sólo el decrecimiento nos puede salvar.

El ferrocarril a vapor, la electricidad, el urbanismo y esa inteligencia artificial que algunos prefiguran como generada por las máquinas, como propone la señora Ada Lovelace, deshonrando la memoria del gran poeta que fue su padre, Lord Byron, acabarán con la civilización, qué duda cabe. No sólo nos han robado nuestra vida natural sino que amenazan con arrebatarnos el alma, dominados por el maquinismo. Será el final de la humanidad.

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