El relevo en El País y el riesgo de la prensa: más “negocio de datos” y menos periodismo

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GABRIEL JARABA

Durante las próximas semanas tendremos que seguir la evolución del diario El País, de acuerdo con sus equilibrios internos de capital y la toma de posesión de la nueva dirección, tras la salida de Soledad Gallego-Diaz y su adjunto, Joaquín Estefanía. El diario vuelve a ser el objetivo de quienes observan cómo algunos poderes económicos y políticos toman posición ante la resiliencia de Pedro Sánchez al frente de su gobierno de coalición.

Javier Moreno repite como director y quienes no simpatizan con él aprovechan para destacar su papel previo como ejecutor de un impactante ERE, mientras que hay quien confía en que, por decirlo de manera simplista, devuelva el diario al camino por el que quieren empujarlo Juan Luis Cebrián y Felipe González. El analista de la comunicación intenta mirarlo con un poco más de perspectiva y se hace no sólo la pregunta clásica de «¿a quién favorece esto?» sino ¿qué sentido tiene en una estrategia de largo alcance?

Hoy en día la prensa impresa y, de paso, más de una y más de dos cadenas privadas de televisión, son negocios ruinosos los dividendos de los cuales no se cobran en dinero, sino en influencia o, cuando menos, en posiciones asociadas a ambiciosos juegos de tronos en los que los señores de la guerra políticoeconómica quieren pensar que dan más miedo del que realmente dan. ¿Qué periodista ambicioso no ha pensado en tener el poder de poner y quitar gobiernos? Es una ambición bien humana y legítima, a la postre.

Pero se teme que ya haya pasado el tiempo de todo esto y que ahora sean otras fuerzas más complejas las que influyan en estos asuntos. Hoy son sólo las izquierdas y su concepción meramente instrumental de la comunicación quienes creen que los medios son todopoderosos y por eso se estampan una vez tras otra contra ellos; es el dinero y el poder quien persiste en un goteo que, ahora en clave de soft power, ahora como cachete, va administrando determinados y graduales cambios en la concepción de cómo deben ser las cosas.

Cuando el PSOE se sentía satisfecho porque en su primer gobierno González exhibía el apoyo imbatible del citado diario, combinado con el de la ingente red de Radio Nacional de España, no se daba cuenta de que una cadena como la COPE, de cuarta fila y hecha de parches recogidos y de propiedad eclesial, sería la que abriría la brecha por la que entraría un cambio cultural de tal alcance que todavía no nos hemos quitado de encima.

Una prensa de partido que no se confiesa como tal

Pedro Sánchez y su gobierno han salido más fuertes de lo que parecía y por eso hay que barrer de una vez el último vestigio de la prensa impresa del estado-capital que se puede asemejar a un diario liberal (la criba es tan fina que Zapatero vuelve a ser temido como peligroso izquierdista, he aquí que algunos centristas socialistas han acabado pensando como la extrema derecha italiana con respecto a ZP). Hoy día, sin embargo, con un diario no hay suficiente para hacer caer un gobierno. Son los cambios lentos los que cuentan y la capacidad de introducir en el cuerpo social transformaciones culturales de largo alcance.

La prensa española, la catalana incluida, es una prensa de partido que no se confiesa como tal y que, en tanto que se comporta de esta manera, cree que estamos en tiempos de Cánovas y Sagasta y que tiene el poder de poner y quitar gobiernos. Miremos atrás con perspectiva: cuando González llegó a ser presidente, Blas Piñar era un apestado social; hoy los jóvenes que buscan pareja en First Dates se declaran seguidores de Vox con toda naturalidad; transformaciones de largo alcance, se llama la cosa. No sé hasta qué punto es rentable para los poderes políticos perder dinero con una cabecera u otra, pero si lo miramos con perspectiva, ciertos cambios pueden valer la pena.

Ahora bien, cuidado. ¿Y si ahora nos estamos equivocando nosotros? ¿Y si razonamos como si estos diarios buscaran ganar dinero, incorporar lectores, obtener influencia en la opinión pública y en realidad no fuera así? ¿Y si todo se redujera al abandono del periodismo como producto y negocio porque el negocio verdadero y con futuro no son las noticias y los lectores? Si el negocio fuera otro habría que buscar perfiles profesionales de otro tipo, como por ejemplo, en lugar de periodistas capaces de buscar noticias y explicar hechos interesantes, incorporar expertos en el rendimiento de la información y de su regreso como datos de audiencia en Internet, impulsadas a golpe de clickbait.

