Comunicación y Red

Internet gratis para todos: una propuesta a estudiar

BEN TARNOFF

¿Cómo sería un internet socialista? Es una pregunta complicada, porque Internet es algo complicado. Pero una parte de la respuesta acaba de llegar como una propuesta del Partido Laborista británico para proporcionar banda ancha de fibra gratuita a todos los hogares y empresas en 2030. El plan es comenzar primero con las áreas menos conectadas y extender paulatinamente el servicio al resto del país. La iniciativa sería liderada por una nueva entidad pública llamada British Broadband, que sería propietaria de la red y prestaría el servicio.

Es una propuesta ambiciosa y que contribuiría en gran medida a crear una sociedad más justa. En su último libro, el sociólogo Erik Olin Wright escribió que una sociedad justa sería aquella en la que todos “tengan un acceso equitativo a los medios materiales y sociales necesarios para vivir una vida satisfactoria”. Como señalaba Wright, las pre-condiciones de una vida humana satisfactoria varían según el tiempo y el lugar. Pero no hay duda de que hoy, una conexión a Internet rápida y fiable es una de ellas. 

Conectarse en línea es a menudo una necesidad para sobrevivir, no digamos ya para realizarse: se necesita internet para conseguir un trabajo, encontrar un lugar para vivir y acceder a los servicios públicos. También se necesita para participar plenamente en la vida social, cívica y cultural. Las comunidades remotas y rurales dependen especialmente de Internet para su contacto con el mundo en general, al igual que las personas mayores o con discapacidades con poca movilidad. Una banda ancha gratuita de alta calidad para todos es, por tanto, una noción igualitaria. Se deriva del reconocimiento de que Internet es una infraestructura indispensable de la vida moderna, y que debe estar disponible universalmente si se espera que todos disfruten de un grado mínimo de dignidad y autodeterminación.

También incorpora la visión socialista básica de que la mejor manera de hacer que algo esté disponible universalmente es liberarlo del mercado. Los mercados no proveen lo que se necesita, solo lo que se puede pagar. Y las empresas que producen para el mercado no asignan recursos en función de lo que maximiza la supervivencia y la satisfacción, sino de lo que maximiza los beneficios. Por eso dejar la provisión de necesidades al sector privado produce resultados muy desiguales y, a menudo, grotescamente inmorales. Los costes humanos del racionamiento capitalista son muy evidentes en el caso de la atención médica y la vivienda. Pero también son claros cuando se trata de la banda ancha. 

En un sistema privado, las personas pobres y en el campo luchan por asegurar un acceso digno a Internet. Incluso cuando pueden pagar la tarifa mensual, a menudo soportan bajas velocidades y un servicio irregular porque viven en lugares que no son lo suficientemente rentables para que los proveedores de servicios de Internet inviertan en ellos. Las empresas pueden ganar más dinero en otros lugares. Por lo tanto, a grandes segmentos de la sociedad se les niega la posibilidad de una ciudadania plena e igualitaria, por la simple razón de que no encaja con el motivo de lucro.

Pero no son solo los pobres y las gentes del campo quienes sufren. Según un estudio reciente realizado por el registro de dominios Nominet, el 79 por ciento de los adultos del Reino Unido dicen haber sufrido un servicio de internet poco fiable en el último año. Menos de la mitad dice que puede trabajar desde casa sin dificultades usando su conexión. Y el 66 por ciento quiere que la industria se concentre en brindar una cobertura consistente en todo el país en lugar de invertir dinero en puntos de acceso privilegiados con velocidades más altas.

Parece ser que las frustraciones de un sistema privado son generales, incluso si algunas comunidades las sienten con mayor intensidad que otras. La propuesta laborista ofrece una solución: hacer de la banda ancha de alta calidad un derecho en lugar de una mercancía, y poner la propiedad de la red bajo control público. Los proveedores públicos, cómo sería el de banda ancha británica de la propuesta, pueden hacer una amplia gama de cosas que sus contrapartes privadas no pueden. Pueden proporcionar un mejor servicio a menor coste porque no tienen inversores que enriquecer. Pueden pedir prestado dinero de manera más barata y asumir riesgos más fácilmente. Y pueden priorizar otras consideraciones además de los beneficios, como la conexión de regiones remotas o desatendidas. 

¿Cómo pagaría un gobierno laborista este proyecto? El despliegue de la red se financiaría a través del Fondo Verde de Transformación propuesto por el Partido Laborista, mientras que los costes de mantenimiento se cubrirían mediante un impuesto a las multinacionales, incluidas las grandes empresas tecnológicas como Google. Dichas empresas disfrutan de la generosidad pública: explotan tecnologías comerciales desarrolladas con gran inversión pública, como Internet, y tienen niveles extraordinarios de evasión fiscal para evitar que sus ganancias vuelvan a las arcas públicas. Muchos de ellos también han desarrollado negocios lucrativos desviando y utilizando datos de una parte cada vez mayor de nuestras actividades, en línea y fuera de línea. Dado su parasitismo histórico y continuo sobre todo tipo de bienes comunes, parece razonable obligarlos a contribuir con una parte de su riqueza a la construcción de nuevos bienes comunes.

Con suerte, este es un proceso que puede ir más allá de la banda ancha pública gratuita. El Partido Laborista ha presentado una reforma importante, incluso radical, pero es solo un primer paso. Una agenda socialista para Internet tendría que tener en cuenta los recintos más desconcertantes de nuestra esfera digital. El poder real se encuentra más arriba en la nube, en las llamadas plataformas. Aquí la situación es considerablemente más compleja. La banda ancha es más o menos análoga al gas o al agua: es un conjunto de tuberías, por lo que la mecánica de su funcionamiento como servicio público es relativamente sencilla. No es tan evidente en el caso de las infraestructuras en expansión propiedad de Google, Facebook y otros.

Afortunadamente, un número creciente de personas dentro de la izquierda transatlántica está pensando de forma creativa sobre cómo podríamos desmercantilizar, democratizar o incluso desmantelar los leviatanes de las plataformas. Quienes están en la órbita del “Corbynismo” están produciendo propuestas particularmente interesantes. Se necesitarán más becas para ello. Pero la banda ancha pública gratuita, si se implementa con éxito, abriría un espacio político para una reestructuración más completa. De hecho, los contornos precisos de esa reestructuración pueden requerir una correlación de fuerzas más favorable antes de que puedan emerger por completo. Lo que se necesita no son solo nuevas propuestas sino el crecimiento de un poder popular capaz de extenderlas, adaptarlas e implementarlas. Solo la gente movilizada pueden alentar una sociedad que les libere. Esa es la hipótesis de la que depende la esperanza socialista.

Publicación original: Tribune

Reproducido de: Sin Permiso.

Traducción: G. Buster.

Foto: muro publicitario de British Telecom.

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