Artículos y textos míos

Periodismo viajero y ecológico en Barcelona: la venganza final de la Rosa de Fuego

 

GABRIEL JARABA

Este texto es el prólogo del libro Viaje a la madre tierra. Periodismo, comunicación e historias comprometidas con el medioambiente (José Manuel Pérez Tornero y Santiago Tejedor, eds.; Ed. UOC, Barcelona 2019). Sus textos han sido redactados por alumnos del Máster en Periodismo de Viajes de la UAB.

Comprar el libro

A menudo me pregunto si la expresión “periodismo de viajes” no será una redundancia. El periodismo consiste en ir a ver lo que pasa, advertir qué cosa de lo que pasa puede ser noticia, comprenderlo y explicarlo al público escribiéndolo de manera que pueda ser conocido y entendido. En periodismo, pues, el verbo ir es fundamental. Pero en los últimos tiempos la tarea periodística ha ido quedando encerrada en las redacciones, a causa de muy diversos factores, que van desde la burocratización y automatización de las rutinas de producción hasta el encogimiento de las plantillas debido a unas descabelladas estrategias e inversiones en el sector audiovisual por parte de unas empresas informativas desorientadas y aturdidas por directivos que no sólo desconfían de los periodistas a los que emplean sino que, directamente, les odian.

Salir de las redacciones y de los escritorios con pantalla y pisar la calle para contar lo que pasa, en eso consiste el primer paso de la recuperación del periodismo hoy. Y hacerlo incluso para caminar por territorio desconocido e incluso lejano, doble dosis del remedio, tanto si lo llamamos periodismo de viajes o reporterismo a secas. Sí, ya sabemos que el gran reportaje que descubre lo que era insospechado se encuentra oculto en nuestro mismo entorno, a dos pasos de donde llevamos esa vida que hemos hecho rutinaria. El periodismo barcelonés fue salvado de la mediocridad y la corrupción del franquismo en los años 60 y 70 por una generación de periodistas que se dedicó a patearse los suburbios pero también los barrios tradicionales y el centro de la ciudad; aquellos redactores mal pagados no tenían medios para adquirir un billete de avión pero disponían de pies ligeros y mirada aguda que iban al encuentro de eso tan simple y complejo a la vez que es lo que le sucede a la gente para contárselo a otra gente. El periodismo de viajes comienza no tanto adentrándose en lejanas tierras ignotas sino caminando por las calles de nuestros padres al encuentro de lo que está lejos aunque se halle cerca, lo que se desconoce por más que lo tengamos ante nuestras narices y lo que es relevante para que nuestros conciudadanos puedan ejercer el derecho democrático a la información. 

El éxito que está teniendo el periodismo de viajes, gracias entre otras cosas a la aparición de formaciones específicas como el Máster en Periodismo de Viajes de la UAB, es un signo de salud profesional en medio de la crisis de la información de calidad. Y la publicación de libros como la presente obra, en la que el campo de acción de ese periodismo renovado es nuestra  gran capital europea y mediterránea, nos permite recuperar el buen tino periodístico, asimismo virtud universal, que consiste en saber mirar. Un periodista barcelonés lee los textos de estos alumnos del máster de la UAB  y encuentra en ellos un signo del buen periodismo: te cuentan cosas sobre lo que ya conoces y te  las hace saborear como si las acabaras de descubrir. No es únicamente lo  nuevo lo que provoca interés al ser humano, lo hace también la visión que sabe mostrar lo habitual de una manera distinta.

Uno examina los textos de los autores que aquí se publican y se da cuenta, de pronto, de que todos ellos están unidos por un mismo hilo. Ese hilo conductor muestra la venganza final de una ciudad que se ha convertido en el paraíso del turismo mundial pero que antaño fue un infierno para sus habitantes más modestos. El puerto en el que atracan cruceros de coste millonario es el de una ciudad en la que el hambre había sido la compañera habitual de las familias humildes; las calles recorridas por pies ligeros que no extranjeros –nadie lo es en Barcelona—estuvieron otrora limitadas por murallas entre las que se ahogaba la gente, que no ciudadanía, pues la democracia era una aspiración tan inalcanzable como los diamantes de las minas del rey Salomón.  Esa joya del Mediterráneo hoy tan apreciada fue un pozo de insalubridad hace algunas, no demasiadas, generaciones. El hilo conductor de la peripecia histórica nos lleva a descubrir la tarea constante de los barceloneses humildes y trabajadores por ganar el derecho a la salud, el ocio creativo, el medio ambiente habitable y el uso cívico de la naturaleza circundante.

