Política

Esto no es una crisis, es una contrarrevolución antidemocrática

reaganomics

Por Gabriel Jaraba

(Este texto fue leído en una reunión masónica celebrada en marzo de 2012, en el marco de las actividades del Soberano Capítulo Rosa+Cruz Salud, Fuerza y Unión nº 1, de Barcelona.

Cuando somos iniciados al grado 18 del R:.E:.A:.A:. se nos introduce en un entorno simbólico en el que se nos alude como caballeros, tanto a hombres como mujeres. Príncipes Rosa+Cruz y Caballeros del Águila y el Pelícano: toda una divisa que se refiere no a otra cosa que a la asunción de la actitud moral y espiritual propia de la caballería. Muchos delirios han discurrido en torno a la propuesta de una vida caballeresca, y ahí está el viejo amigo Miguel de Cervantes para recordárnoslo. Pero no menos cierto es que la caballería ha sido el sustento tradicional de una propuesta que se renueva incesantemente  en los corazones de las personas persuadidas por la justicia, y sea cual sea la forma que adopte este impulso lo hace atendiendo a un fuego del corazón que no está limitado por el tiempo ni el espacio. Ese fuego es lo que hace que el mundo subsista: Igne Natura Renovatur Integra.

Sabido es que las iniciaciones masónicas no tienen un carácter sacramental sino simbólico. No imprimen, pues, carácter sino que propician una perspectiva, una reflexión y un compromiso. Esta triple tarea se lleva a cabo de manera personal y grupal a la vez. Ello implica, pues, una toma de posición ética, lo que quiere decir que lo que se compromete aquí es nuestro comportamiento.

La naturaleza de este compromiso se define en el momento de la iniciación.  Se dice, entre otras cosas: “Que el débil y el oprimido encuentren un defensor en ti. Que la patria sea salvada por ti de la tiranía. Que tu inteligencia pueda penetrar en las leyes del mundo. Que la justicia pueda exaltar a tu alma. Sé libre”. Estas son, pues, nuestras tareas: luchar por la justicia para la liberación de los oprimidos, de  manera tanto individual como colectiva.

Siendo así las cosas, este palustre que hoy someto a vuestra consideración pretende plantear el sentido de nuestro compromiso en la presente situación social, económica y política.

Mi tesis es la siguiente: lo que llamamos crisis no es tal. Se trata de una contrarrevolución, en el pleno sentido de este concepto y con todo lo que ello implica. Es decir, la lucha contra un cambio profundo que se ha producido en la sociedad, lucha emprendida por  quienes se consideran perjudicados por él en sus intereses, con la determinación de revertir las transformaciones que señalan la nueva era emprendida.

Esta contrarrevolución que vivimos es la fase actual de un proceso iniciado, por lo menos, hace 40 años. El objetivo de este proceso es la vuelta atrás de los derechos políticos, sociales y civiles instaurados en Europa occidental después de 1945. Es decir, la ruptura del pacto que estuvo en la salida de la Segunda Guerra Mundial y que dio paso a lo que llamamos estado del bienestar, o economía social de mercado. Un acuerdo entre las distintas corrientes que confluyeron en el impulso de la Europa unida, principalmente socialdemócratas y socialcristianos, en el que se puso de relieve que lo esencial de la democracia liberal desde sus orígenes no es, como algunos piensan, el mercado sino el pacto.

Lo que ahora llamamos crisis es un momento crítico puntual en el que se produce una inflexión en las relaciones entre capital financiero, capital industrial y poderes públicos. El primero ha llevado hasta cierto límite su ofensiva, hasta el punto de conseguir que los poderes públicos reparen sus estropicios, como por ejemplo en la crisis de las subprimes, y que redefinan las reglas del juego respecto a los pactos entre las fuerzas que confluyen en el mercado. Y el capital financiero lo ha hecho tratando de suplantar al mercado, tanto adjudicándose su nombre como su función. Con ello ha sometido al capital industrial, obligándole a aliarse con él en la conveniencia de desregular el mercado y privatizar el estado.

La crisis, pues, no es tal. Ni siquiera nos encontramos en un modelo socioeconómico agotado en el que hay que replantearse las prestaciones públicas porque son insostenibles. Lo que ha pasado es que el enemigo por fin ha dado la cara. La involución ideológica que ahora triunfa hace 40 años que se prepara en multitud de laboratorios neoconservadores esperando el momento oportuno para hacer la guerra. El auténtico campo de batalla es la mismísima constitución moral de nuestra civilización y nuestra cultura.

