
GABRIEL JARABA
No me gusta recordar el pasado y eso que tengo memoria de elefante (quienes me conocen dicen que puedo ser mal enemigo pues me acuerdo de todo, aunque prefiero olvidar de manera selectiva y voluntaria). Me interesa la historia e incluso la historia reciente pero me incomodan los revolcones en los episodios colectivos vividos por nuestro grupo humano, o generación, o nación. Ese ajuste de cuentas permanente, esa pugnacidad acerca de cualquier cosa: una vez dije que la raíz de todos los pecados era el deseo y la voluntad de tener razón y alguien me miró de reojo… confirmándolo.
El revuelo actual en torno al 23F me cansa. Ya lo viví como humilde periodista en una gran redacción y me enseñó a que la democracia siempre está en riesgo de ser perdida, cosa que por lo visto no hemos aprendido aún. Pero me quedo con el aprendizaje y olvido todo lo demás, en todo caso con las impresiones que extraje del asunto y el aprendizaje que obtuve, incluso la oportunidad de cambiar de opinión.
Acabo de entregar un artículo a Catalunya Plural que no va sobre el 23F sino acerca de la serie Anatomía de un instante, basada en el libro homónimo de Javier Cercas. Lo que su visionado me ha dejado ha sido la magnífica interpretación de los protagonistas, Eduard Fernández como Santiago Carrillo, Manolo Solo como Manuel Gutiérrez Mellado y Álvaro Morte como Adolfo Suárez. Adelanto que no voy a pozar en los dichosos documentos reservados ni en las conspiranoias que permanecen en pie. Me quedo con las personalidades de las tres figuras históricas de quienes tres excelentes actores saben extraer sus esencias con unas interpretaciones que me han conmovido.
Más que el pasado me interesa el futuro, a pesar de que de eso me queda poco. Me apasiona ver hacia dónde caminará la sociedad y el mundo, percibir las posibles tendencias de lo que sigo creyendo que es una evolución. Y lo hago desde esta nueva vida que me toca vivir ahora, en la que podría decidir ser punk, “no future”, pero no, porque creo que hay un futuro para nuestros jóvenes, que son mucho mejores que nosotros. Y para ellos esos espectros que aparecen de repente en los giros de la espiral de la historia no serán más que una mención en un libro de historia que no leerá nadie. Memoria histórica sí, pero también olvido histórico para poder vivir mirando al futuro.
La vida es un sarcasmo constante a veces, hay que pillarle el sentido del humor para poder elevarse por encima de las miserias que pavimentan nuestros caminos. Se conmemora el 23F y se muere Tejero, pero además palma Gregorio Morán, aquel periodista al que el mundo le debía algo. Son cosas que llamamos sincronicidades pero uno se pregunta si las sincronicidades serían tales sin la presencia de la conciencia humana para interpretarlas. Vistas desde nuestro punto de ídem, lo que parecen piruetas del destino adquieren un significado agridulce porque consideramos que estos acontecimientos aparentemente casuales nos conciernen. Los antiguos decían esto con más llaneza: Dios escribe con renglones torcidos.
El ser humano, en esta era, pretende construir una ciencia que alcance la objetividad absoluta mientras la vida se empeña en demostrarle que es lo subjetivo lo que explica o parece explicar lo que sucede. Porque la forma en que nos explicamos lo que vivimos no suele coincidir con lo vivido sino que lo que manda es la interpretación que hacemos de lo vivido según nuestra conveniencia en este mismo instanteFotografía: .
Foto: Álvaro Morte en el papel de Adolfo Suárez. Fotografía: Julio Vergne.




