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Isabel, Victoria

GABRIEL JARABA

Las reacciones entre confusas, jocosas, extemporáneas y chuscas que se observan en las redes españolas y catalanas con motivo de la muerte de la reina Isabel dicen mucho de nosotros más que de la monarquía británica. Hasta he leído que alguien la ha calificado de “papisa” por lo que se supone que sabía de su condición de “defensora de la fe” a la cabeza de la Iglesia de Inglaterra. Más que anécdotas son demostración de cierta incapacidad de comprensión de la expresión institucional de las sociedades complejas, de las contradicciones de los países desarrollados, de los avatares históricos de un imperio que hizo del mundo lo que hoy es y de contribuir a la derrota del nazismo. Esa incomprensión es, desde luego, una chiquillería que nos explica y que nada tiene que ver con el republicanismo, cuya complejidad, matices y raíces tampoco comprende. Cierta mirada extranjera se da cuenta de esa frivolidad pero a su vez tampoco la entiende.

La incapacidad hispánica es la de enorgullecerse de lo justa y legítimamente logrado. Sin aspavientos ni machadas, con el contentamiento de haber sido “justos y benéficos” como rezaba la proclamación republicana. La incapacidad, por ejemplo, de contar con una nación emprendedora que actuó (subrayamos el pasado) como elemento modernizador. La imposibilidad de considerar los distintos pueblos de las Españas como un muy especial campo abierto a una vida más placentera y fraternal. Esas incapacidades han lastrado a España más notablemente que otros países europeos, que tampoco son mancos.

La risa patria es la expresión deforme de una impotencia que, paradójicamente, podría desvanecerse con un gesto, un gesto de confianza en el futuro. De alegrarse sinceramente de la buena fortuna de otros, por ejemplo; de añadir la propia condolencia a la de otras personas que se lamentan de la suya propia. Ese futuro se alberga en el potencial del pasado y por eso un servidor se queda con la imagen de una Isabel a los 18, voluntaria en el servicio civil durante la guerra, conduciendo camiones de auxilio en Londres bajo las bombas del blitz, cuando renunció a refugiarse en Canadá ante la amenaza de invasión alemana. Republicano orgulloso de haber admirado a una reina antinazi combatiente que ha sido defensora de la fe. Aquella casi niña que confiaba en la victoria de los suyos.