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Poder y reconocimiento

Jordi_Amat_Fusté

JORDI AMAT

A menudo, caminando por el 22@, se ve una figura errática: es el Frankenstein del viejo catalanismo que avanza con un taca-taca mientras los patinetes eléctricos lo adelantan a todo trapo. Vive con más recuerdos que proyectos. Parece un muerto en vida. Tiene miedo, está solo y va desorientado. El suyo es uno de los rostros de nuestro tiempo: mira hacia atrás.

En estas calles del Poblenou hace un siglo hervía la revolución industrial y el conflicto de una sociedad en transformación aceleraba la funcionalidad de un movimiento político que había sido ideado para encajar con las palpitaciones de su tiempo. Ahora y aquí, aquel catalanismo, concebido para que fuera operativo en el mundo de ayer, contempla el cambio de la cuarta revolución industrial que también se piensa desde los edificios de la parte nueva de la Diagonal. Intenta comprender la complejidad de las transformaciones en la ciudad global como históricamente supo hacer, pero no puede. Lo des­borda la incertidumbre. Para somatizarla descodifica cómo pensaba el pasado, cautivo de la nostalgia de una época que se añora porque durante décadas fue estable. Pero esta época se acaba.

Los fines de era son disruptivos. Quién sabe si con los años, cuando el mundo de ayer sea definitivamente pasado, interpretaremos el ciclo unilateral del independentismo como un síntoma terminal del final de esta era. Su lógica de fondo ha sido una hipertrofia del catalanismo.

Consolidado en la era de las fábricas de humo como un movimiento nacionalista que se articuló políticamente con el fin de modelar el Estado nación español, el viejo catalanismo podía ser eficiente en la medida en que la soberanía nacional de los estados estaba bien delimitada. Pero al cabo de un siglo, después de éxitos y fracasos, se sentenció que ese intento de modelaje regional no había logrado sus propósitos. Y la mayoría de la sociedad del catalanismo y sus líderes apostaron por la secesión. Lo hicieron con el afán de fundar un nuevo Estado que se basaba en la noción tradicional de soberanía nacional y que daba por descontada una preeminencia indiscutida de la minoría nacional catalana en Catalunya.

El problema, intuyo, es que este conflicto político (viejo pero muy­ ­real) parte hoy de premisas discutibles. Se está inten­tando resolver, además, utilizando una herramienta oxidada –el ejercicio del derecho a la autodeterminación– que nos desajusta respecto de las palpitaciones de unos tiempos en los que los límites de la soberanía nacional se van difuminando más y más. El unilateralismo acelera el cambio de era –Puigdemont lo abandera–, pero su herencia es el caos institucional y la erosión de nuestra sociedad.

¿Qué hacer? Sólo asumiendo que la soberanía tradicional es “un modelo obsoleto de pensar la realidad” (lo escribía la clarividente Máriam Martínez-Bascuñán hace una semana), el catalanismo podrá reelaborar un proyecto de futuro. Un proyecto que tenga la ambición de ofrecer respuestas locales a los grandes problemas de nuestro tiempo: de la demografía y la desigualdad a las migraciones y el medio ambiente de todos. Si el catalanismo consigue posicionarse para liderar la era que llegará, no estará haciendo otra cosa que reavivar su mejor tradición, la más pragmática, constructiva y modernizadora: aquella que ha ido religando el perfeccionamiento democrático con el reformismo económico y una gestión fecunda de una enriquecedora diversidad identitaria y cultural que ha sido constitutiva de la Catalunya contemporánea. Regenerar este paradigma para sintonizarlo con el presente no es labor de un día, pero a medio plazo no hay otro camino transitable y a largo nadie lo imagina.

Este riesgo que salva de entrada exigirá coraje porque implica reorientar la “utopía disponible” (la expresión es de Marina Subirats) desde dentro del movimiento soberanista. Hacerlo para encaminarlo hacia una dirección que no será la de la vieja soberanía nacional (que va deglutiendo el gran capital occidental, las multinacionales tecnológicas y el gigante chino). Es el riesgo del coraje político del que hablaba Antoni Puigverd el lunes.

Después habrá que actualizar este paradigma. Hacerlo, con herramientas concretas que permitan obtener lo que ha dado sentido al catalanismo y se lo da: 1) la obtención de poder basado en la capacidad de influencia política y económica, un poder que la clase dirigente usa con responsabilidad y 2) se pone al servicio de la consolidación de unas instituciones que valen en la medida en que garantizan el reconocimiento de una minoría nacional a la vez que hacen bandera de un pluralismo efectivo.

La operatividad del nuevo catalanismo sólo es pensable en términos de poder y reconocimiento. Porque los dos conceptos forman parte del diccionario del mundo global. Porque los dos se insertan en un marco de ensanchamiento democrático y gobernanza compartida para una Europa vivida como patria de llegada y ámbito de políticas comunes ambiciosas.

Sólo así el catalanismo podrá superar la apolillada querella entre Catalunya y España que lo condena eternamente a vivir en el laberinto sin salida del procés. Y mientras estemos dentro, como si Frankenstein fuéramos todos, sólo sabremos hacer una cosa: pensar y repensar el laberinto mientras contemplamos un lazo, una pancarta, y así perdemos el tren del nuevo tiempo.

Publicación original: La Vanguardia

Temas de los que ando conversando con mis amigos en Facebook:
RECUERDO DE VÁZQUEZ MONTALBÁN; ROSA LLUCH BRAMON; PREMIO A MARTÍN CAPARRÓS; PERIODISMO DE VIAJES.

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Publico regularmente mis artículos en el diario Catalunya Plural, generalmente análisis sobre información, comunicación y cultura de masas. Os recomiendo esta publicación así como el Diari de l’Educació, Diari del Treball, Diari de la Sanitat y la revista juvenil XQ.

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