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	<title>Mis textos | Gabriel Jaraba Online</title>
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	<description>Todas mis publicaciones y actividades</description>
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		<title>Un icono ortodoxo en el centro de la gran ciudad</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Gabriel Jaraba]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 12 Dec 2022 14:55:17 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Mis textos]]></category>
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					<description><![CDATA[GABRIEL JARABA En un lugar destacado de la plaza de Cataluña, en Barcelona, pide caridad una anciana sentada en el suelo y envuelta en ropas muy sencillas. La señora, como tantas otras, debe de formar parte de uno de esos negocios de mendicidad que organiza a los pedigüeños y los reparte en lugares estratégicos y [&#8230;]]]></description>
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<p>GABRIEL JARABA</p>



<p>En un lugar destacado de la plaza de Cataluña, en Barcelona, pide caridad una anciana sentada en el suelo y envuelta en ropas muy sencillas. La señora, como tantas otras, debe de formar parte de uno de esos negocios de mendicidad que organiza a los pedigüeños y los reparte en lugares estratégicos y luego se queda con la parte del león de lo recaudado para dejar al pordiosero un mínimo para ir viviendo. &lt;/p>\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;>\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;>\n&lt;p>Conocemos la condición de negocio de este tipo de mendicidad, desde Cervantes y Dickens, lo que no impide &#8211;quizás aumente&#8211; el sentimiento de compasión por sus protagonistas. Dejo a cada cual el modo de enzarzarse en el debate de caridad versus justicia; allá cada uno con sus ideas y su conciencia. Pero me sacude un escalofrío al ver de frente un modo tan crudo de ganarse la vida. De repente, me fijo en un detalle que no es en absoluto baladí. Al lado de la señora expuesta a la caridad pública figuraba junto a sus rodillas expuesto también un icono ortodoxo. Lo miro con detenimiento y veo que representa a la Vírgen María, la Madre de Dios o theotokós en griego, un icono bien construido, extremadamente cuidado, de vivos colores y pulquérrimo entre andrajos, en el suelo.&lt;/p>\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;>\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;>\n&lt;p>Los europeos occidentales ignoramos la riquísima tradición de las iglesias ortodoxas y desconocemos la importancia espìritual de los iconos. Los consideramos simples imágenes y, si somos creyentes, pensaremos que son representaciones de los personajes sagrados que muestran. Pero en la ortodoxia se trata de algo más: el icono es lo que representa, se reza ante el icono y se le venera aunque no se le adore.  Según la&lt;a href=\»https://www.lavanguardia.com/magazine/experiencias/20201014/33755/confinamiento-vocacion.html\»>&amp;nbsp;&lt;/a>iglesia ortodoxa, la especial energía de los iconos&amp;nbsp;deriva del hecho de que en la imagen consagrada del santo está presente el santo mismo. Cosa que es, ciertamente, demasiado para la mentalidad occidental que, en materia espiritual, desprecia cuanto ignora. &lt;/p>\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;>\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;>\n&lt;p>Siendo muy probablemente rumana la señora mendicante, y también sus empleadores, se entiende que se propusieran introducir en escena un elemento que conmoviera a los posibles donantes, y echaron mano de su propia iconografía, valga la redundancia. Pero la presencia de un icono ortodoxo en medio de la plaza central de la ciudad, a los pies de una mendiga y junto al bote de las limosnas resulta, para el ojo atento, una interpelación altamente contundente. Antiguamente se pedía \»una limosna, por el amor de Dios\» &#8211;y de ahí viene que llamemos pordioseros a los pobres&#8211; a lo que si uno no podía o quería rascarse el bolsillo, respondía \»otro día será, hermano\», que no era una excusa sino el reconocimiento del pordiosero como igual.  Hoy vivimos en un extraño mundo de fantasmas en el que nada parece ser reconocido corporalmente &#8211;por el cuerpo y como cuerpo; y encima se nos promete una \»metarrealidad\»&#8211; de modo que nadie nos pide \»por el amor de Dios\», qué lástima, y tampoco somos capaces de llamar hermano a un desconocido que nos aborda. Y por eso nos va como nos va.&lt;/p>\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;>\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;>\n&lt;p>No soy ortodoxo y desgraciadamente no participo de esa honda reverencia por el icono. Pero la imagen de la Vírgen arrastrada a la mendicidad y aun así refulgente en su esplendor junto a una persona que se cuenta entre los últimos de los últimos habla por sí misma: lo que hagamos a uno de estos pequeños se lo hacemos a Él. El icono santo caído en la acera es una obra de arte sacro pero su imagen rebasa el marco del cuadro y engloba a la mendiga, la manta, el bote con monedas y el silencio en que la señora vive un triple sojuzgamiento, el de quienes la explotan, el de quienes la ignoran y el de quienes permiten que esto suceda. Así se puede ver que, ciertamente, el icono es lo que representa. Feliz Navidad.</p>
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		<title>Los hombres que comían diccionarios</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Gabriel Jaraba]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 30 Jun 2020 11:46:28 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Mis textos]]></category>
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					<description><![CDATA[Este texto es el prólogo de la obra titulada «Diccionario básico de estrategia digital y posicionamiento de contenidos», coordinado por Ricardo Carniel y Santiago Tejedor y escrito por un grupo de alumnos del&#160; Máster Universitario en Periodismo e Innovación en Contenidos Digitales de la Universidad Autónoma de Barcelona.&#160; Este máster oficial es el grado que [&#8230;]]]></description>
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<p>Este texto es el prólogo de la obra titulada «Diccionario básico de estrategia digital y posicionamiento de contenidos», coordinado por Ricardo Carniel y Santiago Tejedor y escrito por un grupo de alumnos del&nbsp; Máster Universitario en Periodismo e Innovación en Contenidos Digitales de la Universidad Autónoma de Barcelona.&nbsp; Este máster oficial es el grado que conduce al Doctorado en Comunicación que concede la UAB.</p>



<p>En los inicios de &lt;strong&gt;la era de los weblogs&lt;/strong&gt; —es decir, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra— se hicieron muy populares dos blogs titulados respectivamente “El hombre que comía diccionarios” y “Diario de una mujer gorda”. Los autores debieron de pensar, al optar por estos distintivos, en el poder de la &lt;strong&gt;provocación por medio de la palabra,&lt;/strong&gt; un recurso más viejo que el hambre para llamar la atención, pero también un truco que —no me pregunten por qué— sigue funcionando por lo menos desde que &lt;strong&gt;John Lennon,&lt;/strong&gt; cuando saltó con lo de &lt;strong&gt;“los Beatles somos más famosos que Jesucristo”&lt;/strong&gt; escandalizó a medio mundo, o ahora mismo cuando &lt;strong&gt;Greta Thunberg&lt;/strong&gt; acusa a los poderosos del mundo de haberle &lt;strong&gt;“robado la infancia”&lt;/strong&gt;. La provocación de la “mujer gorda”, obra de &lt;strong&gt;Hernán Casciari&lt;/strong&gt;, es comprensible (ahí están los denunciadores de la “gordofobia” para atestiguarlo), pero sorprende más que &lt;strong&gt;Javier Arce&lt;/strong&gt; aludiera a los diccionarios como asunto bizarro e inusual. ¿Qué era lo llamativo: que un hombre desayunara con un diccionario o simplemente que lo &lt;strong&gt;usara?