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Rebeca

GABRIEL JARABA

Comienza el otoño y se pone a refrescar un poquito, con lo que busco en el armario algo adecuado para el momento y doy con una rebeca vieja. No le falta ningún botón y la prenda da de sí lo suficiente para cubrir los brazos y el abdomen, de modo que adelante: andaré por casa disfrazado de Joan Fontaine.

No soy un mitómano del cine ni siquiera de aquellos aspectos de este arte que han pasado a formar parte de la cultura contemporánea. No me han impresionado las gabardinas de Humphrey Bogart ni los mohines de Montgomery Clift. Cualquier resto de fascinación se me quitó una vez en el Centro Pompidou de París, en una muestra sobre cultura de masas americana. Allí estaban expuestos los pantalones tejanos de James Dean, enmarcados y clavados en la pared a la altura de los ojos del observador; eran unos breves calzones mal cortados propios de un individuo paticorto que se compadecían malamente con lo que se suponía debía ser la talla de un héroe. Rebelde sin causa, carreras en Porsche, rechazo de los convencionalismos, ¿y todo eso metido en unos bluejeans por los que uno no pagaría un ochavo en un mercadillo de suburbio?

Lo bueno que tiene la rebeca es su falta de pretensiones. Tanto si la viste un ama de casa o una adolescente aparece como un signo de mansedumbre. Si la lleva un señor mayor, como es mi caso, sugiere cierta cachaza que viene a ser útil para disimular la ironía. En medio de un estudio completamente cubierto de diarios viejos y sentado en una mecedora, el poeta Joan Brossa aparecía con una rebeca vieja granate, coherente con su declaración personal: “El pedestal son los zapatos. Uno no es nadie”. Fue uno de los artistas más grandes que ha dado Cataluña y España en siglos.

Me acuerdo de Brossa, su poesía visual y su pícara zorronería en pantuflas, mal afeitado, con la montura de las gafas medio rota, con su ingente obra artística –iba a decir inefable– y asumo la rebeca como bandera: de signo de melancolía a estandarte de orgullosa libertad.