Así pues, este momento se caracteriza por una disputa por la hegemonía entre el capital financiero y el capital industrial. El sistema capitalista postindustrial busca consolidar un modo de generar provecho que pone el acento en la ingeniería financiera y no en la producción de bienes. Pero el capital industrial se apunta con fruición a la desregulación de los derechos civiles, tanto porque el capital financiero se ha apropiado de hecho del tablero de juego y ahora quiere cambiar las reglas, como porque la ocasión la pintan calva, con lo que culmina la política del saqueo a los trabajadores. El resultado es un capitalismo más desregulado, una ideología hegemónica que propone cuidar  a los que más tienen porque son los que crean empleo, una aceptación de la desigualdad social que perpetúa las diferencias y la injusticia, y un debilitamiento de la educación, la sanidad y los medios de comunicación. Esas no son características de una simple crisis cíclica del capitalismo, sino los trazos maestros de una contrarrevolución antidemocrática.

Hay que preguntarse ahora si la actual etapa de esta contrarrevolución es un estadio específico de una cultura de la negación del conflicto social y de despolitización masiva de la sociedad o bien se trata de una derrota en toda la regla de las fuerzas de progreso. Cuando hablo de fuerzas de progreso no me refiero sólo a las izquierdas plurales sino al centroderecha demócrataliberal que cree en la cultura del trabajo y en la salvaguarda de las libertades individuales y colectivas. Ante una y otra fuerza, el saqueo de los derechos sociales básicos sigue adelante ante la desaparición de hecho de cualquier oposición significativa.

Probablemente esa derrota se ha producido hace ya tiempo. La izquierda logró consolidar un estado del bienestar y unas políticas públicas de educación y cultura que han extendido a amplias capas de la población el conocimiento y los instrumentos de participación. Pero esa misma izquierda ha sido la que ha apartado a los intelectuales y ciudadanos críticos que reclamaban estructuras transparentes y participativas, acciones adecuadas a los nuevos tiempos y  un concepto de la política democrática que difícilmente podía encajonarse en unas organizaciones pensadas para otro tipo de conflicto social. Sobre todo, de una práctica política empapada de tacticismo cortoplacista, de cierre de las cúpulas políticas sobre si mismas, de pasteleo institucional y de apelación a los ciudadanos en clave paternalista. Considérese la derrota del gobierno tripartito de izquierdas en Cataluña y se hallará todo un paradigma de este tipo de comportamiento, de práctica gubernamental y de consideración de las relaciones política sociedad que extiende la derrota más allá de las mismas fuerzas políticas que no sólo la obtienen sino que la propician. Cataluña es, desde hace un año, la punta de lanza del avance de la contrarrevolución antidemocrática, la desregulación y la privatización del patrimonio público a niveles que el propio gobierno derechista de Madrid se ve incapaz, de momento, de aplicar en otras regiones y nacionalidades.

Hoy día, la izquierda está huérfana de pensamiento. La violencia simbólica que desde los poderes se ejerce sobre la ciudadanía viene practicada bajo un discurso atemorizador, que allana el camino a cambios que en otras circunstancias habrían sido inaceptables. El control del lenguaje es decisivo para la hegemonía, y la austeridad es el instrumento ideológico de esta operación. Tal ataque ideológico se ejerce en un yermo, en el que las ideas progresistas han dimitido y se refugian en una legitimidad moral que se ostenta pero que difícilmente se merece en la práctica. La izquierda ha creído durante mucho tiempo que su problema era adaptarse a los nuevos tiempos y sin embargo no ha sido capaz de interpretar el alcance de esta contrarrevolución en marcha.

La izquierda socialdemócrata creyó, después de 1945, que el bloque comunista de los países del Este y la izquierda surgida de la revolución de Octubre no conseguirían disputarle el liderazgo de las masas populares en las sociedades abiertas. Creyó que su tarea consistía en gestionar, dentro de estas sociedades, los logros conseguidos  en cuanto a derechos y servicios públicos. Los progresistas creyeron que bastaba con la normativización para mantener el orden justo de las cosas y propiciar el progreso. La formación ética desde la base y la regulación política y legal en el marco social bastarían para avanzar. Este pragmatismo ha sido derrotado completamente.

