Conocimiento

Pete Seeger (1919-1914) un militante de la canción

pete

ANTONIO GÓMEZ

Pete Seeger fue (y sigue siendo, en la medida en que su voz está ahí, entre los surcos del disco) un creador fundamental en el arte y la cultura del siglo XX. No sólo por la maestría en la utilización en el lenguaje artístico que eligió, la canción popular, o por la enorme repercusión e influencia que logró en todo el mundo, sino porque Pete Seeger constituye un ejemplo paradigmático de aquellos que el pasado siglo se llamó “artista comprometido”, un militante de la canción que bien podría servir hoy como un modelo artístico y humano del que tomar buena nota en estos tiempos de incertidumbres y marketing.

Con Pete Seeger desapareció una cierta manera de entender la música popular. Dejando su ejemplo y obra como herencia que alguien recogerá, con su fallecimiento moría también toda una etapa de la canción popular entendida como militancia. Y con esta palabra no quiero referirme sólo a la conciencia política ni a la lucha por construir un mundo mejor que caracterizaron su vida y que caracterizan (y caracterizarán, espero que aún por muchos años) su obra, sino a una militancia en la propia canción como forma de expresión, de comunicación y de concienciación. Para él, más importante que el cantante era la canción, y más que la canción, la gente. Por eso, sin duda, la parte más importante de su carrera, la que, al menos a él más le importaba, era la de hacerles cantar. No escuchar, cantar ellos mismos. En el recital y fuera de él. No era un capricho, era ideología y convencimiento.

Para Pete Seeger, las canciones formaban parte indisoluble de la identidad de los pueblos y las personas que los integran. Las canciones han acompañado al ser humano desde los albores de su existencia. Le han servido para expresar el amor y la tristeza, para celebrar los nacimientos y condenar las guerras, para llorar en soledad y para bailar las fiestas, dormir a los niños, recoger la cosecha, reivindicar salarios, brindar en las borracheras, rezar en las iglesias, avanzar en las manifestaciones, fabular milagros, narrar aventuras con finales felices o terribles, reír, soñar, cortejar, luchar por un mundo mejor, despedir a los muertos queridos.

Pero empecemos por el final

El pasado mayo, exactamente el día 3, Pete Seeger hubiera cumplido los 100 años. Pero no pudo ser porque había muerto el 27 de enero de 2014.

En mayo de 2013 y para celebrar su 94 cumpleaños, se organizó una reunión íntima en la vivienda familiar (ya hablaremos de ella, porque la casa tiene su miga) con amigos y amigas, vecinos y compañeros. Allí Pete cantó la que pienso que fue su última interpretación pública.

Como se puede observar en el vídeo, Seeger estaba ya muy deteriorado, con serios problemas de movilidad, memoria y voz. Sin embargo, mantenía intacta la energía (y el oficio) suficiente como para dirigir con mano firme las entradas del coro y corregirles cuando se equivocaban. Genio y figura. Póngase atención a la admiración y el cariño con que le siguen los asistentes, concientes de que con toda probabilidad era la última vez que le verían cantar.

Especialmente significativa es la canción que escogió para esa despedida, de la que sin duda era consciente, tanto que le canción bien pudiera considerarse un auténtico testamento vital. Se trataba de “Turn, Turn, Turn”, unos versos de Eclesiastes que había adaptado allá por los cincuenta,  que, constituyen una profunda reflexión sobre el sentido de la vida. De su vida. (He intentado subtitularla, pero se comprendera su imposibilidad. Copio abajo la letra original)

VER EL VÍDEO: Turrn, turrn, turn 

Todo gira, gira, gira./ Hay una temporada /Y un tiempo para cada propósito bajo el cielo

Un tiempo para nacer, un tiempo para morir. / Un tiempo para plantar, un tiempo para cosechar, / Un tiempo para matar, un tiempo para curar /Un tiempo para reír, un tiempo para llorar.

