Siete días de enero 44 años después: esperando a Campanella

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GABRIEL JARABA

El cineasta Juan Antonio Bardem tituló “Siete días de enero” la película que resumió los días más tensos de la primera transición, la semana de 1977 en la que se produjo la matanza de los abogados del despacho de los laboralistas de Comisiones Obreras en la madrileña calle de Atocha.

Cuarenta y cuatro años después, el 17 de diciembre pasado, falleció Joaquín Navarro, sindicalista de CCOO a quien los pistoleros que acabaron con los abogados buscaban para asesinarlo y logró escapar con vida. Años después del trágico episodio, Navarro seguía sintiéndose culpable por haber sobrevivido a sus compañeros. Hay en esa vida y en aquel suceso materia para una nueva película distinta a la que hizo el autor de “Muerte de un ciclista”, quizás una como “El secreto de sus ojos”, de Juan José Campanella, con Ricardo Darin, Oscar a la mejor película de habla no inglesa en 2009.

El asalto al Congreso de los Diputados del 23 de febrero de 1981 ha pasado a la historia como el epítome del golpe de estado español en el siglo XX. Sin embargo, el asesinato de los abogados de Atocha fue un episodio más cruel: en el 23-F no murió nadie y en el bufete laboralista fueron asesinados cinco civiles desarmados y a sangre fría y heridos otros cuatro a partir de una clara intención de matar. ¿Se imaginan que Tejero hubiera abierto fuego contra Adolfo Suárez, Santiago Carrillo y Manuel Gutiérrez Mellado, que se mantuvieron irreductibles y de pie ante las ráfagas de ametralladora disparadas para amedrentarles? No vamos a hacer comparaciones truculentas entre ambos atentados sino a señalar la directa similitud entre los propósitos de uno y de otro: la provocación mediante la violencia de una intervención militar en forma de golpe de estado en un caso, la suscitación de una respuesta violenta del entonces poderoso Partido Comunista de España que condujese a una guerra civil, de la que resultaran vencedoras las fuerzas de la dictadura franquista reticentes al cambio democrático.

La reacción fue diametralmente opuesta a la buscada. En aquellos momentos el PCE era todavía ilegal pero convirtió la convocatoria al entierro de las víctimas de Atocha en una gran demostración cívica que iba más allá del duelo o la protesta. Más de cien mil personas hicieron acto de presencia y desfilaron en absoluto silencio en una de las manifestaciones más multitudinarias celebradas en la capital de España. Y al día siguiente las organizaciones obreras convocaron, con éxito, paros en todos los puntos del país. Quienes planearon e impulsaron los asesinatos buscaban una reacción violenta que mutase en desorden y se encontraron con la fuerza organizada en acción que había sido desplegada por algo que no era una simple organización partidaria sino un movimiento que había contribuido a cambiar de raíz la mentalidad de los ciudadanos: cien mil joaquines navarros. Por lo menos.

Hace unos pocos días un viejo amigo, hablando de la huella de la violencia en la sociedad, recordaba que su padre, que participó en la batalla del Ebro (un episodio altamente traumático y sangriento de la guerra de España) nunca permitió, de vuelta a la vida civil, que sus hijos ni ningún otro niño de su casa jugasen con pistolas, fusiles, espadas o cualquier otro juguete bélico. Los Reyes Magos nunca llevaron juegos de guerra a aquel hogar. Dicen algunos expertos que el contacto con la violencia real resulta ser traumático y puede contribuir a reproducir las conductas violentas. No fue así entre nosotros: la guerra hizo de nuestros padres toda una generación de pacifistas capaces de identificar al primer olfateo el intento de devolverlos al horror.

El enorme trauma de la guerra cambió el pacis de manera radical. De hecho, en aspectos poco imaginados por los vencedores en 1939, relacionados con la vida cotidiana y las costumbres, la distribución geográfica de la población, la educación, el consumo, las relaciones personales y, por supuesto, el nivel de vida. Quienes incitaron con el atentado de Atocha a un nuevo baño de sangre vivían con la mente puesta en 1936, y no digamos los sicarios ejecutores, adscritos a entornos que vestían camisa azul. En 1977, eran ya un anacronismo.

A pesar de ello, la violencia fascista era habitual en el periodo que fue de la muerte de Franco a la aprobación de la Constitución, y más allá. No fue un conflicto entre los partidos favorables a la democracia y los grupos deseosos de una vuelta atrás. Estaban en liza el terrorismo nacionalista o grupos de reciente creación como el Grapo, que nunca llegó a combatir la dictadura y del que poco se sabe (o se ha divulgado) sobre su relación con los servicios secretos internacionales) pero la violencia de camisa azul bastó para desequilibrar los intentos de normalización democrática. Esa actividad se dio en el marco de lo que el periodista e investigador Mariano Sánchez ha llamado “violencia política de origen institucional” desplegada “con el objeto de mantener el orden establecido, actos organizados, alentados o instrumentalizados por las instituciones del estado”. Por eso, la transición no fue un camino de rosas que condujo al “régimen del 78” sino una pugna a menudo cruenta. Pero no entre dos bandos combatientes sino ataques unilaterales de unos sectores residuales contra toda una sociedad en proceso de normalización democrática.

Uno se detiene a imaginarse qué película haría Campanella con la historia del atentado de Atocha. Quizás, un prolongado flash back a partir de la muerte plácida de Joaquín Navarro a los 86 años y entre los suyos y con Manuela Carmena –que también se salvó de ser asesinada– de vuelta al activismo sociopolítico tras haber ocupado la alcaldía de Madrid. Y un perseguidor persistente tras los pasos del asesino huido, y aún no hallado, Fernando Lerdo de Tejada.

Publicación original: Catalunya Plural.

Publicado también en: Diari del Treball.

 

 

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