&lt;/strong&gt; Ahí está el detalle, como decía &lt;strong&gt;Cantinflas:&lt;/strong&gt; mencionar la existencia de &lt;strong&gt;un diccionario como elemento de la vida cotidiana&lt;/strong&gt; con el que se cuenta e incluso se usa para algo tan perentorio como alimentarse debía llamar forzosamente la atención del público. El busilis de la cuestión es que si bien es raro que una persona se coma un diccionario es que &lt;strong&gt;poseer un diccionario ya es una cosa poco corriente de por sí.&lt;/strong&gt; Y como decía &lt;strong&gt;Bugs Bunny: “Eso es todo, amigos”. &lt;/strong&gt;Un diccionario ha llegado a ser algo tan raro e inusual que sorprende que alguien lo tenga como animal de compañía. Y así estamos como estamos.&lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;&gt;\n&lt;p&gt; El diccionario ha sido, históricamente, &lt;strong&gt;el epítome de la erudición,&lt;/strong&gt; si no realizada, por lo menos potencial: ahí es nada un libro que contiene (se supone) &lt;strong&gt;todas las palabras&lt;/strong&gt;, pues encierra una promesa irresistible para la persona ávida de saber, que es el &lt;strong&gt;acceso exhaustivo al léxico como camino seguro que conduce al conocimiento.&lt;/strong&gt; Las familias modestas han aspirado siempre a que sus hijos dispusieran de un diccionario o una enciclopedia, en el tiempo en que &lt;strong&gt;una cultura obrera que ya no existe&lt;/strong&gt; sentía un respeto reverencial por la cultura que se resumía en un lema: &lt;strong&gt;“Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices”. &lt;/strong&gt;Lo pronunció &lt;strong&gt;José Anselmo Clavé&lt;/strong&gt;, educador social, líder obrero y músico que dio origen desde Barcelona a un poderosísimo movimiento de canción popular y coral con el que &lt;strong&gt;combatir el analfabetismo y la ignorancia. &lt;/strong&gt;El vendedor de enciclopedias –que son diccionarios ampliados, pero diccionarios al fin– a domicilio fue, durante décadas, &lt;strong&gt;heraldo de una vida mejor&lt;/strong&gt; mediante la instrucción autodidacta en un tiempo en que probablemente &lt;strong&gt;si los trabajadores respetaban el valor de la cultura era porque a su vez los patronos hacían lo propio con el del trabajo. &lt;/strong&gt;La cultura era el libro y el diccionario era el libro grande por antonomasia, que llegó a dar nombre a un famosísimo programa educativo en Televisión Española, \»El libro gordo de Petete\». El diccionario casero &lt;strong&gt;adquirido con esfuerzo ahorrativo&lt;/strong&gt; remataba la tarea alfabetizadora que, a trancas y barrancas y con todas las insuficiencias y defectos que se quiera, iniciaban las novelitas del oeste o policiacas, los tebeos de superhéroes e historietas cómicas e incluso las fotonovelas románticas, todos ellos redactados por &lt;strong&gt;esforzados peones de la máquina de escribir &lt;/strong&gt;que cobraban la faena a destajo igual que los albañiles. &lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;&gt;\n&lt;p&gt;Por esa razón, uno, &lt;strong&gt;autodidacta a la fuerza&lt;/strong&gt; en la adolescencia y la juventud, ha admirado siempre a los redactores de diccionarios y a los lectores que han sido sus usuarios. Ahora, cuando la red pone a nuestra&nbsp;&nbsp; En los inicios de la era de los weblogs —es decir, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra— se hicieron muy populares dos blogs titulados respectivamente “El hombre que comía diccionarios” y “Diario de una mujer gorda”. Los autores debieron de pensar, al optar por estos distintivos, en el poder de la provocación por medio de la palabra, un recurso más viejo que el hambre para llamar la atención, pero también un truco que —no me pregunten por qué— sigue funcionando por lo menos desde que John Lennon, cuando saltó con lo de “los Beatles somos más famosos que Jesucristo” escandalizó a medio mundo, o ahora mismo cuando Greta Thunberg acusa a los poderosos del mundo de haberle “robado la infancia”. La provocación de la “mujer gorda”, obra de Hernán Casciari, es comprensible (ahí están los denunciadores de la “gordofobia” para atestiguarlo), pero sorprende más que Javier Arce aludiera a los diccionarios como asunto bizarro e inusual. ¿Qué era lo llamativo: que un hombre desayunara con un diccionario o simplemente que lo usara? Ahí está el detalle, como decía Cantinflas: mencionar la existencia de un diccionario como elemento de la vida cotidiana con el que se cuenta e incluso se usa para algo tan perentorio como alimentarse debía llamar forzosamente la atención del público. El busilis de la cuestión es que si bien es raro que una persona se coma un diccionario es que poseer un diccionario ya es una cosa poco corriente de por sí. Y como decía Bugs Bunny: “Eso es todo, amigos”. Un diccionario ha llegado a ser algo tan raro e inusual que sorprende que alguien lo tenga como animal de compañía. Y así estamos como estamos. El diccionario ha sido, históricamente, el epítome de la erudición, si no realizada, por lo menos potencial: ahí es nada un libro que contiene (se supone) todas las palabras, pues encierra una promesa irresistible para la persona ávida de saber, que es el acceso exhaustivo al léxico como camino seguro que conduce al conocimiento. Las familias modestas han aspirado siempre a que sus hijos dispusieran de un diccionario o una enciclopedia, en el tiempo en que una cultura obrera que ya no existe sentía un respeto reverencial por la cultura que se resumía en un lema: “Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices”. Lo pronunció José Anselmo Clavé, educador social, líder obrero y músico que dio origen desde Barcelona a un poderosísimo movimiento de canción popular y coral con el que combatir el analfabetismo y la ignorancia. El vendedor de enciclopedias –que son diccionarios ampliados, pero diccionarios al fin– a domicilio fue, durante décadas, heraldo de una vida mejor mediante la instrucción autodidacta en un tiempo en que probablemente si los trabajadores respetaban el valor de la cultura era porque a su vez los patronos hacían lo propio con el del trabajo. La cultura era el libro y el diccionario era el libro grande por antonomasia, que llegó a dar nombre a un famosísimo programa educativo en Televisión Española, El libro gordo de Petete. El diccionario casero adquirido con esfuerzo ahorrativo remataba la tarea alfabetizadora que, a trancas y barrancas y con todas las insuficiencias y defectos que se quiera, iniciaban las novelitas del oeste o policiacas, los tebeos de superhéroes e historietas cómicas e incluso las fotonovelas románticas, todos ellos redactados por esforzados peones de la máquina de escribir que cobraban la faena a destajo igual que los albañiles. Por esa razón, uno, autodidacta a la fuerza en la adolescencia y la juventud, ha admirado siempre a los redactores de diccionarios y a los lectores que han sido sus usuarios. Ahora, cuando la red pone a nuestra&nbsp; &lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;&gt;\n&lt;p&gt; En los inicios de la era de los weblogs —es decir, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra— se hicieron muy populares dos blogs titulados respectivamente “El hombre que comía diccionarios” y “Diario de una mujer gorda”. Los autores debieron de pensar, al optar por estos distintivos, en el poder de la provocación por medio de la palabra, un recurso más viejo que el hambre para llamar la atención, pero también un truco que —no me pregunten por qué— sigue funcionando por lo menos desde que John Lennon, cuando saltó con lo de “los Beatles somos más famosos que Jesucristo” escandalizó a medio mundo, o ahora mismo cuando Greta Thunberg acusa a los poderosos del mundo de haberle “robado la infancia”. La provocación de la “mujer gorda”, obra de Hernán Casciari, es comprensible (ahí están los denunciadores de la “gordofobia” para atestiguarlo), pero sorprende más que Javier Arce aludiera a los diccionarios como asunto bizarro e inusual. ¿Qué era lo llamativo: que un hombre desayunara con un diccionario o simplemente que lo usara? Ahí está el detalle, como decía Cantinflas: mencionar la existencia de un diccionario como elemento de la vida cotidiana con el que se cuenta e incluso se usa