La importancia de los bares en la Universidad presencial

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CARLOS FERNÁNDEZ LIRIA

Cafetería de la Facultad de Ciencias Sociales de la UAB.

Las Universidades están debatiendo en estos momentos el modelo de docencia semipresencial al que nos obliga la pandemia. En otro artículo anterior ya insistí en que tenemos que ser muy conscientes de que si nos hemos visto abocados a esta situación desastrosa es por un imperativo de fuerza mayor y que, lo que en ningún caso debemos hacer es caer en la tentación (como hizo al principio el ministro Castells) de ver aquí un gran reto para la Universidad online que el futuro nos tiene prometida. Esto es una calamidad vital y, como voy a intentar explicar ahora, también una calamidad científica. En eso estoy de acuerdo con el filósofo Giorgio Agamben, quien, sin duda exagerando un poco, ha llegado a comparar a los profesores que se han prestado a la enseñanza online con los que colaboraron con Mussolini en 1931.

Quienes, por el contrario, ven en la Universidad online una necesidad virtuosa, cometen a mi entender un grave error político y epistemológico. Para empezar, confunden dos modelos políticos que el Plan Bolonia ya contribuyó a emborronar. Los alumnos y alumnas de la Universidad no son clientes, sino ciudadanos. El espacio para los estudios superiores es un derecho de la ciudadanía, no algo que se compra en el mercado. Un estudiante tiene que tener derecho a experimentar  que es posible toparse en esta vida con cosas dignas de ser perseguidas por sí mismas, como la Verdad o la Justicia. Esto es lo que define a los Estudios Superiores, más allá de las mezquinos requerimientos de las urgencias de un mercado laboral que, además, nos conduce inexorablemente a un suicidio ecológico y social. En esta vida hay cosas que merecen ser conocidas  por el mero hecho de conocerlas, independientemente de las urgencias vitales. Sin esta experiencia epistemológica no se puede entender que Sócrates se empeñara en demostrar a la ciudadanía que en esta vida hay cosas más importantes que la vida misma, pues sin ellas la vida, sencillamente, no merece ser vivida. Al perder de la dignidad, perdemos también el motivo para seguir luchando por la vida. 

En este sentido, la Universidad presencial es la gran oportunidad para experimentar una vida republicana, en una especie de paréntesis vital que nos permite vivir por un tiempo en el reino de los fines en sí. Es una cuestión de dignidad ciudadana. Todo lo contrario del modelo de Bolonia, que intentó sustituir el amor por el saber por la lógica mercantil del mundo empresarial, convirtiendo a los estudiantes en clientes en lugar de en ciudadanos. En tanto que clientes, se argumenta ahora, pueden perfectamente comprar sus estudios por internet, lo mismo que compran en Amazon tantas otras cosas. Es la vuelta de tuerca de la fatalidad.

El desastre político que implica este planteamiento ya lo hemos expuesto en otros sitios. En este artículo quiero llamar la atención sobre el desastre científico que también implica este planteamiento. Tomaré como hilo conductor un asunto que me parece importante: una Universidad online no tiene bares para beber cerveza, y eso es una calamidad muy dañina para el alma científica de la Academia. Es una cosa que explica muy bien Kant en su Crítica de la razón pura. Voy a intentar resumirla para los no especialistas:

Atendamos a cómo trabaja una comunidad científica. En ella, cada investigador se concentra en el objeto de su especialidad, produciendo juicios que tienen la particularidad (al contrario de lo que ocurre, en cambio, en el exterior de la Academia) de que se sabe con precisión de lo que tratan. Si estamos estudiando a los coleópteros, nuestros conocimientos tratan de los coleópteros, y no de los lepidópteros y muchos menos de los elefantes o del germinar de los almendros o de la gramática de la lengua de los yanomamis. La ciudad científica trabaja la claridad y la distinción, como dijo Descartes. No se permite que al tratar de algo, se está tratando además, como ocurre en los bares de la ciudad, “un poco de todo”, pues lo que no se permite es que los temas de estudio se mezclen por ambigüedad, oscuridad o confusión. Cualquier conversación de cualquier bar, como todo el mundo sabe, consiste, en cambio,  en deslizarse de un tema a otro sin ninguna precisión, de modo que al final todo el mundo tiene la sensación de haber estado hablando “un poco de todo y un poco de nada”.