Todo Gira, gira gira…

Un tiempo para construir, un tiempo para derribar/ Un tiempo para bailar, un tiempo para llorar / Un tiempo para lanzar lejos las piedras / Un tiempo para recolectar piedras juntos

Todo gira, gira, gira…

Un tiempo para amar, un tiempo para odiar / Un tiempo para la guerra, un tiempo para la paz / Un tiempo para poder abrazar / Un tiempo para abstenerse de abrazar

Todo gira, gira, gira…

Un tiempo para ganar, un tiempo para perder / Un tiempo para desgarrar, una tiempo para coser / Una tiempo para amar, una tiempo para odiar / Una tiempo para la paz, juro que no es muy tarde

En cierta ocasión en que Seeger se disponía a salir al escenario con pantalones vaqueros y botas de caña alta, una japoamericana de nombre Toshi Aline Ohta, le recriminó que se diera infulas: “Mira, no eres un obrero, sólo lo estás fingiendo. Todo el mundo lo nota”, parece ser que le dijo. Y era alguien que le conocía bien, pues se había casado con él en 1943, y fue no sólo su esposa y la madre de sus hijos, sino su camarada política, su cómplice en mil aventuras musicales, políticas o solidarias, a más de contable, representante y productora (Ver más información sobre Toshi en este enlace). Se cuenta en la biografía de Pete, que si tenía que salir de gira y ella no le metía unos billetes en el bolsillo era capaz de irse de viaje sin un dólar. También era Toshi, como se ha visto, quien le bajaba los humos cuando se le subían a la cabeza.

Ciertamente, Pete Seeger era hijo de familia acomodada, pero ¡eso sí! A más de acomodada, intelectual, artística e izquierdista, condiciones que el futuro folkie asimiló como por ósmosis desde la cuna. Incluso entre sus antepasados se encontraba algún viajero fundacional de Mayflower.

Su padre, Charles era musicólogo, pianista y compositor, su madre, Constance, violinista. Ambos eran socialistas de izquierdas, y colaboraban dado recitales o escribiendo canciones para los IWW (Trabajadores Industriales del Mundo), el primer y combativo sindicato de clase norteamericano creado a principios del siglo).

Pete se apuntó a Derecho en Harvard, pero acabó dirigiendo el periódico de la Universidad, con la idea de que el periodismo le serviría para denunciar las injusticias que veía. Por cierto, que eso le valió su primer enfrentamiento con el Sistema, al publicar un artículo denunciado la discriminación racial que sufrían los alumnos judíos. Además, descubrió el banjo, las músicas tradicionales y allí se unió a la Liga de Estudiantes Comunistas, descubrimientos que le marcarían su vida, como persona y como artista, hasta el fin de sus días. Harvard le quitó la beca, pero él ya había encontrado su camino.

Aprendió en esos años de formación que un panfleto, por bueno que sea, se lee una sola vez, mientras una canción se memoriza y se repite muchas veces”. Una máxima del sindicalista y cantautor Joe Hill, que sería ejecutado en 1915 acusado de un asesinato que no había cometido, del que Seeger canta aquí una de sus canciones más significativas, “Casey Jones”, la tremenda y divertida historia de un esquirol.

VER EL VÍDEO: Casey Jones.

Si bien las canciones e himnos reivindicativos existieron en todos los países del mundo, especialmente durante el siglo XX, a partir de la formación de las primeras organizaciones obreras sindicales y políticas, en Estados Unidos ese fenómeno musical adquirió una importancia singular. Allí, las canciones cumplieron un papel fundamental en la formación de los primeros sindicatos revolucionarios de clase y, sobre todo, en la difusión de sus ideas y reivindicaciones. Joe Hill fue el primero, pero no el único de los “wobblies” (como se llamaba a los propagandistas y organizadores de los IWW) y trabajadores que escribieron y cantaron canciones para los sindicatos en huelgas, concentraciones y manifestaciones. Tanto es así, que el sindicato, ya desde 1909 publicó el que se llamó “Pequeño libro rojo de canciones”, que, con añadidos y renovaciones  llegó a incluir nada menos que 66 temas, desde “La Internacional” a “Casey Jones”. Desde entonces y hasta 1995 se publicaron 36 ediciones.