para algo tan perentorio como alimentarse debía llamar forzosamente la atención del público. El busilis de la cuestión es que si bien es raro que una persona se coma un diccionario es que poseer un diccionario ya es una cosa poco corriente de por sí. Y como decía Bugs Bunny: “Eso es todo, amigos”. Un diccionario ha llegado a ser algo tan raro e inusual que sorprende que alguien lo tenga como animal de compañía. Y así estamos como estamos. El diccionario ha sido, históricamente, el epítome de la erudición, si no realizada, por lo menos potencial: ahí es nada un libro que contiene (se supone) todas las palabras, pues encierra una promesa irresistible para la persona ávida de saber, que es el acceso exhaustivo al léxico como camino seguro que conduce al conocimiento. Las familias modestas han aspirado siempre a que sus hijos dispusieran de un diccionario o una enciclopedia, en el tiempo en que una cultura obrera que ya no existe sentía un respeto reverencial por la cultura que se resumía en un lema: “Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices”. Lo pronunció José Anselmo Clavé, educador social, líder obrero y músico que dio origen desde Barcelona a un poderosísimo movimiento de canción popular y coral con el que combatir el analfabetismo y la ignorancia. El vendedor de enciclopedias –que son diccionarios ampliados, pero diccionarios al fin– a domicilio fue, durante décadas, heraldo de una vida mejor mediante la instrucción autodidacta en un tiempo en que probablemente si los trabajadores respetaban el valor de la cultura era porque a su vez los patronos hacían lo propio con el del trabajo. La cultura era el libro y el diccionario era el libro grande por antonomasia, que llegó a dar nombre a un famosísimo programa educativo en Televisión Española, El libro gordo de Petete. El diccionario casero adquirido con esfuerzo ahorrativo remataba la tarea alfabetizadora que, a trancas y barrancas y con todas las insuficiencias y defectos que se quiera, iniciaban las novelitas del oeste o policiacas, los tebeos de superhéroes e historietas cómicas e incluso las fotonovelas románticas, todos ellos redactados por esforzados peones de la máquina de escribir que cobraban la faena a destajo igual que los albañiles. Por esa razón, uno, autodidacta a la fuerza en la adolescencia y la juventud, ha admirado siempre a los redactores de diccionarios y a los lectores que han sido sus usuarios. Ahora, cuando la red pone a nuestra&nbsp; &lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;&gt;\n&lt;p&gt; En los inicios de la era de los weblogs —es decir, cuando los dinosaurios dominaban la Tierra— se hicieron muy populares dos blogs titulados respectivamente “El hombre que comía diccionarios” y “Diario de una mujer gorda”. Los autores debieron de pensar, al optar por estos distintivos, en el poder de la provocación por medio de la palabra, un recurso más viejo que el hambre para llamar la atención, pero también un truco que —no me pregunten por qué— sigue funcionando por lo menos desde que John Lennon, cuando saltó con lo de “los Beatles somos más famosos que Jesucristo” escandalizó a medio mundo, o ahora mismo cuando Greta Thunberg acusa a los poderosos del mundo de haberle “robado la infancia”. La provocación de la “mujer gorda”, obra de Hernán Casciari, es comprensible (ahí están los denunciadores de la “gordofobia” para atestiguarlo), pero sorprende más que Javier Arce aludiera a los diccionarios como asunto bizarro e inusual. ¿Qué era lo llamativo: que un hombre desayunara con un diccionario o simplemente que lo usara? Ahí está el detalle, como decía Cantinflas: mencionar la existencia de un diccionario como elemento de la vida cotidiana con el que se cuenta e incluso se usa para algo tan perentorio como alimentarse debía llamar forzosamente la atención del público. El busilis de la cuestión es que si bien es raro que una persona se coma un diccionario es que poseer un diccionario ya es una cosa poco corriente de por sí. Y como decía Bugs Bunny: “Eso es todo, amigos”. Un diccionario ha llegado a ser algo tan raro e inusual que sorprende que alguien lo tenga como animal de compañía. Y así estamos como estamos. El diccionario ha sido, históricamente, el epítome de la erudición, si no realizada, por lo menos potencial: ahí es nada un libro que contiene (se supone) todas las palabras, pues encierra una promesa irresistible para la persona ávida de saber, que es el acceso exhaustivo al léxico como camino seguro que conduce al conocimiento. Las familias modestas han aspirado siempre a que sus hijos dispusieran de un diccionario o una enciclopedia, en el tiempo en que una cultura obrera que ya no existe sentía un respeto reverencial por la cultura que se resumía en un lema: “Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices”. Lo pronunció José Anselmo Clavé, educador social, líder obrero y músico que dio origen desde Barcelona a un poderosísimo movimiento de canción popular y coral con el que combatir el analfabetismo y la ignorancia. El vendedor de enciclopedias –que son diccionarios ampliados, pero diccionarios al fin– a domicilio fue, durante décadas, heraldo de una vida mejor mediante la instrucción autodidacta en un tiempo en que probablemente si los trabajadores respetaban el valor de la cultura era porque a su vez los patronos hacían lo propio con el del trabajo. La cultura era el libro y el diccionario era el libro grande por antonomasia, que llegó a dar nombre a un famosísimo programa educativo en Televisión Española, El libro gordo de Petete. El diccionario casero adquirido con esfuerzo ahorrativo remataba la tarea alfabetizadora que, a trancas y barrancas y con todas las insuficiencias y defectos que se quiera, iniciaban las novelitas del oeste o policiacas, los tebeos de superhéroes e historietas cómicas e incluso las fotonovelas románticas, todos ellos redactados por esforzados peones de la máquina de escribir que cobraban la faena a destajo igual que los albañiles. Por esa razón, uno, autodidacta a la fuerza en la adolescencia y la juventud, ha admirado siempre a los redactores de diccionarios y a los lectores que han sido sus usuarios. Ahora, cuando la red pone a nuestra&nbsp; &lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;&gt;\n&lt;p&gt; disposición muchísima más información de la que podemos asimilar, hay que recordar que el diccionario impreso y encuadernado ofrece una posibilidad instructiva que no proporciona el googleo o la búsqueda a tiro fijo en medio del mar de los sargazos hipertextual. Hojear un diccionario, estructurado en riguroso orden alfabético, nos depara la oportunidad de aprender palabras y conceptos que ignoramos e incluso cuya existencia no sospechamos; la lectura sucesiva y reposada página tras página, propia del autodidacta que se reconoce como tal, nos lleva por caminos no determinados por nosotros mismos; es el libro el que toma el mando y nos va desvelando una sucesión de palabras que, a un ritmo tan inexorable y lento como el del reloj de arena que va matando poco a poco el virus de la ignorancia. El hipertexto nos permite viajar por el hiperespacio textual ordenado en una maraña de enlaces que conduce a nuestra atención por dimensiones de significado a menudo insospechadas. La lentitud del orden alfabético siempre puede ser rota por la magia del azar de abrir el diccionario por una página aleatoria, y eso quizá no pueda competir con la hipernavegación intertextual en cuanto a expansión de posibilidades de saber, pero permite que sea la propia mente la que construya su vía de evolución y no la predeterminación creada por el enlace. Los que veneramos a los diccionarios llevando a cabo cierta extraña forma de culto laico e ilustrado, aunque a todas luces exagerados, tenemos como diosa presidente de nuestro altar de palabras a María Moliner, la genial autora del Diccionario de uso del español, que es el mejor diccionario que existe de nuestro idioma. Ahora, mi admiración hacia los escritores de diccionarios se extiende a los alumnos del Máster Universitario en Periodismo e Innovación en Contenidos Digitales