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El tormento de Ucrania cambiará el rostro de Europa para siempre

Manifestantes rusos contra la guerra, en San Petersburgo.

TIMOTHY GARTON ASH

Historiador. Profesor de Estudios Europeos de la Universidad de Oxford y miembro sénior de la Hoover Institution, Universidad de Stanford.

¿Por qué siempre cometemos el mismo error?

Oh, eso sólo es un problema de los Balcanes, decimos… y entonces un asesinato en Sarajevo da lugar a la Primera Guerra Mundial. Oh, la amenaza de Adolfo Hitler a Checoslovaquia es “una pelea en un país lejano entre personas de las que no sabemos nada”… y entonces nos encontramos en la Segunda Guerra Mundial. Oh, la violación de la lejana Polonia por Josef Stalin después de 1945 no es asunto nuestro… y poco después tenemos la Guerra Fría.

Ahora lo hemos hecho otra vez, no tomar conciencia hasta que es demasiado tarde de todas las implicancias de la toma de Crimea por Vladimir Putin en 2014. Y entonces, el jueves 24 de febrero de 2022, fecha que pasará directamente a los libros de historia, estamos aquí parados, vistiendo nada más que los jirones de nuestras ilusiones perdidas.

En momentos como estos, necesitamos coraje y decisión, pero también prudencia. Eso implica cuidado en el uso de las palabras. Esta no es la Tercera Guerra Mundial. Es, sin embargo, algo ya mucho más grave que las invasiones soviéticas a Hungría en 1956 y Checoslovaquia en 1968.

Las cinco guerras de la ex Yugoslavia en los 90 fueron terribles, pero los peligros internacionales que generaron no tenían esta escala. Había valientes combatientes de la resistencia en Budapest en 1956, pero hoy en Ucrania tenemos todo un estado independiente y soberano con un gran ejército y un pueblo que se declara decidido a resistir.

Si no ofrecen una resistencia de la magnitud necesaria, esto será una ocupación. Si lo hacen, esta podría ser la guerra más grande de Europa desde 1945.

Contra ellos se ha desplegado la fuerza abrumadora de una de las potencias militares más poderosas del mundo, con fuerzas convencionales bien adiestradas y equipadas y unas 6.000 armas nucleares. Rusia es ahora el estado canalla más grande del mundo.

Está comandado por un presidente que, a juzgar por las diatribas histéricas que pronunció esta semana, ha abandonado el dominio del cálculo racional… como suelen hacer tarde o temprano los dictadores aislados. Para ser claro: cuando, en su declaración de guerra del jueves a la mañana, amenazó a todos los “que traten de interponerse en nuestro camino” con “consecuencias que nunca han visto en su historia”, nos amenazaba con la guerra nuclear.

Habrá tiempo de reflexionar sobre todos nuestros errores pasados. Si, a partir de 2014, hubiésemos tomado en serio el ayudar a fortalecer la capacidad de Ucrania para defenderse, reducido la dependencia energética europea de Rusia, limpiado las ciénagas de dinero ruso sucio que proliferaban en Londres(grad) e impuesto más sanciones al régimen de Putin, quizá estaríamos en un mejor lugar. Pero tenemos que empezar desde donde estamos.

Entre las primeras nieblas de una guerra que acaba de comenzar, veo cuatro cosas que debemos hacer quienes vivimos en Europa y el resto de Occidente. Primero, tenemos que garantizar la defensa de cada centímetro de territorio de la OTAN, en especial sus fronteras orientales con Rusia, Bielorrusia y Ucrania, contra toda forma posible de ataque, incluidos los cibernéticos y los híbridos.

Durante setenta años, la seguridad de los países del oeste de Europa, incluida Gran Bretaña, en última instancia ha dependido de la credibilidad de la promesa de “uno para todos y todos para uno” del artículo 5 del tratado de la OTAN. Nos guste o no, la seguridad de Londres a largo plazo ahora está indisolublemente ligada a la de la ciudad estonia de Narva, la de Berlín a la de Bialystok en Polonia, la de Roma a la de Cluj-Napoca en Rumania.

Segundo, tenemos que ofrecer todo el apoyo que podamos a los ucranianos, sin llegar a cruzar el umbral que llevaría a Occidente a tener una guerra caliente directa con Rusia.

Los ucranianos que opten por quedarse y resistir pelearán, por medios militares pero también civiles, para defender la libertad de su país, en tanto tienen todo el derecho de hacerlo según la ley y su conciencia, y como haríamos nosotros por nuestro propio país. Inevitablemente, el alcance limitado de nuestra respuesta producirá una gran decepción en ellos.

Los correos electrónicos de amigos ucranianos que recibo hablan, por ejemplo, de que Occidente imponga una “zona de prohibición de vuelo” para negar a los aviones rusos el uso del espacio aéreo ucraniano. La OTAN no va a hacerlo. Al igual que los checos en 1938, que los polacos en 1945, que los húngaros en 1956, los ucranianos dirán “ustedes, nuestros compatriotas europeos, nos han abandonado”.

Pero aún hay cosas que podemos hacer. No sólo podemos continuar proveyendo armas, comunicaciones y otros equipos a quienes de manera absolutamente legítima resisten la fuerza armada con fuerza armada.

Como algo importante a mediano plazo, también podemos ayudar a aquellos que utilicen las técnicas probadas de la resistencia civil contra una ocupación rusa y cualquier intento de imponer un gobierno títere. También debemos estar preparados para ayudar a los numerosos ucranianos que huirán hacia el oeste.

Tercero, las sanciones que impongamos a Rusia deben ir más allá de lo que ya se ha preparado. Además de medidas económicas amplias, se debería expulsar a los rusos que estén relacionados de cualquier modo con el régimen de Putin.

Putin, con un presupuesto de guerra de más de 600.000 millones de dólares y la mano en la válvula del gasoducto a Europa, se ha preparado para esto, por lo que las sanciones tardarán en surtir todo su efecto.

Al final, tendrán que ser los rusos los que den la vuelta y digan “Ya basta. No en nombre nuestro”. Muchos de ellos, incluido el ganador del Premio Nobel Dmitry Muratov, ya expresan su horror ante esta guerra. Lean el conmovedor relato de la activista ucraniana Nataliya Gumanyuk sobre una periodista rusa que lloraba mientras hablaba con ella por teléfono al ver a los tanques avanzar.

Ese horror sólo aumentará cuando los cadáveres de jóvenes rusos vuelvan en bolsas negras… y conforme el impacto económico y de reputación se haga sentir a pleno en Rusia. Los rusos serán las primeras y las últimas víctimas de Vladimir Putin.

Eso me lleva a un último punto vital: debemos estar preparados para una lucha prolongada. Las consecuencias de este 24 de febrero de 2022 tardarán años, y probablemente décadas, en desplegarse por completo. En el corto plazo, las perspectivas de Ucrania son desesperantemente sombrías.

Pero en este momento pienso en el maravilloso título de un libro sobre la revolución húngara de 1956: Victoria en la derrota. Casi todos en Occidente ahora han tomado conciencia del hecho de que Ucrania es un país europeo que está siendo atacado y desmembrado por un dictador.

Hoy Kiev es una ciudad repleta de periodistas de todo el mundo. Esta experiencia modificará su visión de Ucrania para siempre. En los años de nuestras ilusiones sobre la posguerra fría, nos habíamos olvidado de que es así como las naciones se inscriben en el mapa mental de Europa… con sangre, sudor y lágrimas.

Reproducido de Clarín.

Traducción: Elsa Carnelli.