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	<title>Humanidad una | Gabriel Jaraba Online</title>
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	<description>Todas mis publicaciones y actividades</description>
	<lastBuildDate>Tue, 24 Oct 2023 14:05:17 +0000</lastBuildDate>
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		<title>Aprendía a coser cuando la mataron</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Gabriel Jaraba]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 24 Oct 2023 14:04:19 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Humanidad una]]></category>
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					<description><![CDATA[Najat el Hachmi: Me llegan las sangrientas palabras de Josu Ternera cuando estoy concentrada en un pespunte. Y se me mezcla la Sigma actual con el pedal de la Singer de aquella tarde del coche bomba contra la casa cuartel de Vic]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="960" height="640" src="https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/10/Atentado-ETA-Vic.jpg" alt="" class="wp-image-5731" srcset="https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/10/Atentado-ETA-Vic.jpg 960w, https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/10/Atentado-ETA-Vic-480x320.jpg 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) 960px, 100vw" /></figure>



<p>NAJAT EL HACHMI</p>



<p>Mi padre traía a veces cosas de los pisos que reformaba y un día se presentó con una vieja Singer. Me pasé días aprendiendo a usarla, peleándome con la correa que se salía de la rueda y el pesado pedal que mi pie infantil no conseguía dominar. Y luego había que enhebrar la aguja. Yo no tenía ni idea y mi madre tampoco, así que fui a casa de una vecina para que me diera cuatro indicaciones básicas. Pasé los días que siguieron pegada a mi máquina de coser. Llegaba del colegio al mediodía y corría a humedecer el extremo del hilo, hacer canilla, me inclinaba hasta casi rozar la aguja con la nariz. No había forma de enderezar los pespuntes, los derroteros en la tela eran la vergonzosa prueba de mi incompetencia como costurera. La obsesión por las puntadas rectas llenó los días que siguieron a la fatídica tarde con una tarea que tenía sentido y utilidad, por lo menos tenía mucho más sentido que lo que contaban en el telediario sobre lo que había pasado a 500 metros exactos desde casa. Esto es, que cuando yo aprendía a coser mataron a Ana Cristina.</p>



<p>Asesinaron a mi mejor amiga. Tengo pruebas que demuestran que lo era, mi mejor amiga. Una carta en la que me lo confesaba. “No te preocupes, eres tú y no M., pero no quiero herir sus sentimientos”. Siempre considerada, atenta, sensible. Qué importante era la amistad para las niñas de 5º de EGB que éramos entonces. Recuerdo días con el corazón en un puño preguntándome si sería correspondida, si tan querida, tan central, tan importante en su vida, si me tendría también como inseparable compañera. ¿Y si escoge a otra? No era solo que disfrutara pasando tiempo con ella; la admiraba y me parecía una niña, una persona extraordinaria. Todos la querían; no exagero ni mis recuerdos han sido deformados por el tiempo y la ausencia. Yo llegué a 3º porque me habían pasado de curso y ya era el segundo grupo en el que me tenía que integrar en menos de dos años. Encima, a mi hermano mellizo no lo adelantaron, así que aterricé en el aula muerta de miedo y cargada de culpa. Me sentaron a su lado y, a partir de entonces, todo fue fácil. No sé si la sonrisa tímida que aparece en este preciso instante registrado en mi memoria es el de la Cristina de verdad que me recibió o es la que vengo rescatando de vez en cuando de la fotografía que luego me regalaron sus padres. Un retrato de cuando hizo la primera comunión. Con dos trenzas de raíz medias y lustrosa cabellera color azabache. Y las inconfundibles gafas. De verdad que no me lo invento: sacaba buenas notas, tenía una relación excelente con los maestros y llevaba gafas, pero nadie la llamó nunca empollona, cuatro ojos ni pelota. No coincidimos como gafotas, porque cuando yo ingresé en el club del astigmatismo ya la habían matado. Habríamos hablado de modelos, colores. La óptica en la que me las hicieron estaba en el mismo paseo donde ella vivía. También la tienda de juguetes enorme que estaba justo enfrente de la casa cuartel. Era todo cristaleras. Se rompieron todos los cristales y la tienda nunca más volvió a abrir. Luego fue un restaurante chino.</p>



<p>Hace tiempo que ya no estoy aprendiendo a coser; hace tiempo que sé coser y mi Sigma semiprofesional de pedal eléctrico me permite pespuntear con precisión a toda velocidad. Estaba puliendo el escote de un vestido cuando llegaron a mis oídos las palabras de un señor que habla de terrorismo cuando lo mejor que podría hacer es callarse. Porque no sabe que Ana Cristina tenía unas manos increíblemente habilidosas, algo fuera de lo común. No sabe nada ese hombre, ¿para qué habla? Ana Cristina no cosía, pero hacía ganchillo y le salían unos tapetes que parecían filigranas, con unos dibujos complicadísimos. Sacaba los patrones de revistas y era asombroso que una niña de tan corta edad fuera capaz de una tarea tan compleja. Claro que también sacaba dieces en Matemáticas y en Lengua. Y en todo. Menos Gimnasia, creo, pero da igual. Era amable, generosa. Prodigiosa. Cuando conocí a sus padres un día que fui a visitarla a casa, entendí de dónde le venían todas esas cualidades. Nada de esto sabe Josu Urrutikoetxea Bengoetxea, quien ha tenido&nbsp;<a href="https://elpais.com/cultura/cine/2023-09-22/nada-nuevo-en-el-documental-de-jordi-evole-sobre-josu-ternera.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">el privilegio no solo de seguir vivo, sino de poder explicarse.</a>&nbsp;Aunque&nbsp;<a href="https://elpais.com/cultura/cine/2023-09-23/jordi-evole-y-marius-sanchez-sobre-el-documental-de-ternera-al-espectador-se-le-esta-tratando-con-poco-respeto-se-le-dice-lo-que-tiene-que-ver.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Jordi Évole dice que le ha decepcionado,&nbsp;</a>que esperaba más. Es bueno que te decepcionen los asesinos; preocupante sería lo contrario. Qué quieres que te diga un personaje capaz de afirmar incluso ahora que&nbsp;<a href="https://elpais.com/politica/2017/06/18/actualidad/1497806670_627626.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">los muertos de Hipercor&nbsp;</a>fueron culpa del Estado y que<a href="https://elpais.com/espana/2022-02-17/la-fiscalia-pide-2354-anos-de-carcel-para-josu-ternera-por-el-atentado-contra-la-casa-cuartel-de-zaragoza.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">&nbsp;los guardias civiles merecían morir en Zaragoza.</a></p>