de la Universidad Autónoma de Barcelona que cursan la asignatura de “Estrategia digital y posicionamiento de contenidos periodísticos”, impartida por los profesores Ricardo Carniel, Xavier Ortuño y Santiago Tejedor. Como parte del esfuerzo en llevar adelante esta asignatura han desarrollado la tarea de concebir, redactar y editar el presente diccionario de conceptos de estrategia digital, que resulta imprescindible para desenmarañar la jungla conceptual que ha crecido alrededor de la digitalización social. No se trata de desglosar los neologismos o extranjerismos que produce necesariamente la innovación tecnológica sino de descubrir nuevas realidades sociotécnicas que trascienden lo meramente instrumental para comprender los modos que adopta un cambio social general y radical que va a transformar la sociedad postindustrial de arriba abajo en algo que todavía no sabemos qué puede ser. El trabajo de este grupo de estudiantes es, pues, pionero en un campo muy amplio de conocimiento y, de paso, algo así como “la venganza del Zorro del diccionario alfabético”: la elogiadísima hipertextualidad generalizada necesita ser organizada en una compilación sucesiva para que un asunto por ella referido pueda ser aprehendido en su dimensión completa. Así, la presente obra nos devuelve el placer de los lectores de diccionario consumados: quedarse en casa un sábado lluvioso por la tarde e ir leyendo reposadamente de la A a la Z, o a la letra que el tiempo alcance, y disfrutar de la sensación de aprender paso a paso algo que desconocemos. Que unos estudiantes veinteañeros hayan sido quienes nos devuelvan el mencionado placer inofensivo y nos permitan ampliar nuestros conocimientos sobre las presentes transformaciones digitales es muy de agradecer. Es necesario elogiar a los alumnos y profesores implicados en este desempeño porque han roto en pedazos uno de los tópicos más odiosos referentes a los jóvenes y la cultura digital, que pretende que esta es un mero entretenimiento que aleja a la juventud del conocimiento humanístico y la mantiene encerrada en una burbuja generacional intrascendente. El presente diccionario no es un mero vocabulario técnico —aunque lo incluya— sino una referencia desde ahora ineludible en el amplio campo de las humanidades digitales puesto que la conceptualización que recoge es imprescindible para dar cuenta&nbsp; &lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;&gt;\n&lt;p&gt; del modo en que se va expresando la transformación postindustrial en el campo de la información y la comunicación. La formación en ciberperiodismo requiere, en estos momentos, una atención constante a una realidad cambiante que no cesa de generar nuevos conceptos. Esos conceptos no solamente aluden a nuevas realidades que se dan en el campo de la comunicación mediada sino en el de las dimensiones antropológicas e interpersonales de la comunicación social. La comunicación digital, con el ciberperiodismo en el centro, está abriendo camino a lo que acabará siendo un giro civilizacional que fue previsto por Alvin y Heidi Toffler (la “tercera ola”), prefigurado por Manuel Castells (la “sociedad red”) y culminación final de lo finamente analizado por Edgar Morin (la “sociedad compleja”). Mientras este proceso transcurre de manera inexorable, la necesidad de comprender las múltiples microrrealidades que se van dando en este entorno es ineludible. Y para comprender las cosas es necesario ponerles nombre. Es decir, escribir diccionarios. El tiempo vuela y la comunicación nos devuelve una imagen de la realidad en la que esta parece transformarse a toda velocidad. El lenguaje se ve obligado a acelerarse si quiere alcanzar a lo que el idioma pretende designar, describir y si es posible explicar. Cuando las realidades cambian es cuando aparecen los diccionarios: la eclosión de la modernidad en los inicios de la sociedad industrial dio origen a la aparición de la enciclopedia de Diderot y D’Alembert, y el enciclopedismo fue una de las expresiones más genuinas de la ilustración. Uno se pregunta si es la realidad la que de pronto se acelera o si más bien es la mirada cognoscitiva la que se da cuenta de que se había quedado atrás, fijada en apariencias que resultaron obsoletas. Para acceder a la comprensión de cualquier realidad hay que partir de que el mapa no es el territorio y el signo no es idéntico a aquello a lo que alude o revela. De ahí que la producción de conocimiento requiera una actualización constante de la cartografía de la realidad para no perderse por los caminos de la cognición por la vía del malentendido en la creación de significado. A medida que nos vayamos adentrando en la nueva sociedad compleja formateada en torno a la comunicación será cada vez más necesario centrarse en lo que es verdaderamente esencial en la condición humana. Se habla ya de “transhumanismo” como nueva etapa evolutiva a alcanzar mediante una supuesta superación de las determinaciones biopsíquicas, pero ese afán de deshacerse de lo enojosamente material no es más que una versión, ambiciosa, eso sí, del “solucionismo tecnológico” que tan bien ha caracterizado Byung Chul Han, que consiste en buscar soluciones fáciles y técnicas de urgencia a problemas complejos planteados por la naturaleza de la condición humana en su integridad. No es la aplicación extrema de la tecnología lo que necesita una comprensión adecuada del actual momento de transformación social sino el entendimiento inexcusable de lo esencial de la condición humana. “Los seres humanos no son humanos porque hablen ni porque sean capaces de mentir usando las semióticas”, afirma el catedrático de Comunicación de la UAB, José Manuel Pérez Tornero en su blog: “Lo son porque son capaces de producir sentido de un modo muy sutil y eficaz. Lo son porque pueden explicar el mundo y porque pueden entenderlo y entenderse con sus congéneres. Y esto lo hacen a partir de que disponen de un sistema de general de producción de sentido”. Es en ese sistema general de producción de sentido en el que debemos situar los avatares de la cultura digital y de la digitalización general de la civilización en el actual momento de transformación. Observar si acciones y fenómenos contribuyen a explicar y entender el mundo y si su funcionamiento permite que quienes compartimos la condición humana podamos seguir entendiéndonos entre nosotros para ir construyendo una sociedad digna de seguir llamándose humana. Nuestra tarea no es producir tecnología sino producir sentido; no es disponer de artilugios capaces de llevar a cabo unas u otras realizaciones comunicacionales&nbsp; &lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;&gt;\n&lt;p&gt; o productivas sino estructuras sociotécnicas que permitan superar y vencer los graves problemas que la humanidad tiene planteados en campos tan decisivos como la transformación del trabajo, la educación y la sociabilidad, y por supuesto la sostenibilidad del planeta en lo que Margaret Atwood llama no ya “cambio climático” sino, de manera más contundente y precisa, “extinción”. Que una hipertecnificación digitalizada de lo social y lo relacional no contribuya a enmascarar una extinción que no sólo acabe con la biosfera tal como la conocemos sino, sobre todo y, para empezar, con lo característicamente humano, que es la conciencia de la realidad y de sí mismos y la relacionalidad humana en el seno de la creación y distribución de sentido compartido (¿Se han fijado ustedes en el interés que últimamente despiertan las películas y series de zombies?). El humilde usuario de diccionarios que escribe este texto confía en que la esforzada labor del conjunto de autores de esta obra sea una contribución valiosa de producción de sentido en el campo de la cultura digital, como parte de una tarea informativa y periodística que no por desarrollarse en términos de formación resulta menos importante sino precisamente más por esa circunstancia. Uno agradece al equipo estudiantil que le devuelva el placer de la lectura pausada partiendo de la “A” para llegar, si cabe, a la “Z” y en el recorrido clarificar y descubrir la conceptualización de