Porque las izquierdas plurales y los demócratas progresistas no fueron capaces de advertir el punto de partida de la revolución conservadora, con Thatcher, Reagan y los economistas de la escuela de Chicago a la cabeza. El objetivo de estos no era, o no era solamente, la derrota del bloque oponente en la guerra fría primero y en el equilibrio del terror después. Fue el mismísimo Karol Wojtyla quien se dio cuenta de que el bloque comunista era un bluff hueco y obsoleto. Y así pudimos observar que este bloque no fue derrotado, sino que se hundió solo, al no resistir la más tímida reforma. No, el objetivo no eran las dictaduras comunistas sino el espacio europeo donde el capitalismo se mostraba regulado por el interés público. El bloque occidental vio con toda claridad que para expansionar el modelo neoliberal debía efectuar un sobrepasamiento del capitalismo regulado e imponer una nueva relación de fuerzas y un nuevo tipo de conflicto social. En el Este había dos modelos posibles; uno, el de un capitalismo emergente gestionado por quienes se apropiaban de la riqueza estatalizada, fueran nuevos magnates o viejos servidores del estado dictatorial reconvertidos en neoliberales a ultranza; otro, el de un neocapitalismo autoritario que generase riqueza manteniendo bajo control tanto a los capitalistas emergentes, fuertemente vinculados a las estructuras estatales dictatoriales. El primero no era enemigo; el segundo, un competidor con el que entenderse si se hacía abstracción de los derechos humanos y las libertades democráticas. Ahí continuó Henry Kissinger su vieja política por nuevos caminos, convertido ahora en admirador y defensor del régimen chino.

Era el espacio socialdemócrata europeo el que resultaba un estorbo para la nueva etapa del capitalismo neoliberal, y los socialdemócratas no supieron verlo; mucho menos los comunistas y las izquierdas plurales. Eran ellos quienes estaban en el punto de mira de un nuevo e ingente poder, mientras ellos se consideraban a salvo en su concepción de la política y la sociedad propia de los años 60 y 70. Éramos los europeos progresistas en conjunto el enemigo a batir, y ahora estamos experimentando los efectos de aquél objetivo y de esta ceguera. La socialdemocracia, ni recientemente en España ni anteriormente en Europa, fue capaz de prever esta crisis, ni su naturaleza ni su alcance, porque ya estaba derrotada ideológica, política , organizativa y estratégicamente. Igual que la izquierda alternativa, ésta presa de una ideologización que primero creyó en el antiamericanismo como panacea, luego imaginó del decrecimiento pseudoecologista como estrategia de adaptación y finalmente duda entre la sectarización o la connivencia con los nuevos centros multipolares del tercer mundo antidemocrático. Las izquierdas han venido pensando, y piensan todavía, el devenir político europeo en forma de ciclos sucesivos, concepción estratégica que profundiza aún más su derrota, cuando no nos hallamos en un juego entre un ciclo conservador y un ciclo progresista sino en un giro radical en la estrategia de dominación del capitalismo neoliberal postindustrial, orientada a redefinir desde la base las relaciones económicas, sociales y cívicas.

La derrota de los progresistas es un hecho porque las clases populares han perdido capacidad de intimidación. Ha sido la propia izquierda quien les ha desposeído de ella. La izquierda en el gobierno ha considerado su tarea como la gestión de lo público, una administración de las cosas que considera las personas como sujeto de cierto paternalismo ilustrado. Los ciudadanos han perdido poder político al ser considerados como meros usuarios de servicios sociales. La cultura de izquierdas ha roto el propio discurso de liberación popular, sustituyéndolo por discursos fragmentados referentes a reivindicaciones sectoriales, como los derechos de las minorías, o encuadrados en el multiculturalismo que, en teoría al menos y muy ingenuamente, debía debilitar las viejas culturas conservadoras fruto del surgimiento de los estados nacionales. El regreso del nacionalismo en sus múltiples versiones o la consolidación de una marginalidad de minorías raciales y religiosas en los suburbios de Europa son la muestra de la inanidad de tales pretensiones. Pero el ciudadano político ya ha sido desprovisto de su poder como protagonista decisivo.

Las clases populares han perdido capacidad de intimidación y por tanto las élites económicas no creen necesario hacer concesiones. Es más, ven la gran oportunidad de revertir las conquistas sociales y de reconstruir un capitalismo más barato que resulta, por ende, más depredador. Ahí coinciden tanto el capitalismo financiero y el capitalismo industrial, y son las fuerzas que sostienen el actual gobierno derechista catalán una nueva prueba de ello. En esas, no hay una cultura alternativa al ciudadano como consumidor, competidor o contribuyente, mientras que el debilitamiento de la democracia quita toda tentación de lucha a los sectores más conscientes.

El politólogo Ignacio Sánchez-Cuenca, colaborador de la socialista Fundación Alternativas, lo explica con más claridad:

“Los partidos socialdemócratas, en las dos últimas décadas, han tendido a adoptar una posición puramen­te defensiva, buscando garantizar el Estado de bienestar frente a un clima económico, el de la globalización financiera, que no les resultaba propicio. No solo no se han atrevido a desafiar la ortodoxia imperante sobre los beneficios de dicha globalización, sino que han partici­pado activamente en las reformas institucionales que la han hecho posible. Los socialdemócratas no se han resistido a la proliferación de poderes regulativos con­tramayoritarios ni a una integración supranacional que favorece intereses que son contrarios a los de la izquier­da. La estructura de poder que tenemos hoy en día en Europa, con un banco central independiente, agencias reguladoras, reglas fiscales y acuerdos intergubernamen­tales, apenas deja margen para que los poderes repre­sentativos puedan modificar el statu quo”.