<p>Me llegan&nbsp;<a href="https://elpais.com/cultura/cine/2023-09-22/josu-ternera-la-mirada-glacial-del-asesino.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">la voz del terrorista y sus sangrientas palabras&nbsp;</a>por sorpresa cuando estoy concentrada en un pespunte a ras, que no es cosa fácil, créanme. Entonces se me mezcla la Sigma semiprofesional y ligera del presente con el pedal herrumbroso de la Singer de aquella tarde de mayo. Y oigo golondrinas porque, cuando me acuerdo de ese día, me viene también su sonido. Y al revés, cuando es primavera y vuelven las golondrinas pienso en Bécquer, pero también en Ana Cristina, porque en los atardeceres de mayo, te pongas como te pongas, siempre surcan los cielos estas aves migratorias.</p>



<p>Lo que más me impresionó de la primera vez que estuve en la casa cuartel invitada por Ana Cristina es que la familia esperaba a que el padre acabara de trabajar para comer todos juntos. Algo imposible en mi casa; llegábamos todos con un hambre voraz al mediodía y mi madre nos servía inmediatamente la comida. Mi padre entraba y salía con sus horarios de autónomo y casi nunca comíamos con él. Le envidié a Cristina esa comunión familiar, pero, al mismo tiempo, me dio por preocuparme por esas dos horas desde que terminaban las clases hasta que se sentaban a la mesa. Por el hambre, ¿no tendría hambre? Me doy cuenta ahora del privilegio que supone que alguien te abra las puertas a su vida cotidiana, a la tan preciada intimidad. Lo que no consigo saber, y esta imprecisión me llena de angustia, es si el papel pintado del salón de Ana Cristina lo vi de verdad en el interior de su casa o es el que aparece en las imágenes que luego se difundieron de la casa cuartel cortada por la mitad como si fuera de juguete, con la intimidad de los salones y las cocinas expuesta de un modo tan absurdo y repentino a la intemperie. La intemperie del terror y la violencia.</p>



<p>Mis recuerdos de aquella tarde de mayo me obligan a interrogarme sobre conciencia, memoria y cuerpo. Desde 1991, mis células se habrán renovado tantas veces que es posible que no conserve ninguna de entonces, pero es poner el pie en el pedal de mi máquina de coser y volver a la fatídica fecha. Así es como el terror se infiltra en los actos más insignificantes de lo cotidiano, pero nadie va a juzgar a ningún asesino por impregnar mi primeros costuras rectas de dolor, pérdida y tristeza. Tal vez fue culpa mía el haber fijado esa asociación entre mi máquina de coser y&nbsp;<a href="https://elpais.com/diario/1991/05/30/espana/675554401_850215.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">el atentado de Vic.&nbsp;</a>En los días que siguieron no supe encauzar igual que mis compañeros lo que sentía y, en vez de llorar y gritar, me dediqué a practicar de forma obsesiva con la Singer. Le di al pesado pedal días y días sin parar hasta que terminé un pequeño pañuelo en el que escribí en mayúsculas y con tela floreada el nombre de “Ana”. Lo guardé con la foto de la comunión y la postal de Navidad que me había regalado: “Espero que disfrutes de tu teléfono”. Porque nos habían puesto línea y eso era un gran avance tecnológico.</p>



<p>Cuando oí la voz cínica de Ternera en la radio,&nbsp;<a href="https://elpais.com/opinion/2023-09-30/blanqueo.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">extractos del trabajo de Évole,&nbsp;</a>quise pensar sobre este tema y dar mi opinión, pero no puedo, el cuerpo no me deja.&nbsp;<a href="https://elpais.com/cultura/2023-09-15/la-carta-de-los-514.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">El debate sobre libertad de expresión o creación,</a>&nbsp;el periodismo o la polémica, todo parece un eco muy lejano cuando aprieto con el pie el pedal y me acuerdo de cuando cosía torcido. Mientras cada primavera las golondrinas regresen al atardecer trayendo consigo el temblor de los cristales y el estallido de una bomba, no podré, no podré opinar como si nada.</p>



<p><strong>Publicación original: El País.</strong></p>



<p>Aprendía a coser cuando la mataron</p>



<p>NAJAT EL HACHMI</p>



<p>Mi padre traía a veces cosas de los pisos que reformaba y un día se presentó con una vieja Singer. Me pasé días aprendiendo a usarla, peleándome con la correa que se salía de la rueda y el pesado pedal que mi pie infantil no conseguía dominar. Y luego había que enhebrar la aguja. Yo no tenía ni idea y mi madre tampoco, así que fui a casa de una vecina para que me diera cuatro indicaciones básicas. Pasé los días que siguieron pegada a mi máquina de coser. Llegaba del colegio al mediodía y corría a humedecer el extremo del hilo, hacer canilla, me inclinaba hasta casi rozar la aguja con la nariz. No había forma de enderezar los pespuntes, los derroteros en la tela eran la vergonzosa prueba de mi incompetencia como costurera. La obsesión por las puntadas rectas llenó los días que siguieron a la fatídica tarde con una tarea que tenía sentido y utilidad, por lo menos tenía mucho más sentido que lo que contaban en el telediario sobre lo que había pasado a 500 metros exactos desde casa. Esto es, que cuando yo aprendía a coser mataron a Ana Cristina.</p>



<p>Asesinaron a mi mejor amiga. Tengo pruebas que demuestran que lo era, mi mejor amiga. Una carta en la que me lo confesaba. “No te preocupes, eres tú y no M., pero no quiero herir sus sentimientos”. Siempre considerada, atenta, sensible. Qué importante era la amistad para las niñas de 5º de EGB que éramos entonces. Recuerdo días con el corazón en un puño preguntándome si sería correspondida, si tan querida, tan central, tan importante en su vida, si me tendría también como inseparable compañera. ¿Y si escoge a otra? No era solo que disfrutara pasando tiempo con ella; la admiraba y me parecía una niña, una persona extraordinaria. Todos la querían; no exagero ni mis recuerdos han sido deformados por el tiempo y la ausencia. Yo llegué a 3º porque me habían pasado de curso y ya era el segundo grupo en el que me tenía que integrar en menos de dos años. Encima, a mi hermano mellizo no lo adelantaron, así que aterricé en el aula muerta de miedo y cargada de culpa. Me sentaron a su lado y, a partir de entonces, todo fue fácil. No sé si la sonrisa tímida que aparece en este preciso instante registrado en mi memoria es el de la Cristina de verdad que me recibió o es la que vengo rescatando de vez en cuando de la fotografía que luego me regalaron sus padres. Un retrato de cuando hizo la primera comunión. Con dos trenzas de raíz medias y lustrosa cabellera color azabache. Y las inconfundibles gafas. De verdad que no me lo invento: sacaba buenas notas, tenía una relación excelente con los maestros y llevaba gafas, pero nadie la llamó nunca empollona, cuatro ojos ni pelota. No coincidimos como gafotas, porque cuando yo ingresé en el club del astigmatismo ya la habían matado. Habríamos hablado de modelos, colores. La óptica en la que me las hicieron estaba en el mismo paseo donde ella vivía. También la tienda de juguetes enorme que estaba justo enfrente de la casa cuartel. Era todo cristaleras. Se rompieron todos los cristales y la tienda nunca más volvió a abrir. Luego fue un restaurante chino.</p>



