Artículos y textos míos

Las víctimas olvidadas del 17-A y un país simbólicamente mudo

 

atentado rambla

GABRIEL JARABA

El segundo aniversario de los atentados terroristas de Les Rambles y Cambrils nos coge sin que las instituciones, los grupos dirigentes y la sociedad civil hayan sido capaces de hacer realidad un memorial en honor a las víctimas, tanto de forma material como inmaterial. Un observador que lo mirara desde una distancia geográfica y mental suficiente quedaría sorprendido por una evidencia en medio de esta confusión a la que casi nadie hace mención: las víctimas del atentado y sus familias han desaparecido del paisaje de la memoria, han sido engullidas por el anonimato y parece como si nunca hubieran muerto personas, con rostro, nombre y apellidos, en aquel terrible acontecimiento. Como si su dignidad y su condición de conciudadanos y compatriotas no fuera suficiente para crear y mostrar un espacio permanente de recuerdo emocionado y de conmemoración cívica, tanto del impacto de horror como de la fortaleza del grupo humano capaz de superarlo y hacerse más fuerte.

Catalunya no ha sabido encontrar en la actualidad, ya pesar de su historia, una manera de escenificar los estados de ánimo colectivos relacionados con la vida y la muerte. Dicen los arqueoantropólogos que la cultura nació en la humanidad cuando aprendimos a enterrar ceremoniosamente los muertos, de ahí la importancia de esta carencia que queremos hacer notar. Se dirá que en Catalunya hay una sobreabundancia de símbolos, y es cierto, pero precisamente por eso la ausencia de un elemento simbólico que recuerde las víctimas del 17A es clamorosa.

Incluso en Madrid hay un monumento dedicado a los que murieron en el atentado de la estación de Atocha (aunque descuidado y dañado); nada comparable a la ceremonia de todo lo relacionado con el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York. A estas alturas se pasa por las Ramblas y, consciente de la catástrofe de hace dos años, se ve tentado de pensar que la ciudadanía, el país y las autoridades se han apresurado a enterrar en el olvido las víctimas, sin rastro ni huella dignas que recuerden el hecho y la memoria de quienes lo sufrieron.

Llenos de símbolos que son insuficientes

Pero, si Catalunya es un país repleto de símbolos de todo tipo, que giran alrededor de una simbología patriótica, romántica y sentimental, a veces de manera tan insistente como empalagosa, ¿cómo es posible que pase esto? Ciertamente, el catalanismo ha crecido, a lo largo de la historia, acompañado de un proceso de simbolización bastante intenso, y aún más destacable, con vocación de reunir acogedoramente aquellos a quienes convoca. Pero el paso del tiempo nos ha llevado al momento actual, donde no sólo se da una aceleración insólita en la manera de percibir el transcurso de las cosas sino que gran parte de los procesos de significación y simbolización han sido profundamente alterados.

Los catalanes nos encontramos con un capazo enorme de simbología patriótica -o considerada como tal- pero no sabemos qué hacer con ella. Precisamente cuando se produce la gran aceleración las formas conmemorativas, estas se quedan enquistadas en las formas reivindicativas, centradas en la manifestación. Observamos que la conmemoración del Once de Septiembre ante el monumento a Casanovas fue persistentemente boicoteada, con el intento de sustituirla por un modelo no sólo reivindicativo sino decididamente combatiente e ideológicamente unánime, el Fossar de les Moreres.

