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Jordi Gràcia: “El Estado es el verdadero poder de la izquierda”

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SISCU BAIGES

El título de un libro, a veces, puede despistar sobre su contenido. Es lo que ocurre con el último que ha escrito el catedrático de Literatura española de la Universidad de Barcelona Jordi Gràcia: “Contra la izquierda”. No, no es un libro que ponga la proa contra los partidos y los ideólogos de la izquierda. Al contrario y lo aclara en el subtítulo: “Para seguir siendo de izquierdas en el siglo XXI”. Gràcia ve el futuro de la izquierda con un optimismo recuperado. Sobre todo, dice, después del mes de paz que ha regalado a Catalunya y España la llegada de Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno y el cambio editorial en el diario ‘El País’. “Ahora colaboro en este periódico con mucha alegría”, explica.

El primer apartado del libro se titula “Lo que no es de izquierdas”. ¿Es más fácil la definición en negativo que en positivo?

Por supuesto que sí; como mínimo, para establecer la distancia con algunos de los elementos que se consideran de izquierdas y que yo discrepo de que formen parte de una izquierda no utópica, no ilusa, no narcisista, no con complejo de superioridad, en vez de pragmática, capaz de modificar las condiciones de la mayoría. Menos satisfecha de su discurso redentor y sus grandes aspiraciones y más ocupada en determinar las herramientas que puede utilizar para la mejora de las mayorías utilizando el Estado como auténtico instrumento, el más de izquierdas que conozco. No conozco ningún otro capaz de modificar sustancialmente las condiciones de vida de los sectores más desprotegidos y vulnerables. Las acciones del último mes del nuevo gobierno de Pedro Sánchez, aunque sea tan corto y con tan poco recorrido, da pistas de lo que estoy diciendo: rectificar la legislación sobre el paro de larga duración es un ejemplo transparente y evidente.

Dice que otro título del libro podría haber sido: “¡La izquierda ha muerto. Viva la izquierda! “. ¿Una boutade?

Una boutade total. Basada, no obstante, en el descrédito y el descolocamiento ideológico de la socialdemocracia en toda Europa, incapaz de reaccionar ante el populismo más torpe que le ha restado parte de la audiencia social que debería haber sido suya pero que no ha escuchado ningún discurso potente, convencido, seguro de sí mismo y a la vez consciente de la dificultad de llevarlo a cabo. Decir la verdad. Discrepo de la formulación de proyectos ilusos porque llevan dentro la frustración y la impotencia. Prefiero discutir sobre proyectos pragmáticos, realizables, que asuman la dificultad extraordinaria de controlar al poder financiero y económico sin negar la posibilidad de intentarlo, de enmendar determinadas legislaciones tributarias, financieras,… Mi izquierda es limitada y reformista, pero indispensable para los más débiles, los que no tienen colchones de ningún tipo.

¿Por qué la socialdemocracia no se ha atrevido a hacerlo?

Porque ha muerto de éxito y de la sensación de que lo había hecho casi todo. Las tres famosas décadas triunfales de la socialdemocracia fueron contestadas desde Reagan y Thatcher con un neoliberalismo que dijo que ya estaba bien, que tenía que volver a mandar el poder de verdad. La posibilidad de contestar a este discurso ha sido neutralizada por el bienestar medio de la Europa occidental. Este bienestar ha entrado en crisis con una degradación acelerada de las condiciones de las clases medias, sobre todo, desde la crisis de los años 2008, 2009 y 2010. Todos los países no lo han vivido igual. España lo ha vivido más dolorosamente. Incluso, la izquierda socialdemócrata española renunció al combate, quizá porque quedó atada primero a la gestión de la crisis que hizo Zapatero y luego al proceso de renovación frustrado del PSOE. Era muy difícil aparecer con un discurso mínimamente creíble habiendo escogido como secretario general ‘renovador’ a Rubalcaba en lugar de Carme Chacón. No sé si había grandes diferencias entre ambos pero Chacón habría hecho más creíble un intento de renovación del mensaje del PSOE. Rubalcaba encarnaba el poder socialista de toda la vida.