<p>Hace tiempo que ya no estoy aprendiendo a coser; hace tiempo que sé coser y mi Sigma semiprofesional de pedal eléctrico me permite pespuntear con precisión a toda velocidad. Estaba puliendo el escote de un vestido cuando llegaron a mis oídos las palabras de un señor que habla de terrorismo cuando lo mejor que podría hacer es callarse. Porque no sabe que Ana Cristina tenía unas manos increíblemente habilidosas, algo fuera de lo común. No sabe nada ese hombre, ¿para qué habla? Ana Cristina no cosía, pero hacía ganchillo y le salían unos tapetes que parecían filigranas, con unos dibujos complicadísimos. Sacaba los patrones de revistas y era asombroso que una niña de tan corta edad fuera capaz de una tarea tan compleja. Claro que también sacaba dieces en Matemáticas y en Lengua. Y en todo. Menos Gimnasia, creo, pero da igual. Era amable, generosa. Prodigiosa. Cuando conocí a sus padres un día que fui a visitarla a casa, entendí de dónde le venían todas esas cualidades. Nada de esto sabe Josu Urrutikoetxea Bengoetxea, quien ha tenido&nbsp;<a href="https://elpais.com/cultura/cine/2023-09-22/nada-nuevo-en-el-documental-de-jordi-evole-sobre-josu-ternera.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">el privilegio no solo de seguir vivo, sino de poder explicarse.</a>&nbsp;Aunque&nbsp;<a href="https://elpais.com/cultura/cine/2023-09-23/jordi-evole-y-marius-sanchez-sobre-el-documental-de-ternera-al-espectador-se-le-esta-tratando-con-poco-respeto-se-le-dice-lo-que-tiene-que-ver.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Jordi Évole dice que le ha decepcionado,&nbsp;</a>que esperaba más. Es bueno que te decepcionen los asesinos; preocupante sería lo contrario. Qué quieres que te diga un personaje capaz de afirmar incluso ahora que&nbsp;<a href="https://elpais.com/politica/2017/06/18/actualidad/1497806670_627626.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">los muertos de Hipercor&nbsp;</a>fueron culpa del Estado y que<a href="https://elpais.com/espana/2022-02-17/la-fiscalia-pide-2354-anos-de-carcel-para-josu-ternera-por-el-atentado-contra-la-casa-cuartel-de-zaragoza.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">&nbsp;los guardias civiles merecían morir en Zaragoza.</a></p>



<p>Me llegan&nbsp;<a href="https://elpais.com/cultura/cine/2023-09-22/josu-ternera-la-mirada-glacial-del-asesino.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">la voz del terrorista y sus sangrientas palabras&nbsp;</a>por sorpresa cuando estoy concentrada en un pespunte a ras, que no es cosa fácil, créanme. Entonces se me mezcla la Sigma semiprofesional y ligera del presente con el pedal herrumbroso de la Singer de aquella tarde de mayo. Y oigo golondrinas porque, cuando me acuerdo de ese día, me viene también su sonido. Y al revés, cuando es primavera y vuelven las golondrinas pienso en Bécquer, pero también en Ana Cristina, porque en los atardeceres de mayo, te pongas como te pongas, siempre surcan los cielos estas aves migratorias.</p>



<p>Lo que más me impresionó de la primera vez que estuve en la casa cuartel invitada por Ana Cristina es que la familia esperaba a que el padre acabara de trabajar para comer todos juntos. Algo imposible en mi casa; llegábamos todos con un hambre voraz al mediodía y mi madre nos servía inmediatamente la comida. Mi padre entraba y salía con sus horarios de autónomo y casi nunca comíamos con él. Le envidié a Cristina esa comunión familiar, pero, al mismo tiempo, me dio por preocuparme por esas dos horas desde que terminaban las clases hasta que se sentaban a la mesa. Por el hambre, ¿no tendría hambre? Me doy cuenta ahora del privilegio que supone que alguien te abra las puertas a su vida cotidiana, a la tan preciada intimidad. Lo que no consigo saber, y esta imprecisión me llena de angustia, es si el papel pintado del salón de Ana Cristina lo vi de verdad en el interior de su casa o es el que aparece en las imágenes que luego se difundieron de la casa cuartel cortada por la mitad como si fuera de juguete, con la intimidad de los salones y las cocinas expuesta de un modo tan absurdo y repentino a la intemperie. La intemperie del terror y la violencia.</p>



<p>Mis recuerdos de aquella tarde de mayo me obligan a interrogarme sobre conciencia, memoria y cuerpo. Desde 1991, mis células se habrán renovado tantas veces que es posible que no conserve ninguna de entonces, pero es poner el pie en el pedal de mi máquina de coser y volver a la fatídica fecha. Así es como el terror se infiltra en los actos más insignificantes de lo cotidiano, pero nadie va a juzgar a ningún asesino por impregnar mi primeros costuras rectas de dolor, pérdida y tristeza. Tal vez fue culpa mía el haber fijado esa asociación entre mi máquina de coser y&nbsp;<a href="https://elpais.com/diario/1991/05/30/espana/675554401_850215.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">el atentado de Vic.&nbsp;</a>En los días que siguieron no supe encauzar igual que mis compañeros lo que sentía y, en vez de llorar y gritar, me dediqué a practicar de forma obsesiva con la Singer. Le di al pesado pedal días y días sin parar hasta que terminé un pequeño pañuelo en el que escribí en mayúsculas y con tela floreada el nombre de “Ana”. Lo guardé con la foto de la comunión y la postal de Navidad que me había regalado: “Espero que disfrutes de tu teléfono”. Porque nos habían puesto línea y eso era un gran avance tecnológico.</p>



