Religió

El sentido del humor de Jesús de Nazaret

jesus bailando

 

Por GABRIEL JARABA

Artículo publicado en La Luz Digital, órgano de la Iglesia Española Reformada Episcopal (Comunión Anglicana).

La única novela de mi admirado Umberto Eco que no es un peñazo infumable, “El nombre de la rosa”, basa su tesis en una pregunta que para muchos es inquietante: ¿Jesús rió alguna vez? Jorge, el urdidor de la trama criminal que sostiene el argumento de la obra está convencido de que Nuestro Señor jamás se permitió tal –a su entender—debilidad y por tanto, quienes ríen y hacen gala de buen humor se sitúan de modo totalmente opuesto a la imitación de Cristo. Guillermo de Baskerville, el franciscano investigador, cree en cambio que es precisamente el sentido del humor uno de los pilares que sustentan la bondad humana y por ello debía de formar parte de la personalidad de Jesucristo. Más allá de la acción dramática de la novela se encuentra un anhelo bimilenario: descubrir el verdadero rostro de Jesucristo para, quizás, mirarnos en él como un espejo tratando de reconocer rasgos comunes. Quién sabe si buscando rastros de humanidad en la figura del Hijo de Dios o marcas de filiación divina en nuestra terrena humanidad.

La recepción de la figura del Salvador, extraída de la lectura bíblica, creada por medio del arte o cultivada en el corazón,  parece estar siempre, en su recepción, dibujada por imágenes opuestas entre sí. Pero entre el Cristo realmente sufriente en la Pasión y la Crucifixión y el Jesús falsamente melifluo que muestran ciertas estampas relativamente modernas existe una trayectoria que fue rotundamente humana además de divina. Si Jesús era humano, como lo era, necesariamente experimentó la alegría y por ende la risa.

Hay un pasaje evangélico que me parece revelador: lo primero que hace Cristo resucitado al volver a reunirse con sus amigos es comer con ellos unas tostadas de pan con pescado asado. El reencuentro tras la última cena fue, significativamente a mi entender, una merienda feliz y alegre. Uno no se junta a merendar con los amigos con cara de siete duelos y mucho menos en un reencuentro de semejante e inconmensurable dimensión. Uno no es verdaderamente humano si no posee sentido del humor. Y las consecuencias de la ausencia de sentido del humor son diversas, según nos enseña la vida e incluso la historia, pero a veces no se repara es que sin humor no hay alegría de vivir, es decir, se cae en el pecado de acedía insuficientemente traducido por “pereza”.

En el relato evangélico, Jesús no aparece riendo a mandíbula batiente, es cierto. Pero la ausencia de sentido del humor en su Divina Persona solamente puede proponerla alguien que desconozca cosas elementales de la vida cotidiana y de los pueblos que nos son más próximos. Jesús era alguien que habitaba la Palestina de hace dos mil años, es decir, que participaba del carácter colectivo de los pueblos del Mediterráneo y del Cercano Oriente. Y uno de los rasgos de ese carácter, aun hoy que la civilización moderna ha suavizado muchas diferencias entre pueblos, es la ironía, una tendencia al sarcasmo y una mirada un tanto desengañada de las pretensiones humanas de importancia personal. Veamos cómo son las personas mayores que conocemos de las zonas rurales de nuestra cuenca mediterránea española, italiana o griega y tendremos una aproximación a esa sabiduría irónica, amante del retruécano, el juego de palabras para descolocar al oponente y la agudeza de lengua como medio de marcar distancias para no llegar al conflicto y superar una situación sin perder la cara. Pues dos mil años de historia son un milisegundo en la perspectiva general de la vida del hombre, y por tanto el paso de Cristo por la Tierra sucedió ayer mismo. Olvidamos leer de tanto escribir; probablemente entre tantos estudiosos y hermeneutas especializados en el trabajo con textos se eche en falta alguien avezado en el conocimiento de las tradiciones orales, del habla popular y de los modos como el humor ha ido transcurriendo y mutando a través de los tiempos. Yo escucharía con tanta atención como a un teólogo en este menester a un folklorista, un historiador de la etnografía y por supuesto un antropólogo si no fuera porque no todo el mundo es un Levi Strauss capaz de escapar del minotauro academicista, textualista e hiperdocumentalista.  No tenemos pues más remedio que mirar de frente a la humanidad que Dios creó a Su imagen y semejanza escudriñando en los gestos de hoy la reminiscencia de actitudes de otro tiempo.

