Los hombres que comían diccionarios

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Este texto es el prólogo de la obra titulada “Diccionario básico de estrategia digital y posicionamiento de contenidos”, coordinado por Ricardo Carniel y Santiago Tejedor y escrito por un grupo de alumnos del Máster Universitario en Periodismo e Innovación en Contenidos Digitales de la Universidad Autónoma de Barcelona. Este máster oficial es el grado que conduce al Doctorado en Comunicación que concede la UAB.

GABRIEL JARABA

En los inicios de la era de los weblogs —es decir, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra— se hicieron muy populares dos blogs titulados respectivamente “El hombre que comía diccionarios” y “Diario de una mujer gorda”. Los autores debieron de pensar, al optar por estos distintivos, en el poder de la provocación por medio de la palabra, un recurso más viejo que el hambre para llamar la atención, pero también un truco que —no me pregunten por qué— sigue funcionando por lo menos desde que John Lennon, cuando saltó con lo de “los Beatles somos más famosos que Jesucristo” escandalizó a medio mundo, o ahora mismo cuando Greta Thunberg acusa a los poderosos del mundo de haberle “robado la infancia”. La provocación de la “mujer gorda”, obra de Hernán Casciari, es comprensible (ahí están los denunciadores de la “gordofobia” para atestiguarlo), pero sorprende más que Javier Arce aludiera a los diccionarios como asunto bizarro e inusual. ¿Qué era lo llamativo: que un hombre desayunara con un diccionario o simplemente que lo usara? Ahí está el detalle, como decía Cantinflas: mencionar la existencia de un diccionario como elemento de la vida cotidiana con el que se cuenta e incluso se usa para algo tan perentorio como alimentarse debía llamar forzosamente la atención del público. El busilis de la cuestión es que si bien es raro que una persona se coma un diccionario es que poseer un diccionario ya es una cosa poco corriente de por sí. Y como decía Bugs Bunny: “Eso es todo, amigos”. Un diccionario ha llegado a ser algo tan raro e inusual que sorprende que alguien lo tenga como animal de compañía. Y así estamos como estamos. El diccionario ha sido, históricamente, el epítome de la erudición, si no realizada, por lo menos potencial: ahí es nada un libro que contiene (se supone) todas las palabras, pues encierra una promesa irresistible para la persona ávida de saber, que es el acceso exhaustivo al léxico como camino seguro que conduce al conocimiento. Las familias modestas han aspirado siempre a que sus hijos dispusieran de un diccionario o una enciclopedia, en el tiempo en que una cultura obrera que ya no existe sentía un respeto reverencial por la cultura que se resumía en un lema: “Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices”. Lo pronunció José Anselmo Clavé, educador social, líder obrero y músico que dio origen desde Barcelona a un poderosísimo movimiento de canción popular y coral con el que combatir el analfabetismo y la ignorancia. El vendedor de enciclopedias –que son diccionarios ampliados, pero diccionarios al fin– a domicilio fue, durante décadas, heraldo de una vida mejor mediante la instrucción autodidacta en un tiempo en que probablemente si los trabajadores respetaban el valor de la cultura era porque a su vez los patronos hacían lo propio con el del trabajo. La cultura era el libro y el diccionario era el libro grande por antonomasia, que llegó a dar nombre a un famosísimo programa educativo en Televisión Española, El libro gordo de Petete. El diccionario casero adquirido con esfuerzo ahorrativo remataba la tarea alfabetizadora que, a trancas y barrancas y con todas las insuficiencias y defectos que se quiera, iniciaban las novelitas del oeste o policiacas, los tebeos de superhéroes e historietas cómicas e incluso las fotonovelas románticas, todos ellos redactados por esforzados peones de la máquina de escribir que cobraban la faena a destajo igual que los albañiles. Por esa razón, uno, autodidacta a la fuerza en la adolescencia y la juventud, ha admirado siempre a los redactores de diccionarios y a los lectores que han sido sus usuarios. Ahora, cuando la red pone a nuestra En los inicios de la era de los weblogs —es decir, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra— se hicieron muy populares dos blogs titulados respectivamente “El hombre que comía diccionarios” y “Diario de una mujer gorda”. Los autores debieron de pensar, al optar por estos distintivos, en el poder de la provocación por medio de la palabra, un