En 1940, durante uno de aquellos viajes de vagabundeo y aprendizaje que tan a menudo realizaban a bordo de trenes de mercancías o en autostop,  Pete Seeger y Woody Gutrhie pensaron que había llegado el momento de montar un colectivo de cantnates que sirviera de algo así como de frente musical de los sindicatos apoyando sus acciones y reivindicaciones. La Guerra Civil Española y el inicio de la Guerra Mundial, en la que Estados Unidos aún no había entrado, habían supuesto una eclosión de la conciencia izquierdista y antifascista. Los viejos wooblies habían desaparecido ya, víctimas de la represión volcada sobre ellos, pero había surgido el Congreso de Organizaciones Industriales (CIO) como sindicato de clase y revolucionario. Por mucho que años después fuera devorado por el macartismo para acabar en el sindicalismo de gremio y reformista, en aquel momento de los cuarenta era una causa en la que volcarse.

Bautizaron el colectivo como Almanac Singers, y aparte de Seeger, que tenía entonces 21 años, y Woody, con siete más, se sumaron una buena cantidad de cantantes de izquierdas tan destacados como Lee Hays, Cisco Houston, Josh White, Leadbelly, Sonny Terry o Brownie McGhee. Juntos o por separado recuperaron las viejas canciones y compusieron otras nuevas que cantaron por todo el país en huelgas, concentraciones y otros actos sindicales. Este “¿Which side are you on?”, escrita por Florence Reece en 1931 y que aquí interpreta Seeger con algunos de sus compañeros fue una de ellas.

VER EL VÍDEO: Which side are you on?

A finales ya de los cuarenta, cuatro de aquellos cantantes del almanaque, Pete Seeger, Lee Hays, Ronnie Gilbert y Fred Hellerman, que se habían roto mil veces las cuerdas vocales cantando en mítines y actos sindicalistas, comprobaron, es de suponer que con cierto estupor, que pese a tanta dedicación no habían logrado salir del círculo cerrado de un público ya concienciado, convenciendo ya a los ya convencidos pero sin llegar en absoluto a los que había que concienciar. Además comprobaron con desánimo que estando ellos disponibles y totalmente entregados, cuando se trataba de grandeS actos recaudatorios no se les llamaba a ellos, sino a cantantes simpatizantes comerciales y de éxito, que atraían a un público más amplio y abierto.

En esa tesitura, los cuatro folkies se debieron plantear una pregunta nada banal, que por aquellos años y siguientes se formulaban en todo el mundo, en España también, muchos intelectuales y creadores de izquierdas: ¿Debe optarse por la automarginación del sistema para mantener la pureza de tu trabajo y tus ideas, o se deben aprovecharse las oportunidades que ofrezca la industria musical para hacer llegar las canciones a una mayor cantidad de gente, haciéndolas por tanto más eficaces? Seguro que hoy todavía hay quien se lo plantea.

Seeger, Hays, Gilbert y Hellerman parece que lo tuvieron claro: no es lo mismo rendirse al sistema que aprovecharse de él para dar mayor difusión a su mensaje. Crearon pues The Weawers (Los Tejedores), un cuarteto vocal al uso de los que triunfaban en aquellos años; formato al que sin embargo añadían una intencionalidad y un repertorio nuevo y desconocido que incluía desde canciones infantiles a sudafricanas, de baladas amorosas o históricas a cantos de trabajo, de temas tradicionales a composiciones de protesta propias. Su éxito fue inmediato y explosivo. Sus emisiones radiofónicas y televisivas alcanzaron altas cifras de audiencia y los sucesivos discos que fueron publicando llegaron a los hits-parades oficiales, alcanzando incluso al número uno de ventas con su versión, tal vez demasiado “blanca”, pero eficaz, del viejo y muy negro “Goodnight Irene”, una canción de amor del bluesman y antiguo compinche Leadbelly. En el vídeo, correspondiente a una emisión televisiva se puede comprobar el carácter pedagógico y concienciador de sus actuaciones en la explicación que Hays da sobre el autor.