<p>Cuando oí la voz cínica de Ternera en la radio,&nbsp;<a href="https://elpais.com/opinion/2023-09-30/blanqueo.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">extractos del trabajo de Évole,&nbsp;</a>quise pensar sobre este tema y dar mi opinión, pero no puedo, el cuerpo no me deja.&nbsp;<a href="https://elpais.com/cultura/2023-09-15/la-carta-de-los-514.html" target="_blank" rel="noreferrer noopener">El debate sobre libertad de expresión o creación,</a>&nbsp;el periodismo o la polémica, todo parece un eco muy lejano cuando aprieto con el pie el pedal y me acuerdo de cuando cosía torcido. Mientras cada primavera las golondrinas regresen al atardecer trayendo consigo el temblor de los cristales y el estallido de una bomba, no podré, no podré opinar como si nada.</p>



<p><a href="https://elpais.com/opinion/2023-10-23/aprendia-a-coser-cuando-la-mataron.html">Publicación original: El País.</a></p>
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		<title>El significado del triunfo femenino en el fútbol</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Gabriel Jaraba]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 20 Oct 2023 13:14:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Humanidad una]]></category>
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					<description><![CDATA[No se trata únicamente del acceso de las mujeres al deporte espectáculo en igualdad de condiciones de otros profesionales sino de un giro decisivo en la visibilidad de un amplio movimiento de las mujeres que se extiende por el mundo.]]></description>
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<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="1024" height="683" src="https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/10/campeonas.webp" alt="No se trata únicamente del acceso de las mujeres al deporte espectáculo en igualdad de condiciones de otros profesionales sino de un giro decisivo en la visibilidad de un amplio movimiento de las mujeres que se extiende por el mundo." class="wp-image-5722" srcset="https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/10/campeonas.webp 1024w, https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/10/campeonas-980x654.webp 980w, https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/10/campeonas-480x320.webp 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) and (max-width: 980px) 980px, (min-width: 981px) 1024px, 100vw" /></figure>



<p>GABRIEL JARABA</p>



<p>A medida que el tiempo ponga las cosas en su lugar olvidaremos al personaje inoportuno e indeseable que no merece mencíon y consideraremos el partido final y la victoria de la selección española femenina en el Mundial de fútbol como un hito histórico más allá de lo deportivo. Un servidor, por desconocimiento de la materia, se siente incapaz de evaluar el hecho en términos futbolísticos, pero está convencido de que habrá un antes y un después de él en lo social. Pues no se trata únicamente del acceso de las mujeres al deporte espectáculo en igualdad de condiciones de otros profesionales sino de un giro decisivo en la visibilidad de un amplio movimiento de las mujeres que se extiende por el mundo.</p>



<p>En 1981 el antropólogo y etólogo Desmond Morris, famoso mundialmente por su obra <em>El mono desnudo</em>, publicó <em>La tribu del fútbol</em>, un análisis antropológico de este deporte en el que se revisaban sus raíces y su expresión en los términos de siete categorías: <em>el partido de fútbol como caza ritual;</em><em>&nbsp;</em>como batalla estilizada; como reflejo de la posición social; como ceremonia religiosa; como droga social; como un gran negocio y como representación social. Morris desvelaba que “el deporte rey” (título con el que se publicó la obra en España en 1982) respondía a funciones que iban más allá del entretenimiento y tenían correspondencias con aspectos de la vida colectiva y personal de mucho mayor calado social. Uno se da cuenta de que un hipotético “encuentro en la tercera fase” de unos visitantes extraterrestres en un estadio de fútbol podría resultar altamente revelador de nuestra condición y cualidades ante una mirada alienígena.</p>



<p>A lo que hemos asistido con motivo de este Mundial femenino ha sido a la conquista por parte de las mujeres de un espacio hasta ahora privativo o por lo menos hegemónico de los hombres. No sólo en términos de deporte espectáculo sino también de impacto social, y con todas sus consecuencias: el desgraciado episodio de exhibición machista en la celebración final es denotativo de ello, quizá el precio a pagar por un particular “me too” que ha puesto de relieve tanto la injusticia como la infamia. Sucede con este tipo de episodios que no tienen vuelta atrás y además producen un salto cualitativo en la cuestión. La imagen de las “campeonas del puto mundo”, en palabras de Salma Paralluelos en rebelión contra la mala educación (basta con tal apelativo&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; ) se ha puesto al frente de la iconografía mundial del progreso.</p>



<p>Puede parecer que exagero pero el primer plano de atención que han logrado las futbolistas forma parte del progreso que deseamos para el mundo. Estamos en la sociedad de la comunicación, que es una sociedad compleja y las repercusiones de lo social se reflejan y se miden –no sólo pero también—en lo comunicacional, porque la comunicación refleja y reproduce lo que la gente ve y entiende. Y lo que muestra el éxito de la tribu del fútbol en versión femenina es el avance de un movimiento de las mujeres de extensión mundial y la aceptación de ese movimiento por parte de sectores de mujeres muy amplios que van más allá de grupos especialmente motivados e ideologizados, sin los cuales no se puede arrancar y avanzar pero que deben ser rebasados para vencer. Hay una línea que une a Narges Mohammandi, símbolo de la resistencia de las mujeres en Irán y premio Nobel de la Paz 2023 y a Megan Rapinoe, primera jugadora de fútbol, femenino o masculino, en marcar un gol olímpico, y defensora de los derechos LGTBI, y esa continuidad se produce ahora ante amplísimos sectores de la ciudadanía, de uno y otro sexo, que se mueven en torno a cuestiones de gran alcance y deciden elecciones, movimientos sociales y de opinión, y simpatías hacia actitudes y fenómenos que acaban decidiendo las cosas.</p>



<p>Hay una cosa de la que estoy convencido: existe un movimiento de las mujeres que se ha convertido en un vector de cambio social comparable a lo que representó el movimiento obrero (y que éste podría seguir representando si tuviera inteligencia y visión para ello). Este movimiento se está convirtiendo en vanguardia y nos corresponde apoyarlo a los ciudadanos progresistas.</p>



<p>También entre nosotros se abre paso una nueva era de energía femenina, las mujeres son el vector del progreso en la España actual, no sólo las jóvenes sino las de mediana edad y las mayores. Ahí está el rol femenino en el sindicalismo, los movimientos sociales y los cambios de costumbres, transformaciones de las que el acceso de las mujeres al deporte profesional es reflejo y consecuencia. Ese movimiento merece un apoyo decidido por parte de todos, y por supuesto de los hombres, para que nuestro país lidere ese gran cambio en todo su aspecto social y en todo el planeta, porque somos “campeonas del puto mundo”. Ese es el significado del triunfo en el Mundial.</p>