recurso más viejo que el hambre para llamar la atención, pero también un truco que —no me pregunten por qué— sigue funcionando por lo menos desde que John Lennon, cuando saltó con lo de “los Beatles somos más famosos que Jesucristo” escandalizó a medio mundo, o ahora mismo cuando Greta Thunberg acusa a los poderosos del mundo de haberle “robado la infancia”. La provocación de la “mujer gorda”, obra de Hernán Casciari, es comprensible (ahí están los denunciadores de la “gordofobia” para atestiguarlo), pero sorprende más que Javier Arce aludiera a los diccionarios como asunto bizarro e inusual. ¿Qué era lo llamativo: que un hombre desayunara con un diccionario o simplemente que lo usara? Ahí está el detalle, como decía Cantinflas: mencionar la existencia de un diccionario como elemento de la vida cotidiana con el que se cuenta e incluso se usa para algo tan perentorio como alimentarse debía llamar forzosamente la atención del público. El busilis de la cuestión es que si bien es raro que una persona se coma un diccionario es que poseer un diccionario ya es una cosa poco corriente de por sí. Y como decía Bugs Bunny: “Eso es todo, amigos”. Un diccionario ha llegado a ser algo tan raro e inusual que sorprende que alguien lo tenga como animal de compañía. Y así estamos como estamos. El diccionario ha sido, históricamente, el epítome de la erudición, si no realizada, por lo menos potencial: ahí es nada un libro que contiene (se supone) todas las palabras, pues encierra una promesa irresistible para la persona ávida de saber, que es el acceso exhaustivo al léxico como camino seguro que conduce al conocimiento. Las familias modestas han aspirado siempre a que sus hijos dispusieran de un diccionario o una enciclopedia, en el tiempo en que una cultura obrera que ya no existe sentía un respeto reverencial por la cultura que se resumía en un lema: “Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices”. Lo pronunció José Anselmo Clavé, educador social, líder obrero y músico que dio origen desde Barcelona a un poderosísimo movimiento de canción popular y coral con el que combatir el analfabetismo y la ignorancia. El vendedor de enciclopedias –que son diccionarios ampliados, pero diccionarios al fin– a domicilio fue, durante décadas, heraldo de una vida mejor mediante la instrucción autodidacta en un tiempo en que probablemente si los trabajadores respetaban el valor de la cultura era porque a su vez los patronos hacían lo propio con el del trabajo. La cultura era el libro y el diccionario era el libro grande por antonomasia, que llegó a dar nombre a un famosísimo programa educativo en Televisión Española, El libro gordo de Petete. El diccionario casero adquirido con esfuerzo ahorrativo remataba la tarea alfabetizadora que, a trancas y barrancas y con todas las insuficiencias y defectos que se quiera, iniciaban las novelitas del oeste o policiacas, los tebeos de superhéroes e historietas cómicas e incluso las fotonovelas románticas, todos ellos redactados por esforzados peones de la máquina de escribir que cobraban la faena a destajo igual que los albañiles. Por esa razón, uno, autodidacta a la fuerza en la adolescencia y la juventud, ha admirado siempre a los redactores de diccionarios y a los lectores que han sido sus usuarios. Ahora, cuando la red pone a nuestra

En los inicios de la era de los weblogs —es decir, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra— se hicieron muy populares dos blogs titulados respectivamente “El hombre que comía diccionarios” y “Diario de una mujer gorda”. Los autores debieron de pensar, al optar por estos distintivos, en el poder de la provocación por medio de la palabra, un recurso más viejo que el hambre para llamar la atención, pero también un truco que —no me pregunten por qué— sigue funcionando por lo menos desde que John Lennon, cuando saltó con lo de “los Beatles somos más famosos que Jesucristo” escandalizó a medio mundo, o ahora mismo cuando Greta Thunberg acusa a los poderosos del mundo de haberle “robado la infancia”. La provocación de la “mujer gorda”, obra de Hernán Casciari, es comprensible (ahí están los denunciadores de la “gordofobia” para atestiguarlo), pero sorprende más que Javier Arce aludiera a los diccionarios como asunto bizarro e inusual. ¿Qué era lo llamativo: que un hombre desayunara con un diccionario o simplemente que lo usara? Ahí está el detalle, como decía Cantinflas: mencionar la existencia de un diccionario como elemento de la vida cotidiana con el que se cuenta e incluso se usa para algo tan perentorio