VER EL VÍDEO: Weawers, Goodnight Irene.

Curiosamente, el éxito acabó volviéndose en su contra. La gran difusión del cuarteto cantando aquel repertorio tan extraño, que igual podía servir para celebrar la Navidad que para proclamar la Revolución, debió hacer saltar la mosca detrás de la oreja de los sicarios del macartismo, a los que les bastó con tirar de expedientes y archivos, pues ya los tenían  para ir contra ellos. Tanta había sido y sería la vigilancia, que cuando hace unos años se abrieron a los investigadores los archivos del FBI, se descubrió que el expediente de Pete Seeger tenía nada menos que 1800 páginas con documentos, 90 de las cuales aún permanecen secretas hoy en día. El primero de aquellos documentos era una carta de Seeger de 1943, cuando estaba en el ejército, en la que protestaba del internamiento en campos se semi-concentración a los ciudadanos de origen japonés. Claro que para entonces ya estaba enamorado de Toshi.

Los Weavers fueron vigilados constantemente por el FBI, que presionaron e informaron de su peligrosidad a los posibles empresarios. Empezaron a negárseles los contratos, muchos de los que habían firmado fueron anulados, y se les cerraron las puertas de la radio y la televisión. Y al fin llamaron los inquisidores a su puerta.

En el verano de 1955, mientras Seeger y Toshi, acompañados de amigos y compañeros levantaban un granero-estudio en la viviendo que estaban construyendo en las orillas del río Hudson, se presentó un funcionario trajeado en un coche negro y entregó a Seeger una citación para comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas (citación que también le llegó a Lee Hays). Finalmente la comparecencia se fue retrasando hasta que finalmente acabo por celebrase en 1961.

La comparecencia de Seeger fue ejemplar. Contrariamente a la actitud de otros viejos compañeros como Josh White o Burl Ives, que acabaron rindiéndose y dando nombres, él se negó a contestar y a delatar a nadie. Le cayeron 10 condenas de un año de cárcel que, sólo tras una dura y larga batalla legal fueron sobreseídas. Merece la pena reproducir algunas de las cosas que dijo.

Por ejemplo: No responderé a ninguna pregunta relativa a mi afiliación, mis creencias filosóficas o religiosas. No me parecen preguntas apropiadas para ningún americano, y menos aún bajo una coacción como la presente”. Cuando para demostrar la filiación comunista de Seeger el juez le acusó de haber cantado numerosas veces el tema “Wasn’t that a time”, compuesto por Lee Hay y un alegato a favor del origen democrático y libertador de Estados Unidos y crítico con los gobiernos que había traicionado ese ideal. Contesto Seeger:

SEEGER: Si quiere la canto ahora, pero no sé si me va a quedar muy bien sin mi banjo….

INTERROGADOR: ¿Ha terminado su respuesta?

SEEGER: Sí señor

INTERROGADOR: Deseo ofrecer una evidencia documental sobre este tema […]

SEEGER: Siento mucho que no esté interesado en mi canción, es muy buena….

Esta es la canción que el interrogador no quiso escuchar.

VER EL VÍDEO: Wasn’t that a time

En la primavera de 1949, los Seeger decidieron dejar la ciudad, donde les agobiaban los ruidos y las aglomeraciones y no consideraban que fuera un buen sitio para educar a sus hijas. Con un préstamo de 1.700 dólares que les hicieron familiares y amigos compraron un terreno de unos pocos acres en Beacon, junto al río Hudson, en la que querían construir una simple cabaña de troncos para vivir. Sus admiradores de los Jóvenes Progresistas les regalaron un pico y un hacha y se pusieron a la faena. En aquella cabaña, que son el tiempo se fue ampliando, vivió hasta su muerte. En ella recibió la citación para declarar ante el Comité y en su sótano se celebró su 94 cumpleaños en el que cantó por última vez.