<p><a href="https://catalunyaplural.cat/es/el-significado-del-triunfo-femenino-en-el-futbol/">Publicación original: Catalunya Plural.</a></p>
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		<title>Barcelona: la ciutat de la llibertat</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Gabriel Jaraba]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 30 Sep 2023 18:06:31 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Humanidad una]]></category>
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					<description><![CDATA[Text íntegre del pregó de la Mercè 2023 pronunciat per l’escriptora Najat el Hachmi en el Saló de Cent de Barcelona.]]></description>
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<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="768" height="432" src="https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/09/Najat-el-Hachmi.webp" alt="" class="wp-image-5686" srcset="https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/09/Najat-el-Hachmi.webp 768w, https://gabrieljaraba.com/wp-content/uploads/2023/09/Najat-el-Hachmi-480x270.webp 480w" sizes="(min-width: 0px) and (max-width: 480px) 480px, (min-width: 481px) 768px, 100vw" /></figure>



<p>Text íntegre del pregó de la Mercè 2023 pronunciat per l’escriptora Najat el Hachmi en el Saló de Cent de Barcelona.</p>



<p>NAJAT EL HACHMI</p>



<p>Alcalde, autoritats, amics i família. Encara que sigui una fórmula de compliment us ho dic de tot cor: em sento molt honrada i agraïda de poder disposar d’aquest espai privilegiat per a la paraula, de poder-me adreçar a tots vosaltres en un dia que inaugura les festes de la Mercè. Ens calen rituals per mantenir l’alegria. Si és necessari, ens hem de forçar a celebrar tot el que es pugui celebrar.&nbsp;<strong>Les festes són tan importants com la part més seriosa de la vida</strong>.&nbsp;</p>



<p>Ho dic perquè vivim uns temps, perdoneu-me l’expressió tòpica, un present que és, en molts aspectes, tremendament fosc. Ho sap molt bé l’alcalde de Kiiv que amb la seva presència avui ens fa pensar en tots els ciutadans que representa, assetjats dia a dia pel monstre sense sentit de la violència més extrema, el monstre de la guerra. També són conscients de les convulsions que fan trontollar el món els milers de persones de pell fosca que fugen de conflictes oblidats que no surten mai a les notícies i s’ofeguen en aquest mar del Mig de la terra que alguns tenim la sort de gaudir a poques passes d’aquí.&nbsp;<strong>Massa sovint la nostra solidaritat i empatia amb les víctimes discrimina per un element tan aleatori, tan random que dirien ara els més joves, com és el fet de tenir més o menys melanina</strong>. Aquest biaix es pot corregir si canviem la perspectiva i ens acostem a les persones, una a una, amb els seus noms i cognoms, les seves històries particulars.&nbsp;<strong>Si escurcem la distància de la deshumanització de seguida veurem que “els altres” no són ni aliens ni tan diferents, que els “altres” som “nosaltres”</strong>. Si no em creieu, només cal que us poseu en el lloc d’una mare que, a bord d’una fràgil embarcació, s’aferra amb força al seu fill mentre espera que li arribi l’alè d’un horitzó europeu on pugui viure en pau.&nbsp;Warsan Shire ens ho va dir molt ben dit a &#8216;Home&#8217;: &#8216;no one puts their children in a boat unless the water is safer than the land&#8217;. Ningú puja els seus fills en una barca si no és que l’aigua es més segura que la terra ferma.</p>



<p>També saben que aquests temps són foscos els devastats per les inundacions i els terratrèmols. Jo que&nbsp;<strong>vaig créixer en un poblat remot, en una casa de tova encalada de blanc, construïda per les mans aspres dels meus avis (i aquest fet m’omple d’orgull com una arrel profunda i robusta)</strong>, jo que fins als vuit anys vaig viure en una cultura que en altres temps els antropòlegs haurien considerat primitiva, vaig aprendre que fins i tot en les situacions més terribles s’ha de celebrar, compartir el goig d’estar vius amb els altres, contagiar-nos els uns als altres del que Erich Fromm deia que feien les bones mares que no només ajuden a sostenir la vida sinó que transmeten la necessitat d’alegrar-nos, de celebrar, el fet d’estar vius. I deixeu-me ratllar la cursileria perquè algunes de les persones que sou aquí, vosaltres sabeu qui sou, formeu part d’una família biològica i ecològica que m’apuntala i em demostra que sí és possible agafar-nos els uns als altres, tenir-nos. Celebro avui que ens tenim i us animo a tots a celebrar que teniu els vostres, la xarxa imprescindible que necessitem per continuar vivint. I per gaudir de la festa.</p>



<p>Com els nadons que somriuen adormits abans de fer-ho amb els ulls oberts,&nbsp;<strong>jo somniava Barcelona. La ciutat inabastable, terriblement desitjada però impossible</strong>. Inabastable perquè sempre ha estat molt cara però també perquè Barcelona per mi sempre ha representat la llibertat i durant molts anys la llibertat només era això, un somni molt llunyà.&nbsp;<strong>Som moltes les mores de la perifèria, de la perifèrica de la perifèria, de la perifèria de comarques, de barris que semblen apartats de tot</strong>, on els valors de la democràcia i la igualtat s’hi escolen per escletxes molt estretes, som moltes les que hem tingut i tenim en Barcelona una mena del Dorado de la independència, l’emancipació individual i la llibertat. Un lloc on no ens conegui ningú, on ningú ens compti les passes, on hem estat i a quina hora hem sortim, com n’és de llarga la túnica que cobreix els nostres pantalons i si ens hem posat més o menys rímel o hem parlat amb un noi cristià, un lloc on no es puguin crear rumors que es converteixen en presons de paraules d’abast internacional perquè sempre hi havia qui trucava al Marroc per explicar a la família la conducta indecorosa de la filla de fulanet. Sempre som filles d’algú o dones d’algú, hem de treballar molt per guanyar-nos el dret de ser anomenades amb el nostre propi nom, sense ser un complement de cap home.&nbsp;</p>



