La revolución conservadora y el Vaticano

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SANTIAGO RAMENTOL

La extrema derecha global reúne sus fuerzas y pasa a la acción. A principios de julio, una quincena de partidos ultraconservadores firmó un documento contra la deriva federalista de la Unión Europea. Es la “primera piedra” de una gran alianza, dijeron. Steve Bannon había plantado la semilla. Se llama The Movement. Algunos quieren conquistar el Vaticano.

Cuando ejercía de periodista, y un tema me llamaba especialmente la atención, acostumbraba a construir una red gráfica de interconexiones. Primero, reunía las informaciones más relevantes, los documentos y los datos. Algunas eran de acceso abierto (y hacía un ejercicio de recopilación de noticias publicadas aquí y allá), y otras eran más o menos confidenciales. Consultaba a los expertos y, si podía, a los testigos directos. Y después, con todo aquel material, construía una especie de tablero de investigación (investigation board), con los correspondientes vectores de relación. Nada nuevo ni original. Era exactamente aquello que hacían los detectives o los analistas de inteligencia en las películas de cine negro o de espionaje, cuando colgaban recortes de periódico y fotos en las paredes, y trazaban nexos y enlaces con una cuerda o un rotulador.

Ahora sigo haciendo lo mismo, pero mucho menos a menudo. Y más bien como ejercicio de entretenimiento.

Ya hace unos meses, publiqué una colección de enlaces, en forma de listado textual, en mi página web Presagios (santiagoramentol.com), a propósito de las relaciones entre los movimientos de extrema derecha, que entonces buscaban una conexión global, y los sectores más fundamentalistas de la Iglesia católica. Me había llegado un murmullo persistente sobre un complot contra el Papa Francisco. Puse manos a la obra. Y a medida que avanzaba la investigación, en el centro del tablero, emergía la figura, a menudo desastrada y greñuda, de Stephen (Steve) K. Bannon, exasesor áulico de Donald Trump, y uno de los teóricos de la extrema derecha populista norteamericana.

Mi busca empezó cuando Bannon cesó en su cargo en la Casa Blanca, rompió (al menos aparentemente) las relaciones con Trump y se estableció en París. Anoté, incluso, cuánto le costaba el alojamiento diario en una suite del hotel Bristol: 32.000 dólares cada noche. El dato no era banal, porque indicaba que probablemente alguien le pagaba la estancia. Y efectivamente, después se ha comprobado que tenía un apoyo financiero muy poderoso detrás. Entre los socios capitalistas que promovían estas ideas, figuraba el multimillonario Robert Mercer, propietario de una fundación ultraderechista que patrocinaba varias causas de signo populista. Su objetivo en aquel momento: internacionalizar el populismo radical de derechas, aprovechando la crisis provocada por la pandemia.

Robert Mercer, uno de los grandes donantes a la campaña de Donald Trump, fue el fundador (con Bannon y el analista del MI6 Alastair MacWillson) de la compañía de análisis de datos Cambridge Analytica (SCL Group), hoy semiclausurada, origen (recordémoslo) de numerosos escándalos políticos. Con sede en Londres, sus directivos la definían como una compañía que actuaba en la sombra.

Cambridge Analytica recogió, almacenó y cruzó entre 50 y 100 millones de datos (generalmente de usuarios) procedentes de Facebook, con el conocimiento de esta red social. Se dibujaron los perfiles psicográficos y se buscó la ubicación de cada investigado. Y estos datos se usaron para alimentar campañas políticas de la derecha populista en varios países del mundo. Se encontraron indicios de una posible relación de Cambridge Analytica con la Rusia de Putin.

París, Londres, Bruselas… En su periplo europeo, Bannon había visitado casi todos los partidos radicales de derecha, y se había entrevistado con sus líderes, con un éxito desigual. Pretendía (y pretende) reunirlos todos dentro de un proyecto multinacional titulado “The Movement”, hasta ahora con sede en la capital belga.

Pero en plena era Salvini, Bannon se trasladó a Roma, donde abrió una delegación. Consideraba (y considera) que Roma puede ser el epicentro, alrededor del cual se muevan las diversas organizaciones ultraconservadoras de todo el mundo (laicas y religiosas). Bannon no se conformaba con poco. Con Benjamin Harnwell alquiló, por diecinueve años, la imponente cartuja Trisulti, cerca de Roma, con el objetivo de formar “gladiadores populistas y nacionalistas”. El coste: 100.000 euros al año. La operación fue revocada, en marzo de este año, por el Estado italiano. Benjamin Harnwell era el padre y el financiero del instituto Dignitatis Humanae, que agrupa los sectores más ultramontanos del Vaticano. Era una pista interesante.

