Ramon Muntaner, el respeto al trabajo bien hecho

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La muerte del músico y cantante Ramon Muntaner a los 71 años, el 6 de diciembre de 2021, indica la desaparición de un miembro de la generación más joven de la que fue llamada “nova cançó” y nos deja una extraña sensación de deformidad del tiempo pasado.

Quizá porque el nombre de Muntaner fue atribuido a una “novíssima cançó” en el moment en que apareció , a pesar de que hemos vivido la muerte de cantantes nuestros en edades mucho más jóvenes: como el mismo Ovidi Montllor, o bien Miquel Cors, Dolors Laffitte, Joan Baptista Humet o Llorenç Torres.

A inicios de los años 70 parecía que la “nova cançó” se iba a quedar sin figuras de gran impacto: los nombres que encabezaban los carteles eran los que habían iniciado el movimiento, por una parte y por otra, los círculos culturales nacionalistas desconfiaban de las últimas novedades populares, como el Grup de Folk, ya que algunos de sus miembros cantaban también en castellano y otros idiomas.  Cuando Els Setze Jutges completaron este número, se presentó a sus miembros más jóvenes como la alternativa juvenil, Maria del Mar Bonet, Rafael Subirachs y Lluís Llach (a pesar de que en los mismos inicios, Maria Amèlia Pedrerol había obtenido bastante popularidad a los 14 años, y que Maria Cinta hizo como cantante adolescente cosas más interesantes que Hannah Montana 40 años después). Ahora parece raro, pero en aquel momento en la “cançó” se vivían muchas insinuaciones, dudas que parecían existenciales y no eran más que inseguridades y gestos mucho más malintencionados de lo que parecía. Por ejemplo,  una campaña de carteles con la foto  del cantante ampurdanés y el eslogan “…i ara, Lluís Llach”, precisamente cuando Joan Manuel Serrat había empezado a cantar también en castellano, como queriendo indicar que había que pasar página, olvidar a Serrat y adoptar a Llach como “ídolo”.

Pero Ramon Muntaner sí que fue novísimo y muy sólido, por cierto, a causa de su propio valor y sin marketing barato. Un grupo de críticos de “cançó” y activistas culturales, amparados per La Cova del Drac, nos propusieron impulsar un concurso que fuese en busca de nuevos valores. “Promocio de noves veus” se comprometía a hacer grabar un disco al ganador, proporcionarle actuaciones e impulsar su popularidad. Quizás con más ilusión que potencial industrial, nos juntamos personas como el periodista Jordi Garcia-Soler, el locutor Enric Frigola, el periodista Joan Ramon Mainat, el actor Xavier Serrat, el gerente de la Cova Ramon Tordera y un servidor de ustedes e hicimos pasar ante este jurado a chicos y chicas jóvenes que tenían algo que decir, o cantar. Y fue esta promoción la que, de manera nítida y rotunda, abrió camino a nuevas incorporaciones de cara al futuro.

No sólo encontramos uno, sino dos. Primero, en 1971, Llorenç Torres. Era un cantante melódico y rítmico que se va dio a conocer con un tema propio y una versión de Claude Nougaro, con una calidad interpretativa poco habitual. Pero se lo llevó demasiado pronto un accidente de automóvil, cuando ya nos empezaba a hacer ilusión saber que Llorenç era el nieto del maestro Demon, el director de orquesta de jazz más popular de la Catalunya republicana. Y luego, en 1972, Ramon Muntaner. Ni venía de Sarrià, de la derecha del Eixample o del Empordà sino de Cornellà, la ciudad de las huelgas del Baix Llobregat y del movimiento obrero organizado y potente al que él mismo apoyaba.

Ramon Muntaner se presentó musicando poetas, sobre todo Miquel Martí i Pol y Pere Quart. y sorprendió con una energía fuertemente renovadora, con “Cançó de carrer”, de este último poeta, o con sus versiones de Martí i Pol, que hacían de sus poemas quizás las canciones que el escritor de Roda de Ter había querido componer desde el principio.  Miquel había querido ser cantante y ahora era Ramon quien hacía realidad su sueño por persona interpuesta. A los buscadores de nuevos valores que nos reuníamos periódicamente en La Cova del Drac nos parecía que aquel chico se tomaba la cosa en serio. Más tarde ya supimos que también componía  música para teatro –cosa que le ayudó a hacer la música del filme “La plaça del Diamant”–  y vimos  que tenía carácter, cultura y calidad.

No era ni un Serrat ni un Raimon sino otra cosa: una síntesis y decantación de las formas y tendencias que la “cançó” había ido desarrollando desde sus inicios y en el marco de la cultura popular catalanista de la época. No un resumen sino una muestra de una lección aprendida: el nuevo artista había estudiado solfeo, leído poesía, hecho una carrera (psicología), teatro, educado la voz, aprendido a producir discos y confeccionado un repertorio propio, un estilo y una manera de producirse en público. Así, los representantes de Lluís Llach obraron en consecuencia al contratarlo para actuar en las primeras partes de los conciertos del cantante.

Esta capacidad de aprender y desarrollar conocimientos muy amplios explica el largo recorrido de Ramon Muntaner, que fue más allá de ser una “nova veu” así como su desarrollo profesional cuando dejó de cantar. Ramon había ido siempre con las luces largas puestas y un ángulo muy ancho de visión. El paso a la gestión (centro Ressons, festival de música viva de Vic, delegación de la SGAE) fue la reválida de toda una vida de estudio y aprendizaje: la aplicación de la cultura del trabajo en la que él se había criado. No la de las capillitas ni los personalismos sino la del trabajo bien hecho. Ramon Muntaner hizo bien su trabajo y por eso se ganó el respeto de todos. Y los que buscábamos nuevos rostros para la “cançó” entendimos que no eran figuras famosas lo que necesitábamos sino jóvenes dotados de capacidad de aprender y de llegar a profesionales. Fue Ramon quien nos lo enseñó.

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