Educació

Porqué no celebro el Día Internacional del Yoga

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GABRIEL JARABA

El 21 de junio de 2015 se celebró por primera vez el Día Internacional del Yoga, instituido por la Organización de las Naciones Unidas e impulsado por el primer ministro de la Unión India, Narendra Modi. Con motivo de esa celebración, el autor de este artículo, profesor diplomado de yoga, explica porqué no desea participar en ella.

Las Naciones Unidas decretaron que el 21 de junio, a partir de 2015, sería el Día Internacional del Yoga, para conmemorar los beneficios que la práctica psicofísica de esta tradición reporta a los seres humanos. Una iniciativa loable, que pone el yoga en un primer plano de la popularidad mundial y que hace sonreir a quienes venimos practicándolo desde hace décadas, cuando al conocer esta dedicación algunos conocidos nos preguntaban con cierto reparo si nos habíamos metido en una secta. Hoy día, en nuestro país, el yoga lo practican las señoras mayores y los jubilados en los centros cívicos municipales y los médicos lo recomiendan a quienes padecen de estrés, obesidad o hipertensión.

El Día Internacional del Yoga viene a incidir en el momento de máxima popularidad de su práctica en la mayoría de países del mundo, con lo cual no puede decirse que la instauración de la jornada sea una iniciativa pionera. La celebración llega tiempo después de que el yoga se haya convertido en una moda que arrasa en Estados Unidos y su práctica haya vivido allí unas formas de comercialización nunca vistas.

 

INTENTO DE REGISTRO COMERCIAL DE UN PATRIMONIO DE LA HUMANIDAD

Y esas formas de comercialización han tenido como consecuencia ciertas características que hacen de esa popularidad algo peculiar. Por una parte, algunos profesores destacados, precisamente quienes han obtenido grandes beneficios y notable popularidad, ofrecen al público un yoga que puede encuadrarse dentro del fitness, desprovisto de sus aspectos no ya espirituales sino de salud psicológica, y a veces bajo unas formas de exigencia física e incluso con aspectos competitivos que alejan ese nuevo yoga de sus bases, no ya tradicionales sino de por lo menos cinco décadas de práctica consolidada en muchos países del mundo.

La necesidad de formatear “productos” de yoga –propuestas de práctica codificadas– ha llevado a algunos de estos divulgadores a registrar determinadas posturas (asanas) o secuencias de ellas, como parte distintiva de sus métodos propios. Si esto es comprensible en términos comerciales, no lo es en los de propiedad intelectual e industrial: toda la práctica del yoga, en sus formas externas y en sus textos clásicos, ha sido divulgada universalmente dentro del espíritu de las humanidades, y es de dominio público. Fruto de una acumulación de saberes milenarios, nadie puede atribuirse la autoría o la exclusiva de la representación de siquiera una mínima parte del yoga. Sobre todo cuando no pocas de sus características fundamentales son compartidas, bajo otras formas culturales, por otras tradiciones de Asia externas a India.

Y aquí es donde hay que buscar el origen de la iniciativa declarada por las Naciones Unidas. El actual gobierno de la Unión India, presidido por Narendra Modi y de tendencia nacionalista, vio con gran inquietud –más que justificada– el intento de registrar asanas en la propiedad industrial estadounidense y salió al paso de esas iniciativas puntualizando que el yoga es patrimonio cultural indio. Para que su reclamación adquiriese relevancia internacional y no tuviera camino de retorno, el gobierno indio creó un ministerio del yoga, encargado de gestionar todo lo concerniente a ese patrimonio.

Con ello, Modi no solamente evitaba una expropiación injusta de un patrimonio común; descubría el poder del soft power (el prestigio cultural capaz de influir en la opinión pública y actuar como diplomacia paralela) y lograba posicionar India. Así como el nacionalismo gaullista francés utilizaba la literatura y la cultura de su país a manera de diplomacia paralela para asegurar un prestigio puesto en peligro por la guerra de Argelia y el colonialismo, el nacionalismo indio ha conseguido proyectar una imagen exterior prestigiosa y pacífica, que de paso, por cierto, se superpone a las otras formas culturales del país centradas en el islam, el budismo, el sijismo y el jainismo, por no hablar del cristianismo al que cada vez se apuntan más miembros de la casta intocable.

 

CÓMO LLEGÓ A OCCIDENTE UNA TRADICIÓN AUTÉNTICA

Y aquí es donde uno empieza a desmarcarse del conjunto de la operación. Lo hizo ante la hipercomercialización americana del yoga: en Europa y en aquel país mismo, el yoga fue recibido e incorporado por nuevas generaciones jóvenes que buscaban en su sabiduría una nueva manera de vivir que les sirviese de alternativa a una existencia masificada conformada por el industrialismo. Ya Romain Rolland advirtió que cuando occidente se halla culturalmente exhausto mira hacia oriente en busca de inspiración. Y aquí es necesario recordar que los primeros mensajeros de India que llegaron a occidente para aportar su visión no fueron, en absoluto, nacionalistas indios, ni siquiera particularistas deseosos de imponer su modo de ver las cosas. Vivekananda fue, a finales del siglo XIX, la estrella del congreso mundial de las religiones propiciado por los unitarios y universalistas americanos. Vivekananda (que por cierto era masón, iniciado en una logia inglesa de Calcuta) presentó a América un yoga y una espiritualidad india universalistas, integradoras, abiertas y deseosas de servir a las realidades concretas de las gentes de occidente y no para que estas se ajustaran a un patrón impuesto o propuesto.