Y de este modo, en mi tablero de investigación, se fueron incorporando nombres, empresas e instituciones: Erik Prince, amigo personal de Trump, fundador de la compañía de mercenarios y ejércitos privados Blackwater, ahora llamada Academi; la mega rica familia Koch, donante por las causas ultraconservadoras; Vladimir Putin, acompañado del inefable servicio militar de inteligencia (GRU); Marion Maréchal (Le Pen), sobrina de Marine Le Pen, impulsora del ISSEP, una especie de universidad alternativa, con sede en Lyon (y delegación en Madrid), con el objetivo de formar los futuros líderes de la “derecha verdadera”; Tea Party Patriots… Y la lista seguía: Mateo Salvini, Viktor Orbán, Georgia Meloni, Jair Bolsonaro (y su hijo), Santiago Abascal, Kiko Méndez-Monasterio y Gabriel Ariza (los tres de Vox), la Faes de Aznar…

Gabriel Ariza, fundador de la web ultracatólica InfoVaticana, es hijo de Julio Ariza, presidente del grupo mediático de extrema derecha Intereconomia. Gabriel Ariza es quien puso en contacto Santiago Abascal (Vox) con Mateo Salvini (Liga). Vox, con fondos no conocidos, salvó Intereconomia de la quiebra: ahora se llama El Toro TV (título de resonancias españolistas).

Durante dos o tres meses del año 2020, no supe nada de las actividades de Steve Bannon. Es como si hubiera desaparecido. Lo suponía atareado, intentando reunir todos los colores de la ultraderecha global. Cuando, por sorpresa, a finales de agosto de aquel año, los medios de los Estados Unidos anunciaron su detención y la de tres personas más, acusadas de estafa. Habían orquestado una campaña en la red para financiar la construcción de un muro en la frontera con México, una de las obsesiones más recurrentes de Donald Trump. Y habían recaudado, según los fiscales del caso, 25 millones de dólares.

Si analizamos los compañeros de viaje de Bannon, observaremos que el dinero obtenido no era para construir un muro ni tampoco para alimentar los bolsillos de los acusados (aunque todos ellos mantenían un alto ritmo de vida). Es más probable que tuvieran una finalidad política: la revolución neoconservadora. No hubo juicio, porque, el 20 de enero de 2021, Bannon y sus compañeros fueron indultados por Donald Trump, justo antes de abandonar, de mala manera, la Casa Blanca.

La voluntad integradora de Bannon y la idea de un movimiento global, con o sin su dirección, comienza ahora a tomar forma: a principios de este mes de julio, una quincena de partidos ultraconservadores firmó un manifiesto común, que se presentó como la primera piedra de una gran alianza en el Parlamento europeo. Allí figuraban casi todos: Orban, Salvini, Meloni, Abascal, Kaczynski… Se trata de frenar la “deriva” federal de la Unión y de preservar las identidades nacionales por encima de todo.

Pero además Bannon cree que la revolución en la cual sueña no se puede hacer sin el concurso de la Iglesia católica. Pero hace falta previamente un golpe de timón: desalojar el Vaticano del Papa Francisco, sin descartar ningún instrumento. Era el run-run que yo había captado. Y de repente, en mi tablero aparecían unos nombres e instituciones todavía más inquietantes, algunos guarecidos bajo el paraguas del ya citado Benjamin Harnwell, padre financiero del instituto Dignitatis Humanae. Hasta hace poco, el cardenal fundamentalista Raymond Burke presidía esta organización. En su consejo asesor (y quizás directivo) destacaba la figura el cardenal Renato Rafaele Martino, crítico con el darwinismo, al cual calificó de “hijo del marxismo”.

Raymond Burke, cardenal estadounidense, es uno de los líderes del ala más conservadora y dura de la Iglesia católica (dice que hoy es una “nave sin timón”). Dedica mucho tiempo a que lo revistan: desde el solideo o la birreta hasta el anillo, pasando por la sotana, la faja, el roquete, la muceta i, si es necesario, la capa, entre otros elementos menores. Él no mueve un dedo. Y acostumbra a presentarse en las parroquias arrastrando una inmensa capa roja desplegada y sostenida por uno o varios monaguillos (ver You Tube). De todo este entramado, nacen buena parte de las campañas contra Jorge Bergoglio.

Y aquí me detengo. No porque no me interese el tema (que me apasiona), sino porque acaba de salir del horno un libro fundamental para conocer qué ha sucedido y que está sucediendo en las cloacas de la “Santa Sede”. Se han publicado varios volúmenes sobre estos temas, algunos muy documentados. Pero éste hace una excelente síntesis recopilatoria, con aportaciones personales muy interesantes. Se titula “Intrigues i poder en el Vaticà” (por ahora, en catalán), y ha sido elaborado por el excelente periodista Vicenç Lozano, corresponsal de TV3 en Roma. Quiero destacar que muchos de los insólitos y escandalosos datos publicados en esta obra son fruto de la experiencia directa del autor y provienen de fuentes de primer nivel y de alta credibilidad. Un libro imprescindible para saber que puede suceder mañana.

¿El movimiento neoconservador global y los sectores más fundamentalistas de la Curia vaticana y, en general, de la Iglesia católica, han actuado y actúan de forma coordinada? Coloco el libro de Lozano en el lugar central y más relevante de mi tablero. Es necesario leerlo. Y después, continuaremos…

Fotografía: el Cardenal Raymond Burke, uno de los líderes de la reacción ultraconservadora.

Publicación original: Catalunya Plural.

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