El imperativo de precisión de la comunidad científica exige todo lo contrario: los científicos se empeñan en establecer “sistemas cerrados”, obsesionados con que no se cambie de tema en su laboratorio, empeñados, más bien, en cortocircuitar interferencias, en separar unos objetos de otros impidiendo que se contaminen mutuamente. En este sentido, todos los científicos trabajan para ignorarse mutuamente, para darse la espalda unos a otros con sus investigaciones.  Como dijo Foucault, «quizás el saber no está hecho para unificar, sino para hacer tajos». También Gaston Bachelard advirtió insistentemente a este respecto: “Se repite también frecuentemente que la ciencia es ávida de unidad, que tiende a unificar fenómenos de aspecto distinto, que busca la sencillez o la economía en los principios y en los métodos. Esta unidad la encontraría muy pronto, si pudiera complacerse en ella. Por el contrario, el progreso científico marca sus más puras etapas abandonando los factores filosóficos de unificación fácil”

El mayor obstáculo para la actividad científica, decía Bachelard, son las propuestas de unificación ideológicas que se proponen por ahí, desde todas las sectas ideológicas y las religiones del planeta. En los bares de fuera de la ciudad universitaria, lo divertido es “conectarlo todo con todo”, como quería Anaxágoras, recreándose en todo tipo de conspiraciones universales, que vinculan, por ejemplo, la coleta de Pablo Iglesias con el origen de la pandemia, pasando por un laboratorio chino, la financiación de Soros y la Rusia de Putin.

Ahora bien, como explica Kant en su Crítica de la razón pura (aunque es verdad que no con este ejemplo), los bares de la Ciudad Universitaria son otra cosa enteramente distinta. La Universidad necesita de los bares por una cuestión epistemológica crucial. El motivo es que los científicos no pueden simplemente limitarse a conocer, también necesitan hablar. Es verdad que cada científico se ocupa exclusivamente de lo suyo y que funciona estableciendo “sistemas cerrrados” en su laboratorio. Pero los científicos no sólo conocen, también hablan entre sí. Podríamos decir que esta es la importancia de que, en una ciudad universitaria, además de departamentos, haya también bares. Si de pronto en una mesa de la cafetería coinciden para comer un filólogo hispánico y uno clásico, sin duda que tendrán mucho de lo que hablar. Si luego se sienta a la mesa un historiador, probablemente surgirán mil temas interesantes de conversación. Si se sienta un matemático o un biólogo, no cabe duda, también, de que la curiosidad científica despertará mil preguntas y mil enigmas sin resolver. ¿En qué medida la matemática es un lenguaje sin madres ni patrias? ¿En qué medida el código genético es un código, precisamente, lingüístico? Son preguntas, no, por supuesto, respuestas, pero todas ellas se levantarán sobre la convicción de que, en la soledad a puerta cerrada de los departamentos, todos han estado estudiando, de todos modos, una  única realidad, un mismo mundo. Sin embargo, repárese en que, con arreglo a esa pretensión de unidad, todos ellos pondrán su confianza en que los otros científicos sepan hacer lo mejor posible su propio trabajo, de nuevo bien encerrados en sus respectivos departamentos. Cuando la matemática se llegue a desarrollar más aún, cuando la biología comprenda la química cerebral, cuando la lingüística se aclare sobre el soporte genético del lenguaje, etc., quizás algunas de esas preguntas encontrarán una respuesta. En el bar, solo han sido planteadas. Ahora bien, ¿se podría trabajar siquiera en lo que se trabaja sin haber llegado a plantearlas? Eso sería tanto como pedir que se conociera sin hablar. Que el conocimiento fuera posible, pero no el pensar.

Y más allá de la física, el pensar siempre tiene tendencias metafísicas inexorables. Es verdad que Kant las desautorizó, pero también explicó por qué eran necesarias e inevitables. Imaginemos que en la mesa del comedor de investigadores donde hemos dejado a nuestros matemáticos, filólogos y demás científicos, se sienta un nuevo comensal. Y que, viéndolos tan interesados los unos en los otros, tan convencidos ellos de estar estudiando un mismo mundo y una única realidad, tomara de pronto la palabra para anunciarles que él puede explicarles lo que es no la gramática latina, las ondas electromagnéticas  o los números complejos, sino lo que es ese “mundo” en el que converge toda la conversación. Alguien, pues, que se propusiera contarles a todos qué es esa realidad en la que todos han estado pensando. Se diría, entonces, que semejante intruso estaría haciendo “metafísica” y que no sería difícil averiguar desde qué tipo de departamento ha bajado para comer.