una parte de la cultura digital en la que vivimos querámoslo o no. Conocer y leer el presente diccionario de estrategia digital es recuperar el gusto por leer diccionarios, aceptarlos como animales de compañía y tenerlos en la mesilla de noche como aquel libro gordo de Petete que alegró e ilustró la infancia de una generación de telespectadores de cuando en España había sólo dos canales. Un servidor, persona mayor, no llegó a usar aquel diccionario infantil, pero pudo comprobar una vez que el nombre de Petete había influido en la cultura de un país entero. Paseando por la ciudad de San Sebastián un día de sus fiestas mayores, este que escribe se topó con una fanfarria que avanzaba por la calle al compás de un pasodoble, pero con un ritmo algo más pausado, dirigida por la batuta de un caballero tocado con txapela y kaiku que se situaba al frente del desfile. El director de la banda caminaba con paso decidido, aunque un tanto inestable. Su batuta marcaba el compás, pero su nariz y mejillas mostraban un enrojecimiento revelador de un estado alegre resultado de un intensivo recorrido de bares de chatos y pinchos. La fanfarria le seguía como un solo hombre y llegaba a adoptar el particular paso de su director, a modo de balanceo pausado producido por ese puntito de euforia que produce el vino compartido en una ciudad en fiestas. Y los conciudadanos que presenciaban divertidos el desfile musical jaleaban al líder de la banda mientras él les devolvía la mejor de sus sonrisas en versión esta vez de alegre y festivo sonrojo. Uno que le conocía le saludó, tan alegre como él: “¡Aúpa, Petete!”. Petete. El espontáneo director de la fanfarria que desfilaba titubeante pero decidido por las calles de la ciudad en fiestas tenía como apodo el nombre del personaje de dibujos animados que se había hecho famoso con un diccionario infantil. Fue aquello la epifanía de lo creativo que es capaz de ser el genio popular y de cómo el amor por los diccionarios puede llegar hasta el último rincón de la vida social, aunque sea pasando por kilómetros de bares de tapeo en sentido etílico ascendente. ¡Petete! Entonces lo vi claro: la cultura está salvada; no nos comemos los diccionarios, pero ha habido por lo menos uno que se los ha bebido. &lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;\n\n&lt;!&#8211; wp:paragraph &#8211;&gt;\n&lt;p&gt;&lt;a href=\»http://www.gabinetecomunicacionyeducacion.com/sites/default/files/field/publicacion-adjuntos/diccionario_basico_estrategia_digital_posicionamiento_contenidos_uab_2019_def.pdf\»&gt;7777777777777777777777777&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;\n&lt;!&#8211; /wp:paragraph &#8211;&gt;&#8217;, &#8216;Los hombres que comían diccionarios&#8217;, », &#8216;inherit&#8217;, &#8216;closed&#8217;, &#8216;closed&#8217;, »,</p>
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		<title>Esto no es una crisis, es otra cosa</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Gabriel Jaraba]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 22 Oct 2013 08:00:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Mis textos]]></category>
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					<description><![CDATA[Mi tesis es la siguiente: lo que llamamos crisis no es tal. Se trata de una contrarrevolución, en el pleno sentido de este concepto y con todo lo que ello implica. ]]></description>
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<p>(Este texto fue leído en una reunión masónica celebrada en marzo de 2012, en el marco de las actividades del Soberano Capítulo Rosa+Cruz Salud, Fuerza y Unión nº 1, de Barcelona). Cuando somos iniciados al grado 18 del R:.E:.A:.A:. se nos introduce en un entorno simbólico en el que se nos alude como caballeros, tanto a hombres como mujeres. Príncipes Rosa+Cruz y Caballeros del Águila y el Pelícano: toda una divisa que se refiere no a otra cosa que a la asunción de la actitud moral y espiritual propia de la caballería. Muchos delirios han discurrido en torno a la propuesta de una vida caballeresca, y ahí está el viejo amigo Miguel de Cervantes para recordárnoslo. Pero no menos cierto es que la caballería ha sido el sustento tradicional de una propuesta que se renueva incesantemente &nbsp;en los corazones de las personas persuadidas por la justicia, y sea cual sea la forma que adopte este impulso lo hace atendiendo a un fuego del corazón que no está limitado por el tiempo ni el espacio. Ese fuego es lo que hace que el mundo subsista: Igne Natura Renovatur Integra.\r\n\r\nSabido es que las iniciaciones masónicas no tienen un carácter sacramental sino simbólico. No imprimen, pues, carácter sino que propician una perspectiva, una reflexión y un compromiso. Esta triple tarea se lleva a cabo de manera personal y grupal a la vez. Ello implica, pues, una toma de posición ética, lo que quiere decir que lo que se compromete aquí es nuestro comportamiento.\r\n\r\nLa naturaleza de este compromiso se define en el momento de la iniciación.&nbsp; Se dice, entre otras cosas: “Que el débil y el oprimido encuentren un defensor en ti. Que la patria sea salvada por ti de la tiranía. Que tu inteligencia pueda penetrar en las leyes del mundo. Que la justicia pueda exaltar a tu alma. Sé libre”. Estas son, pues, nuestras tareas: luchar por la justicia para la liberación de los oprimidos, de&nbsp; manera tanto individual como colectiva.\r\n\r\nSiendo así las cosas, este palustre que hoy someto a vuestra consideración pretende plantear el sentido de nuestro compromiso en la presente situación social, económica y política.\r\n\r\nMi tesis es la siguiente: lo que llamamos crisis no es tal. Se trata de una contrarrevolución, en el pleno sentido de este concepto y con todo lo que ello implica. Es decir, la lucha contra un cambio profundo que se ha producido en la sociedad, lucha emprendida por&nbsp; quienes se consideran perjudicados por él en sus intereses, con la determinación de revertir las transformaciones que señalan la nueva era emprendida.\r\n\r\nEsta contrarrevolución que vivimos es la fase actual de un proceso iniciado, por lo menos, hace 40 años. El objetivo de este proceso es la vuelta atrás de los derechos políticos, sociales y civiles instaurados en Europa occidental después de 1945. Es decir, la ruptura del pacto que estuvo en la salida de la Segunda Guerra Mundial y que dio paso a lo que llamamos estado del bienestar, o economía social de mercado. Un acuerdo entre las distintas corrientes que confluyeron en el impulso de la Europa unida, principalmente socialdemócratas y socialcristianos, en el que se puso de relieve que lo esencial de la democracia liberal desde sus orígenes no es, como algunos piensan, el mercado sino el pacto.\r\n\r\nLo que ahora llamamos crisis es un momento crítico puntual en el que se produce una inflexión en las relaciones entre capital financiero, capital industrial y poderes públicos. El primero ha llevado hasta cierto límite su ofensiva, hasta el punto de conseguir que los poderes públicos reparen sus estropicios, como por ejemplo en la crisis de las subprimes, y que redefinan las reglas del juego respecto a los pactos entre las fuerzas que confluyen en el mercado. Y el capital financiero lo ha hecho tratando de suplantar al mercado, tanto adjudicándose su nombre como su función. Con ello ha sometido al capital industrial, obligándole a aliarse con él en la conveniencia de desregular el mercado y privatizar el estado.\r\n\r\nLa crisis, pues, no es tal. Ni siquiera nos encontramos en un modelo socioeconómico agotado en el que hay que replantearse las prestaciones públicas porque son insostenibles. Lo que ha pasado es que el enemigo por fin ha dado la cara. La involución ideológica que ahora triunfa hace 40 años que se prepara en multitud de laboratorios neoconservadores esperando el momento oportuno para hacer la guerra. El auténtico campo de batalla es la mismísima constitución moral de nuestra civilización y nuestra cultura.