Gabriel Jaraba Online

Artículos y textos míos

Tiempo de coronavirus: qué es el miedo y cómo evitarlo

GABRIEL JARABA

El miedo es raro. Asusta pero atrae a la vez;  impresiona pero seduce al mismo tiempo: es una emoción que actúa siempre con una extraña ambivalencia que nos impide a menudo conocer bien a qué responde y qué papel cumple en la vida de las personas. El miedo es complejo, nos confunde y es natural que suceda eso, a adultos y a jóvenes; no es fácil habérselas con ese monstruo de varias cabezas, y por eso vamos a intentar conocerle un poco mejor aquí y a explicarnos cómo tratarle.

El miedo es una estrategia evolutiva presente en los animales capaces de sentir emociones. Y es por cierto una emoción muy útil: para que evitemos o huyamos de todo aquello que puede poner en peligro nuestra vida, seguridad o integridad. Lo que en organismos de rango inferior es respuesta de rechazo a un estímulo que puede resultar amenazante se muestra, en los más evolucionados, como una emoción: un sentimiento que se expresa desde el interior, en este caso de las personas, con el que nos mostramos compungidos, preocupados, contenidos y dispuestos a reaccionar si el peligro se hace inminente. Los seres humanos viven sus emociones de manera compleja, implicando no solamente la sensación física y el sentimiento psíquico sino los resultados de la interacción de ambos elementos. Las emociones humanas no son meras reacciones a estímulos sino elaboraciones mentales y psíquicas construidas y desarrolladas. Quiero decir que no solamente tememos a lo que nos asusta porque está frente a nosotros como una amenaza; tenemos miedo a cosas que no están presentes.

El peor miedo es el miedo imaginado

El miedo a las cosas que no están presentes es por tanto un miedo imaginado: miedo a una imagen que nosotros mismos formamos en nuestra mente y no a una realidad tangible o inminente. Y el miedo, en tanto que emoción humana, no es únicamente físico o mental sino ambas cosas a la vez. Es el “problema” de la condición humana: las personas somos “psicosomáticas” y ese es uno de los puntos de partida de nuestra complejidad ontológica.

Tener miedo es tan humano como necesario, y no sólo porque nos protege de un peligro potencial sino porque nos obliga a ser realistas. Se dice que ciertos emperadores romanos, cuando entraban en la ciudad eterna al frente de sus ejércitos tras haber vencido en una importante batalla, llevaban a su lado un esclavo que, entre los vítores y alabanzas de la multitud, les iba susurrando al oído “Recuerda que eres mortal”. El mayor pecado posible era, para la antigüedad clásica grecorromana, la “hubris”, que era algo así como el orgullo petulante, la fatuidad grotesca y la temeridad imparable de quien se cree por encima del bien y del mal y sobre todo, por encima de la propia condición humana, que es frágil, impermanente y fungible. El miedo ha venido a cumplir el papel de abogado del diablo de la vieja sabiduría: nos recuerda que somos mortales por más que hayamos vencido en mil batallas.

Una emoción compleja y ambivalente

El problema del miedo es que, en tanto que humano, es complejo, huidizo y sobre todo, ambivalente. Nos protege de nuestra temeridad inconsciente y sus perjuicios, pero también nos separa de lo que podría mejorar nuestra vida o darnos acceso a cosas que necesitamos para crecer y progresar. El miedo nos protege pero nos limita, nos impide arriesgarnos en exceso pero nos detiene hasta el punto que nos paraliza. Si nos despreocupamos de cualquier temor podemos ser devorados; si vivimos atenazados por todos los miedos posibles pereceremos de inanición al no ser capaces de arriesgarnos a obtener lo que nos es necesario.

Si uno quisiera buscar un hilo conductor para adentrarse en el estudio de las ciencias humanas y sociales, una guía que pudiera servir de orientación para entender no ya la condición humana sino el modo como las ciencias han observado sus avatares podría elegir el miedo como pauta con la que medir la mayor o menor proximidad de las personas a los distintos males de la psique, del comportamiento social y las relaciones personales. Podríamos decir que nuestra actitud ante el miedo es lo que termina por inclinar la orientación de nuestra vida, impulsándonos a asumir riesgos o refrenándonos antes de echar mano de una oportunidad. El miedo no sólo es una emoción fundamental en la vida de los seres humanos sino que es algo tan básico que cuando aparece ante nosotros no podemos evitar responder a él. Y la respuesta es asimismo tan esencial que reaccionamos de acuerdo con nuestro instinto más básico: huida o paralización. Es decir que el miedo saca el animal que llevamos dentro y lo expone en toda su crudeza elemental. Por eso tenemos miedo al miedo, porque tememos no poder controlarlo. Y porque la emoción del miedo es un puente demasiado corto y estrecho que nos une en tanto que humanos a nuestra condición animal primigenia: nos hace sentir que somos un animal indefenso al que se puede devorar, en lugar de un emperador triunfante que se cree inmortal.