como alimentarse debía llamar forzosamente la atención del público. El busilis de la cuestión es que si bien es raro que una persona se coma un diccionario es que poseer un diccionario ya es una cosa poco corriente de por sí. Y como decía Bugs Bunny: “Eso es todo, amigos”. Un diccionario ha llegado a ser algo tan raro e inusual que sorprende que alguien lo tenga como animal de compañía. Y así estamos como estamos. El diccionario ha sido, históricamente, el epítome de la erudición, si no realizada, por lo menos potencial: ahí es nada un libro que contiene (se supone) todas las palabras, pues encierra una promesa irresistible para la persona ávida de saber, que es el acceso exhaustivo al léxico como camino seguro que conduce al conocimiento. Las familias modestas han aspirado siempre a que sus hijos dispusieran de un diccionario o una enciclopedia, en el tiempo en que una cultura obrera que ya no existe sentía un respeto reverencial por la cultura que se resumía en un lema: “Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices”. Lo pronunció José Anselmo Clavé, educador social, líder obrero y músico que dio origen desde Barcelona a un poderosísimo movimiento de canción popular y coral con el que combatir el analfabetismo y la ignorancia. El vendedor de enciclopedias –que son diccionarios ampliados, pero diccionarios al fin– a domicilio fue, durante décadas, heraldo de una vida mejor mediante la instrucción autodidacta en un tiempo en que probablemente si los trabajadores respetaban el valor de la cultura era porque a su vez los patronos hacían lo propio con el del trabajo. La cultura era el libro y el diccionario era el libro grande por antonomasia, que llegó a dar nombre a un famosísimo programa educativo en Televisión Española, El libro gordo de Petete. El diccionario casero adquirido con esfuerzo ahorrativo remataba la tarea alfabetizadora que, a trancas y barrancas y con todas las insuficiencias y defectos que se quiera, iniciaban las novelitas del oeste o policiacas, los tebeos de superhéroes e historietas cómicas e incluso las fotonovelas románticas, todos ellos redactados por esforzados peones de la máquina de escribir que cobraban la faena a destajo igual que los albañiles. Por esa razón, uno, autodidacta a la fuerza en la adolescencia y la juventud, ha admirado siempre a los redactores de diccionarios y a los lectores que han sido sus usuarios. Ahora, cuando la red pone a nuestra

En los inicios de la era de los weblogs —es decir, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra— se hicieron muy populares dos blogs titulados respectivamente “El hombre que comía diccionarios” y “Diario de una mujer gorda”. Los autores debieron de pensar, al optar por estos distintivos, en el poder de la provocación por medio de la palabra, un recurso más viejo que el hambre para llamar la atención, pero también un truco que —no me pregunten por qué— sigue funcionando por lo menos desde que John Lennon, cuando saltó con lo de “los Beatles somos más famosos que Jesucristo” escandalizó a medio mundo, o ahora mismo cuando Greta Thunberg acusa a los poderosos del mundo de haberle “robado la infancia”. La provocación de la “mujer gorda”, obra de Hernán Casciari, es comprensible (ahí están los denunciadores de la “gordofobia” para atestiguarlo), pero sorprende más que Javier Arce aludiera a los diccionarios como asunto bizarro e inusual. ¿Qué era lo llamativo: que un hombre desayunara con un diccionario o simplemente que lo usara? Ahí está el detalle, como decía Cantinflas: mencionar la existencia de un diccionario como elemento de la vida cotidiana con el que se cuenta e incluso se usa para algo tan perentorio como alimentarse debía llamar forzosamente la atención del público. El busilis de la cuestión es que si bien es raro que una persona se coma un diccionario es que poseer un diccionario ya es una cosa poco corriente de por sí. Y como decía Bugs Bunny: “Eso es todo, amigos”. Un diccionario ha llegado a ser algo tan raro e inusual que sorprende que alguien lo tenga como animal de compañía. Y así estamos como estamos. El diccionario ha sido, históricamente, el epítome de la erudición, si no realizada, por lo menos potencial: ahí es nada un libro que contiene (se supone) todas las palabras, pues encierra una promesa irresistible para la persona ávida de saber, que es el acceso exhaustivo al léxico como camino seguro que conduce al conocimiento. Las familias modestas han aspirado siempre a que sus hijos dispusieran de un diccionario o una enciclopedia, en el tiempo