Debemos atender, pues, a lo que en el relato evangélico subsiste de la coloquialidad de su tiempo, a lo que revela la ipsissima verba del Señor en términos de testimonio de tradición oral. A su empleo del lenguaje, de la figura narrativa relatada y de las actitudes no verbales que dan cuerpo a la expresión completa de lo humano.

A lo largo de los relatos evangélicos, Jesús se nos muestra como un maestro de la comunicación verbal. Los discípulos se quejan muy a menudo de que les enseñe en parábolas. Una parábola es algo más que una narración metafórica en labios de Jesús; para que su mensaje llegue a sus destinatarios es necesario que contenga algo que capte su interés. Y ese algo no es –únicamente—la sapiencia o la justicia que encierra el relato sino una impresión que agarra al oyente por el cuello y lo atrae. Y eso no puede suceder sin compartir un lenguaje común, cierto aire y manera de expresarse, el modo de mostrar una determinada concepción del mundo por medio del tono que adquiere el lenguaje en el marco de un código comunicativo común. Y ese tono constante en las sucesivas parábolas es la ironía, la comparación chocante e incluso el sarcasmo y el desplante. Cuando Jesús dice de alguien que “más le valiera que le ataran una rueda de molino al cuello y le arrojaran al mar” no está usando precisamente un modo educado de expresarse sino mandando a cierto lugar al aludido. Ese lenguaje directo e incluso violento no funciona si el exabrupto no va acompañado de la ironía humorística. Y de ahí lo del camello y el ojo de la aguja, lo de la luz de la lámpara escondida en la alacena e incluso el grano de mostaza. No busquemos en el humor de la Palestina de hace dos mil años las sensibilidades o expansiones de hoy día sino el bronco sarcasmo provocativo de un pueblo de campesinos, pastores y pescadores sumido en una crisis económica, social, nacional y moral de dimensiones descomunales.

Hay humor en Jesús incluso en sus milagros. En ellos aparece su divina compasión, un modo de reaccionar ante el desvalimiento humano que desarma al más intransigente. Pero en uno de ellos  –precisamente el primero– encontramos la capacidad crística para la risa, la alegría y… la juerga. En las bodas de Caná, María se dirige a su Hijo y le hace notar que el vino se ha terminado y la fiesta aún debe continuar. La reacción de Jesús es digamos un tanto desconsiderada: se la saca de encima viniendo a decir no me importunes con esas cosas (menudo ejemplo de hijo solícito a los requerimientos de la madre, diríase; en realidad se nos muestra el contexto de la conversación, ese desparpajo desprovisto de respetos humanos que caracterizaba la coloquialidad popular del tiempo). Y la insistencia de María tiene un hecho innegable de trasfondo: una boda en aquella situación no era precisamente una merendola civilizada de matrimonios y abuelitas; se trataba, como aun hoy vemos en ciertos entornos étnicos,  una juerga incesante que dura por lo menos una semana, día y noche a base de cachondeo, baile y desbordamiento del jolgorio. Se tejen nuevas alianzas familiares entre clanes, se unen bienes y personas, se establecen relaciones pacíficas y afectuosas entre grupos; las bodas son una celebración de la prosperidad, de que la vida continúa, de que el devenir deja atrás las penalidades y abre nuevos caminos. Una fiesta total para la mayor celebración posible.

Cuando María pide a Jesús que haga el milagro de hacer manar más vino los invitados a la boda –que no debían de ser precisamente cuatro familias sino una caterva de parientes más los inevitables gorrones—ya estaban completamente trompas. La decisión de añadir más vino a la boda significaba aportar a ella más embriaguez. No hallamos aquí a un Jesús melifluo y morigerado sino a alguien que conoce muy bien a las personas tanto individual como colectivamente. Y la compasión que reside siempre en la motivación de sus milagros entra de nuevo en acción. Pero esta vez la compasión está orientada a su comprensión de los deseos de fiesta del grupo, a la materialización del elemento embriagante y al fomento de la embriaguez colectiva y festiva que celebra la alegría de vivir y la renovación del amor familiar. Jesús convierte el agua en vino, que vuelve a fluir de grandes ánforas, para que a su vez manen las risas, continúe la diversión y prosiga la fiesta que hace que las penas dejen lugar, ni que sea por un momento, a la alegría de celebrar que la vida sigue, se forman nuevas familias y las personas se regocijan de estar juntos. ¿Rió Jesús? En Caná Jesús hizo un milagro para que todos rieran. Y nadie permanece sin reír cuando todos ríen a su alrededor. El primer milagro de Jesús es el milagro de la risa y la alegría compartida en explosión rotunda y si se quiere caótica.

