La “vasta incultura” que el periodista debe poseer

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GABRIEL JARABA

Los anecdotarios andan repletos de decenas de miles de citas citables sobre periodismo o periodistas. A través de ellas puede seguirse la consideración social e intelectual que ha tenido el periodismo a lo largo del siglo XX y parte del XIX,  y hay en ello para todos los gustos.  Un servidor prefiere de entre todas ellas las más agudamente irónicas, y mi preferida se refiere, precisamente, a la formación que debe ostentar un profesional: “Un periodista debe caracterizarse por estar en posesión de una vasta incultura”.

 La frase responde a la conocida táctica de apropiarse de un insulto o un menosprecio dirigido a uno mismo y asumirlo ostentosamente para mostrar, o aparentar, invulnerabilidad dándole la vuelta. Es una respuesta irónica que pretende desactivar la carga peyorativa impuesta que, cuando se hace de modo inteligente, no sólo desvía el tiro agresivo sino que abre un nuevo espacio ingenioso. Los periodistas habían sido objeto de burla y menosprecio por parte de ciertas élites intelectuales durante el siglo XIX y una parte del XX porque se arrogaban la facultad de informar y opinar sobre cualquier asunto noticioso sin estar en posesión de una especialización académica ni pertenecer a las mencionadas élites.

El irónico autor de la citada frase, a quien no he conseguido identificar, reivindicaba para sí, como virtud y buen hacer profesional, precisamente esa falta de especialización del periodista y su caracterización como algo distinto del intelectual académico. El periodista es alguien que, independientemente de su formación y conocimientos específicos, se dirige al público en general para que este conozca asuntos que le conciernen y que sin el periodismo no podría saber. El periodismo pretende, precisamente, estar en condiciones de hacer partícipes a los ciudadanos de elementos de la vida democráticas sin los cuales no están en condiciones de tomar decisiones sobre su futuro personal y colectivo.

Es sobre esa “vasta incultura” que un periodista histórico como Émile Zola lanzó, a fines del siglo XIX desde el diario L’Aurore su crítica feroz al proceso del capitán Alfred Dreyfus, cuyo caso ha marcado una época en el antisemitismo europeo 50 años antes del Holocausto. Con su durísimo alegato titulado J’accuse contra el proceso irregular del capitán Dreyfus, falsamente acusado de espionaje y condenado por una sentencia prejuiciosa y manifiestamente antisemita, Zola dio origen al concepto del intelectual moderno. Escritor prolífico y autor diverso, no se erigió en defensor del militar judío a partir de un cargo, una posición estamental  o bien una especialización intelectual o social sino desde su condición de ciudadano libre en uso de una tribuna pública como es un periódico, defendiendo la justicia democrática y los derechos humanos sin más base necesaria que la palabra racional, el argumento razonado y la exposición de los hechos objetivos. Desde el momento en que Émile Zola hizo tal cosa demostró que una “vasta incultura” era lo que un periodista necesitaba para estar legítimamente autorizado a hacer oír su voz, si es que la vastedad de esa aparente incultura era en realidad una actitud comprehensiva de la vida social democrática.

El debate sobre generalismo comprehensivo y especialidad delimitada continúa hoy día. Sin embargo, el potencial de la Red relativiza la importancia de la especialización dado que los datos especializados ya se encuentran disponibles en ella. Los otrora despreciados generalistas cobran un nuevo valor: al mismo tiempo que las empresas de Silicon Valley se nutren de especialistas de nueva factura a partir de nuevas tecnologías, Google continúa contratando graduados y doctores en Filosofía.  La misión de tales profesionales no es inconcreta sino muy definida: enseñar a pensar a los especialistas más allá de su especialización, a dominar los procesos lógicos, las deducciones y las inferencias y a iniciarse en el pensamiento complejo a partir del conocimiento basado en datos mediante la conversión de los datos en procesos. Mientras, hasta hace pocos meses, en España el ministro de Sanidad era criticado por los ignorantes vocingleros porque era licenciado en Filosofía.

Sí, para ser periodista es necesario estar en posesión de una vasta incultura. Porque en periodismo no es imprescindible saber sino saber quién sabe y saber dar con él para preguntarle. Y saber preguntar, y entender la respuesta. Y es que el dilema en torno a la especialización es falso: la cuestión fundamental es saber pensar.

Publicación original: Somos Periodismo

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