En la muerte de Ángel Alcázar, fundador de CC OO de Cataluña

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El fallecimiento a los 92 años de Ángel Alcázar, uno de los fundadores de Comisiones Obreras de Cataluña ha sido reseñado en un obituario escrito por su hija, la periodista de La Vanguardia Mariángel Alcázar, que resulta impresionante tanto por la personalidad del finado como por la autoría de la nota, su fidelidad a su vida y la emoción contenida que denota.

MARIÁNGEL ALCÁZAR

Habrá quien no entienda cómo se puede ser cristiano y comunista y, además, fundar un sindicato obrero siendo directivo de banca. Pero Ángel Alcázar, que falleció el pasado viernes a los 92 años, fue todo eso y mucho más. Nacido en Tarazona (Zaragoza), llegó a Barcelona en 1949 y en seguida empezó a trabajar en Banesto. Inquieto, buscando siempre ­alguna causa perdida por la que luchar, dio con la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), un movimiento creado en 1947 por Guillermo Rovirosa, que fue el embrión de la reconstrucción del movimiento obrero en pleno franquismo.

Militante destacado, desde 1957 empezó a formar lo que denominaba grupetes de jóvenes que, como él, buscaban vivir un cristianismo fiel al evangelio guiados siempre por su compromiso con los pobres y oprimidos. Con algunos de esos amigos, Luis Burción, Pablo y Esteban Camarero, entre otros, en 1958 montó la Cooperativa de Viviendas del Sagrado Corazón, en el barrio de Sant Martí de Provençals, un oasis de pisos bien construidos (frente a las pifias de La Pau y el Besòs), con zonas verdes, colegio autogestionado, cooperativa de consumo y fábrica de muebles (Cidesa) para financiarse, según un modelo que les cedieron unos sindicalistas suecos.

Los partidos clandestinos, principalmente el Partido Comunista y, en Catalunya, el PSUC, vieron en los jóvenes de la HOAC unos entusiastas luchadores por los derechos de los trabajadores y, en una alianza, que a algunos les pareció una herejía, se empezó a gestar Comisiones Obreras.

El 20 de noviembre de 1964, en la iglesia de Sant Medir se constituyó la primera comisión obrera de Catalunya, con asistencia de 300 sindicalistas, infiltrados todos en los entonces llamados Jurados de Empresa del sindicato vertical. Aprobaron un manifiesto para reclamar 200 pesetas (1,20 euros) de salario mínimo al día, derecho de huelga y libertad sindical. La comisión obrera central estaba formada por Joan Folch, Pere Rica, Luis Moscoso, Joan Navarro, Ángel Gracia, Ángel Doménech, Josep Coscubiela y Ángel Alcázar.

De la difusión del primer manifiesto se encargó el PSUC, y en pocos meses, miles de trabajadores se apuntaron al ideario de CC.OO., y ese movimiento obrero asustó al franquismo. En febrero de 1965, la policía detuvo a la comisión obrera central y acabaron todos en la Modelo como presos políticos. Ángel Alcázar pidió que le llevaran a la cárcel una Biblia y 55 años más tarde aún la conservaba con el sello de “permitido” de la Modelo en la primera página. Salió de prisión y siguió en la lucha obrera como activista y también como divulgador, siendo, en los años setenta, profesor de Historia del Movimiento Obrero en la EMI (Escuela de Mandos Intermedios) dependiente de Esade.

Legalizados los sindicatos, se apartó de la primera línea para buscar nuevas batallas y encontró una junto a sus amigos Alfonso Carlos Comín y el jesuita Juan N. Garcia Nieto, con quienes impulsó en España el movimiento Cristianos por el Socialismo, inspirado en la teología de la liberación.

Ya jubilado impulsó el grupo Kairós y el Comité Óscar Romero y se vinculó a la lucha por los derechos de los inmigrantes. Con 75 años consideró que ya había pasado su tiempo para la acción política y sindical y se dedicó a sus otros amores : la historia y su pueblo. En Tarazona, se inventó la Asociación Moshe de Portella para reivindicar el legado judío de la ciudad aragonesa y, ya puestos, recuperar la memoria de Raquel Meller, la turiasonense más notable. Con casi 90 años se enroló en las tertulias políticas de Ràdio Premià, peleando de nuevo contra la mezquindad política.

Hace 30 años, el gobierno del PSOE aprobó indemnizar a quienes habían sido encarcelados en el franquismo. Ángel Alcázar no reclamó y cuando la gestora de CC.OO. le instó a ello, les dio el último mitin. La lucha por sus ideales no tenía precio, y les aconsejó que lo que les correspondía a los viejos sindicalistas lo donaran a los parados. Siempre tomó prestadas las palabras de su amigo el obispo Pere Casaldáliga y se consideró “el soldado derrotado de una causa invencible”. Ese era mi padre y así lo recordaremos.

Publicación original: La Vanguardia

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