\r\n\r\nAsí pues, este momento se caracteriza por una disputa por la hegemonía entre el capital financiero y el capital industrial. El sistema capitalista postindustrial busca consolidar un modo de generar provecho que pone el acento en la ingeniería financiera y no en la producción de bienes. Pero el capital industrial se apunta con fruición a la desregulación de los derechos civiles, tanto porque el capital financiero se ha apropiado de hecho del tablero de juego y ahora quiere cambiar las reglas, como porque la ocasión la pintan calva, con lo que culmina la política del saqueo a los trabajadores. El resultado es un capitalismo más desregulado, una ideología hegemónica que propone cuidar&nbsp; a los que más tienen porque son los que crean empleo, una aceptación de la desigualdad social que perpetúa las diferencias y la injusticia, y un debilitamiento de la educación, la sanidad y los medios de comunicación. Esas no son características de una simple crisis cíclica del capitalismo, sino los trazos maestros de una contrarrevolución antidemocrática.\r\n\r\nHay que preguntarse ahora si la actual etapa de esta contrarrevolución es un estadio específico de una cultura de la negación del conflicto social y de despolitización masiva de la sociedad o bien se trata de una derrota en toda la regla de las fuerzas de progreso. Cuando hablo de fuerzas de progreso no me refiero sólo a las izquierdas plurales sino al centroderecha demócrataliberal que cree en la cultura del trabajo y en la salvaguarda de las libertades individuales y colectivas. Ante una y otra fuerza, el saqueo de los derechos sociales básicos sigue adelante ante la desaparición de hecho de cualquier oposición significativa.\r\n\r\nProbablemente esa derrota se ha producido hace ya tiempo. La izquierda logró consolidar un estado del bienestar y unas políticas públicas de educación y cultura que han extendido a amplias capas de la población el conocimiento y los instrumentos de participación. Pero esa misma izquierda ha sido la que ha apartado a los intelectuales y ciudadanos críticos que reclamaban estructuras transparentes y participativas, acciones adecuadas a los nuevos tiempos y&nbsp; un concepto de la política democrática que difícilmente podía encajonarse en unas organizaciones pensadas para otro tipo de conflicto social. Sobre todo, de una práctica política empapada de tacticismo cortoplacista, de cierre de las cúpulas políticas sobre si mismas, de pasteleo institucional y de apelación a los ciudadanos en clave paternalista. Considérese la derrota del gobierno tripartito de izquierdas en Cataluña y se hallará todo un paradigma de este tipo de comportamiento, de práctica gubernamental y de consideración de las relaciones política sociedad que extiende la derrota más allá de las mismas fuerzas políticas que no sólo la obtienen sino que la propician. Cataluña es, desde hace un año, la punta de lanza del avance de la contrarrevolución antidemocrática, la desregulación y la privatización del patrimonio público a niveles que el propio gobierno derechista de Madrid se ve incapaz, de momento, de aplicar en otras regiones y nacionalidades.\r\n\r\nHoy día, la izquierda está huérfana de pensamiento. La violencia simbólica que desde los poderes se ejerce sobre la ciudadanía viene practicada bajo un discurso atemorizador, que allana el camino a cambios que en otras circunstancias habrían sido inaceptables. El control del lenguaje es decisivo para la hegemonía, y la austeridad es el instrumento ideológico de esta operación. Tal ataque ideológico se ejerce en un yermo, en el que las ideas progresistas han dimitido y se refugian en una legitimidad moral que se ostenta pero que difícilmente se merece en la práctica. La izquierda ha creído durante mucho tiempo que su problema era adaptarse a los nuevos tiempos y sin embargo no ha sido capaz de interpretar el alcance de esta contrarrevolución en marcha.\r\n\r\nLa izquierda socialdemócrata creyó, después de 1945, que el bloque comunista de los países del Este y la izquierda surgida de la revolución de Octubre no conseguirían disputarle el liderazgo de las masas populares en las sociedades abiertas. Creyó que su tarea consistía en gestionar, dentro de estas sociedades, los logros conseguidos&nbsp; en cuanto a derechos y servicios públicos. Los progresistas creyeron que bastaba con la normativización para mantener el orden justo de las cosas y propiciar el progreso. La formación ética desde la base y la regulación política y legal en el marco social bastarían para avanzar. Este pragmatismo ha sido derrotado completamente.\r\n\r\nPorque las izquierdas plurales y los demócratas progresistas no fueron capaces de advertir el punto de partida de la revolución conservadora, con Thatcher, Reagan y los economistas de la escuela de Chicago a la cabeza. El objetivo de estos no era, o no era solamente, la derrota del bloque oponente en la guerra fría primero y en el equilibrio del terror después. Fue el mismísimo Karol Wojtyla quien se dio cuenta de que el bloque comunista era un bluff hueco y obsoleto. Y así pudimos observar que este bloque no fue derrotado, sino que se hundió solo, al no resistir la más tímida reforma. No, el objetivo no eran las dictaduras comunistas sino el espacio europeo donde el capitalismo se mostraba regulado por el interés público. El bloque occidental vio con toda claridad que para expansionar el modelo neoliberal debía efectuar un sobrepasamiento del capitalismo regulado e imponer una nueva relación de fuerzas y un nuevo tipo de conflicto social. En el Este había dos modelos posibles; uno, el de un capitalismo emergente gestionado por quienes se apropiaban de la riqueza estatalizada, fueran nuevos magnates o viejos servidores del estado dictatorial reconvertidos en neoliberales a ultranza; otro, el de un neocapitalismo autoritario que generase riqueza manteniendo bajo control tanto a los capitalistas emergentes, fuertemente vinculados a las estructuras estatales dictatoriales. El primero no era enemigo; el segundo, un competidor con el que entenderse si se hacía abstracción de los derechos humanos y las libertades democráticas. Ahí continuó Henry Kissinger su vieja política por nuevos caminos, convertido ahora en admirador y defensor del régimen chino.\r\n\r\nEra el espacio socialdemócrata europeo el que resultaba un estorbo para la nueva etapa del capitalismo neoliberal, y los socialdemócratas no supieron verlo; mucho menos los comunistas y las izquierdas plurales. Eran ellos quienes estaban en el punto de mira de un nuevo e ingente poder, mientras ellos se consideraban a salvo en su concepción de la política y la sociedad propia de los años 60 y 70. Éramos los europeos progresistas en conjunto el enemigo a batir, y ahora estamos experimentando los efectos de aquél objetivo y de esta ceguera. La socialdemocracia, ni recientemente en España ni anteriormente en Europa, fue capaz de prever esta crisis, ni su naturaleza ni su alcance, porque ya estaba derrotada ideológica, política , organizativa y estratégicamente. Igual que la izquierda alternativa, ésta presa de una ideologización que primero creyó en el antiamericanismo como panacea, luego imaginó del decrecimiento pseudoecologista como estrategia de adaptación y finalmente duda entre la sectarización o la connivencia con los nuevos centros multipolares del tercer mundo antidemocrático. Las izquierdas han venido pensando, y piensan todavía, el devenir político europeo en forma de ciclos sucesivos, concepción estratégica que profundiza aún más su derrota, cuando no nos hallamos en un juego entre un ciclo conservador y un ciclo progresista sino en un giro radical en la estrategia de dominación del capitalismo neoliberal postindustrial, orientada a redefinir desde la base las relaciones económicas, sociales y cívicas.