 Pero la afirmación del foso, basada en un espíritu de combate, no era aún suficiente, y no logró rebasar la calidad de una conmemoración digna pero minoritaria. Los símbolos tenían fuerza pero no la suficiente; tuvieron que ser impulsados ​​hacia una acción orientada a amplias mayorías y así fue, por lo que la sustitución continuó, dejando el campo social y simbólico sin un modelo conmemorativo que pudiera representar e incluir una gran mayoría de ciudadanos alrededor de la expresión emocional y simbolizada del patriotismo y la pertenencia nacional. Los catalanes sabemos escenificar la afirmación de nuestra ciudadanía pero todavía no somos capaces de hacerla de una manera universalmente inclusiva.
Pasqual Maragall fue el primero que se dio cuenta del cambio y propuso la conmemoración cívica universal de la Diada con otro carácter, pero el intento fue tímido, sólo se le creía él y tuvo muy enemigos incluso (o todo) dentro de las filas del gobierno tripartito de izquierdas. Maragall había presenciado y vivido en propia carne el importante cambio de era en este sentido cuando los Juegos Olímpicos de 1992. Los JJOO pedían una cerimonialización distinta a la que estábamos acostumbrados y se hizo lo que se pudo, con la ceremonia de la llama olímpica, precedida por el recorrido de la antorcha.

Los enemigos de los Juegos y de lo que representaban (universalismo y cosmopolitismo en lugar de nacionalismo) se centraron en introducir toda costa elementos reivindicativos allí donde pudieron; entre una cosa y otra el paso adelante del 92 fue un trabajo dejada a medias. Salvo del intento raquítico de la Ciutadella en cuanto a la Diada, nada más, y esto es fuertemente denotativo de una inquietante incapacidad del país para generar una mentalidad simbólica que no sólo supere la reivindicación nacionalista sino, sobre todo, los formatos propios del tardofranquismo y la primera transición.

Para que esto se entienda: cuando Martin Luther King promueve la marcha sobre Washington en agosto de 1963, la gran movilización promovida por las asociaciones de derechos civiles y las iglesias protestantes negros hace que la enorme caravana de manifestantes termine su largo recorrido a lo largo de todo el país en la capital federal y no sólo porque era la sede del gobierno y el poder. La marcha culmina en un entorno fuertemente connotado por toda una simbología que el país ya había construido: el centro de la capital está urbanizado a partir de un entramado simbólico explícitamente masónico, que expresa las ideas fundacionales de la patria americana (15 de los 56 signatarios de la declaración de independencia eran francmasones).

El visitante se encuentra inmerso, cuando accede, en una serie de elementos simbólicos que, juntos, rememoran las aspiraciones fundacionales de libertad, igualdad y fraternidad, que la gran marcha del doctor King aspiraba a actualizar. Los países que han pasado por el nacionalcatolicismo no han desarrollado una conciencia de laicidad pública y no han tenido tiempo de crear unas referencias republicanas sólidas y, a diferencia de Francia, caminan cojos en este sentido.

Y Catalunya ha tenido que encarar el siglo XXI y el advenimiento de la sociedad compleja en estas condiciones. Ni dirigentes políticos ni sociales no han estado en condiciones de desarrollar una pedagogía pública colectiva que posteriormente pudiera proporcionar marcos que acogieran de manera cívica las expresiones y necesidades emocionales de la ciudadanía como grupo humano. De ahí la gran miopía que representó la crítica de la búsqueda de nuevos formatos de conmemoración patriótica como base y marco de las vivencias colectivas.

 

La manifestación, formado privilegiado pero insuficiente

Cuando en Catalunya empieza a extenderse la disconformidad con el status quo territorial, vuelve a ser la manifestación el formato que reúne la mayoría de personas, empezando por la del Paseo de Gracia a raíz del rechazo del Estatuto por el Tribunal Constitucional, que se repetirá los años consecutivos. Nos encontramos aquí con el modelo reivindicativo de la Transición: es la manifestación de 1977 por el estatuto de autonomía corregida y aumentada. Corregida por la sustitución de la simbología: la estelada ya no es una insignia llevada por grupos reducidos de jóvenes independentistas, sino que ahora lo exhiben las señoras marías y las familias enteras.