Tanta prisa tuvieron en instalarse, que se trasladaron a vivir allí cuando la cabaña aún no tenía ni agua ni electricidad y quedaba casi todo por construir. Claro, que no lo hicieron solos. Cada verano un buen grupo de amigos les ayudaban cortando troncos, subiendo agua, haciendo cemento, colocando tejas o enyesando pareces. Lee Hays, que arrimó el hombro cuanto pudo los llamaba irónicamente “Las bandas de esclavos de Pete”. La hermanastra de Seeger, Peggy, también excelente cantante folk, recordaba otro aspecto de aquellas reuniones laborales: “ocasionalmente alguien se sentaba ay tocaba el banjo, en cuyo caso le ponían delante un micrófono con altavoces por toda la colina. Había música todas las noches”.

A la entrada de la vivienda, colocaron un cartel grabado en madera que rezaba: Esta casa está lo bastante limpia para ser higiénica y lo bastante sucia para ser felices”. Toda una filosofía de la vida.

VER EL VÍDEO: Kisses Sweeter Than Wine

Como cualquier militante de toda buena causa, Seeger no se preocupó sólo por cantar, sino que también dedicó mucho esfuerzo y tiempo a la organización y a la difusión de las canciones por todos los medios posibles. Así, a finales de los 30 participó en la fundación de People’s Song, un ensayo de los Almanac y a la edición de una revista que publicaba letras y partituras, tarea que posteriormente continuaría con la creación y publicación de Broadside, un boletín mimeografiada que pese a su humildad formal dio a conocer a los nuevos cantautores folk y comprometidos, de Tom Paxton o Phil Ochs a Dylan, o Sing Out, similar pero más profesional. También fue impulsor y uno de los fundadores en 1959 del Festival Folk de Newport, que todavía hoy sigue celebrándose. Parece ser que no podía estarse quieto.

Seeger pensó siempre que la televisión era un medio ideal para difundir las canciones del pueblo. Sin embargo, cuando en 1963, aprovechando el auge del folk, la cadena comercial ABC puso en antena el programa Hootenany, nombre sacado de las reuniones y actuaciones espontáneas que celebraban los cantantes folk en la calle o en pequeños locales, se vetó su participación. Por rojo. Un buen número de los jóvenes cantantes que fueron invitados, como Joan Baez, Dylan, Tommy  Maken, Judy Colins, Peter, Paul and Mary, Barbara Dane o Kingston Trio se negaron a participar en el programa, con el argumento de que si no cantaba Seeger tampoco ellos lo harían, en incluso formaron un comité contra las listas negras.

Finalmente, en 1965 Seeger consiguió realizar un programa televisivo propio, aunque no en una cadena mayoritaria sino en una TV pública local educativa. El espacio era muy simple: una mesa y algunas sillas constituían el decorado en el que Pete se sentaba de tú a tú con sus invitados y amigos para charlar y cantar. Fueron 39 emisiones en blanco y negro de 52 minutos de duración en la que no quiero insistir, pero cuya visión recomiendo vivamente porque la serie completa está en internet.

Como ejemplo valga un botón. Aquí se le puede ver junto a los bluesmen Sonny Terry y Brownie McGhee. Es una actuación excepcional en la que merece fijarse en su complicidad de viejos amigos.

VER EL VÍDEO: Pete Seeger, Sonny Terry & Brownie McGhee, Key to the Highway

La convicción antirracista era innata en Seeger, como si lo hubiera mamado. Su denuncia de la discriminación sobre los judíos en la universidad, su protesta por los campos en que se internó durante la guerra a los japo-americanos, y sus numerosas colaboraciones con bluesmen negros, en los Almanac Singers y fuera, en recitales y discos, así vienen a demostrarlo.

No tiene, pues, nada de raro que cuando a finales de los 50 los negros americanos iniciaron su lucha por sus derechos civiles Seeger se uniera inmediatamente a la batalla. Una vez más cantó en mítines, marchas y concentraciones como en los viejos tiempos sindicales.

En los años 40 Seeger ya había popularizado un viejo himno religioso negro, We shall not be moved (el universal No nos moverán que recorrió el  mundo y recaló en España). En los 60 le correspondió hacer lo mismo con el que sería el canto más representativo de aquel movimiento por los derechos civiles negro que también atravesó las fronteras para convertirse en himno universal de esperanza y resistencia.