La crisis de la socialdemocracia ha afectado a toda Europa. Los líderes que parecían renovarla en Francia o Grecia -François Hollande o Alexis Tsipras- no lo han hecho

O se hace una operación colectiva o la renovación de la socialdemocracia no tendrá viabilidad. En la Europa contemporánea, la socialdemocracia no puede tener una cierta credibilidad o potencia en un solo país. Me ha gustado escuchar el discurso renovador del ex-presidente del Parlamento europeo, Martin Schultz, en una entrevista reciente publicada precisamente en ‘El País’. Hacía tiempo que no escuchaba a un político de primer nivel con postulados explícitos en clave de socialdemocracia creíble. Se puede decir que sólo son palabras. Pero o empezamos por las palabras o no habrá ninguna otra vía de hacerlo. Tiendo a creer que está llegando un movimiento pendular que favorecerá este discurso de la socialdemocracia para fortalecer la convicción en el Estado como instrumento de reforma.

Después de tantas desilusiones no es extraño que haya gente que piense que el discurso de Schultz quedará en palabras, una vez más

Quizás. ¿Pero quién tiene una solución mejor? Yo no la tengo. No la tiene nadie. Si el descrédito de la socialdemocracia ha llegado al extremo de que ni los antiguos votantes socialistas creen en ella, seguirá ganando la derecha indefinidamente. ¿Desmiente esto que sea útil el discurso de ‘Podemos’ y de los partidos a la izquierda de los socialistas en Europa? No. Me parece una muy buena noticia su emergencia porque pone contra las cuerdas a la socialdemocracia reformista, le exige más y la protege contra la propensión conservadora que siempre la acosa y la ha acosado. Para recuperar a ese votante perdido y desanimado es vital la reconvicción socialdemócrata para sustraerle de las manos de los partidos populistas peligrosos de verdad, los de extrema derecha que tiene Europa y que en España está camuflada o aparentemente neutralizada.

La socialdemocracia tiene en Catalunya, además, el obstáculo del debate independentista, que le dificulta la recuperación del terreno perdido

Parte del aumento del voto y apoyo al independentismo tiene que ver con la crisis de la socialdemocracia. Las posiciones más pactistas, reformistas, de tratar de ir haciendo cosas, han sido las víctimas principales del proceso tanto para el alocamiento y la radicalización de la derecha recentralizadora encarnada por Rajoy como por el independentismo frenético y precipitado, sin una mayoría social clara y contundente. Esto ha producido la fragmentación de los espacios de negociación del poder. En democracia, el poder se negocia. Ni se impone ni se niega. El gobierno de Rajoy fingió durante mucho tiempo que no había ningún problema, cuando había uno impresionante. Y aquí mucha gente convirtió esto en un argumento definitivo para el unilateralismo, que es un pecado democrático. Una minoría social se impuso a una mayoría social a través del Estado en Catalunya, que es la Generalitat.

¿Se puede ser de izquierdas y nacionalista o independentista?

¿Y si decimos catalanista? Si entendemos el catalanismo como la manera de negociar las cuotas de poder político -español, europeo, lo que sea- para mejorar las condiciones del entorno catalán en el que vivimos, me parece perfectamente legítimo. Si la fundamentación de este catalanismo es ideológica, social, religiosa, moral,… no me interesa en absoluto y me parece muy poco conciliable con una actitud de izquierdas.

Históricamente ha habido grupos o partidos que se denominaban ‘nacionalistas de izquierdas’. ERC es independentista

No he notado que ERC sea de izquierdas desde la época de Joan Hortalà. Aun no conozco la parte de izquierda de ERC. Republicana, sí, independentista, también. El izquierdismo de ERC es más verbal y retórico que real o yo todavía no lo he visto. Quizás es una limitación mía. No deja de ser chocante que, cuando el combate por el independentismo acelera, las alianzas se establezcan entre la derecha y el centro-derecha liberal de Convergència, o como se llame ahora, con una supuesta izquierda de ERC y la CUP, que es la maxi-izquierda. El punto de acuerdo es la independencia. Han renunciado a los principios ideológicos de derecha o izquierda en favor de una prioridad que es la independencia. Y la CUP no esconde que le da igual si es democrático o no. Le da igual si hay mayorías sociales o no, lo que es peligrosamente poco democrático. Por eso pasó lo que pasó el 6 y el 7 de septiembre.