en que una cultura obrera que ya no existe sentía un respeto reverencial por la cultura que se resumía en un lema: “Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices”. Lo pronunció José Anselmo Clavé, educador social, líder obrero y músico que dio origen desde Barcelona a un poderosísimo movimiento de canción popular y coral con el que combatir el analfabetismo y la ignorancia. El vendedor de enciclopedias –que son diccionarios ampliados, pero diccionarios al fin– a domicilio fue, durante décadas, heraldo de una vida mejor mediante la instrucción autodidacta en un tiempo en que probablemente si los trabajadores respetaban el valor de la cultura era porque a su vez los patronos hacían lo propio con el del trabajo. La cultura era el libro y el diccionario era el libro grande por antonomasia, que llegó a dar nombre a un famosísimo programa educativo en Televisión Española, El libro gordo de Petete. El diccionario casero adquirido con esfuerzo ahorrativo remataba la tarea alfabetizadora que, a trancas y barrancas y con todas las insuficiencias y defectos que se quiera, iniciaban las novelitas del oeste o policiacas, los tebeos de superhéroes e historietas cómicas e incluso las fotonovelas románticas, todos ellos redactados por esforzados peones de la máquina de escribir que cobraban la faena a destajo igual que los albañiles. Por esa razón, uno, autodidacta a la fuerza en la adolescencia y la juventud, ha admirado siempre a los redactores de diccionarios y a los lectores que han sido sus usuarios. Ahora, cuando la red pone a nuestra

disposición muchísima más información de la que podemos asimilar, hay que recordar que el diccionario impreso y encuadernado ofrece una posibilidad instructiva que no proporciona el googleo o la búsqueda a tiro fijo en medio del mar de los sargazos hipertextual. Hojear un diccionario, estructurado en riguroso orden alfabético, nos depara la oportunidad de aprender palabras y conceptos que ignoramos e incluso cuya existencia no sospechamos; la lectura sucesiva y reposada página tras página, propia del autodidacta que se reconoce como tal, nos lleva por caminos no determinados por nosotros mismos; es el libro el que toma el mando y nos va desvelando una sucesión de palabras que, a un ritmo tan inexorable y lento como el del reloj de arena que va matando poco a poco el virus de la ignorancia. El hipertexto nos permite viajar por el hiperespacio textual ordenado en una maraña de enlaces que conduce a nuestra atención por dimensiones de significado a menudo insospechadas. La lentitud del orden alfabético siempre puede ser rota por la magia del azar de abrir el diccionario por una página aleatoria, y eso quizá no pueda competir con la hipernavegación intertextual en cuanto a expansión de posibilidades de saber, pero permite que sea la propia mente la que construya su vía de evolución y no la predeterminación creada por el enlace. Los que veneramos a los diccionarios llevando a cabo cierta extraña forma de culto laico e ilustrado, aunque a todas luces exagerados, tenemos como diosa presidente de nuestro altar de palabras a María Moliner, la genial autora del Diccionario de uso del español, que es el mejor diccionario que existe de nuestro idioma. Ahora, mi admiración hacia los escritores de diccionarios se extiende a los alumnos del Máster Universitario en Periodismo e Innovación en Contenidos Digitales de la Universidad Autónoma de Barcelona que cursan la asignatura de “Estrategia digital y posicionamiento de contenidos periodísticos”, impartida por los profesores Ricardo Carniel, Xavier Ortuño y Santiago Tejedor. Como parte del esfuerzo en llevar adelante esta asignatura han desarrollado la tarea de concebir, redactar y editar el presente diccionario de conceptos de estrategia digital, que resulta imprescindible para desenmarañar la jungla conceptual que ha crecido alrededor de la digitalización social. No se trata de desglosar los neologismos o extranjerismos que produce necesariamente la innovación tecnológica sino de descubrir nuevas realidades sociotécnicas que trascienden lo meramente instrumental para comprender los modos que adopta un cambio social general y radical que va a transformar la sociedad postindustrial de arriba abajo en algo que todavía no sabemos qué puede ser. El trabajo de este grupo de estudiantes es, pues, pionero en un campo muy amplio de conocimiento y, de paso, algo así como “la venganza del Zorro del diccionario alfabético”: la elogiadísima hipertextualidad generalizada necesita ser organizada en una