No hubo un Jesús melifluo y contenido en sus expresiones. Estaba dotado de esa ironía popular mediterránea y del cercano oriente que se complace en el doble sentido de las expresiones y en sacar motes a los amigos y vecinos. Me parece increíble que tantísimos estudiosos y comentaristas de la Biblia hayan pasado por alto una ironía personal de Jesús que, precisamente, resulta central en el relato evangélico. Me refiero al pasaje en que le pone nombre a Simón: Pedro. ¡Pedro, nada menos! Los teólogos se han devanado los sesos argumentando en uno u otro sentido sobre el simbolismo de la roca, la edificación de la iglesia y cosas por el estilo relativas a transmisiones y primacías. Al observador habituado al lenguaje socarrón de las gentes del común le aparece con claridad el giro de la conversación, que sólo tiene sentido en ese contexto en modo de expresión humorística. Le llama Pedro, es decir piedra: ¡le estaba llamando tocho, cabezón, tozudo, duro de mollera! Y se lo decía además con recochineo, devanando el asunto, “y sobre esta piedra…”. Otra vez la maestría verbal de Jesús, su modo de capturar la atención y el corazón de la gente, con una exclamación irónica, un doble sentido, una broma pícara sobre un amigo íntimo, un modo de relativizar las pretensiones de poder y primacía de sus apóstoles, digna de ser considerada tanto en aquel tiempo como en el actual. Pero sobre todo, un gesto cariñoso, una señal de confianza afectuosa. Me lo imagino como cuando, de niño, mi padre me demostraba cariño dándome un ligero coscorrón en la cabeza mientras me decía “¡Anda, melón, tozolón!” en ese tono tan aragonés. Así trató Jesús a la “cabeza” de su iglesia, con un pescozón amistoso y un mote de pueblo: “¡Pedro, Pedruscón!”.

 

Jesús estaba tan versado en la Escritura de la tradición como en el libro del mundo que permanece abierto ante nuestra mirada sin que nadie sepa leerlo. Conocía el corazón de las personas en lo más hondo. Sabía, pues, que el humor es un medio y no un fin. Un camino que debe conducir a una visión renovada de las cosas, a un acercamiento más cuidadoso a la intimidad humana, a una posibilidad de comprensión y fraternidad entre los hombres. Por eso la risa de Jesús no era intrascendente sino fruto de un sentido del humor orientado a derrotar a la hipocresía, que es la actitud de quien se cree autorizado a establecer barreras entre él y los demás porque se considera mejor que ellos. El humor de Jesús era espontáneo pero no ingenuo. No era un ingenuo Aquel quien, mientras esperaba que alguien lanzara la primera piedra, trazaba surcos en la tierra. Para mí, uno de los gestos culminantes de toda su enseñanza, precisamente por producirse sin palabra alguna, en tanto que anuncio del advenimiento del perdón incondicional. Esa imagen de Jesús, profeta ágrafo, nos lo muestra por primera y última vez haciendo el gesto de escribir o dibujar. El trazo desganado, en silencio, en espera de una respuesta imposible no era otra cosa que un desplante muy fino, una actitud displicentemente irónica que debió de ser muy bien captada por los presentes: una manera elegante y discreta de mandarles allí donde cuelgan ruedas de molino a la gente que merece ser arrojada al mar. Por decirlo en lenguaje coloquial de hoy: les estaba vacilando. El maestro de la palabra era maestro de sus silencios, y aquel silencio, que enfrentaba la crueldad hipócrita, era más elocuente que cualquier denuncia o condena explícita, precisamente por la fuerza de la ironía capaz como ninguna otra actitud de poner en evidencia a quienes lo merecían. No existe semejante maestría sin un dominio total sobre la fuerza que el más profundo sentido del humor tiene ante la pretensión humana de erigirse como Dios en lugar de Dios mediante la arrogación de la potestad de juzgar.

Ágrafo pero no ignaro: conocía al dedillo las Escrituras, sobre cuya autoridad proponía la Suya (“mas yo os digo”). Maestro de la transmisión oral ante una audiencia analfabeta y popular, y siendo así, ¿cómo iba a desconocer el poder del humor y la atracción que la risa empática ejerce sobre la gente? “Dejad que los niños se acerquen a mi”. ¿Alguien ha visto alguna vez que un niño se acerque a quien no sabe jugar y reír?

Ilustración: Dance of grace, por Mark Keathley.

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