Como analiza la situación actual. El tribunal alemán que estudia la deportación de Carles Puigdemont dice que lo puede hacer por malversación de fondos pero no por rebelión o sedición

Me parece que desde 2010 este último mes ha sido el más esperanzador e, incluso, reconciliador con las mejores virtudes potenciales de la democracia. La misma crisis independentista dependía de dos factores claves: el espejismo de una salida ilusa a la crisis económica y la bendición de tener un gobernante como Rajoy en el gobierno español. La combinación de ambas cosas fue diabólica.

¿Tendremos dos meses seguidos como este?

Sí, sí. Seguro. Tengo la impresión de que ERC ha entendido que hubo un momento de precipitación y aceleración que estaba injustificado porque sólo tenían el 47’8% de apoyo. El día que tengan el 55%, diré que ‘hemos perdido’. Y creeré que los no-independentistas lo hemos hecho mal. Ahora se están poniendo las bases para reconducir las cosas menos dramáticamente y sin menospreciar la legitimidad de desear una Catalunya independiente.

Dice “hemos perdido”. ¿Tan grave le parece que Catalunya sea un país independiente?

Es una pérdida objetiva innegable en términos sociales, culturales, intelectuales, incluso de integración en el mundo global y europeo. La separación en dos estados es una pérdida. La idea de muchos independentistas que creen que un sitio pequeño es capaz de organizarse mejor y de forma más justa es una ilusión romántica que contradice cualquier análisis de organizaciones sociales y poderes reales. Las sociedades pequeñas son más manipulables, controlables y corruptas que las grandes como Europa, donde, evidentemente, la fiscalización del poder local se ejerce sin los compromisos personales, vínculos, amistades familiares, la presión de los poderes cercanos, y, por tanto, hay una mayor capacidad de neutralización de las propensiones del poder a los apaños.

Nada es irreversible. Un día se puede perder y se puede ganar al siguiente

No estamos en una situación irreversible. Se ha banalizado la independencia, como si no tuviera demasiada relevancia. Este debate aquí no se ha vivido. No hemos escuchado a nadie explicando por qué es conveniente o no la independencia, o los argumentos han sido de una banalitat tan trivilialitzadora que se acercaban al discurso redentor de la fe. Y yo de fe no gasto, de ningún tipo. El debate económico entre Borrell y Junqueras fue dramático para Junqueras. No dio ningún argumento racional. Sentimentales, muchos, y los respeto. Pero una decisión de este tipo debería depender, de acuerdo con la tradición liberal e ilustrada que han forjado las democracias modernas, de la racionalidad analítica y matizada, de averiguar los pros y contras, y rechazar las decisiones simplificadoras y drásticas. Una condición básica para un hipotético referéndum pactado sería un año de neutralidad institucional, de debate real fomentado desde el Estado, desde el gobierno de España, y naturalmente con la complicidad de la Generalitat. Pongámonos a hablar de verdad y a ver qué sale.

¿Un referéndum sería una buena salida?

No estoy seguro. Es un blanco o negro. Un referéndum con tres opciones -seguir igual, una propuesta federal y la independencia- quizás tendría más sentido y haría obvia la necesidad de actualizar las reglas vigentes en los últimos 40 años. Seguramente no es la única vía. Miquel Iceta ha dado unas cuantas ideas -lentas y complicadas, sí- pero sería bueno asumir que la complejidad y la renuncia es parte inseparable de una democracia madura, y por fortuna, la española lo es. Por eso hemos vivido esta crisis, que es de madurez, de cambio de condiciones objetivas y de la dificultad de adaptar el Estado a estos cambios.