compilación sucesiva para que un asunto por ella referido pueda ser aprehendido en su dimensión completa. Así, la presente obra nos devuelve el placer de los lectores de diccionario consumados: quedarse en casa un sábado lluvioso por la tarde e ir leyendo reposadamente de la A a la Z, o a la letra que el tiempo alcance, y disfrutar de la sensación de aprender paso a paso algo que desconocemos. Que unos estudiantes veinteañeros hayan sido quienes nos devuelvan el mencionado placer inofensivo y nos permitan ampliar nuestros conocimientos sobre las presentes transformaciones digitales es muy de agradecer. Es necesario elogiar a los alumnos y profesores implicados en este desempeño porque han roto en pedazos uno de los tópicos más odiosos referentes a los jóvenes y la cultura digital, que pretende que esta es un mero entretenimiento que aleja a la juventud del conocimiento humanístico y la mantiene encerrada en una burbuja generacional intrascendente. El presente diccionario no es un mero vocabulario técnico —aunque lo incluya— sino una referencia desde ahora ineludible en el amplio campo de las humanidades digitales puesto que la conceptualización que recoge es imprescindible para dar cuenta

del modo en que se va expresando la transformación postindustrial en el campo de la información y la comunicación. La formación en ciberperiodismo requiere, en estos momentos, una atención constante a una realidad cambiante que no cesa de generar nuevos conceptos. Esos conceptos no solamente aluden a nuevas realidades que se dan en el campo de la comunicación mediada sino en el de las dimensiones antropológicas e interpersonales de la comunicación social. La comunicación digital, con el ciberperiodismo en el centro, está abriendo camino a lo que acabará siendo un giro civilizacional que fue previsto por Alvin y Heidi Toffler (la “tercera ola”), prefigurado por Manuel Castells (la “sociedad red”) y culminación final de lo finamente analizado por Edgar Morin (la “sociedad compleja”). Mientras este proceso transcurre de manera inexorable, la necesidad de comprender las múltiples microrrealidades que se van dando en este entorno es ineludible. Y para comprender las cosas es necesario ponerles nombre. Es decir, escribir diccionarios. El tiempo vuela y la comunicación nos devuelve una imagen de la realidad en la que esta parece transformarse a toda velocidad. El lenguaje se ve obligado a acelerarse si quiere alcanzar a lo que el idioma pretende designar, describir y si es posible explicar. Cuando las realidades cambian es cuando aparecen los diccionarios: la eclosión de la modernidad en los inicios de la sociedad industrial dio origen a la aparición de la enciclopedia de Diderot y D’Alembert, y el enciclopedismo fue una de las expresiones más genuinas de la ilustración. Uno se pregunta si es la realidad la que de pronto se acelera o si más bien es la mirada cognoscitiva la que se da cuenta de que se había quedado atrás, fijada en apariencias que resultaron obsoletas. Para acceder a la comprensión de cualquier realidad hay que partir de que el mapa no es el territorio y el signo no es idéntico a aquello a lo que alude o revela. De ahí que la producción de conocimiento requiera una actualización constante de la cartografía de la realidad para no perderse por los caminos de la cognición por la vía del malentendido en la creación de significado. A medida que nos vayamos adentrando en la nueva sociedad compleja formateada en torno a la comunicación será cada vez más necesario centrarse en lo que es verdaderamente esencial en la condición humana. Se habla ya de “transhumanismo” como nueva etapa evolutiva a alcanzar mediante una supuesta superación de las determinaciones biopsíquicas, pero ese afán de deshacerse de lo enojosamente material no es más que una versión, ambiciosa, eso sí, del “solucionismo tecnológico” que tan bien ha caracterizado Byung Chul Han, que consiste en buscar soluciones fáciles y técnicas de urgencia a problemas complejos planteados por la naturaleza de la condición humana en su integridad. No es la aplicación extrema de la tecnología lo que necesita una comprensión adecuada del actual momento de transformación social sino el entendimiento inexcusable de lo esencial de la condición humana. “Los seres humanos no son humanos porque hablen ni porque sean capaces de mentir usando las semióticas”, afirma el catedrático de Comunicación de la UAB, José Manuel Pérez Tornero en su blog: “Lo son porque son capaces de producir sentido de un modo muy sutil y eficaz. Lo son porque pueden