<p>Doncs us deia que jo m’imaginava recorrent aquests carrers que volia fer-me meus sense haver-los trepitjat, vivint-hi les experiències que sabia que vivien altres, una vida que no era al meu abast com no ho és ara mateix per a moltes dones tancades en les més diverses reclusions. M’ho vaig pensar molt i vaig anar venint a poc a poc, primer marxant de Vic per viure un temps a Granollers, ciutat que em va donar una feina estable per primer cop a la vida i on vaig fer amics i em vaig sentir ben integrada. Però ai, Barcelona em seguia cridant. Tenien raó els veïns i amics tant de Granollers com de Vic que m’alertaven sobre la vida inhòspita a la capital. El soroll, la contaminació, les presses i saps que no sabràs ni el nom del veí del replà? Us he de dir que he tingut la sort, no sé si casual, que en tots els pisos on he viscut a Barcelona he sabut el nom del veïns i hem tingut una relació cordial, ens hem saludat i tingut converses a peu dret perquè&nbsp;<strong>la ciutat som els qui hi vivim i depenent de com ens comportem tindrà un caràcter o un altre</strong>. Volem que Barcelona sigui hospitalària i acollidora? Doncs siguem-ho cadascun de nosaltres en els nostres actes de cada dia.</p>



<p>Molt abans de venir a viure aquí&nbsp;<strong>jo ha havia tingut experiències barcelonines. La primera de totes va ser en aquell primer viatge que canviaria les nostres vides per sempre</strong>, però gairebé no ens hi vam aturar, aquí, només vam passar de l’autocar que venia de Màlaga al tren cap a Vic. Després havíem hagut de “baixar” per fer papers, per renovar el permís de residència que és com renovar el dret a ser el que ja érem: “d’aquí”, del nostre carrer, de la nostra escola, dels nostres amics. Ja és curiós que necessitis un certificat per demostrar que existeixes i cada dos o cinc anys que segueixes existint. Però a nosaltres no ens feia res perquè venint a fer paper veníem a Barcelona i això era tota una aventura. De tant en tant també havíem d’anar al consolat del Marroc per renovar no la residència sinó l’origen. I sempre havíem de fer cua, moltes hores de cua. Si a la delegació del govern ens sentíem estrangers al lloc on vivíem, al consolat ens sentíem estrangers respecte al país on havíem nascut. Perquè ens parlaven en àrab, una llengua que no enteníem i feien servir un llenguatge molt estrany: el de les institucions administratives que representaven&nbsp;<strong>un règim autoritari acostumat a tractar la seva població com a súbdits dignes de ser sotmesos</strong>. Els adults no ens van explicar mai l’origen de la incomoditat i el desassossec que ens provocava anar al Consolat, vam haver d’investigar molt per descobrir què amagava el seu silenci traumàtic.&nbsp;<strong>Persecucions, assassinats, desaparicions, gent enterrada viva en fosses comunes</strong>&nbsp;perquè havien sortit a protestar contra l’encariment del pa eren la mena de coses que callaven.&nbsp;</p>



<p>Em diuen, però,&nbsp;que les coses han canviat molt al consolat. Que ja no fa por anar-hi. Jo no ho sé perquè fa molts anys que no hi he posat els peus perquè una de les millors coses d’obtenir la nacionalitat és poder-te oblidar de validar cada dos per tres la teva existència o la teva identitat. I estalviar-te les cues! No us cregueu els autoproclamats portantveus de les inventades comunitats:&nbsp;<strong>els immigrants i els seus fills el que volem no són ni fires de la diversitat ni reconeixement de la nostra singularitat, no hem vingut aquí a ser pastilles de caldo que enriqueixen la substància principal del plat</strong>. El que volem és viure amb els mateixos drets que la resta de ciutadans, tenir garantida la dignitat mínima per sentir-nos part de l’espècie humana i a casa ja veurem si fem cus-cus o paella, tall rodó o tajin. Perquè aspirem a ser ciutadans i no poble o tribu o comunitat o creients o identitat, al que més esforços dediquem és a aconseguir la nacionalitat que ens permeti viure en pau per ocupar-nos dels petits o grans problemes que té tothom: guanyar-nos el pa, educar i cuidar els nostres fills, veure’ls créixer amb salut i que puguin gaudir una dignitat ja guanyada, que serà&nbsp;l’herència més preuada que els podrem deixar.</p>



<p>Deixeu-me tornar al meu desig de Barcelona, que movia no només l’anhel de llibertat sinó una altra experiència molt concreta, molt particular que no passava ni per la&nbsp;Delegació del Govern ni pel consolat.&nbsp;<strong>Aquesta ciutat no m’era ni aliena ni la veia com a inhòspita perquè els seus carrers i les seves places estan impregnats d’un pòsit espès i divers que han creant i sedimentant tots els escriptors que han construït Barcelona amb els seus textos</strong>. Hi ha una Barcelona molt sòlida, molt real i viva en l’imaginari dels lectors. Encara a dia d’avui, exactament tretze anys després d’haver-me mudat a l’Eixample (no, no visc ni he viscut mai al Raval), continuo percebent la ciutat en dues dimensions que se sobreposen i es barregen: la dimensió dels records reals de fets que m’han passat de debò i la dimensió dels records llegits. Si recordo les meves passejades de l’edifici Central de la Universitat a les Rambles sempre penso en el Josep Pla que aprenia a escriure escrivint el Quadern Gris perquè li havien anul·lat les classes per l’epidèmia de grip i es queixava que a la pensió on s’estava no li feien el llit i sempre penso que li diria el mateix: i per què no se’l fa vostè mateix, senyor Pla, no hi ha pensat? No prenc mai una canya a la plaça del Diamant sense lamentar que la Colometa segueixi allà plantada, reprimint-se les ganes de ballar. Baixo pel carrer Aribau i m’acompanya l’Andrea de la Carmen Laforet amb l’estómac encongit per la gana i el desassossec dels primers anys de vida adulta camina al meu costat i m’agafen ganes de comprar-li jo les flors i que es gasti els diners en un bon àpat. No sé des d’on m’arriba però a vegades sento el repic incessant de la màquina d’escriure de García Márquez o vaig de bracet de la Roig i la Maruja Torres amb un cartell que diu “Jo també sóc adúltera”. Salvat Papasseit, al seu llit, em recorda sovint que em deixi besar i besi jo també i no mori sense altre fruit que l’oreig en ma galta.</p>



<p><strong>L’emoció del que he viscut a Barcelona i l’emoció del que he llegit sobre Barcelona tenen exactament la mateixa intensitat</strong>&nbsp;i fan que la ciutat sigui molt més que el que es veu a simple vista. Per sort, de fet, a vegades l’imaginari se sobreposa a les parts menys agradables del nostre paisatge quotidià i permet renovar el desig i l’amor. Amb totes les crisis que vulgueu, és clar, no dic que sigui fàcil viure a Barcelona. La literatura ha tatuat amb les vides de personatges reals o inventats places i carres, edificis, pedres, ciment i llambordes.</p>