Resulta pues que el negocio de los periódicos, o de lo que aún llamamos así, ya no es el periodismo sino los datos; de ahí el abandono de la prensa de papel por parte de estas empresas. El producto contiene noticias e historias pero lo que se vende son en realidad los paquetes de datos que se reúnen en relación, un negocio de alcance mundial que ya no tiene que preocuparse de suministrar papel, plantas de impresión y distribución transportada sino del tráfico de datos digitalizados. Estos datos son, ciertamente, audiencia, pero constituida en macrodatos o big data y en un negocio global. Este valioso producto -que además sale gratis porque el público lo regala- puede ser utilizado en muchos sentidos, ya no únicamente en el de la publicidad comercial sino, como nos muestra ahora mismo el trumpismo, dirigido directamente a la operatividad sobre el electorado sin mediaciones ideológicas: el triunfo más rotundo que cualquier tecnócrata puede soñar.

Un cambio tecnosocial como el del gas a la electricidad

El negocio de los datos está todavía en construcción, y de ahí los movimientos de posiciones financieras mientras el producto va evolucionando. Probablemente hacia mercados diversos, uno netamente publicitario pero otro de mayor alcance. Ciertamente, los magnates de los datos saben que la crisis del negocio de la información ha ido a parar a un descomunal cambio de dimensión de lo que es en realidad el negocio publicitario. Hasta ahora el negocio de los medios era vender la atención del público, atraída y concentrada en objetivos de carácter publicitario y comercial, y ganar esta atención mediante el interés adherido de contenidos que tenían como objetivo la información y el entretenimiento. Ahora, con el negocio de los datos aparece la gran pregunta: ¿podremos terminar de prescindir de una vez los malditos contenidos, caros de producir y problemáticos de gestionar con periodistas, esa gentuza que te mira a la cara y no baja la mirada?

No es nada nuevo que cuando ocurre un descomunal cambio tecnosocial, las grandes industrias duden primero, pero encuentren la manera de incorporarse al nuevo negocio. Está pasando ahora mismo con el sector de la energía: son las eléctricas las que lideran el sector en expansión de las energías renovables, con un pie todavía en el negocio original basado en el petróleo. Pero es que en el siglo XIX pasó igual cuando las compañías de gas, que inauguraron los alumbrados de las vías públicas de las grandes ciudades y llevaron energía en los hogares, temieron primero la aparición de la electricidad, que podía llevarlas a la obsolescencia.

Pero enseguida se reconvirtieron en eléctricas de manera gradual, deslizándose de manera imparable hacia la nueva energía, abandonando el viejo negocio a la obsolescencia (tuvo que ser un visionario como Pere Duran Farell el hombre capaz de hacer la reconversión del gas natural en ver el verdadero futuro que tenía la industria del gas en una época en que Cataluña creía en la industria).

Probablemente las grandes empresas de información y datos encaran ahora una estrategia similar, bajo la tutela de la gran banca y la política, tratando de recoger migajas, dos almohadas muy oportunas para acompañar una transición problemática. Así, el objetivo de las empresas periodísticas actualmente existentes sería acabar con el periodismo pero de muerte más o menos lenta, solapando el negocio de la información con el de los datos hasta completar la transición. Entonces, noticias, ideas, narraciones, periodismo, información ya serían como el gas, por lo que hay que ir trabajando en el suministro de «electricidad», la nueva energía de las macrodatos, acostumbrando a los consumidores, mientras tanto, a ir desconectando de la vieja iluminación temblorosa y floja.

El arreglo es gigantesco porque el negocio a la vista es descomunal y representa un cambio de era cultural. Se trata de que el público acabe abandonando el «gas» por la propia desafección (como indica la caída del prestigio del periodismo y los periodistas y la adhesión a una relación diferente con la «comunicación» moldeada por lo que algunos autores ya llaman «la gran mediatización»). La electricidad, más cómoda y práctica, se irá abriendo paso, como sabemos, porque es fácil y limpia y que, una vez lo has probado, parece que siempre haya estado allí. Hay que, mientras tanto, vender gas todavía, pero orientar el mercado hacia la nueva tecnología que todo el mundo desea y todo el mundo puede beneficiarse, haciendo ver que trabajas aún en el negocio del alumbrado pero enfocando la estrategia hacia la verdadera finalidad. De ahí la confusión política momentánea, que es una pantalla excelente para este propósito.

Publicación original: Catalunya Plural.

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