explicar el mundo y porque pueden entenderlo y entenderse con sus congéneres. Y esto lo hacen a partir de que disponen de un sistema de general de producción de sentido”. Es en ese sistema general de producción de sentido en el que debemos situar los avatares de la cultura digital y de la digitalización general de la civilización en el actual momento de transformación. Observar si acciones y fenómenos contribuyen a explicar y entender el mundo y si su funcionamiento permite que quienes compartimos la condición humana podamos seguir entendiéndonos entre nosotros para ir construyendo una sociedad digna de seguir llamándose humana. Nuestra tarea no es producir tecnología sino producir sentido; no es disponer de artilugios capaces de llevar a cabo unas u otras realizaciones comunicacionales

o productivas sino estructuras sociotécnicas que permitan superar y vencer los graves problemas que la humanidad tiene planteados en campos tan decisivos como la transformación del trabajo, la educación y la sociabilidad, y por supuesto la sostenibilidad del planeta en lo que Margaret Atwood llama no ya “cambio climático” sino, de manera más contundente y precisa, “extinción”. Que una hipertecnificación digitalizada de lo social y lo relacional no contribuya a enmascarar una extinción que no sólo acabe con la biosfera tal como la conocemos sino, sobre todo y, para empezar, con lo característicamente humano, que es la conciencia de la realidad y de sí mismos y la relacionalidad humana en el seno de la creación y distribución de sentido compartido (¿Se han fijado ustedes en el interés que últimamente despiertan las películas y series de zombies?). El humilde usuario de diccionarios que escribe este texto confía en que la esforzada labor del conjunto de autores de esta obra sea una contribución valiosa de producción de sentido en el campo de la cultura digital, como parte de una tarea informativa y periodística que no por desarrollarse en términos de formación resulta menos importante sino precisamente más por esa circunstancia. Uno agradece al equipo estudiantil que le devuelva el placer de la lectura pausada partiendo de la “A” para llegar, si cabe, a la “Z” y en el recorrido clarificar y descubrir la conceptualización de una parte de la cultura digital en la que vivimos querámoslo o no. Conocer y leer el presente diccionario de estrategia digital es recuperar el gusto por leer diccionarios, aceptarlos como animales de compañía y tenerlos en la mesilla de noche como aquel libro gordo de Petete que alegró e ilustró la infancia de una generación de telespectadores de cuando en España había sólo dos canales. Un servidor, persona mayor, no llegó a usar aquel diccionario infantil, pero pudo comprobar una vez que el nombre de Petete había influido en la cultura de un país entero. Paseando por la ciudad de San Sebastián un día de sus fiestas mayores, este que escribe se topó con una fanfarria que avanzaba por la calle al compás de un pasodoble, pero con un ritmo algo más pausado, dirigida por la batuta de un caballero tocado con txapela y kaiku que se situaba al frente del desfile. El director de la banda caminaba con paso decidido, aunque un tanto inestable. Su batuta marcaba el compás, pero su nariz y mejillas mostraban un enrojecimiento revelador de un estado alegre resultado de un intensivo recorrido de bares de chatos y pinchos. La fanfarria le seguía como un solo hombre y llegaba a adoptar el particular paso de su director, a modo de balanceo pausado producido por ese puntito de euforia que produce el vino compartido en una ciudad en fiestas. Y los conciudadanos que presenciaban divertidos el desfile musical jaleaban al líder de la banda mientras él les devolvía la mejor de sus sonrisas en versión esta vez de alegre y festivo sonrojo. Uno que le conocía le saludó, tan alegre como él: “¡Aúpa, Petete!”. Petete. El espontáneo director de la fanfarria que desfilaba titubeante pero decidido por las calles de la ciudad en fiestas tenía como apodo el nombre del personaje de dibujos animados que se había hecho famoso con un diccionario infantil. Fue aquello la epifanía de lo creativo que es capaz de ser el genio popular y de cómo el amor por los diccionarios puede llegar hasta el último rincón de la vida social, aunque sea pasando por kilómetros de bares de tapeo en sentido etílico ascendente. ¡Petete! Entonces lo vi claro: la cultura está salvada; no nos comemos los diccionarios, pero ha habido por lo menos uno que se los ha bebido.

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