<p>Però tornem un moment al meu desig de Barcelona. Jo somniava fer com els meus companys d’institut de Vic, venir a viure aquí&nbsp;per la universitat, compartir pis, aprenent a conviure amb desconegut quan la roba no marxa sola miraculosament cap a la rentadora i els dinars i sopars no són a taula com per art de màgia. Créixer sense la vigilància protectora de la família sabent que el cap de setmana podrem tornar al refugi càlid de la llar d’origen mentre de dilluns a dijous s’assaja la construcció d’una llar pròpia que es projecta a futur. Però no tothom es podia permetre aquesta possibilitat, és clar, les festes de dijous a la nit no eren patrimoni de tots els estudiants perquè molts ens havíem de conformar amb anar i venir en transport públic. En el meu cas, en&nbsp;la vella locomotora de la línia Barcelona-Puigcerdà i no només les limitacions de l’economia.&nbsp;<strong>Jo vaig arribar a la universitat gràcies al meu avi Benisa, que creia que només podíem progressar si rebíem una bona educació</strong>&nbsp;però per al meu pare això de deixar que una dona sola agafés el tren i vingués a un lloc on podia fer el que li donés la gana era més del que podia suportar. La llibertat de les dones fa tanta por que sovint ens prohibeixen les coses que no semblen importants, les que no suposen per si soles un desafiament a l’ordre establert. Potser riureu però si ara faig un llistat de les coses que més gaudia quan venia a Barcelona i tenia una mica de temps lliure entre classe i classe veureu que no eren activitats precisament perilloses:</p>



<p>&#8211; passar hores a la biblioteca de la Facultat de Filologia o l’Alibri imaginant tots els llibres que m’hi compraria el dia que tingués diners per fer-ho</p>



<p>&#8211; anar a l’aula d’autoaprenentatge d’idiomes i posar-me vídeos en versió original</p>



<p>&#8211; passejar sense rumb pels carrers, deixar que els peus em portessin i perdre’m o deixar-me perdre expressament i gaudir de la sensació de fusió amb la ciutat, com si els límits del meu propi cos es desdibuixessin entre la multitu</p>



<p>-entrar al Corte Inglés i que les dependentes no em diguessin “¿qué quieres?”&nbsp;</p>



<p>&#8211; passejar per aquesta part més antiga de la ciutat i seure a la plaça Sant Felip Neri on el xivarri dels nens que la tenien com a pati es barrejaven amb l’esclat d’un bombardeig que ha deixat cicatrius ben visibles.</p>



<p>-escoltar el mar de llengües que són la banda sonora d’aquesta ciutat. Encara ara aquesta és una de les meves aficions secretes: parar la orella i intentar esbrinar la procedència dels parlants que deixen la seva veu com un rastre sonor que es va barrejant en una melodia pròpia. Hi ha accents de tot el territori de parla catalana, castellà de tot España i Amèrica, llengües d’arreu del món. Fins i tot hi sento de tant en tant la meva primera llengua materna, aquest idioma gairebé secret que és l’amazic del Rif.&nbsp;</p>



<p>Aquestes&nbsp;<strong>eren les meves modestes aspiracions de llibertat però fins i també me les van acabar prohibint perquè una dona sola pel món era un fet insòlit en la meva família i al final no em va quedar més remei que el trencament</strong>. A dia d’avui i aquí mateix hi ha moltes noies que es veuen obligades a fer la tria més dolorosa que se li pot plantejar a un ésser humà: escollir entre la llibertat o la pertinença, entre ser qui ets i assumir el preu que et faran pagar o sotmetre’t per continuar formant part de la teva família, el teu grup de procedència. Quan penso que hi ha noies joves que ja han nascut aquí o han vingut de petites que han de passar per aquest tràngol tan injust, elles que han estat educades en democràcia, vivint en un país que per sort tolera cada cop menys el masclisme, quan penso que elles han de batallar soles per poder gaudir de drets i llibertats que la resta de dones ja tenen garantits sento una ràbia que em propulsa cap a la pàgina en blanc, cap a les taules rodones i conferència, cap a qualsevol lloc on pugui dir aquesta veritat que sembla que ningú vulgui escoltar.&nbsp;</p>



<p>Estem acostumats a pensar en la manca de llibertat en la seva versió més terrible: que et tanquin a casa, que no et deixin sortir, que hagis de demanar permís per tot però en realitat el sotmetiment comença per coses petites aparentment insignificants.&nbsp;<strong>Perquè ets dona no pots portar pantalons, per exemple o no pots anar sola pel carrer o no pots sortir de casa sense tapar-te els cabells</strong>. Tot i que han passat molts anys des que jo puc anar per aquesta ciutat vestida com em dona la gana, no oblido mai el preu que m’ha costat poder-ho fer. Ara mateix hi ha&nbsp;moltes noies per a qui Barcelona és el lloc han pogut caminar per primer cop amb el cap descobert. Diria que hi ha un turisme important de joves que quan arriben es guarden el tros de tela al bolso i es deixen anar els cabells i no es poden creure&nbsp;que no passi absolutament res, que el món no s’acabi. Hem estat educades d’una manera, les mores catalanes, que deia la filla d’una amiga meva i les mores en general, sobretot des del gran retrocés que va començar als&nbsp;anys vuitantes amb el fonamentalisme identitari,&nbsp;<strong>hem estat educades en la idea de que si un sol pèl s’escapava de la tela que cobreix els nostres caps, tot se n’aniria en orris i es desfermarien les més terribles tempestes</strong>. Però mireu aquestes noies amb les seves melenes al vent que no deixen de mirar el seu propi reflex en cada aparador, senten una alegria inaudita, inimaginable per a les persones anònimes que les envolten: l’alegria de la llibertat de les coses que no semblen importants, que és la veritable llibertat. Per això dediquem tants esforços i tantes energies a treure’ns del cap el que per a algunes persones no és res més una peça de roba. No ho és, és clar,&nbsp;<strong>si els predicadors misògins dediquen hores i hores a la nostra manera de vestir és perquè és un símbol molt poderós i clar de sotmetiment</strong>. Ens ho va dir una advocada iraniana que ha passat llargues temporades a la presó per defensar precisament els drets de les dones i les nenes al seu país, per haver alçat la veu contra les injustícies: Nasrin Sotoudeh. “Si ens poden obligar a porta aquest mig metro de tela podran fer amb nosaltres el que vulguin”. Doncs sabeu què, no deixarem que això passi. Ni mig metro de tela ni un mil·límetre de la llibertat que mereixem.</p>