Asistimos aquí a varios efectos de la aceleración del consumo simbólico del país y la persistencia en la dinámica de sustitución: la bandera ya no es suficiente para representar el estado de ánimo de gran parte del país y se echa mano de la estelada rescatando la bandera de combate de una facción concienciada para ponerla en las manos de las familias, vale decir un gesto de una importancia enorme, el de convertir un pendón de guerra en un elemento identificador de una gran mayoría de personas de clases medias y populares y exhibido con ánimo pacífico.

Es la reivindicación lo que ocupa la mentalidad central de los operadores simbólicos, hasta tal punto que los que podían haber actuado con un signo contrario quedan paralizados, probablemente porque es toda la clase política catalana sin excepciones la que participa de una concepción cultural congelada en tardofranquismo y la transición. Socialistas e Iniciativa ven como el tímido intento conmemorativo de la Ciutadella se va deshaciendo y no son capaces ni de defenderse ni de reproponerlo, abandonando la Diada en manos de otros (como tampoco supieron qué hacer con TV3 cuando mandaban: una combinación fatal de analfabetismo simbólico y concepción instrumental de la comunicación).

La habilidad y el potencial de los gestores y orientadores de las sucesivas manifestaciones septembrinas obrarán un verdadero milagro: hacer de las demostraciones reivindicativas patrióticas unas acciones multitudinarias propias de la sociedad de masas orientada al espectáculo. Son manifestaciones dibujadas con tiralíneas y pensadas para la televisión, dotadas de un atrezzo personal (camisetas, cartulinas, etc.) e incluso coreografiadas. Ni Macià, ni Companys, ni el genio comunicacional de la era republicana que fue Jaume Miravitlles habrían podido concebir algo parecido.

 

El lazo amarillo, un hallazgo genial

Nos seguimos manteniendo dentro del formato reivindicativo patriótico al  parecer exitoso pero que pronto se demostrará insuficiente. De repente, se produce una novedad genial que podía haber llevado al terreno de la conmemoración cívica no reivindicativa pero fuertemente emocional: el lazo amarillo. Esto es otra cosa: un signo de reconocimiento colectivo que no es una bandera, ni la nacional ni la de combate y no se identifica con un estado, una clase social o un estamento; un signo de solidaridad con alguien ausente y que sufre; un símbolo históricamente asociado al amor y la familia.

En el mundo anglosajón colocar una cinta amarilla alrededor de un árbol representa una mujer que tiene el marido en la guerra y espera su regreso, de manera paciente. Es un símbolo de afecto, fidelidad y añoranza que tiene más de cuatro siglos de antigüedad -se remonta a la guerra civil inglesa y fue llevado a Estados Unidos por los colonos puritanos, ha generado una canción poema de una antigüedad similar (She wore a yellow ribbon) y se popularizó en América cuando la guerra civil, asociado a las escarapelas amarillas propias del ejército nordista.

Desde entonces su simbología se fue profundizando, en espectáculos musicales, películas y canciones populares -como el famoso éxito de Patsy Cline Tie A yellow ribbon round the ole oak tree -de manera que significó, sucesivamente, además de añoranza por el regreso del amado, la bienvenida incondicional y el perdón.

En este punto nos encontramos en lo que hubiera podido ser un cambio cualitativo en todo este recorrido simbolicocívico: un signo que ligaba tanto la solidaridad con la acogida, la bienvenida y el perdón, la superación del conflicto a través de la aceptación. Pero se volvieron a combinar la incapacidad de generación de símbolos cívicos universalmente inclusivos pensados ​​para la conmemoración escenificada de las emociones colectivas con la pasión de confrontación, de marcar terreno y de distinguir entre ellos y nosotros, y así se malogró el valioso símbolo del lazo amarillo, apropiado para un bando en lucha.

El lazo amarillo tradicional no estaba pensado para ello, ni siquiera en la guerra civil americana fue un arma arrojadiza contra la población de los estados confederados. Significativamente, al igual que la estelada sustituyó la bandera nacional, el lazo amarillo sustituyó aquella como insignia de combate distintiva de un bando. Y en lugar de utilizar el nuevo símbolo como herramienta de aproximación a los políticamente distantes a través del poder de la solidaridad y compasión con los injustamente encarcelados se usó para marcar terreno, ellos y nosotros; nuevamente la nefasta tentación del «nosotros solos».

