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Virtudes privadas, vicios públicos

El abogado del ex presidente de la Generalitat de Catalunya es un ciudadano que había sido condenado por colaboración con ETA en ocasión de un secuestro. El dirigente de un sindicato con cierto predicamiento entre un sector del funcionariado autonómico asesinó a un ex alcalde de Barcelona junto con su esposa adhiriéndole una bomba al pecho mientras era retenido por el susodicho. Ahora resulta que la ex presidente del Parlament, Laura Borràs, cuenta como asesor experto en peritaje para su causa judicial con un convicto del asesinato de una joven vasca militante izquierdista, experto que parece haber desarrollado sus habilidades en diversas tareas propias del espionaje, un personaje que hace años causó sensación al fugarse a Paraguay –refugio de ex capitanes SS nazis– durante un permiso penitenciario, tras su condena.

Son cosas que pasan, se dice uno, porque es más fácil calzarse unos zapatos que tapizar el mundo con cuero. Pero no deja de admirarse no ya de las elecciones mencionadas sino de la ligereza con que parecen haber sido tomadas. Ya se sabe que son muchas las aberraciones que suceden día a día, pero las mencionadas se producen en un entorno de poder determinado e implicando a personajes cuya observación resulta a la vez que curiosa, ilustrativa de la condición humana; aprender es una buena cosa.

Es sabido que la democracia consiste en convertir los vicios privados en virtudes públicas para que la inevitable imperfección humana individual pueda desembocar en una por lo menos tolerable convivencia colectiva. Pero lo que no esperábamos es que hubiera políticos capaces de aplicar esa norma escrita al revés. Jonathan Swift ya nos mostró lo ilustrativo que es ver el mundo del revés para poder comprender el pluralismo. Lo que no nos imaginábamos era que una virtud pública llegase a ser tener la cara muy dura.