<p>Com us he dit al principi aquest és un espai privilegiat, un altaveu que la ciutadania, mitjançant l’alcalde, m’ha concedit.&nbsp;<strong>I jo que ara visc una vida confortable i lliure no puc fer com si no sabés que hi ha dones i nenes en aquesta ciutat que pateixen</strong>, no puc mirar cap a una altra banda i dir-vos paraules boniques, no entrar en el que sovint és titllat de polèmic.&nbsp;<strong>És molt sorprenent que a dia d’avui defensar drets fonamentals a Barcelona i no a Teheran, sigui considerat polèmic</strong>. Que a les persones que anomenem la violència i l’opressió, la discriminació i les injustícies siguem incòmodes, ens vegin com a conflictives, fins i tot molestes. Us incomoda que us expliqui que hi ha nenes en aquesta ciutat que no poden aprendre a nedar ni anar d’excursió? que creixen creient que només seran valuoses si es tapen? Us molesta que us digui que hi ha adolescents preocupades per la seva virginitat, dones jove que estimen persones prohibides amb culpa i pagant el preu del desterrament familiar? No us agrada que us digui que hi ha dones s’esforcen per presentar el certificat de bona conducta vestint-se de manera decent (el que ara anomenen “modest fashion”) per poder tenir dret a sortir de casa? Que hi ha noies terriblement espantades davant la possibilitat que les dugin al Marroc o al Pakistan i les casin amb aquell cosí que necessita papers? Us incomoda tot això? Doncs imagineu-vos com les incomoda a elles. A mi el que em sorprèn és que a alguns us molesti més que anomenem aquesta realitat que la realitat mateixa.&nbsp;<strong>No em demaneu que miri cap a una altra banda, ja n’hi ha prou de sacrificar les vides de les nenes i les dones en nom de no sé quina entesa de civilitzacions i cultures</strong>, en nom d’una idea d’inclusió que ens expulsa de nou, a nosaltres, les dones, de la condició d’ésser humans de ple dret. I a les que ara mateix viviu aquesta situació, que us veieu forçades a triar entre la vostra llibertat individual i la pertinença i el vincle amb el vostre origen, no us deixeu enganyar, no deixeu que us sotmetin a aquest xantatge injust. Teniu dret a ser qui sou i aspirar a viure lliures perquè cap de nosaltres no ha nascut per a sotmetre’s.&nbsp;<strong>No som traïdores ni reneguem de la nostra procedència per voler la independència</strong>. A vosaltres us diré una veritat molt dura que he hagut d’aprendre: si us volen lligades, si us volen agenollades, si us volen escapçades, retallades, modificades i encaixades en un motlle estret i asfixiant és que no us volen. Busqueu, com vaig fer jo, una família que us accepti tal com sou, que no només no us faci més petites sinó que us faci sentir molt grans respectant la vostra dignitat.</p>



<p><strong>Barcelona serà la ciutat de la llibertat com ho ha estat per mi si protegeix, promou, difon i garanteix els drets de les nenes i les dones</strong>. Hi ha moltes maneres de fer que aquest somni de llibertat quedi en no res o que fins i tot es converteixi en el pitjor dels malsons. L&#8217;explotació sexual no és un treball, és un malson, és esclavatge, és explotació i la vergonya de qualsevol ciutat que es tingui per lliure i democràtica.</p>



<p>La precarietat, els salaris baixos, els problemes d’habitatge (sembla que la llibertat, si vius de lloguer és un contracte de cinc anys) fan que l’accés a Barcelona sigui impossible. Aquesta ciutat no es pot permetre continuar expulsar els seus habitants cap als marges amb la centrifugadora que crivella els barcelonins en funció del seu podeu adquisitiu. Aquesta tampoc serà la ciutat de la llibertat si ens deixem entabanar pels cants de sirena del comunitarisme. Amb tots els seus defectes, la democràcia és la millor opció que tenim per escapar dels lligams atàvics de la tribu, sigui cultural, religiosa o de procedència. Sé que hi ha qui se sent sobrepassat per l’angoixa existencial de l’hiperindividualisme i per això contempla amb una nostàlgia miop les bondats de les comunitats organitzades al voltant d’una religió, una identitat o qualsevol altre element. No podem viure deslligats els uns dels altres però l’antídot contra la soledat no desitjada, autèntica pandèmia a Occident, no és tornar a les organitzacions basades en el “nosaltres” contra “ells” sinó rescatar i fomentar la més oblidada de les nocions del republicanisme: la fraternitat.&nbsp;<strong>Aquesta no serà la ciutat de la llibertat si no tenim espais de trobada per al debat i l’intercanvi d’idees i una xarxa forta de relacions que ens permetin emparar-nos en cas de necessitat</strong>. Si fem un cop d’ull a les condicions de vida de la gent gran, és evident que per a ells aquesta no és una ciutat de llibertat. A mi encara em xoca que a les persones de més edat els parlem de tu, que no les escoltem, que hagin passat a ser una massa indiferenciada, la dels vells que sovint aparquem en residències i llocs on ningú vol mirar. Com si el fet de complir anys et despullés de la teva pròpia personalitat, de la vida que has viscut i tot el que has fet. És estrany, ho és per mi, que aquesta experiència sigui tan poc valorada quan la humanitat ha progressat gràcies a la transmissió no només del coneixement sinó de les conclusions que cada persona ha anat traient de la vida viscuda. Jo tinc la sort, suposo que pel fet de ser escriptora, d’haver-me trobat amb moltes dones que m’expliquen coses (<strong>les dones que m’expliquen coses solen ser molt més interessants que els homes que m’expliquen coses, és pura estadística</strong>). I els relats de les seves infàncies, dels seus records, dels seus neguits i preocupacions constitueixen un altre pòsit no tan conegut com la dels escriptors famosos, una capa que fa que la ciutat es converteixi en un autèntic tapís d’històries. Si teniu la sort de tenir avis, deixeu el mòbil i pregunteu-los coses, escolteu una visió del món única que s’extingirà amb ells quan no hi siguin a menys que valoreu aquest llegat i el conserveu com el més preuat dels tresors.&nbsp;</p>



<p>Reconeguem-nos i escoltem-nos tots els que fem Barcelona i <strong>celebrem que podem estar junts i lliures</strong>. Visca Barcelona, visca la llibertat de les dones i visca les festes de la Mercè!</p>



<p>Fotografía: Alejandro García.</p>
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