Y ahora vemos incluso el reflujo del mismo lazo en la medida en que las políticas de confrontación van entrando en el que de manera caritativa parecen propios de la confusión. Hemos quemado la bandera, hemos quemado la estelada, hemos quemado el lazo amarillo, las manifestaciones multitudinarias ya no ocurren con tanta facilidad, los himnos como Els Segadors y el Cant de la Senyera son apropiados para los combatientes y el amplio terreno social y cívico continúa baldío en términos simbólicos que no estén connotados por actitudes de combate y de ellos y nosotros

La incapacidad de expresar una emoción colectiva

Y es así como llegamos al momento decisivo, el 18 de agosto de 2017, al día siguiente del atentado. El 17 las personas a las que sorprendió el ataque actuaron como siempre lo hace la gente: con espontaneidad, altruismo y afecto. Pero al día siguiente, a la hora de mostrar las emociones colectivas, de expresar la pena, el rechazo, la solidaridad, es decir todo lo mejor -y el más complejo- de la condición humana, las personas se encuentran huérfanas, carentes de un medio adecuado con el que una experiencia de catarsis.

No existía una tradición de simbolización amplia e inclusiva que fuera capaz de expresar e integrar una vivencia colectiva como aquella (y los que creían que esto lo podía hacer una simple manifestación erraban). Los ciudadanos salieron a la calle y se encontraron que en las manos sólo tenían el formato manifestación para expresarse; lo hacía la persistencia de la tradición reivindicativa que ya se había amparado totalmente de todos los registros posibles para la demostración pública. Y qué había de reivindicar, contra la que se habían de manifestar. El medio es el mensaje, sentenció McLuhan, y el formato impuso el contenido.

Una manifestación es para protestar, para denunciar, para oponerse, para reivindicar, para exigir. Pero la situación del todo inusual y transcendentemente extraordinaria que representa un atentado terrorista en el siglo XXI con la muerte de unas personas inocentes y las emociones que ello suscita en un colectivo no es abarcable, ni mucho menos, por una acción como esta. La gente se manifestó y lógicamente, quiso protestar y expresarse. El formato de reivindicación política acabó imponiendo la protesta política, cuando lo que se trataba de expresar trascendente.

No había práctica en hacer esto, éramos expertos en la protesta colectiva politicocívica pero no estábamos preparados para ello. Y cuando hubo que expresar un estado de ánimo, lo que salió fue «No tenemos miedo!», Un clamor suficientemente explícito de lo que se quería decir pero que adoptó la forma, significativamente, de una expresión propia del entorno estético del Club Súper 3. Dolidos, desorientados, incapaces de expresar la complejidad y la profundidad de unos sentimientos en medio de una sociedad mucho más compleja que la de los años 70 e incluso 90, los ciudadanos miraron hacia los políticos presentes y condenarlas los; miraron hacia la amenaza a la que no se puede poner rostro político identificable y quisieron mostrar presencia de ánimo, pero nadie les había enseñado palabras adultas para hacerlo.

La emocionalidad colectiva de la sociedad compleja pasa por senderos tortuosos. Cualquier antropólogo que quiera entender como son las sociedades europeas de hoy deberá estudiar muy atentamente el caso de Lady Diana Spencer, Lady Di, la esposa del príncipe de Gales que vivió una existencia que parecía una fábula trágica de comienzo a fin. El bache que representó la muerte en accidente de la «princesa del pueblo» no sólo fue la culminación de la construcción viviente de esta narración colectiva, sino una muestra de cómo, aún hoy, los humanos necesitamos representar dramáticamente ante nosotros mismos determinados estados de ánimo colectivos en momentos concretos.