Los cañones  del castillo de Montjuïc, que parece custodiar el frente marino y portuario de un ataque exterior, tenían una peculiaridad propia de la época y el lugar: apuntaban no hacia el posible origen de los atacantes foráneos sino hacia el corazón de la propia ciudad. No se defendían pues de un enemigo ajeno sino de los propios compatriotas.  La primera casa de pisos del barrio en el que yo nací, el Poble-sec, no fue construida hasta 1858, cosa notable en una ciudad bimilenaria de la que están documentados restos arqueológicos iberos. El motivo es que el lugar donde nacería aquel barrio pertenecía al área de influencia del castillo y en él no se podía construir para no entorpecer posibles bombardeos de la ciudad desde la fortaleza, había que dejar campo libre a la parábola de los proyectiles de artillería. La última zona de esa área no fue excusada de la prohibición hasta 1869, cuando la represión de las revueltas obreras y los motines por hambre se había practicado con contumacia, especialmente mediante un memorable bombardeo de Barcelona a cargo del general Espartero, en 1842. El castillo de Montjuïc era el punto desde el cual el ejército bombardeaba a su propio pueblo, y sus mazmorras eran el lugar a donde iban a parar los activistas de las revueltas reprimidas.

Lo que hoy llamamos Barcelona antigua era una ciudad amurallada en cuyos barrios conocidos actualmente como Ciutat Vella se vivía un ambiente irrespirable, en el sentido literal del término; calles estrechas, viviendas precarias, envejecidas, mal ventiladas, deficiente alcantarillado, tuberculosis como enfermedad corriente poco menos que epidémica. La ciudad amurallada quedó colapsada no sólo por la densidad de la población y el insalubre ambiente en que vivía sino por la instalación de las recién nacidas industrias y la expansión demográfica debida a la inmigración procedente del campo y destinada al trabajo fabril. Las murallas no fueron derribadas hasta 1854-56 y en 1860 comenzó a construirse lo que se llamó y se llama Ensanche en los terrenos fuera muralla, igualmente considerados hasta entonces zona militar.  Aquel “desalambramiento” de la vieja ciudad marcó el inicio de una incipiente conciencia ecológica que se ignoraba como tal y tenía como propuesta poder llevar una vida sana en un entorno ordenado. Las familias celebraron el derrocamiento de la muralla medieval como una gran fiesta, lanzándose a una actividad tan aparentemente inocua hoy como revolucionaria fue en su momento: tomar la cesta de la merienda e ir a comérsela fraternal y alegremente en las faldas de las dos montañas que hoy limitan la ciudad, Montjuïc y el Tibidabo.

Las montañas circundantes eran la promesa del paraíso en la tierra para aquella población hasta entonces agolpada en verdaderos ghettos, empobrecida y enferma. Más allá de la constreñida ciudad antigua, sus montañas aparecían como un lugar en el que el aire puro, el agua limpia y la hierba fresca prometían una vida mejor; la nueva tierra y el nuevo cielo estaban a sólo una hora en carro de caballos. En la ciudad, el humo de las fábricas denotaba prosperidad y toda urbe que se preciara deseaba, en aquel tiempo, disponer de cuantas más chimeneas humeantes mejor, signo de productividad  aunque el salario fuera de miseria e incluyera el trabajo infantil. Aun con la muralla medieval derribada, la mancha de la miseria siguió extendiéndose por los huertos extramuros que, más allá de la Rambla, llamamos hoy el Raval, en los que se mezclaron numerosas industrias del textil y la tintorería con viviendas miserables y precarias, tempranamente envejecidas a causa de la tacañería de quienes las construían y alquilaban. El estado de salud colectivo empeoró con una expansión fortísima de la prostitución y la diseminación de enfermedades venéreas en el sector que fue conocido como Barrio Chino, donde, gracias a la prosperidad súbita causada por la neutralidad en la Primera Guerra Mundial, corrían a chorros el opio y la cocaína.

Contra ese estado de cosas surgieron dos reacciones. Una, la rebelión popular más o menos organizada o desorganizada, que se expresaba en motines, huelgas e incendios; otra, la aparición de una contracultura original –con perspectiva, se le puede llamar así—que reclamaba el derecho a la salud, valoraba la naturaleza y proponía el naturismo y el vegetarianismo, además de la abolición de la prostitución, el feminismo y el amor libre. Entre mediados del siglo XIX y 1939, Barcelona fue conocida como “La Rosa de Fuego” porque ardía periódicamente en furia desesperada, en forma del fuego de fusilería o artillería contra las masas rebeldes, de incendio de iglesias y conventos considerados símbolo de la opresión odiada, de atentados como el que aterrorizó a la burguesía local cuando fue arrojada una bomba Orsini sobre los atildados espectadores de la platea del Liceo. La Rosa de Fuego era una ciudad  rabiosa y desesperada, pero por debajo de la pulsión de la inmolación colectiva latía una inclinación sensata:  la intuición primigenia de que cualquier progreso económica debe conducir a un progreso social concretado en una vida buena.