Tampoco las pretendidas contraculturas ofrecen, de momento, alternativa alguna. El surgimiento del movimiento de los indignados aún nos ha de mostrar su verdadero rostro. Este movimiento cantó en coro mientras el último gobierno socialdemócrata se hundía, pero no se le ha vuelto a ver el pelo mientras el gobierno derechista sucesivo se alza rampante. Las recientes protestas estudiantiles son muchísimo mas escuálidas que las que hubo un par de cursos atrás. Y la renuencia de este movimiento a aliarse con el movimiento sindical y obrero induce a calibrar muy cautelosamente si podrá ofrecer elementos de participación y transparencia a las dinámicas democráticas realmente existentes o si se fragmentará, a su vez, entre posibilistas, sectarios y desesperados. Los espejismos tercermundistas y bakuninistas son demasiado atractivos para esta cultura, que confunde el conflicto de clases con el enfrentamiento entre cultura de “ricos” y cultura de “pobres”; es el resultado del miserabilismo que se ha impuesto como contracultura juvenil. Este miserabilismo aparece como fruto de la subcultura ecologista y de la admiración por los restos de los movimientos libertarios, pero a medida que avanzamos recuerda inquietantemente a cierta característica cultural del movimiento obrero decimonónico cuyo retorno no se compadece con la sociedad abierta a la que deberíamos aspirar.

He expuesto aquí las razones y expresiones de la derrota. No soy capaz de intuir cuestiones que pertenecen al futuro inmediato de esta situación. Lo que es seguro es que el conflicto aumentará; de lo que no estoy seguro es de que se desvanezca el miedo a la protesta que en estos momentos se puede percibir. Lo que es cierto es que estamos al final del viejo paradigma de consenso entre capital y trabajo que surgió después de la Segunda Guerra Mundial y que, en el caso de España, contribuyó a consolidar la democracia. Y no es menos cierto que se ve, en los modos y acciones de los gobiernos derechistas de Madrid y Barcelona el intento de dar paso a cierto nuevo tipo de democracia autoritaria. El proyecto de renacionalización del Partido Popular se percibe de trasfondo, en tanto que herramienta de distracción y halago de amplias capas populares que se sienten incómodas en el pluralismo lingüístico y popular, y se acogen a la ideología rampante de esta nueva Europa que es el nacionalismo. En otras claves sucede lo mismo en Cataluña, donde se halaga el impulso irredentista y el agravio razonable y justo a manos del uniformismo, no sólo como cortina de humo sino como discurso vertebrador de una hegemonía derechista que se presenta como patriótica.

Para revertir esta derrota no basta un cambio de ciclo político, ni siquiera a nivel europeo, ni bastan las formas de organización y movilización practicadas hasta ahora. Es necesaria una verdadera revolución cultural en el campo democrático, social y liberal, que deje de mirar a momentos históricos anteriores, por gloriosos que fueran, y adopte una posición verdaderamente radical, es decir, que se remita a las raíces de la democracia y de los problemas que para su realización se derivan de las contradicciones entre capital, trabajo y planeta. Ni siquiera bastan las nuevas formas contraculturales de disconformidad política, insuficiencia que han destacado el propio autor del manifiesto indignado y el clarividente estudioso de la sociedad compleja, Edgar Morin. A partir de una relectura progresista de Adam Smith y de Alexis de Tocqueville, los demócratas debemos estudiar, analizar y actuar desprovistos de prejuicios y remitiéndonos tanto a la raíz como al objetivo: la realización de la persona libre en la sociedad libre.  El miedo inoculado es el obstáculo principal, y la recuperación de capacidad de movilización e intimidación, el primer instrumento a recobrar.

Porque el conflicto aumentará y lo que estará en peligro no será únicamente la calidad de la vida sino la de la democracia. De momento, es el movimiento sindical el que se sitúa en la primera fila de la movilización. Habrá que ver si la persistencia del conflicto le suministra aliados o, en cambio, aleja de él la inquietud de una ciudadanía a la que se le inocula el miedo día tras día.  El papel que los ciudadanos más disconformes podamos jugar estará en función de la capacidad colectiva de redefinir un pensamiento crítico que desemboque en formas de acción sociopolítica adaptadas a unos nuevos tiempos que tienen una enorme vocación de ser viejos, muy viejos.

Ilustración: portada de la revista Time dedicada a Milton Friedman, economista de la escuela de Chicago inspirador de las políticas de contraataque contra el capitalismo democrático.

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