\r\n\r\nLa derrota de los progresistas es un hecho porque las clases populares han perdido capacidad de intimidación. Ha sido la propia izquierda quien les ha desposeído de ella. La izquierda en el gobierno ha considerado su tarea como la gestión de lo público, una administración de las cosas que considera las personas como sujeto de cierto paternalismo ilustrado. Los ciudadanos han perdido poder político al ser considerados como meros usuarios de servicios sociales. La cultura de izquierdas ha roto el propio discurso de liberación popular, sustituyéndolo por discursos fragmentados referentes a reivindicaciones sectoriales, como los derechos de las minorías, o encuadrados en el multiculturalismo que, en teoría al menos y muy ingenuamente, debía debilitar las viejas culturas conservadoras fruto del surgimiento de los estados nacionales. El regreso del nacionalismo en sus múltiples versiones o la consolidación de una marginalidad de minorías raciales y religiosas en los suburbios de Europa son la muestra de la inanidad de tales pretensiones. Pero el ciudadano político ya ha sido desprovisto de su poder como protagonista decisivo.\r\n\r\nLas clases populares han perdido capacidad de intimidación y por tanto las élites económicas no creen necesario hacer concesiones. Es más, ven la gran oportunidad de revertir las conquistas sociales y de reconstruir un capitalismo más barato que resulta, por ende, más depredador. Ahí coinciden tanto el capitalismo financiero y el capitalismo industrial, y son las fuerzas que sostienen el actual gobierno derechista catalán una nueva prueba de ello. En esas, no hay una cultura alternativa al ciudadano como consumidor, competidor o contribuyente, mientras que el debilitamiento de la democracia quita toda tentación de lucha a los sectores más conscientes.\r\n\r\nEl politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca, colaborador de la socialista Fundación Alternativas, lo explica con más claridad:\r\n\r\n“Los partidos socialdemócratas, en las dos últimas décadas, han tendido a adoptar una posición puramen­te defensiva, buscando garantizar el Estado de bienestar frente a un clima económico, el de la globalización financiera, que no les resultaba propicio. No solo no se han atrevido a desafiar la ortodoxia imperante sobre los beneficios de dicha globalización, sino que han partici­pado activamente en las reformas institucionales que la han hecho posible. Los socialdemócratas no se han resistido a la proliferación de poderes regulativos con­tramayoritarios ni a una integración supranacional que favorece intereses que son contrarios a los de la izquier­da. La estructura de poder que tenemos hoy en día en Europa, con un banco central independiente, agencias reguladoras, reglas fiscales y acuerdos intergubernamen­tales, apenas deja margen para que los poderes repre­sentativos puedan modificar el statu quo”.\r\n\r\nTampoco las pretendidas contraculturas ofrecen, de momento, alternativa alguna. El surgimiento del movimiento de los indignados aún nos ha de mostrar su verdadero rostro. Este movimiento cantó en coro mientras el último gobierno socialdemócrata se hundía, pero no se le ha vuelto a ver el pelo mientras el gobierno derechista sucesivo se alza rampante. Las recientes protestas estudiantiles son muchísimo mas escuálidas que las que hubo un par de cursos atrás. Y la renuencia de este movimiento a aliarse con el movimiento sindical y obrero induce a calibrar muy cautelosamente si podrá ofrecer elementos de participación y transparencia a las dinámicas democráticas realmente existentes o si se fragmentará, a su vez, entre posibilistas, sectarios y desesperados. Los espejismos tercermundistas y bakuninistas son demasiado atractivos para esta cultura, que confunde el conflicto de clases con el enfrentamiento entre cultura de “ricos” y cultura de “pobres”; es el resultado del miserabilismo que se ha impuesto como contracultura juvenil. Este miserabilismo aparece como fruto de la subcultura ecologista y de la admiración por los restos de los movimientos libertarios, pero a medida que avanzamos recuerda inquietantemente a cierta característica cultural del movimiento obrero decimonónico cuyo retorno no se compadece con la sociedad abierta a la que deberíamos aspirar.\r\n\r\nHe expuesto aquí las razones y expresiones de la derrota. No soy capaz de intuir cuestiones que pertenecen al futuro inmediato de esta situación. Lo que es seguro es que el conflicto aumentará; de lo que no estoy seguro es de que se desvanezca el miedo a la protesta que en estos momentos se puede percibir. Lo que es cierto es que estamos al final del viejo paradigma de consenso entre capital y trabajo que surgió después de la Segunda Guerra Mundial y que, en el caso de España, contribuyó a consolidar la democracia. Y no es menos cierto que se ve, en los modos y acciones de los gobiernos derechistas de Madrid y Barcelona el intento de dar paso a cierto nuevo tipo de democracia autoritaria. El proyecto de renacionalización del Partido Popular se percibe de trasfondo, en tanto que herramienta de distracción y halago de amplias capas populares que se sienten incómodas en el pluralismo lingüístico y popular, y se acogen a la ideología rampante de esta nueva Europa que es el nacionalismo. En otras claves sucede lo mismo en Cataluña, donde se halaga el impulso irredentista y el agravio razonable y justo a manos del uniformismo, no sólo como cortina de humo sino como discurso vertebrador de una hegemonía derechista que se presenta como patriótica.\r\n\r\nPara revertir esta derrota no basta un cambio de ciclo político, ni siquiera a nivel europeo, ni bastan las formas de organización y movilización practicadas hasta ahora. Es necesaria una verdadera revolución cultural en el campo democrático, social y liberal, que deje de mirar a momentos históricos anteriores, por gloriosos que fueran, y adopte una posición verdaderamente radical, es decir, que se remita a las raíces de la democracia y de los problemas que para su realización se derivan de las contradicciones entre capital, trabajo y planeta. Ni siquiera bastan las nuevas formas contraculturales de disconformidad política, insuficiencia que han destacado el propio autor del manifiesto indignado y el clarividente estudioso de la sociedad compleja, Edgar Morin. A partir de una relectura progresista de Adam Smith y de Alexis de Tocqueville, los demócratas debemos estudiar, analizar y actuar desprovistos de prejuicios y remitiéndonos tanto a la raíz como al objetivo: la realización de la persona libre en la sociedad libre.&nbsp; El miedo inoculado es el obstáculo principal, y la recuperación de capacidad de movilización e intimidación, el primer instrumento a recobrar.\r\n\r\nPorque el conflicto aumentará y lo que estará en peligro no será únicamente la calidad de la vida sino la de la democracia. De momento, es el movimiento sindical el que se sitúa en la primera fila de la movilización. Habrá que ver si la persistencia del conflicto le suministra aliados o, en cambio, aleja de él la inquietud de una ciudadanía a la que se le inocula el miedo día tras día.&nbsp; El papel que los ciudadanos más disconformes podamos jugar estará en función de la capacidad colectiva de redefinir un pensamiento crítico que desemboque en formas de acción sociopolítica adaptadas a unos nuevos tiempos que tienen una enorme vocación de ser viejos, muy viejos.\r\n\r\nIlustración: portada de la revista Time dedicada a Milton Friedman, economista de la escuela de Chicago inspirador de las políticas de contraataque contra el capitalismo democrático.</p>
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		<title>La autoayuda y esa furia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Gabriel Jaraba]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 21 Oct 2013 08:01:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Mis textos]]></category>
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					<description><![CDATA[El espíritu que inspira la autoayuda no es el del capitalismo neoliberal que desea hacer del ciudadano un individuo inerme ante las fuerzas económicas sin gobierno colectivo, sino el de la tensión romántica que llevó a Lord Byron a ser el primer brigadista internacional, por la independencia de Grecia, y a Mary Wollstonecraft Shelley a filosofar sobre las raíces de la vida y la condición humana en Frankenstein.]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Por Gabriel Jaraba </p>



<p>(Artículo publicado en el blog de <em>La Liebre de Marzo</em>).</p>



