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El aplauso cívico a los profesionales de la salud, un deseo de formar comunidad

GABRIEL JARABA

Cada tarde a las ocho, los ciudadanos salen a sus balcones y estallan en aplausos, en señal de reconocimiento y homenaje a los profesionales de la sanidad. Desde que comenzó la pandemia, los sanitarios se han convertido en símbolo de servicio público y abnegación, pero también son un punto de referencia. Y no uno cualquiera, sino una referencia de seguridad a la que aferrarse en un momento de profunda incertidumbre. Esta acción testimonial no es un hecho minoritario o aislado, los operadores de telecomunicaciones constatan que durante los minutos previos y posteriores a las 8 de la tarde el tráfico de datos cae notablemente. La caída del uso de Internet en estos momentos es comparable a la de la hora de las comidas.

La desconexión masiva para aplaudir es un hecho que, tanto cuantitativa como cualitativamente, denota un estado de ánimo característico de la desazón presente pero también, en mi opinión, la exteriorización de otra idea que viene de más atrás: la gente se ha dado cuenta de que tenemos una deuda con el sistema de sanidad público, que es el que mejor representa el estado del bienestar en España. Es decir, la herencia del añorado Ernest Lluch, ministro de Sanidad socialista que universalizó definitivamente la Seguridad Social, antes de que fuera asesinado por un comando terrorista de ETA que sabía lo que se hacía.

Los trabajadores de la sanidad pública a los que aplaude la ciudadanía representan lo que han conseguido las políticas de bien común y sus agentes. Una ganancia a la que, según la magnitud de los aplausos, no estamos dispuestos a renunciar. Los hombres y mujeres de las batas blancas en los que ovaciones son hoy las manos, los pies y la cabeza de Ernest Lluch, que continúan su labor de manera trascendente y haciendo realidad su propósito político.

Cada palmada de cada uno de estos aplausos significa, seamos o no conscientes, un cachete en la cara de los que han ido reduciendo los presupuestos y recursos de la sanidad pública, sean los gobernantes de la comunidad de Madrid o los de Catalunya, empezando por el presidente que inició esta política, Artur Mas, el conseller que la consolidó, Boi Ruiz, o el que remató la jugada, Antoni Comín. Pero en los últimos días hemos visto una aparición fugaz de Boi Ruiz declarando, en una entrevista a Nació Digital que «los gobiernos no se podrán permitir recortes en sanidad tras el coronaviurs». Estas palabras indican que no ha existido arrepentimiento, ni siquiera aflicción, ante sus propios recortes.

Salir al balcón es una manera de decir «aquí estamos»

El aplauso popular significa, por otra parte, algo más que afirmación o toma de parte en esta cuestión. Es algo más importante: la expresión de un deseo de formar comunidad. Esta reacción instantánea no está sólo motivada por un impulso sociopolítico, sino también por la sociabilidad propia del ser humano. Al haber sido confinadas, las personas reaccionan queriendo recuperar el sentimiento del colectivo a través del encuentro interpersonal y la sensación de vida de grupo. Salir al balcón es una manera de decir no sólo «estoy aquí» sino «aquí estamos».

El hecho de que el aplauso a los profesionales de la salud sea colectivo con intención y conciencia de tal es esperanzador. Con él, la reacción inmediata a la inquietud y el miedo causados por la pandemia ha sido colectiva y no un sálvese quien pueda. Este «nosotros» queda sobre la mesa para contradecir los peores augurios que las distopías y ficciones catastróficas nos han ido proveyendo: ni ha habido desórdenes, ni violencia, ni incivismo, ni insolidaridad, ni desesperación. Todo lo contrario. Incluso se puede observar cierta docilidad un poco inquietante, dado que las disposiciones de regulación social -aceptadas con disciplina- constituirán, pasada esta situación, un repositorio de medidas de gobierno de las que muchos se sentirán tentados de tirar en circunstancias muy diferentes.

Homenaje a un puñado de mileuristas

El deseo de formar comunidad que manifiesta este aplauso colectivo, cotidiano y cívico, es el fundamento sobre el que tendremos que reconstruir nuestras sociedades en el nuevo tiempo propiciado por este salto cuántico que tenemos ante las narices y bajo los pies. Es una reacción saludable y una valoración meritoria ante la presencia y acción de unos profesionales que se convierten, involuntariamente, en epítome del valor supremo del trabajo y el servicio. No es poco, pues esto ocurre en un momento en que la cultura del trabajo ha sido borrada del campo de visión de la forma de civilización que hemos vivido.

Este descomunal estremecimiento humano, social, económico y sanitario está contenido y sostenido por un puñado de mileuristas, un nivel de retribución que debería avergonzarnos una vez terminado el aplauso. La ciudadanía lo sabe y su aplauso es debido a la conciencia de esta descomunal injusticia. La combinación de reconocimiento al trabajo, el servicio y la conciencia de la injusticia hacia los que lo realizan, demuestra que vivimos en una sociedad sana, aún no contaminada por el virus verdaderamente letal, que es mental y emocional, que se ha intentado inocular a las personas hace muchísimo más tiempo.

La cultura del trabajo no ha muerto, vive y aplaude cada atardecer desde los balcones de los vecinos. El problema es que los sectores y grupos progresistas han olvidado la manera de hacerla patente y de defenderla. Quizás pronto alguien se dé cuenta de que la derrota de las izquierdas a escala europea y global se hizo patente cuando los creadores comenzaron a imaginar antiutopías, distopías y todo tipo de catástrofes, tanto como escenarios de ficción como proyecciones de futuribles que se arriesgan a convertirse en profecías autocumplidas.

Los pensadores críticos fueron víctimas de un fenomenal juego de trileros: confundieron como crítica transformadora lo que era la enésima manifestación de un pensamiento reaccionario que se desarrolla con la rapidez con la que cambian los tiempos, mientras que el pensamiento progresista, en tanto que reflexivo y cauteloso, camina más despacio.

La mirada progresista hacia el futuro debe ser capaz de concebir un porvenir deseable para intentar hacerlo posible. Es el funesto tenebrismo propio de la cultura europea el que se ha convertido en el mejor aliado del reaccionarismo ultraliberal estadounidense: este ha cegado la utopía democrática pluralista y tolerante que relataba la serie Star Trek (una dramatización del potencial universal de la nueva frontera kennediana y del espíritu libertario ilustrado de la revolución americana).

Ha producido una generación de novelistas reaccionarios amargados por los que el concepto de la vida no sólo es desagradable en términos de futuro sino repulsivo en el presente. Y miles de personas han caído fascinadas por un pesimismo globalizado que ha resultado ser la verdadera ideología del ultraliberalismo, disimulado bajo pretensiones críticas, que no tiene nada más que ofrecer que simple entretenimiento desprovisto de sentido.

Quisiera pensar que el aplauso socializado a los profesionales de la salud y al espíritu general del trabajo es una señal del despertar del sueño distópico. Y que las personas despertaran, con el ruido del palmas, para darse cuenta, en medio de la inquietud presente, de la verdad de una frase de Mark Twain: «Lo peor de mi vida no me ha pasado todavía».

Publicación original: Catalunya Plural.

Publicado también en El Diari de la Sanitat.