Whe shall overcome era un viejo himno metodista prácticamente perdido, cuando lo rescató Guy Carawan, cantante, folklorista y profesor en la Highlander Folk School, un centro progresista e interracial de Tennessee, fuertemente implicado en el movimiento de los derechos civiles. Él se la mostró a Seeger, colaborador habitual de la escuela, quien empezó inmediatamente a cantarla. Al parecer, cuando en 1959 Martin Luther King visitó la Highlander Seeger y Guy se la cantaron, y el ya líder del movimiento comprendió inmediatamente su valor como canción movilizadora y concienciadota. De ahí a la historia faltaba un paso.

VER EL VÍDEO: Whe shall overcome

Si la lucha antisegregación conmocionó América, otro tanto sucedió con la guerra de Vietnam, que provocó grandes movilizaciones contra ella, especialmente entre los jóvenes universitarios y las clases medias intelectuales. No insistiré en que Seeger estuvo en ellas porque sería redundante. Tampoco insistiré en la crueldad de aquella guerra ni en los mil crímenes cometidos por el ejército estadounidense, de sobra conocidos. Pero hubo uno en concreto que causó indignación en el mundo y que nos viene al pelo. Wikipedia cuenta bien lo que sucedió en aquella matanza de My Lai, como se conoció internacionalmente,

“El 16 de marzo de 1968 las tropas de Estados Unidos lanzaron una operación en la región de Son My en la búsqueda de vietcongs. Al segundo teniente (equivalente a alférez) William Laws Calley y su sección le fue asignada la zona My Lai 4. Al llegar a la zona de aterrizaje los helicópteros dejaron a los soldados y se desplazaron a la posición de espera. A lo largo de cuatro horas, Calley y sus hombres violaron a las mujeres y las niñas, mataron el ganado y prendieron fuego a las casas hasta dejar el poblado arrasado por completo. Para terminar, reunieron a los supervivientes en una acequia.

Los pilotos y artilleros vieron cómo Calley disparó su arma contra ellos y ordenó a sus hombres que hicieran lo mismo hasta matar a todos los habitantes de la zona (es decir, ancianos, mujeres y niños). Por “defectos” en la investigación, no se sabe la cifra exacta de asesinados, pero se estima que debió estar entre 347 y 504”.

Pete Seeger le dedicó a la masacre esta canción; no sólo un alegato contra los militares que la perpetraron, sino también contra el gobierno que la hizo posible, e incluso sobre la sociedad que la consintió. No por nada la tituló “Ultimo tren a Nuremberg”

Seeger fue algo así como un urbanita con vocación de leñador o pionero. Por eso, quizas el traslado a la cabaña familiar del Hudson supuso un cambió sustancial en su vida y el comienzo, no podía ser de otra manera, de una nueva batalla. Descubrió las largas caminatas por el bosque, la tala de árboles para construirse su propio refugio o la simple belleza de la naturaleza, pero sobre todo la navegación. Y una cosa le llevó a la otra.

Compró un pequeño balandro y empezó a navegar por el Hudson, descubriendo inmediatamente que era un río totalmente contraminado, sucio, lleno de residuos químicos, urbanos e industriales, Una verdadera porquería insalubre y peligrosa. Ni corto ni perezoso se puso a la faena de acabar con aquel destrozo, tal vez con la idea de que la naturaleza era, como la canción, una herencia benéfica del pasado que se debía conservar y transmitir. ¿Preecologista?