¿Con TV3 y Catalunya Radio manteniendo la línea de los últimos tiempos?

De eso me cuesta hablar porque me acelero. La idea de la intervención que proponían algunos me parece un disparate, pero en cambio soy partidario de apoyar a los movimientos que piden, desde dentro, la rectificación del sectarismo desatado e inequívocamente propagandístico que ha impuesto la dirección en los últimos años. La restitución de una cierta ecuanimidad analítica juraría que necesita de los medios públicos, pero quizás deberá hacerse también sin ellos.

¿Ve cohesionado al bloque independentista? No crece pero tampoco se desinfla

Mis aspiraciones son modestas: me parece que estamos en condiciones de propiciar una rebaja objetiva del independentismo más reactivo, más directamente vinculado a las ofensas y las chulerías de garrafa que ha practicado la derecha durante muchos años. Los independentistas no son ahora ni han sido nunca un bloque monolítico pero la reacción defensiva ha propiciado esta imagen. ERC comienza a abandonar el legitimismo fantasioso e iluso de Puigdemont, está generando una disidencia interna y puede suponer la retirada por parte de algunos de los votantes que se han sumado al independentismo en los últimos años. Prefiero respetar intelectual y racionalmente a los votantes independentistas que creer que están locos y la manera de hacerlo es pensar que hay un porcentaje capaz de dar una marcha atrás crítica y autocrítica, mirarse el proceso y asumir que algunas de las mentiras han sido democráticamente peligrosas, tales como mantener la victoria del independentismo en Catalunya cuando la mayoría social no ha votado opciones independentistas: salir de este relato emocional y falsificado no es fácil pero sigo confiando en la higiene democrática. El cambio de gobierno en España en esto puede ser determinante.

Considera que a la izquierda le falta ironía, sentido del humor

No es exactamente sentido del humor lo que echo de menos, que lo hay, sino un talante menos iluso o idealizante: Cualquier cambio importante es desesperantemente difícil y complicado, y vender la moto de que no lo es, o fingir ignorarlo, me parece más desmovilizador que estimulante: la ironía sirve para creer y exigir y al mismo tiempo para no autoengañarse sobre lo que creemos y exigimos. Empobrece un proyecto de izquierdas la pretensión de hacer cosas que no se pueden realizar y es directamente tóxico defenderlas fingiendo ignorar las dificultades para hacerlas.

Llega a decir que la izquierda tiene que ser pesimista

Pesimista no quiere decir que sea llorona. Hacer lo que se quiere es muy complicado y las dificultades son extraordinarias. O ponemos manos a la obra para conseguirlo o no tendremos ninguna herramienta para intentar mejorar las cosas de verdad. Este sería el planteamiento: un pesimismo irónico. Son variaciones sobre Gramsci y su frase maravillosa: “soy partidario del pesimismo de la razón y el optimismo de la voluntad”. Desconfío de que la izquierda gane simpatías cuanto más gorda la diga en términos redentores, salvadores. Es al revés, y me parece más convincente y fiable el discurso pragmático y concreto, tal como lo están llevando a la práctica un montón de asociaciones que trabajan resolviendo y afrontando problemas gravísimos. Pero la herramienta reina es el Estado, y si decide revertir la legislación humillante de la derecha contra los parados de larga duración, el paso que habremos dado es extraordinario para cientos de miles de personas: esto es de izquierdas, o más de izquierdas que recordar continuamente que la Constitución consagra el derecho al trabajo o a la vivienda. El punto de narcisismo satisfecho de la izquierda confieso que a menudo me saca de quicio.

También afirma que el anticapitalismo no lleva a ninguna parte

O la izquierda parte del principio de realidad o dejémoslo correr. Somos capitalistas. Saquémonos las tonterías de la cabeza. ¿Podemos subvertir el capitalismo? No. Podemos moderarlo, frenarlo, conseguir que no sea extremadamente abusivo como lo es ahora, como lo ha sido en Occidente en plena ola neoliberal.