Un ejemplo de miedo grupal: el caso del coronavirus

La extensión progresiva del coronavirus ha resultado ser algo más que una enfermedad contagiosa con posible riesgo de epidemia. Se ha convertido en un hecho social que sirve de indicador de cuál es nuestra actitud colectiva ante el miedo. Y en ello podemos observar que el temor no se manifiesta únicamente como una experiencia individual sino grupal; experimentamos miedos colectivos y lo hacemos a pesar de nuestra voluntad e incluso sin darnos cuenta; de pronto nos hallamos padeciendo una aprensión que se convierte en miedo a causa de una influencia invisible. Y pueden suceder dos cosas: que ese miedo sobrevenido nos llene de desazón y llegue a angustiarnos, o que nos veamos transportados por él hasta el punto de someterle nuestras actitudes y gestos, incluso los más nimios.

Así es como descubrimos que el miedo no es solamente un asunto personal sino que tiene una dimensión colectiva enormemente importante. Y lo es porque ese miedo experimentado de modo grupal y sobrevenido puede convertirse en una herramienta de control social. Más allá del miedo vivido como mecanismo evolutivo de adaptación al medio, nos encontramos con el miedo como estrategia de dominación social en la que se le emplea y dirige hacia el control de los grupos humanos con el objetivo de beneficiar los intereses de los sectores de poder dominantes. No se trata ya de que nos asustemos sino de que seamos asustados sin que se vea la mano que mueve el susto; no es que reaccionemos de manera lógica a una amenaza sino que las amenazas, reales o imaginarias, inminentes o potenciales, sean utilizadas en detrimento de nuestros intereses para convertimos en víctimas, no ya de lo que se supone que nos asusta, sino de quienes organizan el miedo colectivo para obtener provecho de nosotros y hacerlo en detrimento de nuestro bienestar, nuestra paz y nuestra libertad.

El origen del poder del miedo

¿De dónde viene el gran poder que supone el miedo social invisible y sin embargo perceptible en multitud de comportamientos individuales? De una de las leyes de hierro del juego del ajedrez: es más poderosa una amenaza que su ejecución. Lo que vale para el tablero vale igualmente para la vida: somos hechos prisioneros, se nos inmoviliza privándonos de avanzar haciendo que se cierna sobre nosotros una idea de cariz amenazante. Se proyecta sobre la sociedad una percepción, cierta o falsa, de algo que supuestamente puede poner en riesgo nuestro bienestar o seguridad (o lo que consideramos como tales) para que grupos sociales enteros, incluso naciones, sean metidos en el bolsillo de un dominador sin rostro ni identificación pero que resulta beneficiado por esa inmovilización fruto del miedo. Lo hemos visto a lo largo de la historia: el miedo al diferente, al de raza distinta, al procedente de un pueblo extranjero, el temor a una catástrofe natural, a los efectos de un artefacto humano, el pánico a una enfermedad o un mal surgido de la propia humanidad o de una especie animal ajena; cualquier acontecimiento puede ser convertido en ese miedo social intangible que es tan poderoso que condiciona los comportamientos colectivos.

También a lo largo de la historia han existido científicos sociales que se han interesado por conocer las razones del miedo grupal socializado y su enorme poder, tanto paralizante como movilizador, pero que siempre se resuelve en contra de los verdaderos intereses de la sociedad y a favor de quienes se benefician de ese condicionamiento. Después de la Segunda Guerra Mundial alcanzó gran popularidad la obra de un psicólogo estadounidense de origen judeoalemán, Erich Fromm, conocida entre nosotros como El miedo a la libertad (Escape from freedom).  Fromm, autor de otros trabajos muy importantes como Tener o ser y La fuerza de amar, es uno de los fundadores de la moderna psicología humanista, que sentó las bases filosóficas para la labor psicoterapéutica liberadora de otras grandes figuras como Carl Rogers o Abraham Maslow. Estudió a fondo las transformaciones de la sociedad alemana durante el ascenso y la eclosión del nazismo y halló en ella un verdadero laboratorio social vivo y a la vista.