En compañía de otros miembros de la comunidad y amigos construyeron su propio barco para difundir sus reivindicacienes por todo el litoral. Al parecer, ya desde 1959 Seeger arrastraba la idea, aunque no pudo hacerse realidad hasta el 27 de junio de 1969, fecha de la botadura de un elegante balandro de 32 metros de eslora con un mástil de la misma longitud. La tripulación la componían exclusivamente cantantes y músicos folk, profesionales de la canción, pero no de la navegación, que al parecer se las vieron y desearon para hacer marchar la embarcación por el rumbo adecuado. Su objetivo era recorrer el Hudson dando recitales en los distintos puertos fluviales, repartir panfletos, dar charlas en colegios y comunidades distintas y muchas otras actividades. Es decir hacer el trabajo de agitprop que toda causa necesita para el triunfo. Y acabó por triunfar. Hoy en día el Hudson está limpio y descontaminado y puede ser navegado y disfrutado por los neoyoquinos. El Clearwater (Aguas claras), que es como bautizaron significativamente al barco, sigue cumpliendo su función a través de la River Sloop Clearwater, Inc.

El siguiente vídeo, en el que Seeger canta con algunos compañeros la canción que dedicó a aquellos viajes fluviales, puede servir bien para comprobar cómo podían desarrolarse aquellas travesías.

VER EL VÍDEO: Sailin’ Up, Sailin’ Down

Como hemos visto ya, Seeger militó en todas las causas progresistas y libertadoras que le tocaron, que fueron muchas, sumando unas a otras. Sin embargo, si hay una militancia suya que recorrió toda su vida y su obra es la que mantuvo con su propia canción, con su manera de entenderla y practicarla. Es una concepción que estaba en lo más profundo de su ideología.

En numerosas ocasiones declaró que su función no era cantar viejas canciones, sino, sobre todo, hacerlas cantar a la gente, transmitirlas a otros para que ellos las continuaran como una cinta sin fin del pasado al futuro. Para Seeger la canción era una forma de identidad popular, una cadena de luchas, belleza, raíces y conocimiento que se transmite de abuelos a hijos y a nietos, y que es en esa trasmisión y en la interpretación privada en reuniones, bodas y bautizos cuando la canción alcanza su principal función: contribuir a la cohesión social. Una canción testimonio de los pueblos del pasado que tanto sirve para la preparación del futuro.

De esa vocación salieron, por ejemplo, sus numerosísimos conciertos en colegios y campamentos juveniles, sus discos con canciones infantiles o el didactismo (perfectamente realizado) de sus interpretaciones en directo, en las que Seeger se convirtió en un maestro en hacer cantar al público que le escuchaba. En compartir la canción como un bien común.

Un ejemplo paradigmático de esa capacidad incitadora al canto podría se este tema que ahora ponemos. Tan fácilmente reconocible que no diré ni su título. Sólo tomad en consideración que el público era sueco y la fecha 1968, el mismo año en que Seeger grabó la canción en USA, por lo que es poco probable que aquella gente la conociera.

VER VÍDEO: Guantanamera

Me parece que ya ha quedado dicho que Pete Seeger ingresó en la Liga de Jóvenes Comunistas en su etapa universitaria. Allí aprendió unos principios de libertad, justicia y solidaridad que no abandonaría en toda su vida, por mucho que dejará la estricta militancia en el partido ya en los años 60, desengañado por los excesos del estalinismo y la rigidez con que se aplicaban en el PCA. Pero no se convirtió en un renegado, ni adujo ante el Comité, cuando ya se había alejado del Partido, que aquello había sido una locura de juventud de la que ya se había curado y arrepentido.

En numerosas ocasiones Seeger criticó la situación y las actuaciones del llamado socialismo real de la URSS, pero nunca renegó de aquellos principios que aprendió en Harvard. En cierta ocasión, ya en su ancianidad, se refirió a ello en una entrevista que ahora no encuentro. Venía a decir que en el comunismo no eran lo mismo los comunistas de base, sinceros luchadores por una sociedad mejor, que los dirigentes oficiales y los aparatos del Partido, especialmente el estalinista soviético. Lo comparaba con los fieles cristianos, entregados a hacer el bien, y sus jerarquías, tan a menudo cómplices de tantas iniquidades históricas.

Esa fidelidad y respeto de Seeger a sus principios e ideales fundacionales de su ideología política y vital quedan claramente expresados en está interpretación de 1980. Tampoco diré el título. Ni siquiera la he traducido. Salud.

VER EL VÍDEO: La Internacional

Publicación original: Fundació l’Alternativa.

 

 

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