Tras la Crítica de la razón pura de Kant habría que convenir en que se trata de un  “metafísico” bastante malo, de un metafísico, precrítico, podríamos decir. Sin duda que, cuanto más conocemos,  más logramos unificar. Pero la ley de hierro de la comunidad científica es que no es posible profundizar en esa unidad más que a fuerza de separar más y más. La ciencia trabaja en la separación, pero, no obstante, tiende al mismo tiempo a la unidad sistemática. La disciplina científica exige que la “unificación” no surja (si surge) más que del trabajo separado de los Departamentos y las Facultades. Ahora bien, sin esa pretensión de ordenar los conocimientos en unidades sistemáticas, la ciencia tampoco podría funcionar, el resultado sería una rapsodia de juicios científicos desconectados y dispersos.  Se puede muy bien suponer que cuanto más y mejor han trabajado los distintos departamentos de una comunidad científica, el mundo mismo está siendo más y mejor conocido y que, por lo tanto, se ha avanzado en la sistematización, dando coherencia a las separaciones departamentales, las secciones, las áreas, las facultades, etc. Y es muy cierto que, en ocasiones, un descubrimiento importante en un departamento científico, abre la puerta a su fusión con otros, que quedan de pronto disueltos o reubicados. Se trabaja en la separación, pero se presupone la unidad. Y esta presuposición, de la que Kant se ocupa en su famoso Apéndice a la Dialéctica trascendental, no sólo es legítima, sino enteramente necesaria para que el proyecto científico mismo tenga sentido.

Ni siquiera, pues, en el mundo teórico parece posible culminar lo que, ya en los tiempos de Platón, comenzaba a presentarse tan sólo como un proyecto y una esperanza frustrada: que, como decía Anaxágoras, “todo esté en todo”. La realidad teórica actual muestra más que nunca que la comunidad científica se une separando sus objetos, que la unidad sólo se encuentra a base de trabajar en la separación. Pues, en efecto, la paradoja ─perfectamente ya problematizada en Kant─ es que los científicos se interesan mutuamente tanto más cuanto más se separan sus investigaciones y cuanto más seguros están de no estar estudiando lo mismo que el departamento vecino; es sólo de este modo que, al contrario que los debates o las tertulias, los diálogos en la comunidad científica logran ser fructíferos.   

En resumen, en los Departamentos se trabaja por conocer cada cosa, de la forma más precisa y distinta. Pero, en el bar, los científicos necesitan y tienen derecho a suponer que cada cosa forma con todas las demás una unidad sistemática. Si suprimiéramos los bares de la Ciudad Universitaria, la comunidad científica quedaría científicamente ciega. Y precisamente por eso, quedaría expuesta a todas las propuestas de unificación que, con carácter religioso o ideológico se le brindan desde la sociedad. O desde la mala metafísica: siempre hay, acompañando al trabajo científico, toda una bibliografía de charlatanes a los que les vuela la imaginación y que producen constantemente “filosofías” (en el peor sentido de la palabra) que reinterpretan su labor, con propuestas espectaculares y síntesis geniales pero estériles epistemológicamente.

Los científicos, que se ocupan de conocer, también necesitan hablar, y no sólo por hablar, sino para conocer más y mejor. Algunas Universidades europeas, según tengo entendido, han prohibido vender alcohol en las cafeterías. Otro grave error. El alcohol es fundamental para soltar la lengua. Ya lo dijo Platón: a los ancianos y las personas mayores, sin alcohol, les da pereza hablar. El vino es imprescindible para volverlos locuaces.

Para todo esto, hace falta, ante todo, una Universidad presencial, con bares y con cerveza. De lo contrario, la comunidad científica no podrá hacer bien su trabajo y la sociedad no podrá estar orgullosa de haber habilitado un recinto, un campus, para experimentar la vida republicana que convierte a la vida del ser humano en algo digno de ser vivido.

Carlos Fernández Liria es profesor de filosofía en la UCM. Su último libro publicado es Sexo y filosofía. El significado del amor.

Publicación original: Público.

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