He llegado a conocer a algunos de aquellos pioneros de lo que se ha dado en llamar ecologismo cuando ya eran unos abuelitos y aún no habían oído mencionar tal concepto. Grupos como los nudistas de Els Amics del Sol, los naturistas difusores de la alimentación sana, como los fundadores del primer restaurante self service vegetariano de la ciudad, los entusiastas difusores de panfletos que propugnaban la virtud salutífera del ajo y la cebolla, los primeros practicantes de yoga en la clandestinidad, los impulsores de una farmacia homeopática a la que se entraba mediante contraseña, a la manera de los tugurios speakeasy, los clandestinísimos francmasones agrupados en logias dirigidas por obreros ilustrados. Todos ellos habían resistido con las armas en la mano a los militares rebeldes que en 1936 se alzaron para ahogar en sangre las conquistas sociales que pasaron de ser estallidos de rebeldía a erigirse en legalidad republicana. Fueron derrotados pero finalmente sus ideas triunfaron: los valores imperantes y establecidos en la refulgente Barcelona de hoy que atrae las miradas de todo el mundo son los que nacieron de aquella utopía decimonónica que, en su ingenuidad, quería expresarse en la conquista de las montañas cercanas por las familias obreras que acudían a las fuentes que de ellas brotaban para compartir merienda, partido de fútbol y baile improvisado. Era la ciudad entera la que deseaba, de uno u otro modo, reencontrarse con la naturaleza; los burgueses construyeron sus nuevas residencias más allá de la sierra de Collserola en busca de los nuevos aires del Vallès, los proletarios se hacían con Montjuïc instalando en sus laderas merenderos o bailes populares para el domingo o el jueves por la tarde, día en que libraban las criadas. Junto al chorro refrescante de las fuentes se soñaba en un nuevo cielo y una nueva tierra, por lo menos en versión doméstica, apurando el sabor del aire y el agua limpios que los nuevos tiempos de rebeldía habían puesto al alcance de la mano de los desheredados. Fue allí, a la montaña de los pobres, donde fueron a parar, a partir de 1956, los inmigrantes de otras regiones de España, huyendo del hambre y en busca de trabajo, en Montjuïc construyeron sus precarias viviendas con sus propias manos. Los hijos de aquellos inmigrantes se hicieron catalanes y llevaron aquella conciencia más allá en los años 60, poblando la ciudad entera de numerosos centros excursionistas que practicaban tanto el montañismo como la etnografía.

Un magnífico reportaje sobre ese talante sería un recorrido por las fuentes que hace cien años fueron meta y refugio del ocio de los humildes, con una toponimia popular encantadora, como la Font Trobada, la Font de la Satàlia, la Font de la Mamella, la Font Honrada, la Font del Lleó, la Font de la Lleganya  o la Font de la Budellera. La canción popular más famosa que cantaba la gente en plan de jolgoro –yo alcancé a aprenderla en mi infancia—se llamaba “Baixant de la Font del Gat”, una fuente localizada en la falda de Montjuïc, donde acaba el Poble-sec y comienza la montaña de los pobres, que relata los amores de un joven que hacía el servicio militar y una criada de la que se sugería que era bizca: “Baixant de la Font del Gat, una noia, una noia, baixant de la Font del Gat, una noia i un soldat. Pregunteu-li com se diu, Marieta, Marieta, pregunteu-li com se diu, Marieta de l’Ull Viu”. En los aires alegres y burlones de esa tonada se encerraba el espíritu popular de siglo y medio de aspiraciones tan dignas y urgentes como respirar aire puro, beber agua no contaminada y enamorarse.

La venganza de la Rosa de Fuego está hoy ante nuestros ojos. Lo muestran bien a las claras los textos de los periodistas de viajes que el amable lector encontrará en este libro. Los horizontes externos e internos que se abren a disposición del viajero han sido ganados por su ciudadanía a lo largo de los siglos, en una pugna conducida contra el hado de la miseria y la opresión. Por una vez en la vida los barceloneses hemos vencido y es ese triunfo lo que quienes nos visitan pueden acertar a descubrir y disfrutar. Se ciernen sobre nosotros nuevos problemas que no son tan nuevos pues son fruto de la desgracia milenaria que representa la explotación del hombre por el hombre, el abuso de los recursos naturales y el desprecio hacia el planeta que es nuestra madre. Cuando el ejercicio del periodismo de viajes se centra en la alianza entre ciudadanía,  medio ambiente y progreso social está adentrándose en algo determinante para el futuro del género humano: ¿seremos capaces de construir una civilización en la que se realice lo imprescindible, que es, nada menos, que las almas de los hombres son una y que el planeta Tierra está llamado a ser el hogar radiante de una nueva humanidad? El Fuego de la Rosa está pasando de abrasar las murallas de la opresión a convertir los corazones en brasas vivas de amor en un Mundo Ardiente.  

Temas de los que ando conversando con mis amigos en Facebook:
RECUERDO DE VÁZQUEZ MONTALBÁN; ROSA LLUCH BRAMON; PREMIO A MARTÍN CAPARRÓS; PERIODISMO DE VIAJES.

CATALUNYA PLURAL

Publico regularmente mis artículos en el diario Catalunya Plural, generalmente análisis sobre información, comunicación y cultura de masas. Os recomiendo esta publicación así como el Diari de l’Educació, Diari del Treball, Diari de la Sanitat y la revista juvenil XQ.

SUSCRÍBETE A LAS ACTUALIZACIONES PER CORREO ELECTRÓNICO

Sólo hace falta que envíes tu dirección de correo electrónico al enlace siguiente (vuestros datos serán custodiados).
Suscríbete a Gabriel Jaraba Online por correo electrónico