<p>Basta con mencionar la frase “libros de autoayuda” en algún ambiente ilustrado para que se desencadenen dos reacciones: desprecio o irritación. La primera es comprensible, pues existe la paradoja de que muchísima gente leída es reticente a aceptar las novedades que no se ajustan a unos parámetros construidos y adoptados larga y trabajosamente. La segunda me resulta muy curiosa; ¿de dónde surge esa irritación sorda, a veces verdadera furia, que se da ante propuestas que, en puridad, abogan por la mejora de las condiciones de vida de las personas y animan a tomar el destino de cada cual en las propias manos, tratan de combatir el pesimismo y la rendición ante la adversidad? ¿A qué viene esa irritación de los progresistas ilustrados ante las propuestas de fondo que subyacen en los libros de autoayuda? ¿No habíamos quedado en que la modernidad consistía, precisamente, en que los ciudadanos tomasen las riendas de sus vidas y de que no existiesen mediaciones que interfiriesen en la voluntad libremente asumida? Uno había llegado a creer que el mismo hecho de leer llevaba implícita una actitud de “autoayudarse”, es decir, de prescindir de cualquier mediación autoritaria ajena al libre ejercicio de la autorreflexión a partir de lo leído y la consiguiente toma de decisiones de modo estrictamente personal. Se vé que no, y de ahí mi perplejidad. Salta a la vista que hay un desencuentro cultural entre la cultura crítica de matriz europea y el pragmatismo anglosajón que subyace en la (mal) llamada literatura de autoayuda. Aunque algunos creen a ésta hija de la new age, lo es en realidad del new thought, corriente filosófica del siglo XIX que primero se llamó ciencia de la mente, y que propugna una experiencia directa del Creador sin necesidad de intermediarios. El new thought o nuevo pensamiento, próximo a algunas corrientes del revivalismo evangélico americano, pone gran énfasis en que es el pensamiento lo que da origen a la experiencia, y de ahí su acento en la meditación, así como en una actitud positiva y en el uso de las afirmaciones. Pero es mucho más profundo que todo eso: leyendo a una de sus figuras más señeras, Neville Goddard, uno se topa de bruces con un gigante espiritual que si alguien tiene reparos en equiparar a Ramana Maharishi o a Jiddu Krishnamurti será por la reticencia a admitir que occidente también produce mentes iluminadas; en él hallamos la inconfundible huella de la no dualidad, o advaita vedanta, bajo un atractivo barniz cultural cristiano reformado y librepensador a la vez. Tal desencuentro, sin embargo, surge de unas raíces más profundas que el enorme desconocimiento que la mirada popular europea tiene de Norteamérica (ese país de ignorantes paletos que dedica a sus universidades una cantidad de dinero equivalente a la totalidad del producto interior bruto de la Unión Europea). Los Estados Unidos nacieron como un acto de huida de la Europa que impedía la libertad de culto y ahogaba la expresión del individuo. Cuando unos y otra hicieron sus revoluciones democráticas, la primera consagraba el individualismo creador y la segunda, en Francia, hacía lo propio con un estado centralista con vocación de inmiscuirse en las vidas de sus ciudadanos. En lo sucesivo, se acusaría a la cultura norteamericana de colonizar a las de los demás países, pero lo cierto es que las culturas ilustradas occidentales no anglosajonas han sido colonizadas por el espíritu del estatismo e institucionalismo francés, cuando de Estados Unidos no han hecho otra cosa que adoptar formas superficiales de cultura pop que han dejado intacta la raíz del pensamiento ilustrado europeo: la sujeción a la norma y a su encarnación mediante una institución, sea ésta oficial o consuetudinaria (para ver cómo se escribe una palabra, nosotros consultamos un diccionario producido por una academia institucional, ellos echan mano de uno creado por un editor privado; allí no existe normativa institucional sino consenso de uso). Véase el sumo gusto que tiene el libertario Arturo Pérez Reverte de formar parte de la Real Academia. A los progresistas europeos que reniegan del individualismo pragmático americano les repatea el hígado tal acusación, pero, y ustedes perdonen, la realidad es que América ha producido a Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau y Europa… a Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir (¿cuánto ha durado en el candelero el testimonio ejemplar y luminoso de Vaclav Havel?). Claro que si tenemos en cuenta de que la siniestra pareja son considerados el súmmum de lo libertario, no hay más que hablar. Mientras la new left surgida en los campus de Berkeley promovía a Jerry Rubin y Allen Ginsberg, en la Rive Gauche triunfaba La cause du peuple, un periódico que reflejaba las bases ideológicas del experimento genocida que fue la revolución cultural china. Las gentes de izquierdas de cierta edad, en nuestro continente, no tienen reparos en sentirse hijas de quien expresó la náusea de vivir y dictaminó que “el infierno son los otros”. ¿Y eso qué tiene que ver con la autoayuda, oiga, dirán ustedes? Pues todo, la verdad. Lo que ahora llamamos autoayuda es una versión para todos los públicos del pragmatismo anglosajón pasado por el optimismo hippie. Estados Unidos huyó de Europa porque sabía cómo se las gasta la civilización del viejo continente (véase la purga de caballo que el consorcio francoalemán aplica a la crisis económica y los ilustradísimos miramientos con que impone su diktat). Su optimismo emprendedor no es un rasgo exclusivo de su capitalismo, sino que es compartido por toda su estratificación social: ahí están las canciones arrolladoramente alegres de Pete Seeger, que no son tonadillas ingenuas sino himnos de batalla cívica y sindical. Seeger, por cierto, forma parte de la única iglesia del mundo que admite ateos, la Unitarian Universalist Association. Y Europa se da de menos de ese optimismo porque a su vez no le perdona la combinación de éxito científico-técnico con soft power pop. El desprecio a la autoayuda es, pues, un nuevo rechazo del soft power en su última forma cultural. Ahora ya no se puede renegar del rock, de los pantalones tejanos, ni siquiera de la televisión popular. La última frontera la marca pues la autoayuda, ante la cual el intelectualismo racionalista aún puede sacar pecho. Pero, ¿y esa furia, esa irritación profunda que sobreviene una vez se ha manifestado el desprecio del vil género literario de la autoayuda? ¿De dónde proviene la amargura que le subyace? De la misma fuente de la que brota el rasgo distintivo de la intelectualidad crítica europea: un tenebrismo pesimista que ha suplantado al optimismo creativo de la revolución democrática y al deseo de la experiencia vital propio del romanticismo (título del último libro del gran Tony Judt: “Todo va mal”). El espíritu que inspira la autoayuda no es el del capitalismo neoliberal que desea hacer del ciudadano un individuo inerme ante las fuerzas económicas sin gobierno colectivo, sino el de la tensión romántica que llevó a Lord Byron a ser el primer brigadista internacional, por la independencia de Grecia, y a Mary Wollstonecraft Shelley a filosofar sobre las raíces de la vida y la condición humana en Frankenstein. Desconectados de las raíces que nos vinculan al gozo de la vida y al sabor de la libertad, lo que queda son las circunvalaciones conceptuales de un pensamiento que se quiso crítico y que ha devenido tristemente cínico. Escúchense las críticas de la derecha cavernaria al movimiento de los indignados y percibirán, con otros motivos y en tono distinto, la misma amargura e idéntico desprecio. La furia de la frustración ante la simple mostración de que la gente quiere ser libre. Blog sobre Neville Goddard en español: http://nevilleenespanol.blogspot.com/ Neville Goddard en la Wikipedia, en inglés: http://en.wikipedia.org/wiki/Neville_Goddard Libros de Neville Goddard digitalizados: http://www.archive.org/search.php?query=neville%20goddard\»&gt;La Liebre de Marzo&lt;/a&gt;).</p>
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