Lo mismo sucedió con la concesión del premio Nobel de literatura a Rabindranath Tagore, quien marcó dos generaciones de humanistas por lo menos, tanto con su poesía como con su pedagogía. Tagore tampoco era nacionalista indio sino un regeneracionista que, con su padre y su hermano, promovieron el movimiento Brahmo Samaj de renovación espiritual. En la cima de su popularidad, Mussolini, el líder fascista italiano en el poder, trató de atraerlo a la causa del fascismo, creyendo que era un nacionalista por lo menos cultural, y Rabindranath se lo sacó de encima como pudo, posicionado siempre en la causa general de la humanidad.

Incluso Paramahansa Yogananda, el pionero divulgador de esa primera mitad del siglo XX que podemos considerar más espiritualizado, tuvo la gentileza y la inteligencia de presentar su concepto de la espiritualidad india armonizado con los parámetros cristianos estadounidenses. En su Autobiografía de un Yogui tomamos noticia de su pertenencia y fidelidad a una tradición milenaria, pero en su práctica divulgativa de una espiritualidad abierta en occidente, Yogananda se esforzó siempre por comprender el Evangelio y proponer a Jesucristo como un centro válido y posible para el establecimiento espiritual de los occidentales.

Décadas antes de que el actual gobierno nacionalista indio se tomase la molestia de reclamar el yoga para su política de soft power, la herencia de la práctica habia quedado relegada a por lo menos dos puntos del país, en mera regresión. La escuela de Risikesh, en las estribaciones del Himalaya, y la de Sri Krishnamacharya, en el Madras tamil. Dos reductos a los que se dirigían los occidentales deseosos de aprender, mientras los naturales del país se alejaban de ellos por considerar lo que allí se enseñaba como cuentos de viejas. Hasta allí llegaron nuestros grandes pioneros divulgadores, André Van Lysbeth y Gérard Blitz. De la pasión luminosa del maestro belga y el maestro francés fueron brotando las ramas frescas del yoga que florecieron en Europa.

 

YOGA PARA LAS CLASES POPULARES, BAJO UNA EXIGENCIA DEONTOLÓGICA

Van Lysbeth y Blitz aprendieron un yoga auténtico de maestros auténticos. Y, grandes pedagogos ambos, supieron adaptarlo y difundirlo en Europa para que pudiera ser adoptado por amplias capas populares como un modo concreto e inmediato de mejorar su calidad de vida. El yoga se ha difundido en nuestro continente a través de asociaciones y federaciones, que han formado generaciones de profesores capaces de poner a pie de calle una práctica del yoga auténtica, asequible y adecuada para cualquier ciudadano. Y precisamente una de las características culturales que tomó esa divulgación fue la recomendación a los profesores de que evitaran anunciarse con fotografías y carteles en los que aparecieran exhibiendo una forma física o un aspecto personal atractivos e incluso impresionantes. Se divulgaba la tradición del yoga para todos y no el prestigio de un individuo singular. Hoy día, las asociaciones y federaciones, integradas en la Unión Europea de Yoga, son garantía de una autenticidad del yoga que ni reclama ni precisa de cuño gubernamental alguno para su legitimidad, basada en la transmisión directa y auténtica.

Desde los inicios de esos tiempos pioneros, a fines de los 50 e inicios de los 60, los profesores de yoga formados se han expandido por todo el mundo por miles. Muchos de ellos han logrado una profesionalización que les permite vivir dignamente; otros no han tenido tal suerte, y no pocos concebimos esta tarea como un voluntariado formador y divulgador que puede cooperar con otras acciones de higiene salutífera y social. En Estados Unidos el yoga parece haberse convertido en un producto de consumo para sectores adinerados; en Europa es una actividad educativa popular. Los estándares formativos y deontológicos de las asociaciones aseguran una correcta acción de los profesores desde el punto de vista cívico más exigente. Personas de todas las edades y clases sociales, incluso enfermos y reclusos se benefician de la práctica.

La celebración del Día Internacional del Yoga puede proporcionar visibilidad a esa práctica cotidiana y callada del yoga popular. Incluso puede ayudar a conferirle fiabilidad ante miradas todavía recelosas. Bienvenida sea pues la jornada. Pero si algún gobierno nacional desea aliados y copartícipes para su política cultural y diplomática, que los pague. Mientras, seguiremos poniendo el yoga al servicio de la gente corriente en primer lugar y daremos la bienvenida a nuestras filas, con toda cordialidad, al primer ministro Narendra Modi, el último en llegar y el primero en ponerse al frente de la gran fotografía del nuevo yoga de masas mientras nos mantenemos discretamente en la sala de práctica abierta siempre a las señoras mayores, los ancianos, los adolescentes y los trabajadores, fuera de las miradas de quienes no deseen practicar con nosotros en un plano de igualdad. Como lo hicieron los maestros auténticos.

Foto: Carlos Fiel, mi profesor de yoga

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