¿Es utópico creer en una sociedad sin clases?

Utópico, iluso y anti-ilustrado. Un análisis racional del funcionamiento del capitalismo en Occidente nunca da como conclusión que se pueda vencer, sustituir o cancelar. Controlarlo, quizá sí; decir que se acabará con el capital, las diferencias de clases, son ganas de suscribir un discurso que no ayuda a las mayorías sociales más explotadas, maltratadas y humilladas, que necesitan soluciones concretas. Salvo que hablemos del año 3.000, ¡vete a saber!, pero la gente se morirá antes. A veces creo que el pensamiento utópico esconde a menudo un profundo reaccionarismo.

Las nuevas tecnologías no son unos buenos aliados de la izquierda, dice

Pido que la izquierda haga un uso más astuto e inteligente de las fabulosas nuevas tecnologías. Demasiado a menudo y sin darse cuenta entra al capote de lo que le conviene a la derecha. Llenar la red de chorradas y polémicas estériles invisibiliza los problemas reales y focaliza el debate en necedades. Las redes son demasiado potentes y demasiado adictivas como para banalizar su peso a la hora de determinar dónde tenemos la cabeza, qué pensamos, qué nos moviliza y contra quien. Las redes son una fiesta non-stop pero podrían serlo aún mucho más, y es este tal vez el papel de los digitales.

Considera que ser de izquierdas es más complicado ahora que antes

Bajo la guerra fría era más fácil ser de izquierdas. Mientras en los años ochenta había un discurso consistente, trabado, clásico, establecido de las izquierdas -una era sistémica, integrada, y la otra, no- ahora aquella claridad de ideas ha desaparecido. Hablo de la disolución de algunas de las convicciones de la izquierda y en particular de la demonización histérica del Estado, como si nos hubiéramos creído que el Estado es el que el neoliberalismo salvaje dice que es. Nos hemos tragado el mantra del neoliberalismo antiestatalista, cuando resulta que la inmensa mayoría de la gente, sin patrimonio, sin herencias, sin tías ricas, sin suegros industriales, o tiene Estado o no tiene nada.

El último capítulo del libro son 16 páginas donde apuesta “Por una izquierda del siglo XXI”. ¿Las puede resumir?

Lo acabo de hacer sin querer: el Estado es la auténtica herramienta de la izquierda. Es el eje central. Vale para las guarderías, para la escuela pública, para la universidad, para la investigación, para proteger a los que quedan al margen del sistema de explotación, y lo hace con leyes, palmo a palmo, poco a poco, pero lo hace o puede hacerlo. No estoy hablando de un Estado caritativo, misericordioso en clave cristiana. Estoy hablando de un Estado capaz de responsabilizarse de hacer frente a los desequilibrios y las desigualdades objetivas, fácticas, que el capitalismo engendra en el contexto occidental. O lo corrige el Estado o no lo corregirá nadie.

¿Dentro de un mes estará tan satisfecho como lo está ahora?

Dentro de un mes estaré igual de optimista porque nadie me quitará haber vivido un mes completamente inédito en seis años. Hace unos meses estábamos escuchando discursos de corcho del gobierno Rajoy sobre el cumplimiento de la ley y a los otros hablando de un inventado mandato democrático del 1 de octubre. Las repulsivas e indignantes cargas policiales del 1 de octubre no dotan de legitimidad una votación a la que no estábamos invitados más de la mitad de los catalanes. Por eso no fuimos a votar: su misma convocatoria se hizo vulnerando el Estatuto y con la voluntad explícita y abusiva no de consultar a la población sino de ratificar un resultado escrito previamente. Es el peor fruto del sabotaje que vivimos los días 6 y 7 de septiembre: la auténtica vergüenza de aquella operación es que no la organizó ningún poder ajeno. Se hizo desde casa, mejor dicho, se hizo en mi casa. En el Parlament.

Publicación original: Catalunya Plural

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