Lo que Erich Fromm halló en ese laboratorio social –pasado por la trágica experiencia del nazismo, el holocausto, la destrucción del tejido social de Alemania y la devastación y la derrota en la guerra—fue precisamente el enorme poder del miedo grupal como arma de dominación social. No solamente se puede obligar a la gente a que haga algo que uno desea sino que se les puede forzar a hacerlo yendo contra sus intereses aun creyendo que actúan en su propio beneficio. Eso es un poder enorme inducido por un arma poderosísima, y ese arma es el miedo social inducido. Un miedo invisible, imaginado, que se experimenta respecto a algo que no hemos vivido en primera persona pero que se considera real, tanto que es percibido como una amenaza fehaciente.  Inocúlese ese miedo intangible al cuerpo social y este será llevado a condiciones que le harán manipulable respecto a intereses que no son los de su bienestar y provecho.

La naturaleza del miedo inducido

La dramática experiencia de Alemania bajo el poder nazi hizo que Erich Fromm llegase a una conclusión, que es una idea muy sutil pero que viene avalada por la experiencia histórica: el miedo que subyace tras el temor social inducido no es un miedo cualquiera sino que en última instancia es un miedo a la libertad. El hallazgo de Fromm fue tan sensacional que todavía hoy puede pasar desapercibida su importancia. Significa que las personas, tomadas en grupo y organizadas socialmente, son capaces de renunciar a su libertad si se las impulsa a sentirse amenazadas en su seguridad. Basta para ello introducir una percepción de inseguridad en el cuerpo social, una percepción de riesgo real o imaginario en este sentido. Por supuesto, el mecanismo que produce este efecto es complejo y sofisticado, y a menudo es necesario cierto tiempo para que se produzca. Los resultados, sin embargo, pueden durar años: ahí están las distintas formas de racismo que persisten en el mundo a través de los siglos. Y ahora mismo, con los temores que despierta la extensión del coronavirus, podemos presenciar sobre el terreno lo rápido que se difunde el sentimiento de aprensión respecto a una enfermedad potencial y lo fácil que es experimentarlo en el propio vecindario e incluso por uno mismo.

El miedo al coronavirus nos demuestra no sólo lo frágiles que somos biológicamente sino lo endebles que podemos ser socialmente. Ante la amenaza real o hipotética somos capaces de aceptar amenazas progresivas a nuestra libertad –de movimientos de personas, de comportamientos personales, de relaciones sociales—que uno a uno parecen no ser nada pero que acumulados pueden suponer un grave deterioro del conjunto de libertades personales y colectivas, incluida la calidad de las relaciones entre las personas. Lo que hoy puede ser una restricción aplicada a un sector social o al ejercicio de una libertad justificadas por una necesidad profiláctica mañana puede llegar a ser una limitación que vaya más allá de un interés inmediato semejante para adoptar otro alcance, si es que las personas se han acostumbrado a aceptar una lógica de reglamentaciones de esta guisa que venga facilitada por haber asumido el correspondiente temor grupal. Un temor adoptado con todas las justificaciones racionales necesarias según el estado de ánimo colectivo que vivimos. Es así como el poder del miedo social se hace efectivo y lo que era una amenaza imaginaria se convierte en un perjuicio real. Bajo el miedo social inducido somos nosotros mismos quienes nos ponemos la soga al cuello renunciando a la libertad que disfrutamos en favor de una seguridad que ni siquiera está garantizada.

Erich Fromm lo demostró: tenemos miedo a la libertad porque en ella nos sentimos desvalidos, cuando echamos en falta que alguien nos proteja o haga ver que nos protege. Y tenemos miedo a la libertad porque sabemos lo frágiles que somos, tal como la dimensión animal e instintiva del miedo nos revela. Y entonces nos damos cuenta de que la condición humana consiste precisamente en vivir a la intemperie para poder disfrutar de la libertad que nos permite ser personas, y ello nos asusta. Preferimos sacrificar nuestra libertad, aunque sea a pedacitos, para no tener que vivir la incertidumbre de nuestra fragilidad. Renunciamos con ello a lo esencial de la condición humana, a la libertad de que gozamos o que hemos ganado y a las posibilidades de realización que ella nos concede. Y así huyendo del riesgo supremo que significa ser humano nos convertimos en animales –seguros en sus jaulas—pero en manos de otras bestias.

Publicación original: revista XQ.

Publicado también en: Catalunya Plural.