Los griegos lo hacían con la tragedia; nosotros, con la cultura pop. Y así, la retransmisión del funeral de Lady Di celebrado en la catedral de San Pablo en Londres y la larga desfile de los acompañantes del féretro fue lo que permitió que todo el Reino Unido pudiera procesar la sensación de pena y abandono que la repentina muerte de la princesa los dejó en el corazón. La celebración colectiva vía televisión sirvió al pueblo británico para pasar página ya la Corona para reconducir el creciente estado de incomodidad que la gente sentía contra Carlos e incluso la reina y su inicial indiferencia. Toda la manera de relacionarse de los «royals» británicos con su ciudadanía tiene un antes y un después en relación con aquella ceremonia.

En Catalunya, dos años después del asesinato de los inocentes de las Ramblas y Cambrils las víctimas siguen sin un homenaje público y un memorial adecuado permanente, y los ciudadanos, privados de la manera propia de expresar y canalizar la pena de la pérdida. Por eso algunos familiares de las víctimas comienzan a expresar cierta incomodidad al respecto, cuando las secuelas del episodio han sido devoradas por la política, al igual que la política se amparó indebidamente de la espontaneidad de la expresión del dolor al día siguiente del evento.

No es algo extraño en nuestra casa: sólo hay que recordar el espectáculo indecente de las especulaciones en torno al atentado de Atocha y sobre todo, el cruel tratamiento de que fue objeto Pilar Manjón, que representó -otra vez la fuerza del mito para expresar lo que lo factual no puede hacerlo el papel de Mater Dolorosa con el que se podía identificar el sentimiento tocado por la tragedia, dando un rostro concreto a los sacrificados anónimos.

Hay que poner rostro al dolor, y entre nosotros el rostro elegido fue el del Mayor Trapero, lo que representó, de manera simbólica y altamente significativa, otro rasgo colectivo: la voluntad de reflejarse en un espejo que nos devolviera la imagen de la serenidad, la valentía, la resiliencia y la eficiencia, la capacidad de superar el ataque. El rostro simbólico de Trapero era la materialización icónica del intuitivo «no tenemos miedo», la autoconfianza de un pueblo que se cree maduro y capaz de hacer frente a estos terribles nuevos retos, la serenidad cívica y los nervios bien templados de un líder que se expresa con la acción. Los catalanes elegimos esta imagen, la del héroe, pero no fuimos capaces, porque no teníamos herramientas, de erigir otra que representara el dolor. «No tenemos miedo!», Sí, pero no sabemos decir «Usted con nosotros y no te olvidamos».

Entre nosotros, en Barcelona, ​​mientras preparamos la próxima manifestación y la enésima demostración de rechazo y combate, nuestros sacrificados hace dos años continúan anónimos y sin rostro, con toda la sociedad mirando hacia otro lado como si no hubiera pasado nada. Porque no sabemos ni queremos aprender a hacerlo ya vivirlo, tal vez ni siquiera a quererlo. Y ni uno solo de los líderes políticos y cívicos se molesta para ponerse al trabajo. Hemos gastado y quemado símbolos a raudales, la política de combate los ha fagocitado y un bando les ha gestionado en exclusiva (porque las alternativas posibles han desistido) y hemos querido encorsetar en los límites de la política reivindicativa experiencias que la rebasan ampliamente y piden elaboraciones simbólicas tan sofisticadas como la sociedad en la que vivimos.

La realidad nos viene encima y tenemos las manos vacías. Y Josep Benet, que en 1947 supo escenificar masivamente la reconciliación de los catalanes pasada la guerra, mediante el sentimiento trascendente y creando un espacio común de reconocimiento y referencia a Montserrat, ya no está.

Temas de los que ando conversando con mis amigos en Facebook:
PILAR RAHOLA; EL CIERRE DEL CÍRCULO DE LECTORES; QUÉ HE VOTADO; ANIVERSARIO DE MI LIBRO YOUTUBER.

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